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VACACIONES SIN CONTRATIEMPOS
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Disclaimer: ni la historia, ni los personajes me pertenecen. Esto es una adaptación.
Summary: Con esa tendencia a no librarse de los constantes contratiempos y su forma de ser caótica, Isabella no es la mujer más adecuada para el señor Edward Cullen, el joven de porte serio que siempre se rige por la lógica y por la razón. ¿O quizá sí? (ÉPOCA) ADAPTACIÓN.
VACACIONES SIN CONTRATIEMPOS
Capítulo 8
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Nochebuena llegó sin mostrar la más mínima consideración por Isabella, que había pasado una desdichada noche en vela, después de su último encuentro con el señor Cullen. Mientras la criada acababa de ayudarla a acicalarse el pelo, intentó no pensar en las palabras que él le había dicho.
¿Acaso no había consuelo al saber, sin la menor sombra de dudas, que él no era un cazafortunas?
Evidentemente que no. No cuando, y que Dios se apiadara de ella, la tajante negación del señor Cullen sólo había conseguido que lo deseara aún más. Mientras él hablaba, ella se dio cuenta de que lo había afrentado de un modo irreparable, y todo con el fin de confirmar si era o no un canalla. Le pareció la peor calamidad que jamás le había ocurrido. Probablemente, toda la fascinación que ella despertaba en él se había venido abajo sin remedio.
Tragó saliva con dificultad, intentando no romper a llorar.
«Bueno, por lo menos he aprendido una lección muy valiosa sobre el hecho de hacer preguntas directas, y es que es mejor no hacerlas, a menos que uno esté preparado para aceptar todas las respuestas.»
Unos golpecitos en la puerta la sacaron de su estado de ensimismamiento, Isabella gritó:
— ¡Adelante!
Victoria entró. Una visión radiante, embutida en un vestido verde pálido con una lazada de color verde oscuro dispuesta con gracia alrededor del corpiño, y unos diminutos lacitos del mismo color en las mangas. Estaba bellísima, con ese traje de líneas tan simples.
— ¡Oh! ¡Qué nerviosa que estoy, Bella! Los músicos acaban de llegar, y los invitados no tardarán en llenar la sala.
— ¡Qué guapa estás! —Isabella se levantó para estrecharle las manos, impresionada ante el radical cambio de humor de su prima. — Estoy tan... tan contenta de que estés aquí, con nosotros, Victoria. Espero que puedas perdonarme...
— ¡Ni una palabra más sobre ese tema! Ya he olvidado todo lo que pasó. Después de todo, es Navidad. ¿Quién se pelea en unas fechas tan especiales? —Victoria la abrazó, y Bella suspiró aliviada. Por lo menos no había sacrificado la amistad de su prima por el señor Cullen.
—Deja que te ayude a acabar de arreglarte. —Victoria despidió a la criada con un leve movimiento de mano, y ocupó su lugar con el semblante animado. — Qué rizos tan bonitos que tienes. Veamos si podemos dominarlos para que sigan un orden determinado.
Isabella se echó a reír.
—No lo conseguirás. —Se levantó, evitando que Victoria lo intentara. Estaba totalmente segura de que había conseguido acicalarse tanto como el destino le permitía por una noche. Se había vestido con un traje de color marfil, adornado por una fina capa de organiza. Las delicadas perlas cultivadas diseminadas por el corpiño y las mangas hacían que se sintiera como una sirena repujada por la espuma del mar.
Pero delante del espejo, al lado de Victoria, era difícil no sentirse como un patito feo.
—Además, nadie reparará en mi presencia, si tú estás presente.
Victoria se encogió de hombros graciosamente.
— ¡Eres un cielo! Bueno, ya es hora de que bajemos. Todo está a punto, lo único que falta es ir a recibir a tus invitados.
— ¡Vamos!
Cogidas del brazo, las dos muchachas descendieron la escalinata de la casa hasta el piso inferior, y Bella se sintió repentinamente nerviosa. Iba a ser una velada inolvidable; todo lo que tenía que hacer era concentrarse en no provocar ningún incidente.
Su estrategia era la mar de simple. Se comportaría como una perfecta anfitriona, sólo bebería una copa de ponche, y haría todo lo posible por evitar al señor Cullen.
