Pequeño hervíboro

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Solía aterrizar siempre en lugares diferentes, la mayoría de veces cerrados, aunque solían ser habitaciones, desde tétricas hasta esplendorosas. También solía caer en medio de la calle, como lo había demostrado su reciente viaje.

Sin embargo, nunca pensó arrivar en un lugar como aquel.

Mesas y sillas le rodeaban, y en frente una pizarra con un escritorio al lado. Ventanas dejaban ver el cielo nocturno, algo nublado.

Estaba en un aula escolar.

Se levantó, abrazando el atún que tenía y extrañando a su conejito. Estaba seguro de que ambos peluches se hubieran llevado bien, y su osito igual…

Sacudió la cabeza, no debía pensar en ello o de lo contrario se entristecería. Y cuando se ponía triste, parecía afectar a los demás como bien había podido comprobar, y no quería que alguien se sintiera mal si se encontraba con él.

Pese a sus esfuerzos, fue imposible no soltar alguna lágrima. Añadido a sus pensamientos, el entorno en el que estaba no le gustaba nada, pues le recordaba a su escuela y no deseaba reavivar aquellas experiencias.

Torpe como era, solía tropezar —o peor, hacían que tropezara— y se reían de él. Los profesores ni siquiera hacían el esfuerzo ya de tratar de explicarle las cosas pues sabía que no las entendería.

Él no era tonto, sabía leer y escribir alguna cosa, pero siempre que intentaba demostrarlo era ignorado o, en las ocasiones que le daban una oportunidad, decían que se había copiado de algún sitio.

En vista de la situación, pronto desistió de la idea de demostrar que era tan capaz como los demás. No quería sonar presuntuoso, pero internamente se enorgullecía de haber podido aprender a leer sin ayuda alguna mientras que sus compañeros, quienes siempre se burlaban de él, apenas podían leer su nombre.

Caminó por entre los pasillos con temor, no quería entrar en un aula, no tenía buenos recuerdos respecto a lugares cerrados oscuros y a solas —una vez le encerraron en uno de los cuartos de limpieza— pero tampoco sabía dónde estaba la salida pues no veía nada y no tenía ni idea de dónde estaba el interruptor de luz.

Anduvo unos diez minutos, hasta que escuchó pasos. Asustado, quedó paralizado mientras sentía su corazón latiendo frenético debido al miedo que tenía en el cuerpo, y abrazó fuertemente el peluche.

Vio un haz de luz que salía de una esquina y se acercaba más a su posición. Llegó a pensar que era un fantasma, y aunque hubiera querido salir corriendo no podía moverse.

Cinco segundos después, un chico de unos doce años, cabello negro como la oscuridad que les rodeaba y de orbes azul grisáceo apareció en frente suya, estremeciéndole debido a la frialdad que sus ojos irradiaban. Sin embargo, se le hicieron familiares, muy familiares…

—¿Kyo-nii? —se atrevió a preguntar, y el mayor arqueó una ceja mientras le enfocaba bien con la linterna que portaba.

—¿Quién eres tú, pequeño herbívoro? —cuestionó, corroborando la teoría del castaño. Solo había una persona que le llamara así.

—¡Si eres tú! —sin temor alguno, corrió a abrazarse a las piernas del azabache, quien le miró con sorpresa.

—Apártate o te morderé hasta la muerte —no le gustaban los abrazos, pero Tsuna sabía que no le iba a hacer daño.

Sin embargo, cedió y le miró con una radiante sonrisa.

—Tú también has encogido —dijo alegre el castaño.

—¿Encogido? —el menor asintió—. ¿De qué me conoces?

Entonces el cielito empezó a relatar su historia, omitiendo las partes que podían entristecerle, y hablando con entusiasmo acerca de todos los amigos que había hecho y de cómo le había conocido.

El chico le escuchaba con atención, lo que hacía que el pequeño se animara más. Por tanto, al cabo de unos veinte minutos, habría terminado su historia.

