Casamentera

Una historia en el universo de Dragon Ball

Escrito por Iluvendure

El universo y los Canon Characters no me pertenecen, son propiedad de Akira Toriyama, Shueisha y Toei Animation. Dragon Ball © 1984 Akira Toriyama

"Los demonios han existido en el Mundodisco durante al menos tanto tiempo como los dioses, a los que se parecen bastante en muchos sentidos. La diferencia es básicamente la misma que hay entre terroristas y revolucionarios."

Terry Pratchett


La Novia (segunda parte)

Aunque la faz felina permaneció inexorable, una de las largas orejas giró sobre si misma y delató interés:

— ¿Eh? ¿Una mujer? ¿Una mujer quiere verme?

— Si, eso es lo que acabo de decirle. Ella es…

Wiss intentó explicarse, pero su patrón parecía más interesado en el físico de su nueva invitada:

— ¿Una mujer de verdad? ¿No será un saco raquítico como ésta? — interrumpió, a la par que su afilada garra señalaba sin ningún reparo a la vieja hechicera. La frente de Baba se oscureció severa bajo el sombrero de ala ancha, pero sabía que era preferible callar y hacerse la tonta.

— Oh, es una mujer inmortal — indicó Wiss suave y correcto. No obstante, calló de pronto, como si percibir el aliento acusador de las fauces de Bills fuera suficiente motivo para inquietarlo—. ¿Quiere atenderla o prefiere que la despache? No sé si usted está en las condiciones apropiadas para recibir visitas.

Durante unos segundos, Bills dudó. Sus pupilas se estrecharon y sus ojos se vieron más redondos e infantiles; irradiando una mezcla extraña de vacilación, confusión y esperanza, cada una intensificada por la bebida. Si bien, enseguida su temple frío fue recuperándose:

— Por supuesto que lo estoy, hazla pasar. Dame cinco minutos, ¿vale? Y, trae más vino…— ordenó. Mas, al sentir la reprimenda silenciosa del hombre celeste, volvió a gritar hastiado—. ¡Está bien! ¡Tú ganas! ¡Trae lo que quieras, pero haz que se sienta cómoda!

La sonrisa de Wiss dio muestras de cierta jactancia ante esa pequeña y sin importancia victoria personal. No duró demasiado, pues su semblante adquirió de nuevo cierto titubeo y preocupación:

— Tengo que hacerle una advertencia: Usted no me lo ha preguntado, mas pienso que debería saber de quién se trata antes de tomar una decisión… Ella es una Deidad de la Tierra de los Demonios. Inferior, pero deidad al fin y al cabo. Es la Princesa Jadōshin del Camino de la Serpiente.

El cuerpo de Bills dio una sacudida violenta. Fue igual que si una conducción eléctrica lo estuviera atravesando de arriba a abajo, dando nueva energía a sus miembros aplatanados. En un único salto, se hincó ante su asistente y comenzó a zarandearlo con una intensidad desusada:

— ¿QUÉ? ¿Me estás diciendo que es la Princesa Serpiente? ¡¿Y se encuentra a las puertas de MI CASA?!

— Si, eso digo. Tenga cuidado de no despeinarme… — alegó Wiss. Su anillo saturnal, por culpa de tantos meneos, bailaba como un hula hoop descontrolado.

La voz de Bills no se domó, al contrario. Iba adquiriendo intensidad e ímpetu a velocidad vertiginosa:

— ¡¿La misma Princesa Jadōshin que habita la carretera asentada sobre el Infierno?! ¡¿La ganadora del premio de belleza en el Otro Mundo?! ¡¿La DIOSA más rematadamente DESPAMPANANTE, HERMOSA y SEXY de todo el SÉPTIMO UNIVERSO?!

De improviso, como si aquello que lo había poseído acabara de desaparecer, el dios tomó aliento y se apartó rápidamente del otro hombre, cuadrándose tieso igual que un palo de escoba. Parecía tan avergonzado consigo mismo como incomodo.

— Ejem, bueno…— dijo secamente—. Eso es lo que he oído decir. En verdad, no suelo fijarme mucho en esas cosas. Además, yo sólo he podido verla una vez, hace ya eones, y tampoco es que la recuerde demasiado.

— ¿Cuándo usted ha visto a la princesa serpiente?— Las amatistas en los ojos de Wiss se entreabrieron declarando confusión. El anillo de su cuello seguía girando sobre su eje.

— Ey, no hace tampoco tanto. Más o menos cuando se pavimentó el sendero de las almas hacia el Más Allá. — aclaró Bills, observado desinteresado e impasible la forma de sus uñas. Aunque, al ver que Wiss no lograba hacer memoria, empezó a dar detalles —. En esa fiesta que se celebró antes de que las fuerzas del bien y los poderes del mal se distanciaran definitivamente. Si, hombre, ¿no te acuerdas? La noche que aticé a ese imbécil de Darbura.

— Aaaah, ¡Ahora lo recuerdo! — repuso el otro, a la par que soltaba una risita nerviosa y abstraída —. Bebí un poquito de más y canté una linda serenata.

— Exacto. — por la frialdad de la afirmación, Bills no pensaba de la misma manera—. Después tuve que disculparme ante todos por eso.

— Me da igual lo que usted diga, Señor Bills, muchos opinaron que estuve encantador— La imaginación de Wiss estaba en el pasado: seguía repasando los acontecimientos con fidedigno deleite —. Fue una noche tan mágica... No sé si lo sabe, pero un gallardo ogro me llevó a un rincón solitario y me dijo… Ejem, esos son asuntos míos… — y, después de aclararse la garganta, añadió—. Por lo que estoy intuyendo, usted se acuerda bastante bien de la Princesa Serpiente. Por lo menos, para "sólo" haberla visto una vez.

El Dios de la Destrucción iba hundiendo la afilada mirada como si fuera una navaja.

— No digas bobadas — replicó —. ya te he dicho que no. Ni siquiera hablé con ella.

— ¿Por qué no pudo, o por qué no quiso? — aunque el agraciado rostro del hombre celeste parecía una máscara Noh, Bills comprendió rápidamente la insinuación y no le gustó.

— ¡Porque no me dio la gana! ¿Acaso tengo que dar alguna explicación?

En verdad, Bills no había sido muy sincero en este punto.

Su memoria no fallaba en lo referente al segundo, minuto, hora, fecha y milenio en que vio por vez primera a esa encantadora chica del Otro Mundo. Lo que resultaba muy curioso, porque él pensó entonces que el instante se había parado en seco, pero bueno... El tiempo sigue sus propias reglas cuando le daba la gana.

Recordaba al milímetro el color del vestido o la forma de los ojos de ella, o que él había sentido y como había actuado…

En otras palabras; se acordaba excesivamente bien pasadas edades inmemoriales, cuando normalmente, solía ser olvidadizo. La existencia de los demás para este dios era la luz de una vela, que se apagaba con un suspiro, y no estaba acostumbrado a pensar si alguien sufría con eso. Pero, en este caso concreto, la sensación resaltaba diferente...

Y esto le enfurecía y asustaba.

Existe cosas que provocan inquietud en determinados dioses: Como deidad aniquiladora, forjada en hierro y fuego, no conseguía comprender lo que no estaba en su naturaleza y, por eso, prefería no considerarlas del todo. La inmortalidad era mucho más cómoda cuando hay una rutina de cortar por lo sano, o se puede tomar todo lo que se quiera a voluntad y sin preocuparse de sandeces tales como los sentimientos. Y, al ser un dios, no estaba muy acostumbrado al miedo. Después de todo, él era quien producía el miedo, no al revés. Mas, el profesar determinadas emociones desconocidas podía ser una experiencia temible y afrentosa, especialmente para él.

... ...

Pero, para tener un conocimiento amplio de que realmente Bills recordaba, hay que retornar al pasado del Pasado:

A una noche muy lejana, cuando todavía el universo era una maquina sin buenos engranajes, una forma básica edificada para ser moldeada. Fue una época extraña, dirían los más antiguos entre los inmortales, dónde las fuerzas del bien y del mal solían comer juntas sin discutir, o les agradaba participar unidos en acontecimientos con las divinidades neutrales. Vamos, que existía la armonía, cosa impensable en el futuro.

Ese mismo día, en la antesala del universo, se había dispuesto un campeonato de artes marciales para fortalecer los lazos del panteón, siendo dioses y demonios los únicos participantes (pues, aunque el plano mortal existía, el contacto era mínimo). Si bien, y para su gran disgusto, Bills no logró participar. Su maestro le privó de la diversión al alegar que su poder era de otra escala y no sería justo para nadie. Por tanto, tuvo que tragarse su orgullo y ver como Darbura, rey de los demonios, conseguía fácilmente el título de ser más fuerte del plano inmortal y, con él, el respeto (y miedo) de todo el séptimo universo.

