Capítulo 2: El gran Coliseo del Fuego.
Nunca había sentido tantas ganas de vomitar y no era precisamente por el constante traqueteo de la carreta. Ésta avanzaba cubierta por guardias a pie y a caballo, todos armados y en constante alerta. Se movía por los caminos más seguros ante los ojos de muchos curiosos que de vez en cuando vitoreaban o lanzaban flores.
Dentro de la carreta reinaba un preocupante silencio, un silencio explosivo. Ni si quiera los vítores, gritos y aplausos podían con la fuerza de aquel silencio. Había dos bancos, uno en frente del otro y tan solo tres ocupantes. Las dos hermanas se sentaban juntas y el tercer ocupante se sentaba frente a ellas. Nami miraba al suelo aparentemente concentrada en sus zapatos y Nojiko miraba por la ventana pendiente del paisaje.
La carroza topó con una piedra y dio una violenta sacudida. Las hermanas se agarraron para no tropezar pero Enel permaneció silencioso e inmóvil. El silencio se prolongó igual de tenso que anteriormente pero poco después se vio interrumpido por la voz del ocupante (el único que podía contrarrestar la fuerza del silencio) que miró a las hermanas y dijo:
-Cinco minutos
Nami suspiró de alivio por salir de aquella infernal carreta pero seguidamente recordó el destino al que iban a llegar y deseó que aquel viaje durara 1000 horas más.
El coliseo estaba en plena ebullición. La visita de dos princesas y un primer ministro, hacía que cada persona encargada de que el espectáculo fuera un éxito realizara su trabajo concienzudamente y lo revisara varias veces. Todos tenían en mente que podían ser devorados por los leones si la tarea que les tocaba realizar se encontraba incorrecta. Aquel día, hasta el más mínimo detalle era importante.
Para divertir a tan importantes espectadores esperaban animales salvajes venidos de los rincones más inhóspitos y recónditos del reino del sur, en segundo lugar los condenados a muerte y por último, el plato fuerte, eran los gladiadores.
Esa era la programación inicial, pero aquel día los condenados a muerte eran los criminales mas peligrosos capturados en los últimos doce ciclos y se habían estado reservando para el día de La matanza del Coliseo de Fuego con lo cual el protagonismo no estaba únicamente en los gladiadores. Los gladiadores eran los mejores, las estrellas entre la inmensa cantidad de gladiadores del reino.
Cuando Nami bajó de la carroza, vio en la entrada del coliseo una inmensa cantidad de puestos que basaban sus ventas en los gladiadores. Vendían colgantes con la cara de los más famosos, colgantes que muchas doncellas guardarían contentas por la noche bajo la almohada, vendían también falsos mechones de cabello (teñidos en realidad), amuletos para proteger a tu gladiador favorito llamando a la clemencia de la diosa Enna... Y no sólo eso sino también había locales en los que se hacían apuestas y casas de prostitutas reservadas a los espectadores más ricos.
Los gladiadores eran estrellas pero su fama también beneficiaba a comerciantes que envolvían sus comercios en torno a sus figuras. El coliseo estaba rodeado por estos comerciantes, que lo envolvían como una muralla y que al ver a las princesas dejaron sus quehaceres para aplaudir.
Este jaleo avisó a los operarios de que las princesas habían llego, también a gladiadores, a las bestias que esperaban en jaulas y a los condenados que sabían que se acercaba el final. Los organizadores del evento habían sido avisados muchísimo antes y se habían encargado de dar las órdenes oportunas para ultimar los preparativos.
Las princesas entraron triunfales junto con el primer ministro por la puerta grande del coliseo y subieron a un lugar reservado dónde se obtenían las mejores vistas. Nami observó que mujeres y hombres estaban separados, también que cuanto más alto estabas en las gradas mas poderoso eras. El populacho estaba abajo del todo y ella estaba en la cima. No le gustaba la cima.
En los sótanos del coliseo, se estaba tramando el más arriesgado de los planes. Era realmente difícil colarse en el coliseo, pues estaban registrados todos los operarios, organizadores, patrocinadores, gladiadores, condenados e incluso las bestias. Por ello, tuvieron que modificar las listas e introducirse cada uno en la lista correspondiente utilizando un nombre falso.
Durante el camino al coliseo habían compartido sus nombres ya que posiblemente era la última vez que se presentaran a alguien. Secuestrar a una princesa era un suicidio. El plan era utilizar el espectáculo como distracción para llevársela en el momento más emocionante para que nadie se diera cuenta. No podían sacarla del palco, por ello, tenía que salir ella misma. No se sabía nada de ella, por lo tanto habría que analizar su comportamiento durante el espectáculo e improvisar una manera de sacarla de allí. Una improvisación era terrible pero no podían hacer otra cosa. Cuando la sacaran del palco, el plan era huir por los sótanos del coliseo, a través de una alcantarilla saliendo a alguna calle dónde los guardias no estarían buscando. Todo ello antes de acabar el espectáculo.