—Ya veo, entonces en ocho horas desaparecerás, ¿no es así? —el chiquillo asintió—. ¿Y qué harás hasta entonces?

Tsuna lo pensó unos momentos.

—No lo sé —respondió al fin con voz cantarina—. ¿Quieres jugar conmigo?

—¿Me ves con cara de jugar con niños? —preguntó irónico.

—Ya lo hiciste una vez —le recordó sonriente.

—Pues ahora me niego —se cruzó de brazos, y el pequeño puso una expresión de pena que evitó mirar cerrando los ojos.

—Por favor, Kyo-nii —alzó su manita para tirar de la manga del mayor.

—No me llames así, y mi respuesta sigue siendo no —replicó sin abrir los ojos.

—Kyo-nii —llamó con voz de lamento, sin dejar de insistir.

Así siguieron durante un buen rato, ninguno sin dar su brazo a torcer. Sin embargo, el ganador de aquella batalla al final fue Tsuna, quien empezó a sollozar al ver que el azabache no quería jugar con él. Este se sintió extrañamente mal por provocar el llanto del pequeñín, y aunque le ordenó dejar de llorar —añadiendo que le mordería hasta la muerte—, el castaño no detuvo su llanto. Sin más alternativa, tuvo que ceder a la petición del menor.

Suspiró ante la sonrisa radiante que el niño le mostraba. Detestaba los pequeños y débiles herbívoros como él, que pese a su poca fuerza podían hacerte sentir bien o mal con solo una mirada.

Y odiaba sentirse mal por algo o alguien, pero ese niño conseguía lo imposible. ¿Cómo se llega a apreciar a un herbívoro en menos de media hora?

—¿Y a qué quieres jugar? —preguntó—. Es de noche, no creo que sea buena idea salir fuera, algo podría pasarte.

Bueno, era improbable que tocaran a ese castaño. Antes el que se atreviera, o estaba derretido ante la dulzura del menor, o habría sido mordido hasta la muerte.

—¡Al escondite! —solucionó al cabo de unos momentos.

Volvió a suspirar, ¿por qué debía jugar a eso tan infantil y propio de herbívoros?

Eso era lo que se preguntaba mientras contaba hasta cien, luego de haber perdido en el piedra, papel, tijera. Podría decirse que era increíble que un pequeñajo le ganase en un juego tan simple. El niño le había tomado la linterna para poder ver un lugar donde esconderse, por lo cual hacía el buscarle una tarea más complicada.

—Terminemos con esto lo más rápido posible —murmuró, terminando de contar.

Bien, conocía su escuela de izquierda a derecha y había pasado innumerables noches entre sus paredes, reticente a volver a su casa. Asi pues, lo conocía como la palma de su mano y se percataría si hubiera algún cambio, por lo cual igualaba la desventaja de no tener iluminación, y aunque bien podría encender las luces, alertaría al niño. Por ello no las encendió en un principio, pensando en capturar al intruso —aunque dudaba seriamente que fuera un ladrón o algo por el estilo—.

Agradecía el haberse tomado una buena siesta, por lo cual no tendría problemas debido al insomnio.

Ahora bien, ¿dónde se escondería un herbívoro castaño de cinco años?

Seguramente en alguna de las aulas. Pero había varias, asi que tenía que ir descartando sino quería tirarse toda la noche revisándolas.

En el lapso de una contada hasta cien, por mucho que el niño corriera —aunque con esas piernitas, tampoco podía alejarse demasiado— no llegaría más allá de aquella planta. Y dado que tenía una mentalidad infantil, seguramente hubiera entrado a un aula cercana.

Siguiendo con su poco conocimiento acerca de esos juegos, era altamente probable que no se hubiera tomado ni la molestia de cerrar la puerta, o quizá lo hubiera pensado pero tendría miedo a los lugares cerrados y oscuros —en el caso de que no hubiera sido tan ingenuo como para encender la luz, lo que le agradecería pues recortaría su tiempo de búsqueda—.

