Hola a todos! Esta vez quise hacer un capitulo más largo y quise poner algo de lo que pienso es un día más o menos cotidiano para Katniss.

Capitulo 5 "Preguntas sin respuesta"

Extiendo mi mano por entre las sábanas en busca de su calor, pero nada, solo el frío borde de la cama.

Abro los ojos y miro la ventana. Aún esta oscuro pero se empiezan a asomar algunos rayos de sol, sin embargo Peeta ya se fue.

Me levanto, me meto en el baño y aún adormilada me desnudo.

Se siente tan bien el agua fría en mi cuerpo, con todo este calor, es la combinación exacta para regular mi temperatura.

A duras penas salgo del chorro del agua para vestirme con mis clásicos pantalones café oscuro y una blusa sencilla verde aceituna. Tomo el arco que guardo en mi armario, mi carcaj y bajo en busca de provisiones.

Me como una rebanada grande jamón de pavo y un trozo de pan de la semana. Llevo una gran botella de agua y grasa de cerdo.

Tan rápido como puedo caminar sin llegar a correr, salgo de la Aldea para dirigirme al bosque. La alambrada aún sigue ahí pero ahora es para contener a los perros salvajes y no a nosotros.

La brinco ya que es más fácil que arrastrarse y me interno instintivamente en el bosque.

Por suerte, para mí, rápidamente encuentro un cervatillo sin caminar demasiado, me oculto muy sigilosa detrás de un árbol, saco una flecha, la coloco en el arco y apunto entrecerrando un ojo.

Estiro con suficiente fuerza para disparar pero algo cae de un árbol, el cervatillo se percata de esto y yo me veo obligada a soltar la flecha a la cabeza y no en el ojo.

Este cae muerto y me giro para ver que cayó del árbol.

Una ardilla que ahora se aleja corriendo hasta que cae una flecha que le atraviesa el cuerpo.

Sonrío ante lo sucedido y la recojo.

Me paseo un poco más por el bosque en busca de fresas. Planeo que Peeta me haga con ellas un pastel con glaseado multicolor. La sonrisa aparece de nuevo por este pensamiento y siento como la sangre sube a mi cara.

Después de recoger algunas, busco un lugar para descansar y reponer los litros de agua perdidos por el sudor.

Mi piel se eriza, ahora mi sudor es frío. Nos puedo ver, a ambos, lanzando moras al aire y atrapándolas con la boca.

Me dejo caer sobre las rodillas y mi corazón va como un martillo.

Puedo escuchar mis latidos, mis manos están tan apretadas que me duele.

Me siento sobre mis piernas y observo desde ahí todo el bosque. Tan silencioso y yo tan muda, y este olor a pino que no me deja sopesarlo. Siento la ira recorrer todo mi sistema nervioso, mis manos están temblando.

No puedo…es como si estuviera aquí.

Me reúso a ponerme de pie, no me voy a ir. ¿Por qué abría de hacerlo? Esto ya no tiene ningún significado ni sentido.

Debo haber estado por aquí por lo menos dos horas. El agua se me acabó.

Debo volver – pienso.

Me levanto, tomo mis cosas y me voy.

Cuando llego al Distrito no se a donde ir.

Mi casa esta tan sola, todas esas personas en la panadería, solo me queda un lugar a donde ir.

Estoy parada frente a su puerta, debatiéndome si entrar o no. Pero faltan por lo menos 8 horas para que Peeta salga.

Abro la puerta y entro sigilosamente.

– ¿Estas en casa? – grito.

–No– contesta él –Vete–.

Avanzo hasta el comedor. Es un completo asco, botellas por donde sea, huesos de lo que solía ser comida, ropa sucia. Me invade un olor penetrante que siento como mis ojos se humedecen.

–Haymitch ¿¡Cómo diablos puedes vivir así!? –

Él levanta la cabeza de la mesa y me mira – ¿Qué? – dice crudamente.

–Esto es un asco– digo y me aprieto la nariz.

– Y me importa tanto tu opinión– dice y vuelve a recostarse en la mesa.