Carcomido por dentro, Bills transitó la tarde y la noche renegando para si mismo; acomodado hostil cerca del ponche, e intentando impedir que lo sumaran a la conga o que Wiss diera la nota tras unas copas de más (cosa que no logró y el show se produjo para su gran consternación). No fue el alma de la fiesta. Habló poco con quienes pretendían ser sociables, y sonrió aún menos. Pero sobretodo, no dejó de lanzar disimulados reconocimientos homicidas hacia el campeón, el Primer Gran Rey Diablo y Magno Señor Oscuro de Makai.

Darbura, igual que un ciervo luciendo sus cuernos, era alabado y felicitado por las huestes malignas y por las deidades principales, mientras ejecutaba estúpidos brindis cada dos por tres, o coqueteaba con toda mujer inmortal que estuviera en el punto de mira (Pues, como todos los diablos, resultaba un tipo bastante apuesto y sabía usar su encanto en el momento oportuno). Sea como sea, y sin una razón en particular, Bills apartó la vista…

Y en ese minuto (increíblemente preciso y perfecto) fue cuando se fijó que la Princesa Serpiente, por entonces una jovencita que no llegaba a los novecientos años, estaba mirándolo.

Un iris color sangre y sin pupila, lleno de brillo y curiosidad, casi hipnótico cual atisbo de maliciosa cobra, y protegido por oscuras y espesas pestañas que se movían con el aleteo de las polillas. Todo ello componiendo un angelical rostro turquesa más que bonito: Exótico, agraciado y completamente diferente; cuya dueña, a pesar de ser mocita, ya poseía un cuerpo que apuntaba maneras para lograr que los últimos Kaiohshins quisieran replantearse la existencia…

Si bien, que fuera bonita, por alguna misteriosa razón no pareció lo más importante...

Analizándolo fríamente, El efecto se asemejó a caer vencido sin oportunidad de combatir. O a un tiro en la sien.

Con el golpe inesperado de un atacante imprevisto, el cerebro de Bills hizo "KaBOOM". Ya está. Se agitó gaseoso y luego explosionó cual supernova, drenándose hasta dejar un vacío en medio de su cráneo, una tierra yerna y sin pensamiento:

—... ... ... ... ... ... ... ...

A continuación, lo que vino no tuvo demasiado sentido. Como cuando te quemas con hielo, o lo imposible se vuelve factible.

Al Dios de la Destrucción, destinado a derrotar ejércitos y arrasar civilizaciones con un gesto, se le cayó el ponche de las zarpas y, durante unos minutos, nadie consiguió sacarle frases inteligibles. Por último, confeccionando una retirada estratégica por todo lo alto (bajo la poco imaginativa excusa de necesitar ir al lavabo) abandonó la fiesta con una lentitud pavorosa y con la cubitera colgando del brazo.

Eso si, antes de desaparecer rígido y mareado tras la puerta del servicio de caballeros, le dijo todo lo que pensaba a una de las deidades antiguas del Amor. Y no fue algo agradable:

— ¡Como lo vuelvas hacer, te parto la cara!

— ¿Y qué hice? — se preguntó durante décadas la aturdida fuerza universal que todo lo podía, una de las máximas representantes del flechazo de los enamorados —. ¿Le habré pisado sin querer al bailar la conga?

Para ser justos con Bills, extremadamente pocos dioses masculinos podían mantener un cara a cara con la Princesa Serpiente y no quedar abatidos por el embrujo de su belleza. Talvez sólo las mujeres heterosexuales, los tontos, los puros, los héroes, los gays o los asexuales llegaban a ser viables candidatos para tan alta e imposible empresa. Y aun así, podían fallar…

Porque, por muy grande que fuera el Séptimo Universo, con toda seguridad en él no vivía una diabla, hada o una diosa que pudiera ensombrecer la gracia de Jadōshin, la Señora de las Ilusiones y los Deseos Profundos.

En gustos no había nada escrito, claro está. Para los habitantes del plano mortal, la Princesa Serpiente sería "muy linda, pero tan omnipotente que me da pavor". Si bien, los mortales contaban poco en el registro universal de la belleza. Eran los habitantes del Otro Mundo quieres dictaban las preferencias y, para ellos, Jadōshin no tenía rival en la Creación (desde que la muchacha dio el estirón y abandonó su serpentina apariencia llena de dientes). Aunque, algún que otro soborno contaba para la votación y Wiss, el más viable posible rival, al ser un hombre no estaba dispuesto a participar en certámenes de belleza femenina...

¿Pero dónde estaba el secreto para tanta perfección? De algo tan sencillo como una equilibrada mezcolanza de ambas partes, de lo divinamente etéreo y lo diabólicamente terrenal. Un punto importante a tener en cuenta.

Jadōshin era una diosa, pero también un demonio: Ambas cosas a la vez, y ninguna en total medida (además de mudar su piel y ser una fémina o serpiente según el día).

Había nacido a través del sexo como una mestiza, y no en el principio de las cosas, ni de un fruto de árbol. Era la hija de un demonio neófito y de una deidad antigua, una fuerza amarrada a las tinieblas y otra ligada a la luz, las cuales fluyeron en el légamo primordial entre los vapores dipsómanos de la eternidad destilada y el caprichoso deseo motor de Vida… Osease, fue una noche loca para arrepentirse, teniendo consecuencias no demasiado bien calculadas bajo la forma de la Princesa Serpiente.

Como Bills y Wiss, había dioses y seres misteriosos que personificaban fuerzas esenciales y básicas, las fuerzas más primitivas y eternas: la noche, el amor, las horas, el albor, el viento y la lluvia; entidades neutrales que se había formado en el principio de todo y evolucionado, cual aves, alrededor del mítico árbol Kaiju (la fuerza universal de la creación del que brotaron los arboles del planeta Kaishin). Todos iban desapareciendo o naciendo sin un orden realmente establecido. Bills por ejemplo, no había sido el primero de su estirpe en el séptimo universo. Dentro de su categoría, había otros en otros universos y además, era un dios bastante lozano. Tampoco creía que sería el ultimo en ostentar el titulo, porque la destrucción es algo más joven que la creación, y cambia con el plano físico y con el tiempo. A medida que los mortales aprendieran a matarse definitivamente, llegaría un momento que su función no sería necesaria, y entonces él (o su sucesor) tendría que recoger sus pertenencias e irse... Algo parecido ya había pasado con la angelical personificación de la Muerte que, una vez instauradas las reglas del fallecimiento (con un juzgado compuesto de ogros y lugares especiales para las almas), su rol fue menguando y decidió retirarse a esperar el Fin de los Días.

Pero luego, estaban los hijos de Kaiju, criaturas nacidas de los frutos de los descendientes del mítico abeto original. Los Kaiohs y los Kaiohshins (llamados shin-jin) no eran seres realmente sexuales, ni necesitaban del sexo para seguir creciendo como raza (no podían tener hijos, pues habían nacido semejantes a una manzana). Tampoco eran los más poderosos, ni los más antiguos, pero se habían proclamado protectores de la Creación y manipulaban hilos en su guerra particular contra sus contrarios. Estos eran sus podridos hermanos, los frutos rancios por haber sido tocados por la oscuridad, los Makaiohs y los Makaiohshins, llamados dioses del mal. Supuestamente eran la antítesis de sus iguales bondadosos, y hay quien cree que eran los soberanos de Makai, el mundo sin mundo, la ultima punta de la Creación. Ahora, la verdad era mucho más oscura…

Los Makaiohs y los Makaiohshins existían porque los Demonios lo deseaban. Ellos eran quienes gobernaban Makai, y se lo habían dejado bien claro a todos los dioses que se atrevían a cuestionar su autoridad.

Los Demonios eran criaturas recónditas iguales a las divinidades primigenias, cimentados como estirpe en el caos y en la más absoluta oscuridad: Semejantes a los dioses en muchísimos aspectos, se sentían un reflejo de su fuerza al ser inmortales y tan poderosos como aquellos. Aunque eran algo más carnales, ya que a través del sexo crecían y se multiplicaban. A pesar de que su origen fuese más bien misterioso, se sabía que habían evolucionado a partir del árbol místico como los hijos de Kaiju.

Si bien, en su caso nacieron en lo más profundo, en las raíces… Pues eran los parásitos del Otro Mundo, los corruptores definitivos.

