Béisbol

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Sus pequeños orbes chocolate se apretaron para luego abrirse, mostrando su color y dejándole ver lo que el niño pensó que era un techo, a juzgar por la lámpara que colgaba de él.

Su primer pensamiento fue «¿dónde estoy?» antes de mirar a su derecha, descubriendo un niño que sería de su edad, a lo mucho un año menor, de cabello azabache y orbes café claro que le miraba con alegría.

—¡Has despertado! —al menos hablaba su idioma, para alivio del castaño—. ¡Papá se va a poner contento! Ahora ha ido a comprar algo, pero enseguida vuelve —ese rostro le sonaba, y le miró fijamente para hacer memoria.

¿No era...?

—¿Takeshi-nii...? —preguntó, y el niño pareció sorprenderse.

—Te equivocas, no soy tu hermano —negó—. Pero sí me llamo Takeshi —sonrió alegremente, y no tuvo duda de que era él—. ¿Cómo te llamas?

—Tsuna —estaba feliz, había encontrado a alguien conocido—. Me llamo Tsuna, y no me equivoco, sí eres Takeshi-nii.

El pequeño azabache ladeó la cabeza, curioso e intrigado ante su rotunda afirmación. Entonces el cielito le contó resumidamente cómo le conoció en un futuro. Takeshi parecía muy emocionado con la historia de viajar en el tiempo, y le preguntaba varias cosas.

—¿Seré beisbolista profesional? —cuestionó entusiasmado, y el castaño obtuvo una expresión pensativa.

—No lo sé, no pregunté —dijo, intentando recordarlo—. ¡Pero eres muy rápido! ¡Jugamos mucho! —exclamó alegre.

Sin embargo, toda su diversión se cortó en cuanto se percató de lo que le faltaba. Empezó a mirar de un lado a otro en el colchón sobre el que estaba. Miró sus ropas, que habían sido cambiadas por otras, y su preocupación fue a más.

—¿Buscas algo, Tsuna? —preguntó el azabache al ver su desesperación.

—¡Leon! ¡No está! ¡Estaba conmigo! —respondió, sin parar de buscar al camaleón—. ¡Y mi ropa tampoco!

—¿Leon? ¿Te refieres al camaleón que estaba herido? —el castaño le miró esperanzado, asintiendo—. Lo puse aquí, pensamos que quizá era tuyo —se inclinó hacia el suelo, tomando una cesta en la que había una improvisada cama hecha de algodón, en la cual se podía observar a un pequeño camaleón lleno de vendas—. ¡Deberías haberlo visto! ¡Fue increíble! De repente se transformó en una especie de escudo y evitó que el coche de papá te diera. Solo te caíste, pero te desmayaste.

—¿Está bien? —se preocupó, tomando con delicadeza a su amiguito.

—Sí, eso creo. Se volvió a convertir en un camaleón, pero como recibió todo el golpe, estaba herido —explicó—. Lo de tu ropa, es que estaba muy sucia y decidimos que era mejor lavarla, asi que te presté unas mías, pero te quedan algo cortas —dijo riendo—. Quisimos llamar a tus padres o algo, pero no sabíamos ni cómo te llamabas.

—No puedes llamarlos, ellos... —no acabó la frase cuando el azabache asintió.

—Lo sé, murmurabas algo cuando dormías —Tsuna parpadeó sorprendido. Extrañamente, no recordaba su sueño, como si algo lo hubiera borrado de su memoria—. Lo siento, debiste haberlo pasado mal.

—¿Por qué? No recuerdo lo que soñé —aclaró.

—¿Ah no? Pues llamabas a tu madre a gritos, y decías que no te dejara —respondió—. Como te encontramos en el bosque lleno de barro, y añadido a eso, papá y yo pensamos que te habían abandonado ahí.

—No... llegué aquí por accidente, pero este tiempo no es el mío —volvió a explicar—. No entiendo por qué dije eso.

—No te preocupes, solo debe ser una pesadilla —tranquilizó—. Lo importante es que estás bien.

—Pero Leon... —acarició con cuidado su cabecita vendada, entristecido por su estado.

