- Bueno pues yo también me voy, tengo trabajo que hacer (dijo agarrando la carta)

- ¡Espera! ¿No irás a dejarme solo? (dijo casi en pánico Mycroft)

- Pues si (dijo sin entender a que venía ahora esa cara de terror), tengo trabajo ¿no la oíste?

- Si, bueno, pero podrías quedarte y podríamos trabajar juntos en… (Sherlock lo miró como si a Mycroft le hubiera salida una segunda cabeza).

- Mycroft, es tarde, me voy, te llamo luego (Dijo negando con la cabeza. Mycroft se dio cuenta que estaba siendo ridículo).

- Mátenme informado (dijo Mycroft finalmente y se quedó solo. Solo no, Albert estaba aún en la biblioteca esperando)

Mycroft abrió la carpeta que había dejado su asistente sobre su escritorio como le había pedido. Era la carpeta de Albert y Henry, todo lo que tenía sobre sus chicos, informes médicos, escolares, actividades extraescolares, todos los movimientos de los chicos e incluso informes sobre sus amigos y la familia de estos. Quizás Mycroft no estuviera presente en la vida de los chicos pero eso no significa que se desentendiera de ellos. Posiblemente los conocía mejor que nadie, pero aún así los acontecimientos de aquella noche le habían pillado por sorpresa. Aunque no podía decir tal alarde de exhibicionismo no casara con el carácter de su hijo mayor. Albert siempre le había gustado llamar la atención y le costaba aceptar las negativas. De muy pequeño se habían hecho míticas las rabietas del niño y durante mucho tiempo la ida y venida de institutrices había sido motivo de mofa en casa de los Holmes. A Mycroft Albert le recordaba mucho a su hermano, sobre todo en la capacidad de crisparle los nervios y en su total falta de constricción. Tras repasarla más concienzudamente vio algunas anotaciones que le llamaron la atención. Si alguien quisiera hacer daño a Albert, lo tendría muy fácil, recientemente el chico había tomado la costumbre de "ausentarse" de la escuela durante horas. Mycroft no había dado importancia, era cosas de la edad, pero tras el incidente de esa noche y ahora que sabía que su vida peligraba sabía que debía cortar de raíz ese comportamiento.

Mycroft vació el resto de bebidas de los vasos que había servido a Sherlock, Sidonie y el suyo en la pileta del pequeño baño que tenía en su despacho no quería tener una conversación sobre el consumo de alcohol responsable con tres copas de bourbon encima de su mesa. Guardó la carpeta de los chicos en el cajón bajo llave, revisó que su indumentaria luciera impecable y como era contrario a los gritos salió del despacho para ir en busca de Albert él mismo.

Albert estaba tumbado en uno de los sillones de orejas de la biblioteca, había puesto sus zapatillas mugrientas sobre el otro y estaba durmiendo tranquilamente con un ejemplar abierto de par en par sobre su pecho de los viajes de Gulliver que Mycroft tenía mucho aprecio