La velada discurría apaciblemente, y su estrategia iba viento en popa. Un total de dieciocho comensales llegaron sin sufrir ningún contratiempo. Las salas ofrecían un aspecto impecable, y Bella estaba encantada con la atmósfera festiva, colmada de risas, y con la exposición de la cristalería más fina de la familia bajo la luz de las velas. Mientras se mezclaba y retomaba el contacto con viejos conocidos y vecinos, pensó que todo el mundo parecía estar de un óptimo humor para la ocasión.
La sidra y el vino fluían sin parar, e Isabella incluso se esforzó por atender a la señora Clearwater; quería asegurarse de que se sentía cómoda y satisfecha. Después de todo, si esa mujer conseguía hacer feliz a su padre, ¿quién era ella para entorpecer esa relación?
— ¿Ha probado el pastel, señora Clearwater? ¿Quiere que vaya a buscarle algo para beber?
La señora Clearwater sonrió y le propinó una afectuosa palmadita en el hombro.
—No soy de las que rechazan los placeres de la vida, jovencita, pero ya he repetido pastel varias veces. ¡Qué fiesta tan esplendorosa!
Isabella echó un vistazo a su alrededor y asintió encantada.
«Por lo menos, el señor Cullen no me ha provocado para poner en evidencia mis muestras de autoconfianza.»
—Muchas gracias, señora Clearwater.
No había transcurrido ni un minuto cuando Victoria se personó ante ella y la arrastró con sutileza hasta una esquina.
—Vamos, es hora de cambiarnos.
— ¿Ya?
Su prima incrementó la presión que ejercía sobre su brazo para evitar que se escapara.
— ¡No te hagas la remolona! ¡Vamos! —Victoria empezó a guiarla hacia la puerta que comunicaba la sala con el saloncito verde. — He dejado tu disfraz aquí, para que no tengas que subir a tu habitación a cambiarte.
— ¡No puedo cambiarme de ropa en el salón!
«Otra mujer lo conseguiría, pero ¿con mi suerte? Hallándome en un radio de un metro escaso de una reunión pública, ¡lo mejor que puedo hacer es no arriesgarme a perder ni una sola prenda!»
Victoria soltó una risita mientras cerraba la puerta tras ellas.
— ¡No pasará nada, gallina! Yo también me cambiaré contigo. Mira, cerraré la puerta con llave, para evitar que nadie nos moleste.
— ¡Oh, claro! —Isabella cedió, incapaz de rebatir la lógica de Victoria ni de herir su entusiasmo.
Victoria la arrastró por la sala hasta un biombo con adornos orientales.
—Primero me cambiaré yo.
Tras unos segundos, Victoria emergió desde detrás del panel, con una túnica que transformaba su traje verde en una confección angelical. Se dio la vuelta y le mostró la espalda a Isabella.
— ¿Me ayudas a abrocharme, por favor?
—Claro. —Bella se enzarzó en una pelea con los lacitos de color marfil, maravillada ante el magnífico trabajo que había realizado su prima.
—Me cuesta creer que lo hayas confeccionado tú sola. Es muy bonito, Vicitoria.
Y verdaderamente lo era. Unas alas delicadas enaltecían su espalda, y la organza de color marfil combinaba perfectamente con la tela de color verde que se transparentaba por debajo, formando unas sinuosas aguas. Las mangas largas estaban cortadas en forma de pico, ribeteadas con unos lacitos y unas pequeñas campanitas.
—El tuyo es igual. Sólo has de ponértelo encima del vestido. ¡El toque de marfil quedará sublime! —Victoria desapareció detrás del biombo y sacó otra confección exacta de color marfil. Al igual que el de Victoria, el atuendo se completaba con unas alas y unos graciosos lacitos—. Vamos, te ayudaré a vestirte. He de confesarte que me he pasado toda la noche cosiendo. ¿Lo ves? Sólo tienes que pasar los brazos por las mangas y luego atar el lazo por debajo del busto —prosiguió Victoria animadamente—. Deja que te ayude a ajustarte las alas. Y recuerda, al final de la canción, en el estribillo, agita los brazos con elegancia, para aportar un efecto más teatral.
— ¿Así? —Isabella empezó a elevar los brazos para practicar, pero Victoria la detuvo.
— ¡No, ahora no! ¡Estoy intentando atarte las cintas de las mangas!
En cuestión de segundos, la Isabella sirena quedó transformada en una Isabella angelical. No había ningún espejo en el salón, pero tampoco lo necesitaba. A pesar de las pocas ganas que tenía de cantar en público, sintió de repente unas enormes ganas de pasárselo bien, de divertirse en la fiesta.