El animalillo reaccionó ante su caricia con un leve movimiento que logró emocionar a Tsuna. Al menos podía moverse.

—Creo que se pondrá bien —tranquilizó el otro menor. El castaño asintió con energía y le depositó cuidadosamente en la improvisada cama.

Como era costumbre en el pequeño cielo, su estómago no tardó en hacer acto de presencia. Tenía hambre, demasiada, pero el hacerlo denotar así le avergonzaba. Su rostro se ruborizó.

—Si tienes hambre, puedes comer sushi —ofreció Takeshi—. Papá dijo que seguramente estarías hambriento, asi que dejó un plato preparado.

—Muchas gracias —sonrió el chiquitín, y el azabache negó con la cabeza.

—No es nada, sígueme —Tsuna obedeció y se bajó del colchón, no sin antes acariciar al camaleón y desear que se recuperara pronto.

En cuanto Takeshi le puso el plato en frente suya, el castaño lo tomó no tardó en devorarlo en menos de cinco minutos, sin tomarse la molestia de apoyarse en algo o siquiera sentarse de lo hambriento que estaba.

—Estaba muy bueno —felicitó sonriente, y el otro menor parpadeó, saliendo de su sorpresa para luego corresponderle la sonrisa.

—Me alegro que te haya gustado, sí que tenías hambre —comentó—. Al menos podrías haberte sentado —rió.

—Lo siento —se disculpó, llevando una mano por detrás de su cabeza en gesto de nerviosismo.

—No importa —alivió el niño, tomando el plato del cual había comido el castaño y lo llevó a la cocina.

Tsuna le siguió con curiosidad, y vio como Takeshi lavaba el objeto con suma tranquilidad y alegria, subido a un pequeño banco para compensar la falta de altura que debía tener para llegar al fregadero.

Pese a que el cielito insistió en que podía hacerlo él mismo, el azabache negó diciendo que era un invitado. Una vez terminó, le ofreció a Tsuna salir fuera para jugar al béisbol.

—Quisiera, pero no sé jugar... —se apenó el pequeño.

—¡Yo te enseño! —dijo alegremente el chico.

—Pero soy torpe... Y es tu juego favorito... —le miró con nerviosismo y temor en sus orbes chocolate—. Además, a lo mejor tu padre se enfade...

—No se enfadará, tranquilo. ¡Y yo sé que puedes, Tsuna! ¡Vamos! —sin esperar otra respuesta negativa por parte del cielo, le tomó del brazo y le sacó de su hogar pese a que el día estaba nublado, tomando la bolsa que contenía el bate y la pelota antes de salir.

—De verdad que no es una buena idea, Takeshi-nii. Me dicen Dame-Tsuna... —trató de explicar, pero el aludido hacía oídos sordos a sus negativas, siguiendo su camino al parque más cercano sin soltarle la mano.

Sin embargo, ante lo último dicho por Tsuna, paró su paso y volteó para mirarle con extrañeza en sus orbes café claro.

—¿Por qué te dicen Dame-Tsuna? —ladeó la cabeza, intrigado.

—Porque lo soy... bueno, mis amigos dicen que no, pero mis compañeros me decían así porque no soy bueno en los estudios ni los deportes... —explicó, agachando la cabeza.

—Pero sabes leer, ¿no? —Tsuna asintió levemente—. Y jugaste fútbol con tus amigos, ¿no? —recibió otra leve afirmación—. ¡Entonces no es verdad lo que dicen!

—Pero mis profesores también lo decían...

—¡No saben nada! ¡Tú no eres un Dame! —afianzó sus palabras, y el cielito le miró ilusionado.

El pequeño beisbolista se cuestionó cómo alguien podría hacer deprimir a propósito a aquel niño, ¿acaso no les apenaba como a él con solo mirar esos orbes chocolate entristecidos? ¿Qué tenían por corazón?

—¿Tú crees? —preguntó Tsuna, recibiendo un ferviente asentimiento.

