Disclaimer: THG no me pertenece. Esta historia participa en el reto de San Valentín del foro "El diente de león".
Pareja: Katniss Everdeen & Peeta Mellark.
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La razón de estar a tu lado
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Peeta regresó al siguiente día con la excusa de que solo habían charlado, pero seguían sin resolver el problema que los llevó a ese punto en primer lugar. Claro que, eso se decía él para convencerse que la espera no había valido la pena. Porque lo había hecho. Que si bien Katniss se veía del tipo de chica convencional la realidad es que no lo era, ni de cerca. Era terca, arisca, fruncía mucho el ceño y le encantaba hacer las cosas a su manera sin pensarlo mucho. Eso era otra de sus características. Tampoco le gustaba la atención, algo que pudo ver fácilmente desde su primera interacción.
—Creo que deberías irte — le había comentado ella, unas horas después de que dijera que no llamaría a seguridad.
—Debería — admitió.
Mentiría si dijera que sentía la garganta reseca de tanto que hablaron y rieron. Katniss Everdeen era tímida y muy reservada. No le gustaba hablar sobre ella o cualquier cosa que la incluyera. Se atrevía a decir que aprendió más cuando estaba inconsciente.
—Si no te gustaron las donas mañana traeré algo más. Conozco una panadería en la que preparan un pan exquisito.
Deseaba que no preguntara a que lugar se refería porque con toda la pena del mundo respondería que la de su familia. Era algo incómodo para él alegar sobre sus logros, por muy buen panadero que fuese. Tal vez incluso podrían ir un día a comer ahí, cuando ella saliera del hospital y si no estuviera muy ocupada, pasar el rato. Le contaría acerca de los diferentes tipos de panes en los distritos y su significado. Claro, si le interesaba. Katniss era increíblemente fácil para leer, no solo lo mala (o que siquiera lo intentaba) para ocultar sus emociones. O tal vez solo era fácil para él.
—¿Planeas venir mañana?
Su cara fue pura sorpresa. Hacía una mueca de desagrado y sus ojos estaban exclusivamente en él. De todas las reacciones que pudo haber tenido (tampoco es como si saltar de alegría era una que tendría contemplada) definitivamente no esperaba algo que casi se convertía en desagrado. Cayó en la cuenta que Katniss podría no ser la chica que ahora tenía visualizada en su mente, sino alguien completamente incomodo que solo quería que se marchara pero no con la suficiente valentía para pedírselo de frente. Por supuesto que no sería grosera con él, estuvo a su lado después de su incidente.
—Está bien si no me quieres aquí — dijo sin acusarla—. Solo tienes que decirlo.
—Solo siento que te has tomado muchas molestias conmigo — se encogió de hombros—. Es todo.
—Claro que no son molestias.
—Peeta, por favor — le rogó—. No tienes porque estar aquí.
—Pero quiero hacerlo.
Suspiró—. Estás actuando como un loco de nuevo.
—Entonces ya nos vamos conociendo — le sonrió—. Haré lo que tú me pidas.
—No se trata acerca de mí, sino de lo que tú quieras.
Con eso se dio por terminada su conversación. Y ahí estaba él, menos de veinticuatro horas después de esa conversación. De frente a la puerta, con una bolsa llena de bollos de queso que había hecho el mismo. Esperaba que ninguno de los otros obsequios que recibió opacara al suyo, haciendole ver como sencillo. No se conocían lo necesario para que notara lo entusiasmado que se sentía por ello. Tampoco esperaba que los bollos fueran lo mejor. No quería causar una mala impresión.
Entró en la habitación sin llamar, deseando que la suerte estuviera de su parte. Y lo estuvo, aunque no sabría si considerarla buena o mala. No tuvo que preocuparse porque su regalo se viera sin chiste por el simple hecho de que sería el único. El ambiente seguía siendo frio y gris como el día de ayer.
—Eres como un libro abierto — le dijo Katniss, recostada mientras comía una manzana.
—Lo dudo mucho.
Trató de ignorar lo solitaria que se había encontrado.
—¿No has podido llamar a tus padres? — le preguntó, siendo el escenario que se imaginaba. Si tenía problemas para ir al baño, no quiere no pensar como sería conseguir un teléfono.
—No.
—¿Quieres usar mi celular? — le ofreció el artefacto.—¿Te sabes el número?
—No los he llamado porque no hay nadie quién responda.
—Oh, lamento mucho tu perdida.