— ¡Estás adorable! —Victoria aplaudió su labor efectiva—. ¡Todos te admirarán!
— ¡Oh!
—Tú sólo limítate a repetir lo que yo haga, ¡y estarás brillante!
Antes de que Isabella pudiera expresar su ansiedad acerca del dúo que iban a formar, o confesar que ella jamás había sido una cantante brillante, Victoria la empujó hacia la puerta de la sala y las dos entraron en la sala de música. Las conversaciones cesaron para dar paso a exclamaciones de consideración, cuando las dos muchachas enfilaron hacia el piano de cola.
Visiblemente nerviosa, Isabella todavía tuvo tiempo de arrepentirse una última vez por no haber prácticamente ensayado el número con su prima, pero entonces empezó a sonar la música, y lo único que pudo hacer fue seguir el ritmo de Victoria.
Afortunadamente, Victoria cantó primero, con una espléndida voz de soprano que destacaba la melodía y la belleza del villancico. Cuando le llegó el turno a Isabella, ésta dio un paso hacia delante, con la firme determinación de no defraudar. Su voz era más suave que la de su prima, una voz apagada menos apropiada para cantar en público en medio de un salón, pero Isabella sabía que por lo menos era capaz de seguir la melodía. Mientras cantaba, su seguridad se fue afianzando, y logró relajarse y saborear la magia del momento.
Llenó los pulmones de aire, y en ese momento toda su confianza se tambaleó al notar que se rasgaba una costura del vestido. Isabella deseó con todas sus fuerzas que el contratiempo no fuera visible. Pero al llegar al estribillo al final de la canción y elevar los brazos tal y como Victoria le había sugerido, el problema se hizo más que evidente: las costuras de los hombros se rasgaron, y las mangas se separaron del vestido. Intentó cazarlas al vuelo antes de que tocaran el suelo, pero el vigoroso movimiento hizo que la espalda del traje se rajara sonoramente, y una de las alas quedó colgando cómicamente.
Isabella no era inmune a las risitas y a las muecas de sorpresa ante su hilarante aspecto. La visión de una muchacha embutida en algo parecido a un disfraz de ángel que se desintegraba mientras cantaba un villancico resultaba demasiado ridícula, y las risitas fueron subiendo de tono cuando ella coreó las últimas notas del estribillo.
Con el rabillo del ojo, reconoció la dolorosa figura apuesta del señor Cullen, y se ordenó a sí misma no arriesgarse a mirarlo de nuevo, por si él también se estaba conteniendo para no estallar en una estentórea risotada.
El débil aplauso educado del público hizo que las rodillas le temblaran como un flan, pero antes de que le pudiera pedir a Victoria que le desabrochara el lazo y las cintas para librarse de ese maléfico disfraz, su prima la cogió por el brazo y la llevó atropelladamente hasta su padre, que se hallaba en el centro de la congregación.
— ¡Querrá abrazarte! ¡Vamos!
—No puedo...
Su padre tenía la cara amoratada por los esfuerzos que estaba haciendo para no echarse a reír, y dio un paso hacia delante para alentarla después del bochornoso espectáculo.
— ¡Mi cielo! ¡Has estado estupenda!
—Eres demasiado indulgente. Me parece que he crecido un poco más de la cuenta, desde la última vez que Victoria me vio. —Se giró repentinamente después del comentario, con tanto ímpetu que golpeó a su padre y a uno de los invitados que se hallaban a su lado con el ala medio caída.
Ante el engorroso incidente, intentó corregir el error, pero al hacerlo golpeó a otra invitada, la señora Colter, quien, afrentada, soltó un chillido.
La señora Clearwater se acercó con la intención de rescatar a Isabella, pero recibió otro golpe parecido.
—Estese quieta un momento, jovencita, a ver si puedo librarla de este disfraz diabólico.
Pero los ánimos de Isabella se habían hecho añicos. Los convidados reían ahora a carcajada limpia ante el divertido espectáculo de un ángel caído del cielo que vapuleaba sin piedad a todo aquél que se le acercaba. Eso era más de lo que Isabella podía soportar. Divisó al señor Cullen, que se abría paso entre la gente hacia ella, y decidió que ya había pasado suficiente vergüenza por una noche.
—Si me disculpa, señora Clearwater, me cambiaré en el salón. —Tambaleándose, Isabella se dirigió hacia la puerta del salón, ahogando las lágrimas de humillación en sus ojos.
Tragó saliva y se apoyó un momento en la puerta mientras el sonido apagado de las risas se colaba a través de la madera recia.