–Eres un inútil, ¿Esperas a que todos hagan todo por ti? –

–No estoy pidiendo tu ayuda, además, ¿no deberías preguntarte lo mismo, preciosa? –

Yo no soy dependiente. Puedo vivir por mi cuenta. No soy esa clase de personas que esperan a que otros sientan lastima por ellas para recibir ayuda.

–Yo puedo mantenerme viva por mi cuenta, no soy como tú–

Él se limita a mirarme y suelta una sonrisa burlona – ¿Estas segura? Sabes, yo no lo creo– responde con tono de superioridad.

Siento una punzada de culpa, como un golpe al estómago que me saca el aire.

–Tú no sabes nada– respondo y antes de que pueda decir algo voy a la lavandería por un trapo y una escoba.

Cuando regreso Haymitch esta completamente inerte en la mesa, si no fuera porque de vez en cuando suelta un ronquido podría decirse que esta muerto.

La mansión esta hecha un completo lío. Empiezo por el piso de abajo y después de aproximadamente una hora y media termino. Estoy exhausta.

¿Cómo una sola persona puede ensuciar tanto? – me pregunto mientras vierto la última botella de alcohol por el resumidero.

– ¡No! ¿¡Pero qué diablos piensas que estas haciendo!? – grita él.

–Te estoy desintoxicando– respondo tranquila.

– ¡Eres una estúpida! ¡Mi botella! – lloriquea.

Yo hago caso omiso de sus insultos y subo a la planta alta.

Todo esta mucho mejor que abajo. Solo tiene un poco de polvo así que me dedico a cazar su alcohol.

Hasta su última botella fue eliminada.

Bajo y me tiro en su sofá. Él se sienta en otro sillón y me mira con desprecio.

– ¿Qué te hice yo? – pregunta con voz quebrada.

– ¿Por dónde empiezo? – respondo y le doy una sonrisa fingida.

Nos miramos por un rato más hasta que nos aburrimos.

– ¿Y tú novio? – pregunta.

Lo miro sin cambiar en ningún momento mi expresión facial.

–En la panadería– respondo.

Él me mira con deleite. No me podría importar menos lo que piense de nosotros, claro que si él sabe que dormimos juntos es obvio que somos más que amigos.

– ¡Por cierto! – dice repentinamente – Ayer los vi discutir afuera de tu casa, ¿qué pasó? ¿Te propasaste con él? – pregunta burlón y listo para soltar la carcajada.

Eso me molesta, siento como la sangre sube a mi cara y no se me ocurre como contestarle. Así que me quedo callada.

– ¿Querías robarle su pureza? –

Apenas y termina la oración y se carcajea entre tosidos.

– ¡Deja de decir esas cosas, Haymitch! – ordeno

Él se detiene para respirar y me mira burlón aún.

– No se por qué te enojas preciosa, ambos sabemos las cosas que hacen en tu habitación–

Algo me presiona la garganta y no puedo contestarle. Me paro del sofá con rabia y siento como si fuera a escupir el estómago.

– ¡Eres un pervertido Haymitch, Peeta y yo…él no es así, ¡él es un caballero! –

Él se pone serio repentinamente y dice – No lo dudo–

Su reacción me sorprende y no encuentro que decirle.

– Bueno ya, olvídalo, siéntate – dice con un gesto restándole importancia.

Yo lo hago y clavo mi mirada al suelo.

– ¿Ya comiste? – pregunto intentando calmarme.

– Espero que estén usando protección, Katniss –

¿¡Qué!? ¿Cómo puede decir eso tan natural? Esas cosas son de dos, ¿por qué le importa?

El horror y la pena se impregnan en mi rostro y medio ahogada reclamo– ¡Haymitch! –

– No ¿y tú? – responde sin ninguna perturbación.

¿Qué le pasa? No entiendo porque toca ese tema. Si decidiéramos tener…relaciones sería asunto nuestro solamente.