—Sí, asi que deja de dudar y vamos a divertimos ¿de acuerdo? —la sonrisa del cielito no se hizo esperar, y Takeshi sintió calidez ante ese gesto.

Había visto muchas sonrisas a lo largo de sus cuatro años, pues siempre había estado rodeado de ellas por su gran habilidad desde temprana edad para el béisbol. Pero jamás había visto una sonrisa tan sincera como la de aquel castaño.

Cuando llegaron al parque —uno que Tsuna no conocía pese a estar en su ciudad— se dirigieron a un espacio amplio lleno de arena y el azabache empezó a explicarle de qué iba el juego.

El pequeño viajero no vio muy difícil comprender que había que darle a la pelota con el palo —el bate, como lo llamaba su amiguito, aunque decía que era uno diseñado para niños— cuando estabas en posición de "bateador" y lanzabas la pelota cuando eras "lanzador".

Bien, pues como su torpeza era ya de nacimiento, le costó lo suyo levantar correctamente el palo. ¡Y darle a la pelota era tan difícil! ¡Lanzaba muy rápido!

Cuando intercambiaron posiciones —a la tercera vez fallida se cambiaba, según había dicho Takeshi— pensó que lanzar una pelota no sería tan complicado como golpearla. ¡Cuán equivocado estaba!

Si no lanzaba muy arriba, era muy abajo, o demasiado a uno de los lados. En el idioma beisbolístico del azabache, eso era "bola" y a la tercera falla intercambiaban igual las posiciones.

A la cuarta ronda sin lanzar ni batear bien, el castaño se dejó caer sobre la arena en gesto derrotado, y el menor —aunque era de su misma estatura— se agachó frente a él.

—Lo siento, Takeshi-nii... ¡No puedo hacerlo! —las lágrimas acudieron a los achocolatados orbes del cielito—. ¡Lo intento, de verdad, pero no me sale! ¡Tenían razón, siempre seré Dame-Tsuna!

—Eso no es cierto, Tsuna —consoló—. Simplemente no se te da bien...

—P-pero yo quería hacerlo, Takeshi-nii... —replicó—. De verdad... pero... no puedo... lo siento...

—No te preocupes por eso, yo al principio tampoco podía —Tsuna le miró con confusión. Él era muy bueno, siempre bateaba y lanzaba la pelota muy bien—. Pero papá me dijo que no debía rendirme, ¡y ahora me sale!

—¿Entonces... no estás enfadado...? —el azabache parpadeó sorprendido. ¿Era eso lo que pensaba?

—¡Claro que no! —se incorporó y le tendió la mano, en señal de ofrecimiento para ayudarle a levantarse—. ¡Es un juego, y es para divertirse! Sigue intentándolo, y seguro que te sale.

Al escuchar la negación, el pequeño cielo sonrió y se secó las lágrimas con su mano, usando la otra para aceptar la ayuda del niño frente a él.

Después de eso, pasarían toda la tarde jugando. Consolado y animado por las palabras de su amigo, Tsuna siguió intentándolo hasta que, en un momento dado, logró que el bate golpeara la pelota con tal fuerza que fue a dar en una cancha de baloncesto, localizada una distancia considerable de su ubicación.

—¡Le he dado! —se alegró el cielito.

—¡Impresionante! ¡Eso es un home run! —felicitó Takeshi, ante el desconcierto del castaño.

—¿Qué es eso Takeshi-nii? —cuestionó con curiosidad. Parecía ser algo bueno, dada la emoción con la que lo decía.

—¡Es la mejor jugada! ¡Lo has hecho muy bien! —ambos se tomaron de las manos y empezaron a dar vueltas con alegría, como si hubieran ganado la final de algún campeonato importante.

Sin embargo, como nada podía ser totalmente perfecto, su diversión se cortó cuando dos adolescentes se acercaron a ellos con aire claramente enfadado, uno tenía la pelota blanca con líneas rojas que pertenecía al pequeño azabache.

—¡Mi pelota! —sonrió el propietario, deshaciendo el agarre que le unía a Tsuna y acercándose con total calma a los jóvenes. Extendió su mano mirándoles con alegría—. Gracias por traerla, no hemos tenido que ir a buscarla.