—Siguen vivos — espetó—. Aunque eso facilitaría muchas cosas.
—No deberías desearle la muerta a tus padres.
—¿Cuando he hecho tal cosa? Solo dije que haría las cosas más fáciles.
—¿Parientes cercanos?
—Igual.
—¿Amigos?
—Si no lo has notado no soy muy sociable.
—Debe haber alguien.
—En eso tienes razón — asintió con la cabeza.—Debería haber alguien. Pero no lo hay.
—Me es imposible creer que estés sola.
Porque nadie debería estarlo, siquiera en sus pensamientos. Todos necesitan de alguien en cualquier momento, por muy Katniss Everdeen que sean. No importa cuanto trate de esconderlo.
—Comienza a hacerlo.
—Supongo que no me queda de otra.
Peeta supo sin ningún problema dos cosas: Katniss estaba mintiendo y era terriblemente mala actuando.
—Dime que no has traído más donas — dijo, en cuanto vio al bolsa que Peeta había estado sosteniendo todo ese tiempo.
—No — contestó con una sonrisa. Ella parecía estar de mejor humor después de su plática. Tal vez dejar las cosas claras y cual era su límite fuese una forma de calmarla—. Son bollos de queso.
Katniss mordió el pan sin pensarlo dos veces apenas llegó a sus manos. Dudaba que alguien pudiera sobrevivir con la fruta y el cereal que estaba en su plato. Abrió los ojos ante la sorpresa sobre lo que comía.
—¿Cómo lo supiste?
—¿Saber qué?
Se asustó de que fuese alérgica a algún ingrediente. Debió haber preguntado antes pero eso habría arruinado todo.
—Olvídalo.
Es como si se hubiera ido de la habitación por un tiempo. Sus ojos estaba rojos y lagrimas amenazaban con salirse.
—Gracias por el obsequio — dijo —. ¿Dónde las compraste?
—Los he preparado yo mismo — se sentó en el borde de la cama, tratando de no sobrepasar su espacio personal—. Tenía un tiempo libre y mi madre no estaba. Así que mi padre no me cobró por lo que utilicé.
—¿Tú madre te cobra?
—Se supone que no ibas a enterarte de eso — sonrió nerviosamente—. Dice que desperdicio una buena venta y los bollos de queso son de los más complicados.
—Oh, ¿entonces cuánto de debo?
—No es nada — le restó importancia—. Si fuera por mi madre me cobraría hasta el oxigeno.
—Que tu madre sea un poco desgraciada, sin ofender, no quita el hecho de que tengo que pagarte.
—No todo es un negocio, Katniss.
—Lo es, y si eres lo suficientemente ingenuo para pensar lo contrario no debería ser mi problema. Te voy a pagar por lo que has hecho.
—Será imposible convencerme de que lo acepte.
—En ese caso, no quiero nada más de ti.
¿Era buena idea regresar? No lo creía. ¿Estaba llegando a un punto en el que no podía justificar su comportamiento? Evidentemente. ¿Katniss lo echaría? Lo más probable.
Ninguna de esas opciones le impidió estar de nuevo en su habitación como un completo idiota. Lo lamentaría, de eso estaba seguro. Pero necesitaba respuestas.
Abrió la puerta rápidamente, dispuesto a no salir del lugar (a menos de que se lo llevasen, claro está) hasta que se aclararán las cosas. Él no la conocía, nunca la había visto en su vida. Eso no quitaba el hecho de que sea el mismo caso para ella. Hasta este día no sabe que le tomó más de sorpresa: la mujer rubia que trataba de trenzarle el cabello o que Katniss no le hubiese gritado apenas vio su rostro. Al contrario, creyó ver una expresión pidiendo auxilio en su lugar.
—¿Es un mal momento? — preguntó. La mujer no se veía como una enferma porque para empezar no se veía como una. Llevaba puestos unos vaqueros desgastados y una blusa color rosa pastel.
—Sí.
—No — dijeron al mismo tiempo, viéndose la una a la otra. 7
—Tal vez debería volver luego — alcanzó a tocar el tomo de la puerta cuando una voz lo detuvo. Lamentablemente quien pedía unos segundo más de su presencia no era Katniss.
—¡No te vayas! — exclamó la mujer. Se arremangó las mangas y le tendió la mano—. Soy Katherin Everdeen, madre de Katniss. Un gusto.
—Peeta Mellark, un placer.