– ¿Por qué me dices esto? – pregunto con voz quebrada – ¿Por qué no…se lo dices a Peeta? Él es el hombre – continuo titubeante.

Él levanta una ceja y gira los ojos – Katniss – dice en un suspiro – Piensa tan solo un momento, para ti es incomodo hablar de esto ¿no? Imagina a Peeta, ese muchacho es tan…puro – dice pero no puedo evitarlo – ¿Crees que yo soy una pervertida? – digo interrumpiéndolo – Jamás dije eso – hace una pausa – además, ¿Quién es la que va a pagar los platos rotos? Tú, preciosa. Si no lo habías considerado, considéralo– añade y abandona la habitación.

No puedo permanecer ahí otro momento. Tomo mi arco, mi carcaj, mi ardilla y mis fresas y salgo de la casa azotando la puerta con rabia.

Salgo de la Aldea, no quiero estar en mi casa, ahí hay demasiado silencio.

Me dirijo a la Veta, recorro con la mirada los cimientos de los que serán casas, ahora son más grandes y están bien hechas.

Cuando avanzo a paso lento todos los habitantes dirigen sus miradas hacia mí. Una razón sería porque llevo mi arco en la mano y estoy cubierta de tierra y sudor.

Recuerdo mi pequeña discusión con Haymitch y lo bien que estaría de no ser por su intromisión. Recuerdo su comentario, un escalofrío recorre mi espalda. ¿Qué es lo que quiso decirme?

¿No era yo la pura? Sin embargo, me alegra que no se me considere más como la "inocente Katniss".

Pero, quizá Haymitch tenga razón. Tal vez si Peeta se entera que Haymitch cree que estamos haciendo…lo que él cree, podría incomodarse y guardaría un poco la distancia para que no pase lo que Haymitch quiere evitar que pase.

Siento un leve mareo por mi pensamiento enredado. Por ahora lo único de lo que estoy segura sobre esto es que no quiero que Haymitch le diga algo a Peeta.

Sin darme cuenta estoy frente a la puerta de la panadería. Y sin más remedio entro en ella.

Todos ahí me saludan con más entusiasmo que la vez anterior. Ahora todos me saludan de beso. Con la mirada perdida encuentro a Tomas y le sonrío amablemente, él abre los ojos como plato y se voltea. Estoy me confunde pero lo paso por alto.

Un muchacho alto, de tez oscura y con músculos imponentes se pone enfrente mio, no recuerdo su nombre pero él con una sonrisa de oreja a oreja dice – Es Sr. Mellark esta en la cocina, venga yo la llevo –.

Me sorprendo ante la formalidad con la que se refiere a Peeta y sin decir nada lo sigo.

– A que no adivina quien lo vino a visitar Sr. – dice abriendo la puerta a la cocina.

Ahí estaba él, con la cara y el cabello cubierto de harina, el mandil manchado con mezcla y una toalla sobre su hombro. Al verme fue expresión fue de sorpresa y felicidad y yo sin darme cuenta tenía ya una sonrisa tonta en el rostro.

– ¡Katniss! – exclama limpiándose las manos en el mandil.

Yo avanzo hacia él y sin importarme que el muchacho siguiera ahí le clavo un beso en los labios. Él se separa de mí para acortar el beso y dirige la mirada al joven –Gracias Jimmy– Él asiente y se va.

Hay otras tres personas en la cocina y como si me leyera el pensamiento – Vamos afuera – dice Peeta quitándose el mandil y el trapo.

Estamos a espaldas de la panadería, sin querer dirijo la mirada al bosque; puedo ver el árbol en donde estaba recargada aquella tarde. La tarde. Mi mente divaga hasta ese recuerdo. Casi puedo sentir el agua cayendo sobre mi cabeza.

– Jamás he vuelto a quemar nada – dice Peeta, volteo y estoy segura de que llevaba mirándome un buen rato.

Hay veces en las que me pregunto cómo es posible que tenga esta clase de conexión con él.

– No me molesta el pan quemado – digo y me lanzo en sus brazos.