La primera parte del espectáculo, se basaba en animales poco habituales, exóticos. En los sótanos del coliseo había cientos de jaulas llenas de animales: leones, tigres, avestruces, pavos reales, elefantes, monos, tortugas gigantes, serpientes, camellos, cocodrilos... y las jaulas aún se extendían hasta perderse en el infinito.
Robin quedó asombrada. Había leído sobre todos aquellos animales pero nunca había los había visto y mucho menos todos juntos en aquellas condiciones. Ella se había infiltrado como domadora de bestias. La tarea empezaba a intimidarla mientras paseaba por el laberinto de jaulas como el resto de domadores, debían verificar a los animales para que estuvieran en perfecto estado. Caminó y caminó, mientras las jaulas se perdían tras su espalda. Hacía marcas en algunas para saber como volver atrás después ya que debía fingir que conocía el lugar a la perfección y perderse no era la mejor idea.
Se detuvo al escuchar unos quejidos lastimeros y miró a su derecha. En una pequeña jaula, escondida en la oscuridad, se encontraba un renito pegado a los barrotes. Era un animal realmente peculiar, porque a menos que los libros que había leído se equivocaran, los renos no tenían la nariz azul.
-¿Tienes comida? –le preguntó el reno con un hilillo de voz.
-No, lo lamento.
Se agachó frente a la jaula y metiendo la mano entre los barrotes acarició la cabeza del renito. Pese a que la sorpresa que se llevó al ver que un animal hablaba, pudo con ella la compasión frente al animal hambriento.
-¿No te han dado de comer? –preguntó Robin.
El reno negó con la cabeza y se metió en la oscuridad de su jaula. Al parecer si no había comida no tenía porque prestar atención al mundo exterior. Ella miró a su alrededor cerciorándose de que no había otro domador cerca y se agarró a los barrotes.
-¿Cómo es que sabes hablar? –le preguntó ella con una amable sonrisa.
El renito se encogió de hombros pero poco después volvió con un sombrero en la cabeza y se sentó frente a los barrotes. Le gustaba aquella nueva compañía.
-¿Conoces las Nueces de Belcebú?
La chica hizo aparecer dos manos dentro de la jaula que hicieron cosquillas al animal, el cual rió por primera vez en mucho tiempo.
-Me hago una idea –dijo ella con una sonrisa-. ¿Lo saben los demás domadores?
El renito negó con la cabeza y jugueteó con el sombrero, mientras tanto Robin volvió a verificar que no había ningún otro domador cerca.
-¿Y porqué hablas conmigo? -preguntó curiosa.
-Porque tú no eres domadora –dijo agudo el renito.
Ella se quedó blanca, el plan se había ido al garete por su culpa. No tenía sentido negarlo, porque sabía que no podía engañar al renito, aunque pronto quedó aliviada porque el animal no se lo iba a contar a nadie. No podía o descubrirían que sabía hablar.
-¿Cómo lo has sabido? –preguntó Robin.
-Miras a los animales con compasión –dijo el renito- Eso no lo hacen los otros.
Robin sonrió y de pronto tuvo una idea brillante.
-¿Cómo te llamas pequeño?
-Chopper –dijo el reno sonriente.
-Bien Chopper, ¿Puedes hablar con los otros animales también?
Chopper sonrió a modo de respuesta.
-¿Quieres salir de aquí? –preguntó Robin.
-¡Sí! –exclamó Chopper.
-Entonces hagamos un trato, yo te saco de aquí y tú me ayudas a distraer a una princesa para secuestrarla.
Robin tendió la mano a través de los barrotes esperando una respuesta.
En un lugar muy lejano a los almacenes de animales se encontraba la princesa a secuestrar en su palco deslumbrante. Con ella otro de los infiltrados haciendo la función de guardia. Zoro.
Había tenido que conseguir un traje de guardia y "sustituir" al guardia que debía ocupar su lugar. El casco cubría su rostro y era seguro que nadie lo reconociera.
La princesa rechazaba toda la comida que se le ofrecía y mantenía la mirada fija en los pies. Movía las manos inquieta y su hermana le tocaba el brazo intentando tranquilizarla continuamente pensando que tal vez se encontrara enferma. Mientras tanto el temido primer ministro daba el discurso del comienzo del espectáculo, honor que se le había reservado como tributo y agradecimiento por su llegada. Enel hablaba con voz clara recitando un discurso memorizado en apenas unos segundos. Poco después recibió una ovación por parte del público y tras un clamor de trompetas comenzó el espectáculo.
Zoro analizó a la princesa sin quitarle los ojos de encima, cualquier detalle era importante incluso uno del que nadie parecía percatarse: el terror en su rostro.