«¡Por Dios! Seguro que todo el mundo hablará de lo sucedido antes de Nochevieja... y pensar que me preocupaba por si me presentaba en una fiesta con un zapatito de cada color...»
Isabella perdió la batalla contra sus lágrimas, y se resignó a que afloraran y resbalaran por sus mejillas.
— ¡Santo cielo! —exclamó Victoria, emplazando una mano sobre sus labios para ocultar la sonrisa—. ¡Y yo que había prometido a todo el mundo que sería una actuación memorable!
Pocos fueron los invitados que rieron ante el comentario mordaz, pero incluso éstos se callaron cuando Edward se acercó.
—Señorita Hunter, lo que ha hecho ha sido imperdonable.
La mueca de diversión en la cara de Victoria se convirtió en una gélida expresión de disgusto.
— ¡No he hecho nada malo!
Sin pronunciar ni una sola palabra, Charlie Swan le dio la espalda a su sobrina y se dirigió hacia el salón. Edward lo siguió y lo agarró por el brazo. Charlie se mostró contrariado al notar que alguien frenaba su marcha.
— ¡Quiero estar con mi hija!
—Por favor, señor —dijo Edward, al tiempo que aflojaba su garra—. Si me permite, me gustaría que me concediera ese honor.
El semblante contrariado dio paso a una mueca de curiosidad.
— ¿Ah, sí?
Edward sostuvo la mirada, rezando porque el señor Swan se relajara después del desafortunado incidente y le permitiera ir al encuentro de su hija.
—Sí, es mi mayor deseo.
El anciano desvió la vista hacia la puerta, con evidentes muestras de preocupación y de afecto por su única hija. Pero entonces volvió a clavar la vista en Edward, y esta vez lo escudriñó con un ávido interés, como si por primera vez se diera cuenta de sus intenciones.
—Usted no se ha reído, ¿no es cierto, señor Cullen?
— ¿Esta noche? No, claro que no, pero...
—No, no esta noche. Quiero decir durante la cena de ayer. Cuando todo el mundo se divertía comentando lo del charco de barro y los gatitos... usted no se unió a la burla.
Era una declaración, no una pregunta. Edward se limitó a asentir con la cabeza, antes de que Charlie continuara.
—Incluso el primer día, cuando la señora Clearwater ventiló sin tapujos la travesura de mi hija en el jardín del párroco, no recuerdo que se riera.
—Era una anécdota muy graciosa, aunque no considero que fuera la clase de anécdota conveniente para ser contada en público. —Edward apoyó todo el peso de su cuerpo sobre una pierna, sin saber si iba a recibir una reprimenda o un elogio por su confesión. En cualquier caso, era dolorosamente consciente de que cada segundo que pasaba, Bella estaba sufriendo sola, al otro lado de la puerta—. Por favor, señor. No sé si encontrará un sentido a mis impulsos, sólo permítame que...
Charlie asintió y bajó la voz para que sólo Edward pudiera oírlo.
—Me recuerda a mí, cuando tenía su edad. Y le diré que la madre de Isabella me cautivó con sus sonrisas y sus torpezas femeninas hasta el día de hoy, pero no cambiaría un instante con ella por una elección más sensata. —Los ojos del anciano se humedecieron con emoción—. Vaya con ella.
Edward no dudó ni un instante, ni tan sólo para absorber la bendición de Charlie. En lugar de eso, avanzó a grandes pasos hacia la puerta. Aliviado al darse cuenta de que no estaba cerrada con llave, la abrió y entró en el salón. El animado ruido de la fiesta quedó sofocado al instante, y entonces la vio: un ángel caído con la carita llena de lágrimas cerca de la chimenea.
—Señorita Swan... —Se arrodilló delante de ella, intentando reconfortarla con una gran delicadeza.
—El... lazo... está... demasiado... apretado —susurró ella, y las alas se balancearon al mismo ritmo que sus sollozos—. No... puedo... quit... ármelo.
Ella tenía un aspecto tan vulnerable que a Edward se le partió el corazón al verla tan abatida.
—Tranquila. Estoy seguro de que no tendrá que llevarlo permanentemente. La ayudaré. —Se acercó y le acarició la mejilla, incapaz de contener sus instintos para no tocarla—. Es usted demasiado maravillosa como para llorar.
Isabella sollozó una última vez, pero su sorpresa ante las palabras de Edward pareció ayudarla a sosegarse.