Él me recibe con tanta calidez, ahogo mi rostro en su pecho y suelto un suspiro exasperado, acaricia mi cabello e inmediatamente puedo sentir alivio.

Nos separamos, dirijo la mirada a una de las ventanas y veo a Tomas mirándonos con recelo pero rápido desvía la vista.

¿Qué se trae? – me pregunto a mí misma. Sin embargo lo paso por alto.

Su mirada me recordó algo.

– ¡Ay no! – exclamo con un gesto de dolor.

– ¿Qué pasa, amor? – me pregunta preocupado.

Por culpa de Haymitch se me había olvidado el ciervo. Ya debió de habérselo llevado un oso o algo así.

– Esta mañana cacé un cervatillo, necesito ir por él –

Él se queda pensando un poco y después despeja su rostro. Como si hubiera hallado la solución.

– Ven – dice y me lleva al interior de la panadería.

– Jimmy – dice y hace un gesto con la mano.

Inmediatamente el muchacho se acerca y responde – Si, jefe –.

– Te quiero pedir un enorme favor – dice Peeta

– Lo que quiera, jefe –

– Hay un cervatillo en el bosque que quiero llevar al Quemador –

– ¿Quiere cazarlo? – pregunta listo para empezar. Casi emocionado por la idea.

– No, ya lo mato Katniss, solo quiero sacarlo del bosque –

Jimmy dirige su mirada hacía mí sin ninguna emoción en específico. Luego la devuelve a Peeta.

– Esta bien, ¿nos vamos ahora mismo? –

– Si, pero voy por unas cosas al patio –

Jimmy y yo salimos de la tienda y permanecemos en silencio. En unos segundos aparece Peeta con un palo, una soga y un cuchillo en las manos. Y emprendemos nuestro camino.

Somos un cuadro impresionante. Dos hombres enormes, uno con un cuchillo en la mano, otro que solo necesito gruñir para asustar y una mujer con las rodillas de los pantalones manchados de sangre y un arco en la mano.

Uno por uno brincamos la alambrada y yo los guio hasta la presa. Atan las patas del animal al palo y nos devolvemos al punto de salida. No se cómo, pero sin mucho esfuerzo cruzan al cervatillo al otro lado y después cruzo yo.

Nos dirigimos al Quemador, ellos con la respiración agitada por el peso en sus hombros.

Al vernos, Sae pone una cara de felicidad que no puede con ella.

– ¡Chica, que sorpresa! No debiste de haberte molestado – dice con las manos en las mejillas y su cara roja por la alegría. Se daría un festín con este cervatillo.

Los chicos lo ponen en el suelo y ambos al mismo tiempo limpian el sudor de su frente con el antebrazo.

– No es nada Sae, se me atravesó en el camino – digo con una sonrisa tímida.

Espero a que Peeta y Jimmy recuperen el aliento y me niego a recibir el dinero de Sae. En vez de dinero acepto algunas barras de cereal y tocino recién hecho.

Los tres nos devolvemos a la panadería, Peeta y yo tomados de la mano y Jimmy adelante.

Nos metemos a la cocina, ya son eso de las 6, falta poco para que termine la jornada pero en vez de trabajar las horas restantes, Peeta deja salir a todos.

Vamos de regreso a la Aldea, él lleva mi mochila con las fresas y el carcaj en el hombro. Siento como mi cuerpo suplica agua y jabón, así que al llegar a mi casa, lo primero que hago es darme un buen baño.

Bajo y Peeta esta viendo televisión acostado en el sofá. Sin hacer ruido cruzo el respaldo del sillón y me acuesto encima de él.

– Woah – exclama con sorpresa y yo me limito a sonreír.

Permanecemos abrazados en silencio y ahí es cuando el rubor de mis mejillas aparece.

– Peeta – digo tímidamente – ¿Si, amor? – responde él – ¿Podrías…– hago una pausa, realmente me apena pedirlo, no se porque – recogí unas fresas del bosque y estaba pensando que, bueno…si podrías hacerme un pastel con ellas? – pregunto finalmente.