Así pues, se dedicó a buscar un aula que tuviese la puerta abierta. Como bien había pensado, no estaba muy lejos, por tanto no tardó demasiado.

Ahora venía la parte donde debía buscar al niño en el lugar. Eso era fácil.

—Te encontré —la risa incontenible del pequeño lo delataba, se encontraba encima de un armario donde guardaban utensilios escolares tales como mapas.

—¡Kyo-nii es muy bueno! —exclamó el castaño, sacando su cabecita para mirarle con una sonrisa.

—Baja rápido de ahí, te puedes caer —advirtió, ante lo que recibió una afirmación del menor.

—¡Kyo-nii! —el niño se tomó en serio lo que era bajar rápido, y se tiró a los brazos del azabache, quien gracias a sus reflejos pudo cogerlo.

—Cuando dije que bajaras rápido, me refería a que lo hicieras por donde subiste —explicó con un suspiro, viendo la cara de sorpresa del infante—. Por cierto, ¿cómo subiste?

—Gracias a él —de entre su cabellera salió un pequeño camaleón verde, el cual se posó encima del hombro del niño—. Se había escondido y viajó conmigo, se llama Leon. Es la mascota de Reborn-nii.

El animal parecía analizar al azabache, como si estuviera evaluando si podía confiar en él. Aunque algo le dijo que estaba más bien pensando en si era adecuado para poder dejar al chiquitín con él.

—¡Ahora te toca esconderte! —le dio la linterna que había dejado abajo, escondidos junto a su sombrero, que se puso de inmediato, y peluche, el cual metió en Leon convertido en mochila.

—¿Esconderme? —repitió, por si no había escuchado bien.

—¡Claro! Me has encontrado y ahora es mi turno de buscarte —respondió, sin darse cuenta de lo que el mayor quería decirle—. No sé contar hasta cien, pero puedo hasta cincuenta.

Viendo la carita ilusionada del cielito, fue incapaz de negarse ante su petición pese a que no tenía muchos deseos de seguir jugando a eso.

Así pues, se vio arrastrado a seguirle el juego.

Con otro suspiro —se percató de que estaba suspirando demasiado en un corto lapso de tiempo— dejó al niño contando mientras veía un lugar para esconderse. No podía ser muy difícil, o de lo contrario el menor podría acabar perdiéndose.

Asi pues, optó por un pequeño trastero cercano al aula donde había dejado al castaño contando. Sin embargo, al cabo de unos segundos, escuchó un grito de auxilio por parte del cielito.

Corrió hacia donde había provenido el grito, pensando en qué podía pasarle en una escuela totalmente vacía.

Cuando llegó, descubrió a uno de los alumnos mayores, de unos dieciséis años, sujetando al chiquitín de la camisa, levantándole del suelo unos buenos metros. El camaleón del pequeño estaba siendo aplastado por el pie del chico y parecía insonsciente.

Vio que había un móvil con linterna en el suelo junto a una hoja que había sido sacada de un cajón.

«Quería ver las preguntas del examen»

El mayor le miró con cara enfadada, reconociéndole.

—Vaya, tú debes ser el que dicen demonio, el renacuajo al que teme la mayoría —dijo con una sonrisa burlesca, y el castaño le miró de reojo.

—Kyo-nii... ayúdame —pidió sollozante.

—¿Es tu hermano? —preguntó arqueando una ceja—. No os parecéis en nada.

—Suéltalo, o te morderé hasta la muerte —sacó sus tonfas, amenazante.

—Yo no te tengo miedo, pero si das un paso más, este niño muere —de su pantalón saco una navaja, y sostuvo al castaño de manera que pudiera ver al azabache, amenazando su pequeño cuello con el arma.

Kyoya apretó los dientes, pensando sus posibilidades. Aquel herbívoro era un cobarde, y sabía que podía deshacerse de él en segundos. Sin embargo, el herbívoro menor era un rehén, y no le haría ninguna gracia que muriera.