—Me par... ece... que ha bebido demasiado ponche, señor Cullen.
Él sonrió. Era lo último que esperaba que ella dijera.
—Ni lo he probado, señorita Swan.
—Oh. —Isabell esbozó una tímida sonrisa—. Entonces, sólo dice esas cosas tan bonitas para intentar que no cometa ninguna tontería más.
Ella estaba demasiado cerca y tenía un aspecto demasiado cómico como para que Edward pudiera contener sus ganas de besarla. Y el deseo se hizo más insoportable cuando la estrechó entre sus brazos y probó su boca. La respuesta de Isabella fue un éter embriagador que derribó los últimos vestigios de su control. Los labios de ella se abrieron ante los suyos, permitiéndole el acceso a la gruta para degustar cada curva y cada textura sensible de su dulce boca. Ella imitó sus movimientos, y cuando entrelazó la lengua con la de él, mil chispas luminosas parecieron estallar y esparcirse por toda la sala. Edward pensó que su miembro viril también estallaría de un momento a otro, y su cuerpo se estremeció con un espasmo de necesidad.
El ángel entre sus brazos tembló cuando él le mordisqueó los labios, y se alimentó de los suaves gemidos y suspiros que escapaban de esa boca tan sensual. Luego se apartó para trazar una línea de besos efímeros a lo largo de su cuello desnudo.
« ¿Qué sonidos hará mi ángel cuando alcance el orgasmo?»
«Sí, cada centímetro de su piel será mío.»
— ¿Señor... señor Cullen?
«¡Oh, no! Por favor, no quiero conversar ahora... Sólo...»
— ¿No huele a quemado?
Edward elevó la cabeza lentamente y se dio cuenta de que los contratiempos de la noche aún no habían tocado a su fin: una de las alas de su ángel se había arrimado demasiado al fuego. Las llamas se expandieron rápidamente; en cuestión de segundos, Isabella podría estar en peligro mortal. Él reaccionó instantáneamente. La obligó a tumbarse sobre la moqueta y golpeó las alas de organza con sus mangas.
Luego, usando su propio cuerpo para protegerla, aplastó las alas una y otra vez contra el suelo hasta que las llamas se hubieron extinguido.
La maniobra sucedió con tanta rapidez, que Isabella simplemente tuvo tiempo de aferrarse a él, aturdida, mientras Edward se tumbaba sobre ella.
—Bueno, esto es más de lo que podría haberme imaginado —suspiró Isabella, abatida.
— ¿De veras? ¿Acaso no han estudiado esta situación en la escuela?
Entonces los dos se echaron a reír, por lo menos hasta que la íntima naturaleza del abrazo despertó nuevamente el deseo incontenible de Edward. Ella estaba arrebujada debajo de él, y Edward apoyaba el peso de su cuerpo en los codos para no aplastarla; el resto de su cuerpo yacía firmemente anclado entre los muslos de Isabella, incapaz de ocultar su enorme erección.
El señor Swan le había dado su bendición para que la reconfortara, pero Edward estaba seguro de que eso era ir un poco más lejos de lo que Charlie Swan desearía que hiciera.
—Feliz Navidad, señorita Swan.
—Oh, estoy segura de que eso se lo dirá a todos los ángeles en llamas, señor.
—Tengo una debilidad por los ángeles como usted.
Él empezó a apartarse lentamente, pero la fricción contra ese cuerpo femenino fue su perdición. Su mundo se limitó al pulso de su propio corazón y a la necesidad imperiosa de besarla otra vez.
«Sólo un beso más.»
Edward bajó la boca y se fundió con ella. Primero fue un simple roce, ligero como una pluma, pero acto seguido empezó a explorar las comisuras de esa suculenta boca y esos lujuriosos labios tan sensibles, hasta que ella empezó a temblar debajo de él.
Las manos de Isabella avanzaron hasta posarse sobre su pecho, se deslizaron debajo de su abrigo y empezaron a explorarlo. Edward sintió que su piel clamaba libertad, que le imploraba que la redimiera de la barrera que la mantenía alejada de esos dedos indagadores. Se hundió en un beso apasionado, y un nuevo fuego los envolvió irremisiblemente.
Aunque Isabella no estuviera familiarizada con esos estallidos de pasión, demostró ser una avezada alumna, tomando la iniciativa y arrastrándolo hacia un estado de pura y voluptuosa embriaguez. Deslizó las manos hasta la cintura y las caderas de Edward, explorándolo y saboreándolo; él la agarró por la muñeca antes de que ella prosiguiera inocentemente el descenso y consiguiera acabar con los escasos atisbos de cordura que le quedaban.