No ocultó su sorpresa de ver a la madre, justo la madre de la chica que prefería negar su existencia antes de pedirle un favor. Quien prefería permanecer en la oscuridad de una fea sala de hospital que llamarla.
—Así que tú eres Peeta — sonrío al reconocer el nombre—. Katniss me ha hablado mucho de ti.
—¿De verdad?
—No es cierto.
—Claro que sí, lo hiciste. Lo cual es sorprendente teniendo en cuenta que siquiera me avisó que tenía días en el hospital.
—¿Ella no lo hizo?
—Por favor, una amiga la tuvo que ver aquí para que supiera su paradero.
Era mucha belleza de su parte que admitiera ayuda de alguien más, se sintió estúpido de pensar que habría cambiado tan rápido.
La sola idea de que Katniss lo mencionara en medio de alguna conversación o recuerdo que lo hiciera salir de su boca le daba esperanzas en que su relación con su madre no era tan mala. También venía implicado él, tal vez disfrutaba más su compañía de lo que alguna vez admitiría.
—Me preguntaste de donde saqué el pan y respondí que Peeta lo había traído — explicó Katniss—. ¿Eso en que mundo es hablar mucho de él?
—Si consideramos que es lo único que te has dignado a responderme, sí — las palabras de su madre iban completamente con la intensión de herir a su hija. Hacer sentir culpable de su indiferencia. Pero solo logró hacer ver lo poco que la conocía, porque solo con eso no tendría la oportunidad de siquiera hacerle pensar como la trataba.
—¿Y de quién es la culpa?
El semblante de Katherin cambió. Ya no se veía segura de sus palabras, ni mucho menos autoritaria con los brazos cruzados en el pecho. Sus ojos se oscurecieron e intentó sonreírle a Peeta, en una muestra de que todo estaba bien.
—Será mejor que los deje solos para que puedan hablar tranquilamente — dijo con voz calmada—. ¿Se te ofrece algo?
—No, señora Everdeen. Gracias por el ofrecimiento.
—¿Y tú quieres algo Katniss?
—Sí, que me dejes tranquila.
—No tienes el derecho de tratarla de esa manera — le dijo Peeta, sin importarle si Katherin escuchara todavía.
—Tú no la conoces.
—Puede que no, pero solo unos minutos me bastaron para ver que se preocupa por ti.
—La única razón por la que me está cuidando es porque no le queda de otra.
—Eres su hija. Lo hace porque te quiere.
Le molestaba como Katniss trataba a su madre, eso era claro. Pero más, que ella tuviera una buena madre y no la quisiera aprovechar. Si él estuviera en su lugar, su madre lo culparía por el accidente aunque hubiera sido el que saliera peor de ahí.
—Sé que me quiere — gruñó Katniss—. Porque ya no le queda nadie más a quien querer.
—¿Y dónde está tu padre? — preguntó, levantando la voz más de lo normal—. ¿También va a venir y me dará la sorpresa?
—Murió cuando yo tenía once. Si se aparece por aquí, no serás el único con la sorpresa.
—Yo.. Yo...
—No te disculpes, por favor.
—Es que no llego a comprender porque tanta indiferencia hacia tu madre.
—¡Porque me abandonó! — gritó—. Porque solo fue lo suficiente fuerte para mi hermana cuando murió nuestro padre. Y cuando Prim murió, ella no pudo soportarlo. No fui para ella lo que eran mi padre y mi hermana.
—Nadie puede ser tan fuerte cuando pierde a dos seres queridos, Katniss. No fue su intensión.
—Yo también perdí a alguien — una lagrima se deslizó por su mejilla—. Ella no fue la única que sufrió por ello. Cuidarme ahora es su manera de intentar compensar lo que no hizo muchos años.
—Creo que deberías de darle una oportunidad para solucionar las cosas.
—No estoy dispuesta a ser parte de su limpieza de consciencia.
—Pues no puedes estar sola todo el tiempo.
Katniss lo miró—. No lo estoy.
—Pasó una semana desde el accidente y nunca me dijiste como terminé de tu número de emergencia — mencionó Peeta, cuando recorrían los pasillos.
Aquella última plática que tuvieron fue como el inicio. Katniss ya no le ocultaba nada (y aunque quisiera no podría hacerlo. Su madre se encargaba de ello) y era más sencillo hablar con ella como nunca lo fue.