En una de las plantas de los sótanos del coliseo se encontraban los gladiadores preparándose para la lucha. Había un gran ajetreo pues no quedaba mucho tiempo, empezaban las bestias y los condenados. El acto de los condenados se prolongaría mucho más de lo que se prolongaba normalmente porque eran los más peligrosos pero al fin y al cabo el momento de salir llegaría tarde o temprano y era mejor prepararse antes de tiempo por si surgían imprevistos.
Un total de 10 parejas de luchadores salían al combate. De ellos, 19 eran viejos conocidos de la población y uno de ellos, era un gladiador nuevo del cual se decía que venía de un lejano y extraño lugar. Pese a los rumores difundidos, no era más que otro de los infiltrados del plan. Luffy.
Escuchando conversaciones ajenas pudo informarse un poco de que iría el tema. Saldrían primero por parejas y se expondrían ante el público saludando al primer ministro desde la arena, las 10 parejas saludarían al unísono, volverían a las galerías del coliseo y luego saldrían por orden a la arena. La lucha terminaba cuando uno de los dos gladiadores moría quedando al final un total de 10 hombres victoriosos. Podría darse la ocasión de que un gladiador estuviera malherido y a punto de morir a manos de su contrincante y la gente gritara: ¡mitte! Si las gradas reclamaban que se dejara con vida a un gladiador, porque había hecho un combate formidable o porque era admirado por la gente, dicho gladiador lograba conservar la vida.
También escuchó como un grupo de tres gladiadores comentaban su ansia de conseguir el rudius. Este objeto era una espada de madera, pero que otorgada por el rey o en caso de que éste no participara, el primer ministro (tachándose ésta de ocasión especial) daba la libertad a un gladiador. Esta espada no se daba muy a menudo, la probabilidad de que murieras en combate antes de conseguirla era de un 99.9% pero al parecer aquel trío de gladiadores albergaba esperanza.
El plan era que Luffy entretuviera a la princesa con un combate formidable. Interrumpiendo los pensamientos de éste, un operario entró en la sala y colocó un cartel dónde los gladiadores podían consultar con quien habían sido emparejados y también cual era su turno. Había escritos los número del 1 al 10 y en dos columnas verticales bajo las letras A y B, se encontraban los nombres de los luchadores.
Él era el último e incluso siendo la primera vez que pisaba el coliseo y que tenía contacto con aquel mundo, el nombre junto al suyo le sonó de algo. A su lado, el gladiador del quinto turno letra A le puso una mano en el hombro.
-Estas jodido nuevo-dijo sonriente.
Luffy lo miró sin entender bien y sin saber que le había tocado luchar con el gladiador mas fuerte y monstruoso de todo el torneo.
No le había tocado el trabajo más agradable desde luego. Las alcantarillas era el lugar por dónde debían escapar, pero éstas se extendían bajo la ciudad formando un inmenso laberinto. Lo peor a la hora de la huida sería perderse o aparecer en una calle por la que transitaran guardias, así que tenía que establecer la ruta de huida.
Lo que Franky mas odiaba era el olor. Las aguas residuales circulaban por todas partes y una pequeña acera lo separaba de ellas. No quería caerse, por nada del mundo. Llevaba en su mano una piedra, con la cual rascaba las paredes dibujando flechas, pero lo hacía en lugares muy recónditos para que nadie las encontrara y pudieran seguirlos. Cuando había una flecha cerca dibujaba una ralla en el suelo, así sabrían que había una flecha y no tardarían en encontrarla.
Siguiendo este método acabó en un callejón de un barrio marginal, dónde nadie sospecharía ni haría preguntas incomodas. Perfecto. Tras el enorme paseo volvió veloz de nuevo por el alcantarillado hacia el coliseo.
El último componente del grupo se encontraba en un lugar bajo las gradas dónde debía ser atraída la princesa. Según el plan, Robin cambiaría el disfraz de domadora de bestias por el de criada y sería informada por Zoro. Después bajaría con él y lo ilustraría sobre como reaccionaba la princesa ante el espectáculo, descifrando su alma para luego secuestrarla poniendo un cebo que la atraparía de forma segura.
Su parte del plan era la de improvisar lo cual, secuestrando a una princesa, era insoportable. Si fallaba, podía darse por muerto. Pero a parte de aquel inconveniente que era bastante considerable, su tarea como infiltrado del coliseo bajo las gradas era pasear continuamente aburrido verificando que no había ningún imprevisto.
Las antorchas alumbraban levemente su camino y volvía cada poco tiempo al lugar de encuentro con Robin. No tenía nada que hacer, ni si quiera podía contemplar el espectáculo y tenía que cavilar continuamente una manera de atraer a la princesa a aquel recóndito sitio.
Las trompetas resonaron en los oídos de Sanji dando comienzo al espectáculo y también al curso del plan.
Continuará...
