Capítulo 12: "Atardecer"
Regresamos de la panadería y el sol se ponía a nuestras espaldas. Pasamos toda la tarde en la panadería, bromeando con los panaderos y comiendo todas las galletas que nos ofrecían. Regresamos a casa con las que no pudimos comer. Los obreros que ayudaban a reconstruir el distrito regresaban a casa, cansados de su larga jornada pero se miraba por la forma en que caminaban, con la cara llena de escombro y las manos repletas de callos, que estaban orgullosos de su trabajo y estaban felices de terminar así, cansados y repletos de magulladuras, ya que sabían que estaban construyendo un distrito mejor, un futuro mejor para las futuras generaciones.
Me detengo un momento a observar el distrito, no es nada de lo que era antes, a decir verdad, aun no es nada, solo el tiempo dirá como se forjara el nuevo Panem.
Luego miro el atardecer y recuerdo a Peeta.
¿Pensara en mí?
Tan solo pensar en él un sentimiento me envuelve y me llena el pecho y me dan ganas de estar con el más que nunca. Entonces mando un suspiro y ruego porque, de alguna manera, llegue a él y piense en mí y vea el cielo y sepa cuanto lo amo.
-¿Te quedarás ahí parada para siempre?-
Despierto de mi ensoñación y me doy cuenta de que Jason me mira fastidiado.
-¿Por qué no nos quedamos aquí un rato más?-
Dudo que yo haya dicho eso pero al ver la expresión de Jason me doy cuenta de que si lo dije.
-¿En medio de la plaza? ¿Para qué?- dice aún más molesto -Katniss, la pierna te afecta al pensar- luego se acerca a mí y me agarra del brazo para hacer que camine.
Me enfurezco y lo rechazo, no soy ninguna demente, en estos momentos estoy completamente convencida de ello.
-¡Quiero ver el atardecer!- chillo como una niña caprichosa.
-¿Para qué?- pregunta sin entender aun y con la creciente furia creciendo dentro de sí.
-Es hermoso- atino a decir.
Jason se da la vuelta y encara el atardecer. Quizá fue idea mía pero se me afigura ver como si sus hombros se destensaran y soltara un gran suspiro.
Nos quedamos viendo como el sol se pone. El cielo cada vez más naranja y a nuestras espaldas, el cielo ya es celeste apagado. Como si los colores terminaran su turno y los siguientes ocuparan su lugar.
De pronto, una idea viene a mi mente.
Pero la deshecho rápido. Si lo hiciera, quizá no tendría el valor suficiente para enfrentarme a la noche.
No se cuánto tiempo nos quedamos aquí parados, viendo al cielo sin pensar en nada. Pero me gusta, hasta que el dolor de mi tobillo vuelve.
Intento aguantar y no interrumpir a Jason de su trance pero el dolor cada vez es más fuerte y siento el corazón en el tobillo. Comienzo a andar con las muletas para pararme a su lado pero cuando nota mi presencia, automáticamente se tensa y voltea la cabeza escondiéndome algo.
-¿Jason?- pregunto susurrando, como si temiera que alguien me oyera.
Se lleva la mano a la cara sin voltear a verme y emite un rudo "¿Qué?"
-Eeh ¿vamos a casa?- digo sin sonar segura.
-Si- responde y comienza a andar.
Me sorprende su forma efusiva de actuar pero prefiero no decir nada y acompañarlo en silencio. Llegamos a la Aldea y el cielo está completamente oscuro, nos iluminan solo algunas lamparitas mercuriales. El lleva las llaves de mi casa así que abre la puerta y entra sin siquiera esperarme, no se a dónde se va pero cuando entro no está en la sala, no le doy importancia y por una parte, me preocupo pero no hay nada que pueda hacer así que mejor me siento y espero.
Quizá no fue buena idea quedarme parada ahí por tanto tiempo, la pierna me duele y me arde. Intento levantarla y el solo esfuerzo me produce un terrible dolor. Logro ponerla en el sofá y me recuesto pensando en miles de cosas, recordando el día y lo bien que me la pase en la panadería junto a todos. Recordando el atardecer. Hacía demasiado tiempo que no me detenía a observar el cielo de esa manera. Esos colores tan preciosos que hacen que me sorprenda y me pregunte como la naturaleza lo hace. Ojalá hubiera una respuesta para todas esas preguntas que me he hecho desde que tengo conciencia. ¿Por qué el cielo es azul? ¿Cómo se producen esos colores tan hermosos? ¿Cómo era todo antes de que el planeta no fuera más que un mar gigantesco? Sé qué nunca lo sabré y me agobio. Recuerdo las palabras que una vez Plutarch me dijo y por primera vez me detengo a pensar en Panem más que como una nación y un puñado de Distritos. Sin embargo, yo no soy muy inteligente ni muy humanitaria así que no logro comprenderlo del todo. Sé que es inútil preguntármelo porque no voy a obtener respuesta y aunque las obtuviera ¿de qué me servirían? El mundo ya está destruido.