Siento como se dibuja una sonrisa en su rostro – Estaba esperando que me lo pidieras –

Yo sonrío y me abrazo aun más a él. Podría estar así todo el tiempo, o si mi vida fuera a terminar, me gustaría permanecer así hasta la muerte.

Despierto y siento el brazo de Peeta en mi cintura, veo el reloj sobre el tocador, marca las 3 am. Estoy sudando y el pecho de Peeta también, últimamente ha dormido sin playera, esto me hace sentir de todo menos incomodidad.

Me muevo delicadamente y él se mueve también, por impulso pregunto – ¿Estas despierto? – casi en un susurro, lo suficiente para no despertarlo – Ahora si – susurra.

Yo sonrío y me doy la vuelta al otro lado, quedando nuestros cuerpos frente a frente. Inconscientemente paso mi brazo por su cuello y enrosco mi pierna entre las suyas. Puedo ver su sonrisa a pesar de lo oscuro de la habitación. Él extiende su cuello para darme un largo y apasionado beso. Tan cálido como siempre pero esta vez puedo sentir que al igual que yo, él también tiene hambre. Pero no de comida. Paramos a tomar aire, como con urgencia me prendo de nuevo de sus labios y le paso una probada de mi hambre. Intercambiamos besos largos y de vez en cuando uno que otro corto.

Pero para mí ya no es suficiente, me amarro más a su cuerpo y tomo bruscamente su cuello. Me recuesto encima de su cuerpo y comienzo a besar delicadamente cada parte de su rostro, paso a su cuello mientras él acaricia mi cabello y mi espalda. Quiero ir más allá de lo que hemos ido, más allá de los besos, quizá un poco más de las suaves caricias ocasionales en la espalda o los brazos o las piernas.

Voy más debajo de su cuello, casi llegando a sus bíceps. Su piel caliente hace juego con mis labios, tan suave al tacto, recorro con las yemas de los dedos cada una de sus cicatrices, conozco cada una de ellas de memoria. Realmente podría morir así, morir en sus brazos. Regreso a sus labios y aplasto mi cuerpo contra el suyo tanto como puedo. Mi respiración y sus pulsaciones comienzan a cambiar su ritmo. Una sensación de frío recorre todo mi cuerpo partiendo de mi espalda, seguida por un calor que ahoga mis pensamientos. Como una descarga eléctrica que me hace sentir débil, expuesta, sin embargo, mi voluntad por parecer fuerte se ve opacada por la necesidad de tenerlo cerca.

Podría morir besándolo y moriría feliz. Ahí es cuando Peeta me para.

– ¿Qué…? – pregunto desconcertada – Shhh – responde él.

Nos quedamos unos segundos en silencio – Él teléfono – dice y se pone de pie.

Yo lo sigo intrigada, bajamos por las escaleras, y como él había dicho, el teléfono esta sonando.

Me mira esperando que conteste y lo hago.

– ¿Si…? – pregunto confundida. Son las 3 am. ¿Quién nos interrumpe?

– ¿Qué diablos te pasa? – responde la persona inoportuna.

– ¿Qué? – pregunto mas confundida que antes.

– ¿Por qué tiraste…mi…licor? – pregunta Haymitch entre hipidos.

– ¿No podías esperar a más tarde? – digo fastidiada.

– No, no podía…y me importa un…comino si los interrumpo –

Siento como la sangre corre a mi cabeza, quizá por su insinuación o por la rabia.

– Buenas noches Haymitch – respondo y cuelgo el teléfono.

Peeta me mira confundido y antes de que pregunte – Tiré el licor de Haymitch – digo con un gesto con la mano.

Él levanta los hombros y sin más regresamos a la cama.

Sin embargo, lo único que Peeta quiere llegar a hacer hoy es entrelazar nuestros cuerpos y dormir.

Qué les pareció? Heheh en el fondo si quería que consumaran su amor pero sería demasiado rápido. Dejen sus comentarios y díganme que le falta, o que le sobra o que pedo xD Ese Haymitch…lo amo xD