Como gusanos saliendo a la superficie, criados en el pozo más mezquino y en el limo húmedo más infecto, los Demonios tomaron fuerza de la savia del árbol y se hicieron fuertes. Y de nuevo como gusanos, perforaron los frutos de Kaiju y volvieron negro el corazón de algunos Kaiohs y Kaiohshins, hasta crear otra raza no prevista que les sirviera de juguete. Porque, al ser criaturas de deseo, devoraban y pudrían allí dónde ansiaban. Si bien, hasta las cosas más pérfidas tienen su importancia en el orden universal y merecen respeto.

Ahora, Jadōshin era un caso aparte que rompía todas estas reglas. Por eso, ni dioses ni demonios sabían muy bien que hacer con ella. Como todos los mestizos, tenía lo mejor de los dos mundos pero, como también cualquier mestizo, no parecía encajar en ningún grupo.

Por esa razón, en esa época lejana se había decidido que ella sería la guardiana de la intersección (en lenta construcción) destinada a conectar los distintos satélites divinos con las esferas de la muerte, un camino que más adelante llevaría su nombre en honor a la princesa. Además, por mucho que se negase, con ello se mataba dos pájaros de un tiro: Para no preocuparse más por su existencia, bastaba con mantenerla lejos y olvidarla. Después de todo, a nadie le gusta que le recuerden sus errores, especialmente a los inmortales.

Y ella, por muy encantadora que fuera, siempre sería un bonito recordatorio vergonzoso de como Dioses y Demonios podían procrear...

Eso si, a Bills por entonces todo esto le importaban bien poco.

Como Dios de la Destrucción era un novato, y sus funciones o límites no estaban demasiado definidos (Aún creía que molestaba ya que, cada vez que reducía a cenizas un planeta, solía sentir la necesidad de pedir disculpas). Si bien, pronto se había fraguado en él la necesidad de ser temido. Le agradaba ver en los ojos de los demás el miedo que su persona provocaba, una reputación que no sería agradable, pero si muuuuy divertida. Y si Bills odiaba algo, además de perder, era parecer débil. Exactamente lo que ahora sentía, derrota e impotencia, y la culpa la tenía una estúpida hembra.

Después de todo, algunos jóvenes no sobrellevan bien el primer impulso sexual...

En el lavabo, pasó gran parte de la velada injuriando contra el espejo, rebuscando lo poco que quedaba de su juicio y dignidad, mientras frenaba esos tan humillantes palpitos de corazón o intentaba recordar la manera de respirar.

Gracias a dios, nadie quiso molestarlo. Todo inmortal que quería hacer aguas menores y se topaba con él, recapacitaba al momento para dar media vuelta. No era demasiado alentador ver al Devastador de Mundos hablando solo igual que un loco.

— Maldición. Bueno, no es tan malo, supongo que las cosas serán así a partir de ahora: Y si ella dice "no", arrasaré su reino y ya está. Punto final.

Ahora, cuando se aventuró a regresas a la fiesta, ésta había terminado.

Las sillas estaban volcadas, la música enmudecida y se inhalaba una tensión gélida en el ambiente. Los pocos invitados que quedaban, o estaban demasiado bebidos, o demasiado pálidos e inquietos como para seguir con la celebración.

Al ver que Wiss no estaba en condiciones de dar explicaciones (pues dormía la mona en un canapé), Bills se acercó a los reyes de los puntos cardinales, que formaban un tupido corro de cuchicheos y antenas:

— ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está todo el mundo?

— Oh, el noble señor Bills — El rostro abultado del Kaioh del Norte fue el espejo de la educación, a pesar de que su lengua se trabase ante la presencia del Dios de la Destrucción —. Que placer tenerlo con nosotros. Creímos que ya se había retirado por hoy. El festejo terminó.

Normalmente, solía ser el primero en hablar, el más valiente entre sus camaradas. Talvez por esa razón, al no saber cerrar la boca a tiempo, más adelante Bills destruiría su planeta original por culpa de un mal perder a las escondidas.

— Eso puedo verlo. ¿Por qué razón? En general, estas celebraciones duran hasta principios del siguiente año.

Los cuatro reyes del universo, tras el centelleo de sus gafas de sol y monóculos, intercambiaron un atisbo muy revelador.

— No nos gusta chismorrear, usted bien sabe: Pero se ha armado una verdadera hecatombe en menos de un minuto. Un escándalo por todo lo alto…— al hablar, los mofletes regordetes y azules del señor Kaioh del Norte trepidaban como gelatina —. No puede ni imaginárselo: Se ha presentado Serupina, la esposa de Darbura y la reina de Makai, y ha comenzado hablar con la Princesa Serpiente, aunque ninguna de las dos se conocía demasiado bien y…

—...Y entonces, saltó la liebre: ¡Darbura engañaba a su mujer con la muchacha!— el Kaioh del Oeste fue excesivamente rápido en su interrupción, casi no se le entendió. Pequeño y extraño, siempre competía con su rival norteño, incluso por ver quien de los dos daba una mala noticia.

— ¿Darbura es el amante de la Princesa Serpiente? — Bills retornó al punto de interés con un deje en exceso sombrío y los reyes retrocedieron. Ninguno de ellos entendió el significado de la siguiente conclusión—. Así que no sólo es el campeón del torneo…

— Oh, así es. Pero permítame que sea "yo" quien se lo cuente… — El Rey del Norte volvía a llevar las riendas—. Ejem, ¿por dónde iba?... Ah, bueno ¿Quién podría haberlo imaginado? Ella, al menos, estaba trastornada. No tenía ni la menor idea de que él estuviera casado, pobrecilla. Hay cada tipo suelto por el universo sin el menor escrúpulo…

— Bueno, bueno, no tan pobrecilla. Llevando esos vestidos, una no va precisamente buscando fresas. Busca hombres— interrumpió con modos santurrones la única mujer del grupo.

Para la reina de la Galaxia Oriental, una sabana nupcial con su estratégico agujero era el colmo máximo del erotismo.

— No seas tan dura, ¿Quién ha engañado a quién?— atajó el ultimo de los Kaioh, el más alto y fornido, con rasgos casi humanoides—. Todos en el Otro Mundo hemos insinuado alguna vez que Darbura no llevaba los pantalones en su casa. O incluso, que tiene miedo de su mujer y, por eso, está buscando remplazarla.

— Eso es un disparate…

— Míralo tú misma, ahí lo tienes — y todas las miradas fueron hacía el punto señalado por el señor Kaioh del Sur —. No creo que quiera volver a Makai por un largísimo período. La furia de Serupina es más que legendaria... Uy, mejor disimulemos. Al final, se dará cuenta de que hablamos de…

— ¡Ostras, que viene hacia aquí!

Y así fue. El señor oscuro de Makai, el sembrador de los terrores más lóbregos que albergan las almas mundanas, se había plantado frente a los aterrorizados reyes del universo todo lo gigantesco que era. Estos deseaban que el suelo los tragarse lo más rápido posible.

— Oh, pero si es el gran y eminente patrón de la tenebrosidad: Esperamos que no piense que estábamos hablábamos mal de usted. Todo lo contrario…— intentaron disculparse los Kaiohs, procurando que su escaso respeto por los asuntos ajenos no fuese el motivo de su final.

No obstante, el Gran Rey Diablo parecía más interesado en esa figura animalada tan ridícula, delgada y de finísimo pelo morado que, en vez de temblar, se quitaba el cerumen del oído.

—Diría que no nos conocemos — se dirigió al dios felino, suave y distante como el anochecer—. ¿Me permitiría saber su nombre?

Los ojos del demonio eran bastante parecidos a los del Destructor, amarillos y amplios, pero más similares a los que tendría un cocodrilo. A pesar de la cornamenta, su rostro resultaba bastante humano, incluso atractivo, gracias a una nariz enérgica y a una perfecta barba rasurada.

— Soy Bills.

El dios no mostraba intranquilidad: Entrecerraba la mirada y movía la cola despacio.

Al verlo, Darbura se río por dentro. Ese gato debía ser tonto, o un loco; pues desconocía que hablaba con el ser más poderoso del universo. Mas, sin saber muy bien porque, empezaba a ponerse nervioso...

Algo en ese sujeto, fuera lo que fuera, lograba hacer que su nuca sudara. Tenía que ver con la intuición…

— Discúlpeme, pero creo que no he oído nunca mencionar a un dios por ese nombre…

— Puede ser. A mi manera, soy una deidad poco invocada y no muy popular — interrumpió el aludido sin el menor miramiento—. Así que tú eres Darbura.