«Esto es muy peligroso. La fiesta está a tan sólo unos pocos metros de distancia y...»
— ¿Isabella? —La voz de Victoria cayó como un jarro de agua fría sobre ellos. Edward instintivamente cubrió la boca de ella con la punta de sus dedos para que no dijera nada, y los dos se quedaron inmóviles en el suelo, paralizados ante el miedo a ser descubiertos.
— ¿Estás aquí, querida?
Ante la pregunta, la pareja se arriesgó a echar un vistazo hacia el lugar donde había aterrizado tras el incidente. Por una vez en la vida, los problemas habían decidido permitirle a la señorita Swan una circunstancia afortunada: ambos habían acabado en el suelo, justo detrás del sillón; por consiguiente, desde el ángulo de visión de la puerta, nadie podía verlos.
—¿Isabella? —volvió a llamarla Victoria, esta vez más inquieta. Lentamente se acercó al sofá.
Con los corazones desbocados, la pareja continuó inmóvil durante unos interminables segundos. Finalmente, los pasos de Victoria se alejaron, la puerta se cerró y de nuevo se quedaron solos.
Edward apartó los dedos.
— ¿Está bien?
Ella soltó una sonrisita y asintió. Una vez más, se hallaban en una situación embarazosa, pero ella no parecía arrepentida.
— ¿Está intentando abusar de mí, señor?
La pregunta lo dejó helado.
«¡Por Dios! ¡Claro que sí! Y si tu padre y toda esa maldita gente no se hallaran justo al otro lado de la puerta...»
Edward empezó a apartarse, visiblemente incómodo.
—No.
Ella se sentó y lo agarró por el hombro con una mano, mientras que con la otra mano lo inmovilizaba aferrándolo por el abrigo para evitar que se apartara más de ella.
—No era la respuesta que esperaba, señor Cullen.
— ¿No? —Él sacudió la cabeza gentilmente—. Yo... a pesar de lo que parece...
Isabella lo atrajo hacia sí, hasta que ambos estuvieron de rodillas, y el cuerpo de ella quedó tan cerca de él que cuando inhaló aire, sus pechos rozaron el torso de Edward.
—Ya sé lo que no le interesa, pero por favor, dígame qué es lo que quiere.
Él obedeció la orden sin dudar.
—Quiero averiguar qué hay dentro de su preciosa cabecita. Tengo ganas de descubrir la vida, más allá de mis negocios. Tengo curiosidad por saber en qué radica su talento para hacerme reír, y deseo acabar con todas las esperanzas de cualquier hombre en Inglaterra que quiera casarse y amarla desde el primer instante en que la vea.
—Ah, ésa respuesta ya me gusta más, señor Cullen —contestó ella con una sonrisa satisfecha mientras le apartaba el pelo de la frente—. ¿Cree que podrá ayudarme a deshacerme de este maldito disfraz?
— ¿Cómo dice? —Edward arqueó una ceja y la miró con unos ojos llenos de promesas eróticas—. ¿Me está pidiendo que la ayude a desnudarse?
—Las cintas... si pudiera desatar estos malditos nudos... Es que no estoy cómoda. —Empezó a levantarse para que él pudiera ayudarla.
—Por supuesto. —Él se incorporó de un salto y se colocó detrás de ella para desatar los nudos, solazándose con unas suaves caricias en su cuello y en sus hombros desnudos durante el proceso—. Bueno, ya está; ya vuelve a ser una simple mortal, señorita Swan.
—Gracias, señor.
Edward se reajustó el abrigo.
— ¿Quiere que regresemos a la fiesta?
— ¿No le da vergüenza que lo vean conmigo después de... todo? —Isabella señaló las alas chamuscadas.
—No. —Edward hundió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó un pañuelo.
Lentamente y con ternura, pasó el trozo de tela por encima de la nariz de Isabella para limpiarle las manchas de hollín—. Nunca, mi amor.
Hola chicas lamento mucho haberme desaparecido así, espero que no hayan pensado que las abandone porque eso no va a pasar.
Aquí esta el final de esta adorable historia, espero que les haya gustado tanto como a mi, ya solo nos queda el epilogo.
Besos para todas
Gracias a todas/os las/os que siguieron y marcaron como favorito tanto a mi como a esta adaptación, muchas gracias por el apoyo:
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