Pero si dejaba que se saliera con la suya, a saber qué le haría al cielito cuando ya no le sirviera. Tenía pinta de ser un tipo callejero que quería aprobar solo para estar con sus amiguetes.

—Buen chico —felicitó cuando bajó sus tonfas—. Ahora me pasarás el móvil, guardarás el examen y te esperarás aquí hasta que yo salga. Te dejaré a tu hermanito en la salida, y estará bien si no haces nada raro.

Le dedicó una mirada asesina y se dispuso a obedecer. Tomó la hoja y la devolvió al cajón, y cuando se dispuso a tomar el móvil, repentinamente saltó y golpeó en la parte trasera de la cabeza al adolescente.

Solo tenía un golpe, asi que más valía que se hubiera quedado inconsciente con eso.

Para su alegría, cayó hacia atrás, soltando el agarre del pequeño, quien no tardó en apartar el brazo del mayor para abrazarse al azabache con lágrimas corriendo por su rostro.

—Gracias, Kyo-nii... —agradeció entre sollozos—. Tenía mucho, mucho miedo...

Tras un rato en el que consoló al castaño acariciando sus cabellos, el pequeño recordó a su amiguito, quien estaba aún en el suelo.

—Leon... está herido —lo tomó entre sus manitas, aunque parecía más un charco verde que un camaleón.

Lo abrazó para sí con pena, y el azabache notó que empezaba a brillar. Poco después, la forma de camaleón regresó, y parecía estar bien.

Se disculpó con el cielito por no haber podido protegerle, o eso pensó Kyoya al oírle hablando con el animal, pese a que él no escuchaba nada.

Según el niño, su agresor había tomado a Leon antes de que este tuviera oportunidad de transformarse y le había tirado al suelo, aplastándole con el pie

—Leon dice que sigamos jugando —tomó su peluche, el cual la mascota había dejado caer al intentar defender al chiquitín. Se volvió a transformar en mochila y guardó nuevamente el peluche ahí—. Pero... ¿está bien?

Señaló al inconsciente, y Kyoya asintió.

—No se despertará en un buen tiempo —por él que no se despertase más, pero el golpe no había sido letal—. Solo ignórale.

El niño estuvo de acuerdo y empezó a contar de nuevo.

Descubrió con cierta inquietud que al cabo de un rato ya no le molestaba divertir al pequeño, más por aquella sonrisa que esbozaba. Era un infante, era fácil hacerle feliz con aquellas cosas de herbívoros.

Podía asegurar que nunca lo había pasado tan bien jugando con niños de cinco años. Bueno, tampoco tenía con que comparar, pues la mayoría de los chiquillos le tenían miedo, hecho que no le sorprendía demasiado. Sin embargo, ese castaño estaba más que convencido de que jugaría con él o le haría hacerlo.

Y lo peor era que había logrado. Era la primera vez que cedía ante los caprichos de un pequeñajo, pues de alguna enrevesada manera lograba que hiciera todo lo que quería.

Incluso ese camaleón parecía obligarle a obedecer al chiquillo, quien no mintió cuando dijo que podía transformarse en cualquier cosa. De hecho, fue quien sirvió como pelota para diversos juegos en los cuales se requería de una —sí, le había sacado al patio interior para hacerle jugar—.

Y también se convirtió en un arma de fuego que disparaba sola cuando se negó a jugar con el castaño por segunda vez. Solo cuando Tsuna le dijo que se calmara y que todo estaba bien, dio alto al fuego.

Eso le convenció de que no había que negarle nada al cielito, aunque estaba seguro que, con solo mirarle de aquella manera suplicante, ni el diablo le diría que no.

Ya amanecía cuando al pequeño le entró hambre, parando de jugar a pasarse la pelota —o, en ese caso, Leon—. El azabache suspiró mientras pensaba en qué darle de comer al niño.