— Lo soy, el regente del Mundo sin Mundo— añadió el demonio con una sonrisa destilada en la maldad absoluta. Luego cruzó los brazos como un muro soberbio e inaccesible —. Dime ¿qué piensas ahora que ves la largura de mis tinieblas y el gran poder que albergo?

— Pienso que eres más bajo de lo que pareces… — levantando un poco la barbilla, Bills respondió tosco, casi divertido —. Bah, voy a ser sincero, sé muy poco de Makai y de sus jefes. Cuéntame algo sobre ti.

Las pupilas de Darbura se extendieron igual que la oscuridad de su alma inmortal. Los globos oculares dejaron de ser dorados y se tornaron de un negro espantoso. Como dos abismos sin final que rogaban por ser llenados con sangre.

— Insignificante e inculto diosecillo —dijo, dando cobijo a la fría cólera—. Yo soy Darbura, uno de los primeros demonios de Makai. Antes que existiera la Noche, comí y bebí de los cuerpos de mis rivales, hasta que logré proclamarme señor de todos por derecho propio. Mi voz férrea hace llorar a los hombres y seduce a sus débiles mujeres. Mi fuerza es tan colosal que, a mi paso, cambia la tierra y se destruye la vida. Y aún no ha nacido alguien que logre hacerme sombra. Yo podría, si quisiera, engullir la luz de todas las estrellas. ¿No me crees?

— Que pena que seas tan fuerte — fue la calmosa respuesta de Bills. Había empezado a realizar una serie de estiramientos y ejercicios sencillos para desentumecer los músculos.

— ¿Cómo?

— Digo que es una pena que seas tan fuerte: Porque lo que voy hacer ahora no te dolerá tanto como yo quisiera.

Y, con una lluvia de impresionantes y categóricas patadas, el Dios de la Destrucción devolvió su soberano al reino de Makai, permitiendo que éste fuera atravesando a ostias cada uno de los múltiples pisos de la realidad. Gracias a eso, Darbura dejó de ser el más temido inmortal del Séptimo Universo. Dicho honor correspondía a Bills, y él estuvo realmente satisfecho de poder reclamarlo.

Tuvo que reconocer que, después de la paliza, se sintió mucho mejor. O casi…

Hay cosas de las que un dios prefiere olvidarse. Sacan lo más deleznable de uno… Además, cada vez que recordaba a la bonita muchacha, ésta siempre estaba con otro (mejor dicho, con "demasiados otros") y no merecía la pena dar más vueltas al asunto. Todo tenía un porqué en la Creación, y él no comía de las migajas de los demás.

Mas, dejemos el pasado enterrado y volvamos al presente; en esa sala monumental de la pirámide invertida…

... ...

— ¿Sabes qué quiere de mí?

El dios no levantaba la vista al hablar. Había una especie de frialdad falsa, antipática, que pretendía ocultar todo rastro de interés.

— Simplemente me ha dicho que debía consultar con usted un asunto delicado— respondió Wiss con calma—. He creído conveniente que esperase en el mirador del jardín, a la orilla del lago. A estas horas, las aguas se ven muy bonitas y disfrutará admirando los peces, ¿no le parece?… Además, esta habitación es un desastre… — y sin miramientos, la punta de su báculo señaló el suelo de mármol (atiborrado por fragmentos de botellas) y a los muebles despedazados —. Yo no pienso limpiar su estropicio, Señor Bills.

—Que exagerado puedes llegar a ser por unos cuantos cristales rotos — Bills arrugaba el entrecejo, pero sus movimientos pesados eran los de una pantera que se hace la dormida.

Aunque, antes cadáver a admitirlo, él se sintió aliviado por la decisión de su asistente: En general, sabía que su reino, por muy colosal que fuera, tenía pocas virtudes acogedoras que lograsen impresionar a una dama refinada. Una cosa era el encanto rústico. Otra bien diferente es vivir dentro de un hipogeo mortuorio deshumanizado en el mismo centro de la Nada...

— ¿Seguro que es Jadōshin?

— ¿Se lo tengo que repetir de nuevo? — La actitud de su patrón no engañaba a Wiss, pero intentó continuar sereno —. Definitivamente, para usted el alcohol se ha terminado por una larga temporada. Hoy me siento como si hablase con un muro de ladrillos. ¿Va a ir a verla, o no? Debo dar una contestación

— ¡Está bien, dame quince minutos!

— ¿No me había dicho antes cinco?

— ¡Quince minutos! ¿Es qué no ves que estoy hecho un asco? — Bills maulló irritado. Si bien, mientras se ponía en pie, había comenzado a tantear su aspecto personal con simulada desgana—. Tendré que ducharme y lavarme los comillos… Otra cosa, Wiss, no es que me importe… Por mera curiosidad, ¿no sabrás si Jadōshin tiene alguna relación actualmente?

— No, que yo recuerde... — dijo Wiss, sin querer dar importancia a lo que escuchaba. Luego recapacitó, y su expresión fue endureciéndose tanto que sus pestañas finas fueron clavos—. Señor Bills, espero que no esté sugiriendo lo que creo.

— ¡Yo no sugiero nada! — Buscando su mejor perfil en el reflejo de una copa, la deidad seguía intentando sonar reservada. No se le daba tan bien como pensaba —. Uhmm, y dices que es ahora una aliada del mal.

El asistente soltó un pesado gemido. Poco después, cruzando los brazos, buscó datos en su retentiva más que milenaria:

— Si, o eso he oído. Es lo mejor que ha podido hacer: No debe ser muy fácil estar en medio de todo y no saber a dónde pertenecer. En sus orígenes, ella era neutral, como Annin. Pero usted ya sabe que no lo era por elección, sino porque nació así. Por eso, yo tengo que admitir que la comprendo. Se ha visto en la situación de elegir un bando y lo ha hecho. Pero que cosa a tan vulgar, si me permite la observación. Me parece que decidirse por Makai es un autentico desatino.

— ¡Mierda! — de seguido, un juramento taciturno muy sonoro. En lo más íntimo de su interior, Bills percibía que, de alguna manera, ya había perdido sin tener que luchar.

— ¿Qué ha dicho, Señor Bills? Me ha parecido que se quejaba.

— Nada, no era importante— contestó el aludido, con tono opaco y retraído —. Por tanto, estaría bastante feo si yo ahora intentase… No me mires así, no estoy diciendo que vaya hacer algo para que ocurra. Porque no sería correcto… Pero, en el caso de que surgiera; ya sabes que estas cosas pueden surgir… Estaría bastante mal visto. ¿O no?

Wiss creía ver la causa de todo y no se cortó al hablar:

— ¿Se refiere que quiere seducirla?

— ¡Eso lo has dicho tú, no yo!— Bills siseaba indignado. Seguía manteniendo la vista sobre la superficie de la copa y el tono de sus pómulos era ligeramente más profundo.

— Bueno, digamos que se refiere a "eso" — antes de decir nada más, el asistente retiró su bastón y simuló la forma de las comillas usando dos dedos en cada mano.—. Si, estaría bastante mal visto por toda la comunidad del panteón divino: Tanto para los dioses imparciales, los altísimos del bien, como para las entidades demoníacas. El tema sería diferente si usted fuera la deidad de la cocina, o de la pintura al óleo; un dios menor y sin repercusión en el universo. Si bien, no es el caso. Usted es un dios a tener en cuenta, es la Divinidad de la Devastación. Así que puede imaginarse lo que pasaría… Ya fue todo un escándalo la relación de la princesa con Enma Daioh, y él simplemente era un becario en prácticas con el juzgado de los muertos.

— Vale, no soy memo. No hace falta que…

— Sáquese esa idea de la cabeza — de nuevo, Wiss no dio ni un ápice de tregua y contraatacó tranquilo. Creía que su deber era dejar el asunto lo más finiquitado posible, antes de que ocurrieran sucesos morbosos de los que él, como ordenanza, se viera obligado a tapar—. Como Dios de la Destrucción del Séptimo Universo, usted no puede tomar partido por ningún grupo, o insinuar que tiene alguna preferencia, o fijación determinada. Pues eso, desequilibraría la balanza de poder. ¿Qué pensarían los Kaiohshins si ahora usted comenzara a poner ojitos de cordero a una deidad del bando contrario? ¿No cree que ellos se verían amenazados, o viceversa?

— ¿Y qué me importa lo que digan los demás?— aulló Bills. Pero, en el momento que estampó la copa con más fuerza de la debida sobre la mesa, sus intenciones se descubrieron —. Rayos, ¿por qué la muy tonta tuvo que elegir entre el Bien y el Mal? ¡Es la misma porquería!