No era necesario aclarar que sus visitas siguieron siendo continuas, no solo por el bienestar mental de Katniss al estar tan cerca de su madre y no poder correr, si no también se consideraba como una pausa. Mientras él estaba ahí no había peleas entre ellas (que más bien serían hechas por Katniss). No le importaba mucho si era solo porque a Katherin le gustaba guardar la apariencia de familia perfecta o para que su presencia no faltara. Un poco de paz no les vendría mal.
Estaba de acuerdo que su madre era una persona arrepentida. Quería disculparse por cada año que a Katniss le hizo falta una figura paterna y ella nunca estuvo ahí para llenar el vacío. O si estuvo ahí, pero no para ella y definitivamente no como la necesitaba. Esperaba que alguna vez pudieran tener la relación que se merecían. Ambas. Para eso faltaba tiempo, mucho a su consideración.
Entendía el porque Katniss seguía furiosa con la mujer. Le dejó crecer sin ella. Y que fuese una persona necia y algo rencorosa no ayudaba a la situación. Lo comprendía completamente, pero no aceptaba la forma de llevar las cosas. En cada ocasión que sacaba el tema, lo cambiaba.
—Prim a veces me decía que debería darle una segunda oportunidad — le había dicho una noche—. Que la merecía.
—¿Y qué pasó?
No respondió por unos segundos, como si no recordara lo que había pasado después.— Se la di y me demostró que no la supo valorar.
Trabajaría con ello más adelante, no solo porque se lo había prometido a Katherin, sino porque si él tuviese la oportunidad de arreglar las cosas con alguien, lo haría sin pensarlo. Pero iría un paso a la vez.
—Cierto — admitió Katniss—. Supongo que fue solo un poco de suerte.
—¿Suerte? — no era la respuesta que esperaba.
—Sí.
—O sea que no me conocías antes.
—No.
—Vaya, eso arruina un poco la trama.
—¿Qué trama?
—La de la historia que contaríamos cuando nos preguntaran como nos conocimos — explicó Peeta—. Diríamos que tú me acosabas de lejos y que fue tanta tu obsesión que me añadiste como esposo en la sección de familiares de tu seguro.
—¿Y por qué yo tengo que ser la acosadora? Tú fuiste quien duró más de dos días a que yo despertara.
—No vamos a decir eso.
—¿Por qué no?
—Me harás ver mal.
—Así que tú solución es hacerme quedar mal a mí.
—Contigo se verá tierno.
—Permíteme negarlo.
Peeta continuó caminando, pensando en las palabras de Katniss. Suerte.
—Perdón que insista, pero ¿suerte? ¿En serio esa será tu respuesta?
—¿Qué tiene de malo?
—¿No quieres hacerla más profunda?
—Veamos — colocó su mano en la barbilla, fingiendo pensar —. Sí, me quedo con la suerte. Pero déjame explicarte porque.
—Te escucho.
—Cuando llené el formulario inventé gran parte de mi información. Casi toda. El campo de números de emergencia era obligatorio por lo que me inventé el número en ese momento y lo registré como familiar lejano.
—Entonces dices que es el azar.
—No — negó con la cabeza—. Es suerte. Porque eso es lo que tuve cuando seleccioné el tuyo. Para como yo lo veo pude haber puesto un cinco de más o un cinco menos y eso habría cambiado todo, evidentemente. Un genio no tienes que ser para darte cuenta que gran parte de los que pude haber creado en ese momento no les habría importado. Algunos siquiera existan.
Tal vez después de todo sí sea la suerte lo que lo ha llevado hasta ahí. La suerte de haber encontrado a alguien como ella. La suerte de que ella se diera cuenta que no estaba sola. Siempre habría un número de emergencia que iría gustoso a su llamado.
—Según tu lógica — se mordió el labio—. Si quisiera invitarte a salir, ¿tendría que esperar a la suerte?
—Seguro. Tengo toda una vida por delante en la cual meterme en accidentes.
—O podría llamarte.
—O podrías llamarme. Esa idea me parece mejor.
—Tú tienes mi número, es injusto que yo no tenga el tuyo.
—No tengo el tuyo, ya lo quite de la lista de emergencia.
—¿De verdad? — preguntó sorprendido.
—En realidad no, pero lo arreglaré esta semana.
Katniss nunca lo cambia, y aunque lo hiciera, no estaría sola.
Si les gustó el final, agradézcanle a Coraline T porque no me dejó matar a nadie. Si no les gustó, pueden quejarse con ella por no dejarme matar a nadie.
