La llamada telefónica no fue nada placentera, Sidonie podía ser muy desagradable cuando se lo proponía, y para Sidonie, Mycroft siempre era mejor receptor de sus frustraciones que sus hijos. Tuvo que hacer acopio de sus mejores dotes de persuasión para quitarle de la cabeza presentarse allí y matar con sus propias manos a Albert. Sidonie se hacía cruces como su hijo podía haber sido tan insensible, y todo solo por correrse un par de juergas.

Pero la llamada que lo dejó más desencajado fue la siguiente, la que hizo a Sherlock. Sherlock contestó a la llamada con un ¿sigue vivo mi sobrino? Cosa que ya acabó de molestar a Mycroft que venía calentito de la conversación con Sidonie. Pero lo que realmente fue la guindita del pastel fue que para esas alturas su hermano parecía haber deducido ya que detrás de todas aquellas cartas estaba su sobrino. Y si Sherlock lo había deducido, seguro que Sidonie también, así que toda aquella recolección de reproches había sido totalmente gratuita. Esa mujer siempre con sus jueguecitos ¿Cuándo iba a madurar?

Mycroft se quedó pensando en silencio. Si Sidonie sup desde el principio que todo había sido una argucia hurgada por su hijo ¿Por qué le había seguido el juego? ¿Por qué llevarlo tan lejos? Se habían mudado de país, los había cambiado de colegio y se había puesto en contacto con él y Sherlock. Sidonie no hacía ningún movimiento gratuitamente así que aunque Mycroft ya no estaba preocupado por la vida de sus hijos ahora estaba receloso.

Albert no se dio nada de prisa en bajar a la cocina a desayunar con su padre. Cuanto más tardara, menos tiempo habría para hablar. Hablar en el mejor de los casos. Pero nada dura eternamente, así que antes que su padre subiera a por él, vara en mano, decidió dejarse caer por la cocina. Janicce, la cocinera de toda la vida de su padre, había preparado el típico desayuno inglés, pero el con el estómago todo revuelto a penas podía tomarse el zumo de naranja y dar un par de sorbos al té.

- Come (dijo Mycroft sirviéndole una tostada en el plato)

- No tengo hambre (dijo mirando la tostada como si fuera la cosa más repulsiva del mundo)

- Grrrr (emitió una especie de gruñido pero no se podría decir que era un gruñido strictu sensu) ¡Janicce! (llamó a la cocinera) Prepárale un batido al niño, de esos de proteínas y vitaminas que tomó yo antes de hacer ejercicio.

- Jajajaja (empezó a reírse Albert) ¿Ejerecicio? ¿Tu? ¿Cuándo? Jajajaja Janicce antes de dármelo aseguarte que no estén caducados (dijo sin parar de reír, la cocinera sonrió pero se puso a prepararle el batido).

- Mientras acábate el zumo de naranja, está recién exprimido. Necesitas recuperar liquidos y sales minerales (le dijo Mycroft sin hacer caso de la burla pero no le había hecho ni pizca de gracia, su forma física era el talón de Aquiles de Mycroft) .

- Sí, mami (dijo burlonamente Y Mycroft ya tuvo suficiente y dio un golpe en la mesa de la cocina haciendo que todos los cubiertos y copas tintineasen)

- ¡Ya está bien de tanta guasa! (dijo enfaddao Mycroft y Albert recordó el dolor que aún sentía en las posaderas). Te recuerdo que aún está pendiente que hablemos sobre tu castigo por la salidita de ayer noche (dijo con malicia Mycroft y a Albert se le secó toda la boca). He hablado con tu madre (la cara de Albert palideció de golpe), si exacto (dijo al ver la cara de terror de su hijo) y no te haces una idea de lo furiosa que está. Me ha costado mucho disuadirla de que se presentara aquí, cinto en mano, para enseñarte a jugar de esa manera con los sentimientos de la gente.

- ¿No vendrá? ¡Maravilloso! (dijo y la cara se le iluminó como un niño ante el árbol de navidad la mañana de navidad) gracias, papá, gracias (dijo abrazándolo y besándolo, olvidando momentáneamente por completo el rencor que tenía hacía él).