— Habitualmente, la gente tiene un motivo para tomar un destino determinado, noble Bills — quien habló fue la adivina Baba, desde su brillante esfera cristalina. Tenía un misterio deje entristecido que la deidad pasó por alto.

— ¿He pedido tu opinión, anciana? Los mortales no sabéis nada de estas cuestiones — atajó él con un bufido cortante y, en su corazón urgido de alcohol, se situó un deseo intemperante y bellaco. El tipo de deseo ingobernable, dispuesto a falsea la realidad porque no admite la derrota—. Aunque, ahora que lo pienso: ¿Qué me importa si tiene una relación, está comprometida, o es una estúpida criatura maléfica? No me interesa de ella precisamente su amor… Y nadie tendría que enterarse. Podría usar un manto de tinieblas para ocultar la visión a ojos curiosos. Hay quienes no tienen otra cosa que hacer que espiar asuntos ajenos desde largas distancias...

Por causa de rumores crueles, y bastantes malentendidos, el Dios de la Destrucción no sentía un gran aprecio por el Kaiohshin de hace quince generaciones. Para él, que siguiera sellado en una espada hubiera sido la mejor de las soluciones.

— Mire, mejor voy hablar con la dama y le anunció que debe retirarse. No hay más que discutir —indicó Wiss autoritario y glacial, decidiendo en nombre de su patrón tras echarle una mirada significativa —. No debe verla si tiene semejantes intenciones. No sé si usted es consciente; pero la princesa, al ser su guardiana consagrada, rara vez puede abandonar el Camino de la Serpiente. Siempre ha de pedir permisos especiales con antelación si quiere salir de su castillo por un corto periodo y, si ha viajado desde tan lejos, seguramente el motivo tiene que ser importante para ella. Ahora, usted no está hoy para recibir visitas de ninguna mujer, venga de dónde sea...

Bills, rígido de inquietud, limó un poco la aspereza de sus palabras al sentir remordimientos:

— Maldita sea. Hablas como si yo no supiera ser educado...

—Oh, claro que sabe, pero parece disfrutar olvidándolo. Por favor, si está ante ella, compórtese y no haga tonterías.

—Muy bien, tú ganas. Me rindo.

El asistente, más sosegado, se dispuso a desvanecerse y llevar una rápida respuesta a la recién llegada. Pero primero, algo en su interior le dictó la última pulla:

— Ah, un consejo, Señor Bills: Sé que puede resultar difícil con una intoxicación etílica encima, mas intente mover un pie seguido del otro. Y cuide ese aliento.

El dios felino asesinaba con los ojos al vestigio de humareda embrujada. Usando la palma de la garra, tanteó si realmente existía una supuesta y descontrolada fetidez ebria. En última instancia, se vio obligado a someterse ante la Verdad:

— Espero que me queden caramelos de menta…

— Siento mucho interrumpir sus pensamientos, Señor de la Fatalidad, pero la Diosa Sierpe no debería saber que estoy aquí.

Uranai Baba levitaba igual que un sigiloso globo de helio. El Dios de la Destrucción juzgó que esa práctica le sacaba de quicio y que nunca sería de su agrado.

— ¿Hay alguna razón? — inquirió. Ladeaba curioso la cabeza, intentando interpretar esos rasgos estriados tan enigmáticos y humanos.

— Preferiría permanecer en la sombra, si usted me lo permite — ella murmuró en voz baja, tan deslucida como sus enclenques huesos—. No quiero que la venta de mi alma se convierta en dominio público. Dentro de mi círculo, soy una figura importante entre el mundo de los vivos y el mundo de los espíritus. Y creo que sería problemático destapar antes de tiempo que voy a convertirme en el oráculo de un dios tan poderoso y magno como usted… Seguro que puede entenderlo.

— Uhm, no tengo nada de objetar — admitió el dios con cansada indulgencia, creyendo que viablemente la bruja llevaba razón —. Aunque, si te necesito, tendrás que aparecer, ¿oyes?

— Por supuesto.

— Ah, ya que eres mujer; ¿tienes alguna recomendación que pueda ayudarme?

Bills hizo la pregunta antes de dirigirse hacia su baño personal. Estaba pensando en desprenderse de la enjoyada gorguera de coloreado vidriado por otra más elegante. Una que remarcase convenientemente lo más favorecedor de su busto.

—Sea usted mismo…

A pesar de sus disciplinadas maneras, la sonrisa de la adivina se convirtió en la viva imagen de la perfidia.

… …

Mientras, un par de diminutas figuras hablaban entre susurros, intentando permanecer ocultas en la media luz:

— Gordon, ya sé cómo vamos a salir de aquí.

— ¿Siguiéndolos hasta el jardín?

— Exacto — asintió Ackman, escuchando casi todos los movimientos de la morada gracias a sus alargadas orejas sobrenaturales—. Además, la princesa es uno de los nuestros, ella nos ayudará si se lo pedimos. Y ese Bills, si nos ve salir, no tendrá valor de fulminarnos y parecer un bárbaro, porque se quiere meter entre sus bragas.

— ¿Está seguro, Señorito?— Gordon se veía desorientado. Sabía que algunas mujeres demoníacas tenían gustos peculiares a la hora de comer, prefiriendo la carne joven y jugosa, idéntica a la que Ackman tenía. O las tiernas y tostaditas ancas de un diablillo artificial—. Haber si la princesa se toma el asunto de nuestras muertes como una prenda romántica.

El joven chasqueó la lengua presuntuoso ante tanta vacilación:

— ¡Qué va! La Diosa del Camino de la Serpiente tiene fama de ser la más blanda de todo Makai. ¿No ves que ella únicamente es medio demonio? En su vida, sólo se ha comido a unas cuantas personas, y nunca chavales u homúnculos…

— Siempre hay una primera vez…

— Vamos, cuando yo te diga, los dos salimos escopeteados como alma que se lleva el diablo. ¿Estás Preparado?

— No — la criatura fue sincera. Pero, en su naturaleza estaba grabada la lealtad hacia todos los deseos de su amo, y por eso, desplegó las alas.

… …

El mediodía en el Reino del Dios de la Destrucción se parecía mucho a un eclipse y a un crepúsculo temprano. Los satélites gigantes, que viraban alrededor de la pirámide invertida, oscurecían y enfriaban la tierra con sus sombras, y el matiz del cielo se coloreaba de un lila hermoso pero álgido.

Rodeada por una añil vegetación y grandes baobabs desojados, una sublime pieza arquitectónica destacaba en la parcela: Un hexagonal mirador de mármol, construido entre la playa y las aguas del lago, cuya estructura se asemejaba al esqueleto de una antigua y gigante bestia muerta hace siglos. Para llegar hasta él, había que atravesar un sendero empedrado que conectaba con el palacio igual que una lengua. Ahora, por dentro la decoración era encantadora y un tanto exuberante, pues el mismísimo Wiss había invertido muchos siglos de su tiempo para encontrar el mobiliario perfecto.

Únicamente, diremos que estaba muy orgulloso del resultado final... A pesar, de que muchas opiniones apuntasen que las plumas de pavo real eran excesivas.

El atento asistente del dios servía tazas de té a tres mujeres jóvenes, la princesa y dos de sus más leales sirvientas. Ellas se encontraban sentadas alrededor de una mesita demasiado portentosa para ser de jardín y, en el momento preciso en que alzaba la cabeza para dar las gracias, él podía notar la gran diferencia existente entre ellas.

La diosa demoníaca era una mujer de verdad. Sus dos criadas simplemente eran animales con otra forma, una imperfecta ilusión que sólo los mortales no verían.

Aunque sus modales fueran los apropiados, a pesar de vestir qiapos escamados y modestos, o usar pintalabios de la misma forma que una muchacha terrenal; los ojos de esas dos eran demasiados ingenuos. Como los de un animal totalmente encariñado con su dueño y que ha aprendido el lenguaje por medio de la magia. Sus almas estaban tejidas con tanta simpleza que ninguna poseían una voluntad propia.

Así que Wiss supuso que los rumores eran ciertos: La soledad de la Princesa Serpiente era tan grande que necesitaba crearse compañía habladora utilizando sus mascotas, pequeñas serpientes acuáticas nacidas en el río del infierno.

Eso sí, Jadōshin era un punto aparte en comparación a las otras dos apagadas criaturas: él se vio obligado a reconocer que el Señor Bills tenía buen ojo para la belleza eterna. Después de todo, no era tonto y su patrón nunca había sido hábil para ocultar sus preferencias.

— Vaya, debo disculparme por la tardanza del noble Segador de Galaxias. Normalmente, suele ser muy puntual. ¿Quiere un poco más de té, princesa?