—Takeshi-nii, no han... —el castaño se había dado cuenta de que las intenciones de esos dos no era devolverles la pelota.

—Con que es tuya, renacuajo —el tipo soltó la pelota, cayendo esta al suelo. En un momento, el pequeño beisbolista se había visto repentinamente levantado por el cuello de la camisa. Este se intentaba liberar como podía, pero no conseguía nada—. Me has dado, ¿sabes lo que significa eso?

—¡Espera! ¡No ha sido él! ¡Le he dado yo! —defendió Tsuna, o hizo el intento. Por precaución, tomó el bate que había quedado olvidado en el suelo y lo sostuvo en frente suya con temblor—. ¡Siento que os haya molestado! ¡Pero por favor, soltadle!

—Mírale, si está temblando —le dijo burlón el que sostenía al azabache a su compañero, quien rió ante sus palabras.

—¿Qué crees que harás con eso, renacuajo? —se burló el otro, siguiéndole el juego a su amigo.

—¡Soltadle, por favor! —pidió, tembloroso. Takeshi le miraba sorprendido, parando sus patadas y golpes. ¿Por qué no corría y se ponía a salvo? ¿No sería más fácil que defenderle en una batalla que estaba claro que perdería?

—Oh, me conmueves —dijo con pena fingida—. Oblígame a soltarlo.

—N-no quiero pelear... Yo... —negó, sin moverse de su posición.

—Pues es una lástima, no soltaremos a tu amiguito —tiró bruscamente al menor al suelo, sacándole un grito al estrellarse contra el suelo boca abajo, y el adolescente puso un pie en su camisa, impidiéndole el irse pese a que oponía resistencia.

El castaño apretó los labios. No podía, no tenía el valor ni la fuerza para enfrentarse a esos dos que le pasarían siete metros.

Miró a su amigo, quien le seguía observando con sorpresa. No tendría el valor para enfrentarse a esos tipos, pero menos para abandonar al azabache a su suerte...

No era tan cobarde.

Devolvió su vista a los adolescentes, y algo raro debieron ver en él, pues sus sonrisas se borraron y retrocedieron un paso.

—¿Qué demonios...? —murmuró el que sostenía momentos antes al niño, que al ver su oportunidad no la desaprovechó y se puso al lado de Tsuna con rapidez.

—Tío, algo está mal con ese niño, los ojos no cambian de color así como así —le dijo su compañero—. Vámonos.

Recibió un asentimiento y ambos dieron media vuelta, volviendo con prisa a la cancha de baloncesto.

Tsuna parpadeó y miró a su lado. Takeshi le contemplaba como si fuera una especie de héroe.

—¡Tsuna eres fantástico! ¡Tus ojos se volvieron naranjas! ¡Era aterrador pero genial! —exclamó, saliendo de su estupor—. ¡Los has espantado con una sola mirada! ¡Increíble!

—Me... alegro... —su cabeza empezaba a dolerle al esfumarse toda la adrenalina. Sintió todo dar vueltas a su alrededor, el cansancio inundó su cuerpo...

Lo último que escuchó antes de que todo se volviera nuevamente oscuro, fue a Takeshi gritar su nombre con miedo.

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¡Salut lectores!

Bueno, aqui os dejo la conti n.n

Respondo~

Fiz-chan... El mejor resumen del cap please XD. Y ADMIRA MI BONDAD. ESTA VIVO. ES MAS DE LO QUE PUEDES PEDIRME

Dai-chan... Bueeeeno, vivo vivo esta n.n

Yi-chan jejejeje, la maldad es parte de mi XD. Y grache por las tartitas!

Maka-chan, jajaja, denadaaaa. Entiendo lo que es estar ocupada n.n CHOCOLATE. CHOCOLATE EVERYWHERE

Mel-chan, jeje, con la que me caía encima si le hacia algo poz como para hacerlo. Y grache!

Bien~ ¿Merezco review? ¿Disparo? ¿Tartita?

Au revoir, nos leeremos pronto~.