- Ya está bien, Albert. Deja ya las payasadas (dijo apartándolo educadamente. Aunque Mycroft odiaba cualquier tipo de muestra de afecto y ese tipo de dispendios sentimentales, tuvo que disimular que aquel abrazo y aquellos besos no le habían desagradado para nada) Yo no echaría las campanas al vuelo tan rápido (le dijo poniéndose más serio)

- ¿Qué? ¿Irá a la escuela, no? ¡Joder! Me va a matar (dijo negando con la cabeza, no solo estaba muerto sino que si su madre se la montaba en la escuela estaría muerto socialmente de por vida).

- ¡Esa boca! (rugió indignado, ¿qué pasaba con ese niño? ¿Ni en un momento así era capaz de comportarse como era debido?) No, no va ir a la escuela. Le he asegurado que me haría cargo yo mismo (y de repente Albert lo miró desconfiado).

- ¿vas a volver (miró a ver si Janicce estaba cerca y bajó la voz) a pegarme?

- Debería. Pero después de pensarlo detenidamente he decidido que en esta ocasión no sería necesario otra zurra. (Albert respiró aliviado y sonrió de nuevo) Está comprobado que lo mejor en casos garves de problemas de conducta es la reeducación (dijo Mycroft como si estuviera dando un discurso para una junta de accionistas).

- ¿De que demonios hablas? (le preguntó mirándolo entre asustado y escéptico).

- Pues que hasta que no tengamos pruebas fehacientes que entiendes el peso de tus acciones serás monotorizado y guiado las 24 horas del día los 7 días de la semana.

- ¿Estás diciendo que me vas a poner un tipo que me siga y vigile lo que haga las 24 horas del Día? (Albert exclamó escandalizado)

- No (dijo tranquilamente). Eso ya lo tienes. Hace años que os vigilan todos los pasos ¿Cómo crees que me resultó tán rápido localizarte esta noche?

- La poli te llamó (dijo como si fuera una obviedad. Mycroft lo miró como si Albert fuera un inocente niño de pañales).

- Lo que quiero decir es que tras acabar tus clases vendrás directo a aquí o a mi oficina, donde personalmente me aseguraré que te comportas como se espera que se comporte un jovencito de 16 años.

- ¿Estás de broma, Verdad?

- Raramente bromeo, hijo (dijo dando un sorbito a su té).

- Pero ¡Saint George es un internado! No es posible (aunque sabía que con una sola llamada de su padre a la escuela, él tendría el régimen escolar que su padre decidiera) salir hasta el fin de semana.

- ¿Parece que eso no te ha resultado ningún inconveniente esta noche para salir, no? (dijo con malicia su padre)

- A ti no te gusta tenernos por aquí (le reprochó Albert).

- Eso no es cierto. Solo es que soy un hombre extremadamente ocupado. (Albert rodó los ojos llevaba toda su vida oyendo esa patética excusa). Cuando empezaste primaria, vuestra madre se mudó a Ginebra para que así tú pudieras pasar los fines de semana con Henry y ella y no fuera tan traumática la separación. Fue por eso que vuestra madre decidió que lo más práctico sería vivir separados, ya que por mi trabajo prácticamente ya no nos veíamos. Además, Albert, ya no eres un niño de pañales, creo que podremos llegar a convivir bajo el mismo techo sin importunarnos mucho. Siempre y claro que tú sepas comportarte, hijo. Sino comprobarás en propias carnes cuanta razón lleva tu madre cuando dice eso de que vivir conmigo es un dolor en el culo.

- Lo que tu digas (dijo negando con la cabeza y poniendo muy mala cara) Pero que te quede claro que no pienso quedarme aquí contigo. prefiero mil veces enfrentarme a Sidonie (Albert estaba tan enfadado que ni se dio cuenta que había llamado a su madre por su nombre delante de Mycroft hasta que sintió el bofetón que su padre le dio)

- Auuu (dijo llevándose la mano a la mejilla y con lagrimas en los ojos).

- Que sea la última vez que te escucho llamar a tu madre por su nombre. Esa mujer no solo te dio la vida sino que se ha pasado los últimos 16 años desviviéndose por que tú y tu hermano tengáis lo mejor de lo mejor, porque nunca os falte nada, por tener todo el amor del mundo y, aunque en tu caso algo haya fallado, por daros una buena educación. Ni por mil años que vivieras estarías en igualdad con ella (Mycroft le dijo apuntándole con el dedo acusador y con un tono de voz que casi hizo que se orinara encima) ¿Entendiste? (Albert asintió con la cabeza asustado) Quiero una respuesta verbal, Albert (exigió).