— No, gracias. Así estoy bien — la aludida habló, y Wiss examinó que sonaba como la brisa de verano; cálida, reservada y femenina. Habría sido una posible e interesante señora para la casa, sin duda. Lástima que fuera una adepta de las fuerzas del Mal—. Oh, parece que anochece…

Con una intuición no especialmente agradable, el asistente asomó la cabeza por la barandilla del mirador y pudo ver la negrura intensa en el firmamento. Como las constelaciones iban brillando cada vez más tenues, igual que si una gasa de tela se interpusiera entre ellas y el planeta.

— ¿Eso no es…? — la voz femenina volvió a corear.

— Si, princesa. Es el manto de las tinieblas.

Aunque su rostro permaneciera invariable en hermosura, en su interior Wiss tenía el ceño más que fruncido: El Señor Bills había invocado la oscuridad envolvente para ocultar sus acciones a la visión de otros dioses. Lo que quería decir que no pensaba mantener su promesa.

Todo lo hablado anteriormente, le había entrado por un oído y salido por el otro… La tarde sería movidita.

De seguido, como una humedad que brota en el suelo, la alargada figura de Bills hizo su aparición, envuelto en una luminiscencia añil que menguó en cuanto se volvió sólido. Estaba aseado, pero más o menos vestido igual, porque los dioses son criaturas de hábitos arraigados.

— Señor Bills, gracias por aparecer. Lo estábamos esperando…—el hombre celeste, a pesar de tener el tono más agradable del universo, se veía insolente y escéptico. Con un roce de su báculo, iluminó el recinto con triangulares y verdosos faroles embrujados—. Veo que ha conjurado a la oscuridad en el cielo, a pesar de que…

— No me lo agradezcas, ¿quieres, Wiss?, ya sabes que es tan sencillo como pulsar el botón del mando a distancia — interrumpió el dios felino, y sus cínicas fauces entornaron una mueca socarrona. Pero después, al dirigirse a la dama, su actitud fue volviéndose ligeramente apocada y galante. Los depredadores saben aparentar cuando hay un objetivo —. ¿Cómo está usted, Princesa Serpiente? Su visita me honra. Espero que no le importe que las tinieblas hayan sido convocadas.

— Oh no. Creo que es lo mejor— observó ella, ocultando modesta parte de su cara tras una rojiza boa de piel—. El asunto que debo mencionarle es de una magnitud terriblemente personal. Que nadie pueda oírnos ahora, lo hace un poco más fácil de sobrellevar...

En todos los sentidos, el paso de las edades le había sentado mejor que bien.

Ya no era una jovencita con unas cuantas centurias, pero estaba muy lejos de parecer arcaica. Todo el sencillo potencial de una niña había desaparecido, y sólo quedaban los rasgos ya cincelados, redondeados y perfectamente definidos de una mujer que aún vive en su plenitud inmortal.

Además de la boa roja, vestía guantes largos, y un aristocrático cheongsam blanco con aderezos rojizos en dónde una larga serpiente plateada se dibujaba. Pero, más llamaba la atención su lacado cutis turquesa, o la exuberante cabellera rizada. Ésta, moldeada con ondas, gozaba de un tono ámbar semejante al fuego y tenía el olor del aire nocturno.

— Primero, debo darle las gracias por atenderme — continuó —. Sé que debí pedir permiso y no actuar como una niña estúpida de menos de mil años. Pero, me siento tan perdida, y alguien me aconsejó que viniera verle a usted... Por favor, siéntese aquí conmigo…

— ¿Sentarme? ¿A su lado? ¿Con usted?

La mente de Bills, embollada durante un momento por el encanto de la mujer, no funcionó al mismo ritmo que sus palabras.

— Eh, si — Jadōshin asintió confundida. En su largo banco había espacio de sobra para cuatro o cinco personas nada apretujadas —. Mas, si usted prefiere estar de pie…

— No, no, ya me siento. Ejem, Wiss, tráeme algo para picar.

— Aquí hay galletas y obleas, Señor Bills... — rebatió el hombre celeste, ofreciendo uno de los muchos platos que estaban sobre el mueble.

— Quiero algo sa-la-do y no… in-vo-ca-do.

Wiss dejó los ojos en blanco. Sabía que su patrón buscaría la más mínima excusa para quedarse a solas con la dama. Si bien, resolvió seguir el juego un poco más, haber hasta dónde el otro era capaz de llegar. Así que, con un punteo de tacón, fue disipándose en su niebla aromatizada para cumplir la petición.

... ...

Desde estratégicas columnas a la entrada del palacio, el demonio y su mascota seguían esperando el momento propiciado. Si bien… los globos oculares de Ackman estaban desmedidamente grandes. Demasiado como para poder permanecer dentro de las cuencas:

— Eh, Gordon… ¿No… no le falta algo de tela al vestido de la princesa?

— Es un escote, Señorito Ackman.

— Ah…— el joven demonio ya no daba muestras de querer poner su plan en práctica.

No existían muchas cosas que lograsen asustar, o medrar, sobre el espíritu pérfido de Ackman, cruel y sin parangón príncipe de los diablos (entre los muchísimos que había hoy día). Pero los misterios del cuerpo femíneo resultaban encontrarse entre ellas.

... ...

Al principio, la conversación no arrancó.

Una importunada pausa se estableció tras la partida del hombre alto, únicamente quebrada por un crujir de huesos en exceso sonoro: El Dios de la Destrucción, intentando liberar la tensión del momento, no dejaba de mover el cuello.

La dama, por el contrario, parecía lánguida como una hoja de otoño. Melancólica y distante, bajaba la vista, sujetaba su bolso con ambas manos y suspiraba. Posiblemente, porque no encontraba la forma adecuada para expresarse.

Bills estaba empezando a arrepentirse de que Wiss no estuviera allí. Su maestro y asistente podía ser un autentico incordio; si bien, por lo menos sabía entablar con naturalidad un buen dialogo (aunque, por culpa de sus rasgos agraciados y su cutis cerúleo de porcelana, normalmente era el que obtenía la atención de las mujeres y no su señor). Con las chicas uno nunca podía estar seguro de nada; la situación, que por regla normal debía ser simple, solía volverse enredada y sentimental cuando menos lo esperabas.

Pero, había una cosa de la que sí estaba seguro: Hoy, sin importar lo que tuviera que hacer para lograrlo, iba a darse el gran homenaje con la Princesa.

¿No tocaba enmendar lo que debió pasar la noche en que ambos se vieron? Claro que sí.

Después de todo, cuando él tomaba una decisión, ya no había vuelta atrás: Esa noche iba a tener un merecido revolcón, si o si; aunque tuviera que mentir, amedrentar o jugar muy sucio. A pesar de que ahora mismo estuviera sintiendo, al mirar esos bonitos iris de rubíes tan tristes y conmovedores, una pueril afinidad de lo más incomoda. ¿Qué más daba? Para borrar la sensación, bastaba un repaso a esas espectaculares piernas. Con eso, ya la sangre le volvía arder, las mariposas morían en los jugos gástricos y toda conciencia se iba a tomar por saco.

Además, para ser justos, ella no poseía precisamente fama de inmaculada damisela. No iba catar nada que otros no hubieran probado...

Eso sí, con Wiss no sería fácil. Nada FÁCIL. Tendría que actuar con mucha astucia... Pacientemente, conseguiría tergiversar la situación para salirse con la suya. Y luego estaban estas dos cosas raras, un par de animales parlantes hechos con espejismos. Pero bueno, no se veían muy peligrosas, ni muy perspicaces…

De pronto, una de las dos sirvientas rompió el hielo y Bills soltó un gruñido. ¿Podían oír sus pensamientos?

— ¿Qué tal es la temperatura aquí, en la intersección del Día y la Noche? — oyó como preguntaba la falsa chica, la cual tenía el cabello castaño y ceñido en un moño. Era una ingenua tentativa por ser cordial con el dueño de la casa

— Buena. No podemos quejarnos — respondió algo adusto, incomodo al no saber si se esperaba de él que tratase como persona a un animal de compañía.

— Nos complace tanto oír eso — replicó la otra muchacha, casi una clon de la anterior, si no fuera porque llevaba el rubio cabello recogido en una coleta alta. Algo en su voz, un deje insípido, daba entender que era más acción programada y automática que una verdadera voluntad inteligente—. Como comprenderá, al vivir justo debajo del infierno de los muertos, la temperatura en el castillo de nuestra querida princesa siempre es alta, un tanto sofocante. Pero bastante agradable cuando te acostumbras.