Se decantó por darle su desayuno, al fin y al cabo no tenía demasiada hambre y podría aguantar más que el menor. Sin embargo, este pareció sentirse mal por él y le tendió la mitad.

—También debes tener hambre, no sería justo —sonrió, mientras el mayor arqueaba una ceja.

—Eres un niño muy extraño, ¿lo sabías? —dijo, tomando la mitad del sandwich que el niño le ofrecía.

—Me lo han dicho —respondió alegre.

Ante la respuesta, suspiró y empezó a comer mientras oía las propuestas del pequeño para seguir jugando. La energía parecía renovársele en cinco segundos y por tanto, era incansable, como una fuente de energía que jamás se le acababa. No quería ni pensar cómo sería si durmiera.

Sin embargo, advirtió que el cuerpo del castaño iba transparentándose. Parpadeó, pensando que sería un efecto óptico o algo por el estilo. Por mucho que se refregó los ojos, veía al niño cada vez más transparente.

—Estás desapareciendo —le dijo, pues no parecía darse cuenta de ello.

Como sospechaba, miró sus manos y su rostro se entristeció, haciendo que el azabache se arrepintiera de haberselo dicho.

—Es hora de volver —le miró con tristeza, aunque sonreía—. Me lo he pasado muy bien.

Pese a sus palabras, el niño aguantaba las ganas de llorar. Le había comentado que no le gustaban las despedidas.

—No estés triste, pequeño herbívoro —le dijo—. Nos volveremos a ver.

—Pero yo… —su llanto, ya inaguantable, salió por sus orbes chocolate, interrumpiéndole.

—Venga, deja de llorar —no sabía desde cuando trataba de consolar a alguien, ni por qué estaba abrazando con tanta fuerza al pequeño, pero estaba seguro de una cosa.

No quería que se fuera. Por mucho que le hiciera jugar a todo lo que se le ocurriese, o que fuera un hervíboro que necesitaba aprender a no tropezarse.

Quería que siguiera con él, aunque eso sabía que era imposible desde el inicio.

El castaño descargó su llanto en él, abrazándole con fuerza mientras su cuerpo se volvía más trasparente.

—Adiós, Kyo-nii… —susurró, para luego desaparecer por completo.

Kyoya sonrió tristemente cuando el pequeño desapareció.

Solo esperaba que sus palabras fueran ciertas y que se volvieran a ver algún día.

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Salut de nuevo lectores~.

A que esto no os lo esperabais? ¡Actualizacion doble en un dia! Adoradme XD

Espero que hayais disfrutado de esta sorpresa que dije en el anterior cap ;D

Respondiendo~

Fiz-chan, yaaaaaaaaay, mas de 100 reviews n.n

Zoy feliz =D. Rima y todo la frase eh XD. Me encanta XD.

Mejor no preguntes XD. Y quien sabe? Tu crees?

Yi-chan, más rápido imposible eh XD. Me alegro que te haya gustado n.n

Bren-chan, CIEN TARTITAAAAAS. CIEN REVIEWS, CIEN TARTITAS. ME GUSTA COMO PIENSAS.

Maka-chan sea pues, y he aquí la sorpresita n.n Espero que te haya gustado =D. Y mi tartitaaaaa. Choco please. Adoro el chocolateee.

R Sycore, madre mía, te has esmerado con el review eh XD. A ver, veamos, tu tranqui que yo lo aclararé todo =D. Dije que sería un AU pero tienes razón al decir que respetaré algo de la historia original, pero como puedo hacer lo que me venga en gana (ventajas de los universos alternativos) pues todo dependerá de mi inspiración ;D. Y me gustan tus razonamientos, parece que no te puedo engañar eh XD.

Me alegro que te guste tanto, y una pregunta (ya valía que solo tu las hicieras XD)

¿Puedo decirte Re-chan?

Bien~. ¿Merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?

¡Au revoir! Nos leeremos pronto~.