- Sí, señor, entendí (dijo en un susurro de voz).

- Está claro que tengo mucho trabajo contigo, tendré que reajustar mi agenda más de lo que pensé.

- Por favor, no me hagas vivr aquí, prometo venir los fines de semana, pero déjame que siga en el internado con el resto de mis compañeros, si quieres refuerza la seguridad pero…

- Que considerado de tu parte que me dejes reforzarte la seguridad, hijo (dijo con sarcasmo Mycroft) Pero los hijos nunca han tenido ni voz ni voto en la forma que sus padres deciden educarlos y tú no vas a ser distinto. Vendrás a casa al acabar tus claese y no hay nada más que decir (sentenció Mycroft)

- ¡No! ¡Antes muerto que vivir aquí!(dijo furioso Albert levantándose y caminando como una apisonadora hacia la puerta).

- Te lo vuelvo a repetir Albert, tú no decides aquí, (Mycroft se odió a si mismo porque detestaba alzar la voz) ahora vuelve a sentarte y acaba de desayunar.

- ¡Muérete! (dijo sin ni siquiera darse la vuelta mientras salía de la cocina. Mycroft respiró hondo y contó hasta 100)

- Aaaaaaaaaaaaaaah (Mycroft sonrió al oír el grito de frustración de su hijo) ¡Estás zumbado! ¡Abre la puta puerta! (la sonrisa se borró, Mycroft tenía una opinión muy clara sobre el uso de lenguaje vulgar. Y si no lo aceptaba a su alrededor en la boca de su hijo ya ni les cuento. Y entonces pasó algo que ni el mismo Mycroft había imaginado que pasaría. Se escuchó el ruido de cristales rompiéndose y después todas las alarmas de la casa empezaron a sonar. Mycroft se levantó de la mesa negando con la cabeza, se puso el abrigo tranquilamente, agarró su maletín, el batido que había preparado su cocinera para Albert y salió hacia el recibidor). Aaaaaaaaaaaaaaaaaarggg suéltame hijo de puta, suéltame (Albert intentaba con todos sus medios atacar a aquella mole de músculos que lo tenía bien sujeto y lo regresaba de nuevo al interior. Mycroft miró la puerta rota y los cristales en el suelo y miró con incredulidad a su hijo) ¡Suelta, cabrón!

- ¿Señor? (preguntó esperando órdenes el jefe de seguridad de Mycroft. Mycroft se quedó unos instantes sin hacer ni decir nada mientras su hijo seguía intentando patéticamente zafarse de aquel hombre. Mycroft se miró el reloj y esperó aún poco aquel el muchacho se diera cuenta que estaba luchando contra molinos de viento).

- ¡Suelta! (probó una vez más esta vez ya sin tanta agresividad. El agente miró a Mycroft buscando el consentimiento, pero Mycroft no dijo nada seguía mirando inmutable a su hijo) ¡Vale, ya! ¡Dile que me suelte! (Mycroft siguió sin decir ni hacer nada) ¿Por favor? (Probó Albert por si el estirado de su padre estuviera esperando algo de buenos modales. Mycroft alzó una ceja y Albert rodó los ojos al comprobar que así era, era todo cuestión de modales) Siento haber salido corriendo y haberte roto la puerta. Por favor, puedes decirle que me suelte ya (dijo entre dientes. Mycroft aún esperó unos segundos antes de indicarle a su jefe de seguridad que soltara Albert).

¿No fue tan difícil, no? (dijo empezando a caminar hacia la salida de casa) Vamos, no querrás llegar tarde a clase, ¿Verdad? (al pasar justo al lado de los cristales del suelo) eso lo pagarás de tu bolsillo (le dijo Mycroft sin darle mayor importancia) Y esta noche después de cenar estableceremos las pautas de comportamiento que deberás seguir a partir de hoy (dijo jovialmente Mycroft agarrándolo cariñosamente por la nuca a su hijo y acompañándolo hasta el coche que lo llevaría a la escuela).