— Si, la verdad es que es muy agradable: Debería venir a tomar el té alguna vez, Señor de la Fatalidad… Y traiga a su ordenanza, es un hombre tan llamativo y apuesto. Y Ha sido muy cordial con nosotras — continuó su gemela, con la misma voz que revelaba su origen encantado —. Por cierto, tiene el jardín fascinante, igual un tanto lúgubre. Mas, sin duda, maravillosamente trabajado… La princesa ha dicho…

Y de improviso, la mencionada empezó a llorar, conteniendo sus gemidos tras un fino pañuelo de encaje. Bills se puso más nervioso de lo que ya estaba. Si las lágrimas no tenían que ver con el terror y la devastación que él mismo provocaba, comúnmente no las comprendía. Ni disfrutaba de ellas.

— Perdóneme…Siento haber hecho eso, he debido incomodarlo… perdóneme, por favor…

— Nada, nada. No se preocupe… ¿una galleta? — Bills intentó sonar conciliador y amable, sin estar seguro de lo que decir. En estos entornos peliagudos, Wiss era su hombre de confianza.

— Oh, princesa. No llore más, por favor. Díganos que podemos hacer por usted. Haremos lo que sea — Las dos doncellas culebras se arrodillaron junto a su amada ama. Pero ella, con mucha delicadeza, las apartó de su lado.

— Estoy bien, tranquilas, quedaos aquí junto a mí. Con eso ya me ayudáis…— dijo, y después, se giro hacia Bills —. Mire, gran señor. Realmente, necesito el consejo o la ayuda de alguien. No soporto seguir tolerando esta situación. Es un sin vivir… Yo… No sabría ni por dónde empezar…

— «Usted igual no: Mas, yo si sabría decirle por dónde puede empezar»— pensó Bills, con un escalofrió. Acaba de percibir la sinuosa y bífida lengua de la princesa, y tuvo el atrevimiento de imaginar las múltiples posibilidades de tan enigmático músculo.

— Cada día, las circunstancias se van volviendo insoportables, angustiosas. Y empiezo a pensar que solamente a través de... Oh, ¿tú quién eres?

Antes de que Bills tuviera tiempo de reaccionar, unos pasos desenfrenados irrumpieron en el ambiente. El demonio Ackman (seguido de su diablillo volador) había atravesado a todo correr el camino de piedra para entrar en el mirador. Deslizándose por el suelo un tramo, acabó hincado de rodillas delante de Jadōshin:

— ¡Señora Serpiente, por favor! ¡Se lo rogamos!— chilló. Le costaba horrores mirar de frente sin teñir sus mejillas de rubor, ya que ese par de incipientes bultos lo perturbaban.

— «Ahora si que lo fulmino» — Bills había lanzado su sentencia de muerte.

Debía admitir que Wiss llevaba razón, como siempre: Las cosas había que hacerlas uno mismo y en el momento oportuno. Pensó que, con un único dedo, tendría suficiente para aplastar a la molestia; un pequeño soplo en la fuerza vital y estallaría por los aires.

Si bien, de nuevo el espíritu de la fortuna de Ackman jugaba con sus propias reglas. La princesa, tras parpadear dos veces, se llevó las manos al pecho antes de exclamar esto:

— Oh, ¡que jovencito tan guapo! Miren, chicas, ¿Qué opinan? ¿No es encantador?

El Dios, bajando el brazo, blasfemó por dentro.

— Si, tiene toda la razón, princesa — asintió la morena sirvienta. Repasaba muy atenta los movimientos del muchacho, como si siguiera a un ratón que pretendía escapar —. Es un joven realmente adorable. Y parece muy tiernecito...

Gordon y Ackman recularon paulatinamente hacia atrás. Igual, no había sido tan buena idea la suya...

— Oh, Tasin, querida. Que cosas tienes — dijo Jadōshin coqueta —. No nos lo vamos a comer, es un demonio... Si fuera mortal aún...

Y las tres mujeres rieron de buena gana, sin dar mucha importancia a la horrible insinuación.

— No te preocupes, pequeño, a nuestra princesa le encantan los niños. Y no porque los quiera devorar... — habló la rubia, sonriendo de una manera mucho más amigable y dócil —. Ella siempre ha tenido el deseo de ser madre...

Bills torció el gesto con desagrado al oírlo. Bueno, ella debía tener algún defecto.

La Princesa Serpiente, dando unos suaves toquecitos en la cabeza de Ackman, lo invitó a hablar. Éste pensó que se tomaba muchas confianzas:

— Dime, muchacho. ¿Qué quieres de mí?

— Yo he venido aquí a ser un vendedor honrado, ¿sabe? Pero, estoy encerrado y no sé como llegar a Makai...

— ¿Sólo eso? Es muy fácil si te concentras en al ruta. Te enseñaré hacerlo cuando me vaya.

— Es que este tipo ha dicho que me mat...

El muchacho no alcanzó a consumar su frase: Algo estaba agarrando el cuello de su camisa y alejándolo de la seguridad de la dama.

—"¿Pero tú eres idiota o qué te pasa? Mira, deja quieta esa endemoniada lengua y así vivirás, ¿de acuerdo?" — Bills, embuchando su rabia, cuchicheaba lo más bajo que pudo. Si quería tener una oportunidad con Jadōshin, no debería horrorizarla llenando suelo y mobiliario con retos sangrientos de niño infernal.

Atemorizado, Ackman vaciló un segundo. Mas, estaba seguro de la verdad del refrán: «Quien no llora, no mama».

Había que aprovecharse de la situación de tener a la señora de su parte:

— "¿Me comprará la Wii U?" — susurró.

— "Por supuesto que no: Te conformarás con que te permita abandonar mi reino vivito y coleando".

— "Tacaño". — apuntó Ackman otra vez, con el mismo tono inaudible y entornando la mirada — "Así nunca conseguirá una chica."

— "Enano de mierda, no me tientes…" — y el Dios de la Destrucción abrió tan amenazadoramente las mandíbulas que casi pareció dispuesto a succionar su presa —. "Estás ahora mismo en el borde del precipicio. En el Borde ¿Entendido?"

— ¡Señorito, no eche leña al fuego! — el homúnculo intervino rápido y lúcido. Con sus canijas manitas, apretó los labios de su dueño en el lapso preciso.

— ¿Estás bien, chico? ¿Qué querías decirme?

Era la Princesa Serpiente. Estaba probando a interpretar el lenguaje corporal, ya que no conseguiría oír nada.

— Digo que este tipo es la persona más agradable y maravillosa que Gordon y yo hemos conocido — el demonio, con una artificiosa mueca de felicidad, cambió completamente de registro y objetivo—. Muy buena gente, y con pasta… No sé si me entiende. ¡Que baños de mármol tiene! ¡Menudas escaleras insondables! Me gustaría ser una tía para casarme con él.

Bills apuñalaba con su mirada penetrante: Si el propósito del muchacho era dejarlo en buen lugar, desde luego, no lo estaba consiguiendo...

— Y el señor está soltero... — buscando apoyar, Gordon no paraba de guiñar un ojo sin demasiada sutileza. Casi parecía que tenía un orzuelo.

— No soltero, ¡solterazo! El Señor Bills…es… es…— de pronto, a Ackman le faltaron las palabras halagadoras—. oh, ¿a qué es eso y muchísimo más, Gordon?

— Muy buen partido, señora... — guiño, guiño, guiño y guiño a cámara lenta.

— Y además…—Ackman decidió añadir el as a la jugada. No entendía al género femenino, y odiaba las insinuaciones eróticas de su mujer porque era demasiado pequeño para entenderlas pero, por alguna razón, creía que todas pensaban en lo mismo. Y buscaban lo mismo. Así que fue drástico y separó las manos para indicar la medida perfecta. — La tiene como un to…

Bills, con intención asesina, trincó un buen puñado de galletas y las fue deslizando a borbotones por el gaznate del muchacho, igual que si estuviera alimentando a una oca.

— Anda, calla y come. Estás en los huesos… — y, tras una cruel pausa, murmuró sólo para su victima—. Despacio: No vayas a morir atragantado.

Por la cara azulada de Ackman, y su dificultad para exhalar, era eso justamente lo que pasaba. Si bien, Gordon sabía los principios básicos de la maniobra de heimlich.

— Oh, pues él tiene buena mano con los jóvenes, ¿no cree, princesa? — expresó Tasin, la morena sirvienta, acostumbrada a los rudos modos de la crianza demoníaca. En Makai, lo típico era decir que un niño nacía con un pan y un látigo en cada brazo.

La princesa no respondió al comentario. Se había puesto en pie y, asiendo del brazo del Dios de la Destrucción, lo volvió a sentar junto a ella. Él, sorprendido por el contacto y el arrojo, se dejó arrastrar.

— Por favor, ya no más interrupciones — exclamó Jadōshin y la aprensión de su voz se ganó toda la atención de Bills —. Necesito que me ayude, antes de que sea demasiado tarde. Tengo que proponerle algo que está prohibido. Es una locura, no… No estará para nada bien visto en el panteón divino. Pero no me importa. Si no lo hago, me arrepentiré toda la vida... ¿Qué importa la inmortalidad cuando no se es feliz?

Levantó los ojos un momento, algo aturdida, inquieta, y enseguida miró hacia otro lado. Si el gesto fue un cebo, no hubo mejor en todo el universo.

El Dios de la Destrucción sintió algo blando por dentro, moviéndose como una sombra. O tal vez como un escorpión. Fue adueñándose de esa cosa insondable y lejana que él llamaba corazón, recubierta de acero y deseosa de batallas, hasta que la quebró. Y de pronto, le pareció que si deseaba conocer los problemas que la afligían y no intentar...

La sensación no duró mucho.

Tras el fino y escotado cheongsam, lustroso como las escamas de una pitón, Bills fue vislumbrando parte de la lencería de la mujer: Muselina bordada en rojo envolviendo la suave piel perfumada... Al momento, él se alegró de estar sentado y poder disimular cruzando las piernas.

Su plan seguía en pie. Esa noche o nunca.

Eso si, por un segundo, él no vio que ella rebuscaba en el bolso para sacar una fotografía que oprimió contra su pecho.

— No como, no duermo. No soporto el deseo que me devora por dentro, Gran Bills… Estoy enamorada.

EH! ¿No iba la cosa un poco rápida? Bills había tomado dos conceptos "Necesito que me ayude" y "Estoy enamorada". A partir de ambas empezó a sacar sus conclusiones.

¡Sí ni siquiera habían hablado hasta hoy! Aunque, tenía que reconocer que era halagador…

Pero por otro lado, se dijo, ¿por qué no? Más cómodo para él. Una mujer enamorada podía ser fácil de manipular después de un par de promesas que jamás se cumplirían.

Él únicamente estaba buscando un alivio rápido. Si ella quería algo más, ése ya era su problema.

— Bien, querida. Si siente eso, creo que deberíamos…

— ¿Se ha enamorado alguna vez? Yo igual en exceso. Tengo un corazón de demonio, deseo más que amo, pero eso no quiere decir que no sepa amar — la mujer no le dejó seguir. Habló apasionada e insistente, sin mirarlo. Ni la ignorancia ni el orgullo podían ser barreras contra aquella encantadora criatura del cielo y el infierno —. Y puede que haya amado a demasiados (Y haya comido a demasiados). ¿Pero es mi culpa querer buscar a esa persona que puede complementarme plenamente? Con la que no tendría que sentirme sola nunca más. No pido demasiado, lo que muchas otras tienen. Quiero tener a alguien a mi lado, que me cuide y yo pueda cuidar… Se lo repito: Estoy enamorada. Y cada vez que lo digo, se hace más cierto. Ardo y me desespero, porque quiero estar cerca de esa criatura que me lo roba todo, que me quema y me destruye con fuego, y al mismo tiempo me da la vida. ¿Lo entiende? Me da la vida… ¿Qué le pasa?

Es muy curioso como puede reaccionar una persona al creer que están hablando de ella… Como las murallas más fuertes pueden desplomarse a semejanza de un castillo de naipes.

Bills se encontraba de pie de nuevo, estirado de una manera espeluznante y con una palidez mortal, exactamente igual que si hubiera visto una terrible visión. De su mandíbula desencajada no salía ni más minúsculo sonido.

No obstante, al cabo de un buen rato se hincó de rodillas, se adueñó de las manos de la mujer y comenzó a mover la cola como un perrito faldero.

— ¿Pero qué está usted haciendo? —dijo Jadōshin. Extrañada y un tanto disgustada, ahora su tono era mucho más grave y desabrido.

— ¿Qué que hago? — el Dios de la Destrucción, atragantándose, se negaba a soltar las manos de la princesa. Por mucho que ésta intentara recuperarlas —. Lo que debí haber hecho eones atrás... Eso voy a hacer: Nunca pensé que esto me pasaría, pero…Ha pasado… Bueno, no se me da bien pero, yo… Quiero que sepa…

Entonces, un increíble dolor provocó que Bills comenzase a saltar entre maullidos desgarrados y bufidos frenéticos. Wiss, con un cuenco de palomitas entre las manos, acababa de pisarle la cola, pues su regreso había sido como un rayo de tormenta.

— Señor Bills, esto es para usted —dijo, ofreciendo el refrigerio a su herido y alterado patrón —. Es lo único que he conseguido preparar en poco tiempo y sin usar magia.

Aunque en verdad Bills deseaba arrancarle la cabeza de un bocado, ambos empezaron a comunicarse entre susurros y gestos silenciosos:

— "¿Te has vuelto loco, Wiss? ¿Por qué narices me has hecho eso?"

— "Porque es un idiota terco: Ella no se refiere a usted."

— ¿Cómo?

— "Mire la fotografía…. Es que no puedo dejarle solo ni un minuto"

Bills tardó muy poco en juntar las piezas. Enseguida, sintió que se estaba inflamando por el bochorno y las miradas de la sala. Luego, con un gesto algo brusco y frígido, se adueñó de la fotografía que la princesa aún tenía.

— Señora, no se haga una impresión equivocada, ¿entendido?— declaró con una dureza en la voz que arañaba, como si la culpa fuera únicamente de la dama.

Tras desarrugar lo que quedaba de la maltrecha imagen, vio que su contenido no era otra cosa que la cara de un treintañero: Un humano terrícola más que atractivo. Tenía una amplia sonrisa ligeramente arrogante, ojos juveniles y el pelo rubio del mismo tono que el trigo.

Tanto Wiss como el diablillo artificial asomaban la cabeza por encima del hombro del dios, sin intentar refrenar la curiosidad.

— ¿Cómo es, Gordon? — se oyó musitar a Ackman, procurando no llamar la atención (y así, no volver a tener el pescuezo cerrado con dulces) —. ¿Es guapo o tiene pinta de lagartija?

— Señorito, es ese actor que le gusta tanto a su mamá. El protagonista de la telenovela "Dejaré de amarte si te compras la moto, Gamberro".

— ¡Ostia, Barry Kahn! — aulló el chico, atónito por el posible cotilleo que se cocía ahora. Luego, se encogió de hombros y concedió a Bills una mueca que intentaba ser consoladora. Pero a una distancia increíblemente segura.

— Amo a este hombre — habló la Princesa Serpiente, de nuevo con esa entonación negra tan diferente de su encantadora dulzura —. Y me niego, ¿me oye? Me niego a que otra mujer lo tenga… ¿Qué quiere a cambio?

Fue entonces cuando el otro lado de la mujer quedó reflejado, su lado demoníaco. Lucía ahora su otra brillante belleza, en esa furia silenciosa y ardiente, a juego con la llama que su cabello parecía imitar.

... ...

Continuará


NOTA DE LA AUTORA— Al final, estoy añadiendo más de lo que en un principio supuse. Así que aún quedan unos cuantos episodios.

Mucha información de la princesa serpiente es inventada: Su mestizaje como diosa y demonio me pareció lógica, y como muchas diosas del amor (Venus, Erzulie) me pareció más lógico que tuviera un origen sexual. También, su relación antigua con Darbura es invención, o que sus criadas son culebras mascotas (lo que hace, si se piensa, que su historia parezca un pelín triste)

Serupina, es también invención: Esto es un dato importante para los que me leen con regularidad. Porque ella es la villana de mi otro fic "madre no hay más que una", y aunque físicamente no es tan fuerte como su marido, es más terrible en otros muchos sentidos. Me pareció gracioso que Darbura tuviera miedo de su mujer, como Son Goku, uno de los seres más poderosos del universo. Tampoco estoy muy segura si Darbura es un dios o un demonio, aunque al final, me he descartado por demonio (ya lo dirá Toriyama).

También mucha información sobre dioses y demonios en el mundo de Dragon Ball es de cosecha propia. Esa descripción de como los demonios crearon a los propios dioses maléficos es inventada. Es un poco lo que yo pienso, igual demasiado influenciada en Terry Pratchett y Neil Gaiman (no creo que los Makaiohshins sean tan poderosos, porque los Kaiohshins no los son)


Dragon ball © 1984 Akira Toriyama

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