Me doy cuenta de que el dolor está pasando y Jason aún no vuelve. Pero el teléfono suena y como si por arte de magia el tobillo se hubiera curado, en un santiamén estoy contestándolo.
– ¿Hola? – contesto.
– ¿Katniss? –
– ¡Peeta! –
– ¡Katniss! ¿Dónde estabas? ¡Estuve llamándote toda la tarde! ¿Estás bien? ¿Sucedió algo? –. Su voz hace que sienta un dolor en el pecho, que me arrepienta de todas las cosas que hice hoy. Porque su voz expresa una desesperación y un miedo que conozco perfectamente. Esa sensación que yo experimentaba cada vez que no estaba junto a él y había peligro de muerte. Esa sensación de impotencia y desesperación que sientes cuando lo que más amas se aleja de ti y no puedes hacer nada para evitarlo.
– Peeta, estoy bien – mis palabras se ahogan por el nudo en la garganta.
– ¿Katniss, dónde estabas? – dice pero más que una pregunta, suena como un regaño y solo quiero estar con él y decirle que todo está bien.
Siento mis ojos humedecerse y mi visión se nubla. Mi corazón va como una locomotora.
– E-estaba en la panadería – consigo decir.
– Katniss... – dice y suelta un suspiro. Noto que le cuesta hablar al igual que a mí y se cuánto dolor siente – Estaba muy preocupado por ti… –.
Silencio.
– No tienes idea de las cosas que pasaron por mi mente. Pensé que te había pasado algo, que estabas en peligro. No sé. Miles de cosas que pudieran ocurrirte y yo aquí, sin poder estar a tu lado –.
Entonces me doy cuenta de que ha tenido pesadillas al igual que yo, que le tiene miedo a la noche y todo lo que representa. Sé que fue allá para comprarme un anillo de compromiso y nunca más volvernos a separar pero, también sé que es difícil para él estar lejos de mí, estar en una ciudad que lo único que le mostró fueron horrores y dolor. Caigo en la cuenta de que yo, con mi pie roto, postrada en la cama, temiendo a la noche y refugiándome en Jason como una cobarde, no tengo cómo decir que la estoy pasando mal.
Peeta está en el Capitolio. Solo. No quiero imaginar como lo está enfrentando. Todo este tiempo solo he estado pensando en mí, sin siquiera molestarme en pensar como esta él. Y me odio a mí misma por eso.
– Peeta…yo… – consigo decir.
Y guarda silencio de nuevo.
– No pensé en que me fueras a llamar, yo…fui a la panadería y me pasé la tarde entera ahí –
Silencio otra vez.
– Peeta, estoy bien –
– Lo siento, Katniss, perdón por ponerme así. Creo que exageré – responde – Lo siento, amor.
– Esta bien, Peeta, yo me hubiera puesto peor – digo tratando de aligerar la situación – ¿Co-cómo estás? ¿Ya encontraste algo, amor? –
– Yo estoy bien y si, te llamaba para darte buenas noticias –
– ¿Enserio? ¿Qué paso? –
– Encontré, mi vida, el indicado – Noto que se siente mejor al recordar la razón de su partida.
No puedo evitar que el rubor cubra mis mejillas y mis latidos van como locos. Me veo a mí, del brazo de Peeta, comprometiéndonos para el resto de nuestras vidas y compartir juntos lo que queda de ellas. Y lo que venga después. Una sonrisa invade mi rostro y deseo más que nunca, de entre todas las ocasiones, que vuelva pronto para que pueda amarlo.
– ¡Peeta! – exclamo con más emoción de la que me gusta demostrar. Pero es Peeta y el me conoce mejor que yo misma, así que está bien.
Oigo su risa y lo imagino agachando la cabeza y sonriendo.
– ¿Entonces ya vas a volver? – pregunto.
– Si, dentro de dos días me tendrás de vuelta en casa y esta vez, no lograrás sacarme de ahí hasta por lo menos una eternidad –
– Me parece justo – Aunque la verdad, me parece poco.
– Y ¿cómo es? – pregunto invadida por la curiosidad.
– No te pienso decir, Katniss, tiene que ser una sorpresa – responde él.
– ¡Ah Peeta! – pero sé que por más que le ruegue, no va a decirme.
Luego entra Jason a la sala y sin decir nada se despide de mi con la mano.
– Espera – le digo al teléfono. Tapo con una mano el micrófono y le lanzo una mirada confundida a Jason.
– Debo irme – dice él.
– ¿Por qué? –
– No puedo seguir huyendo de mi casera, voy a ir a buscar mis cosas y buscaré otro lugar donde quedarme –
Y sigo sin entender. ¿Por qué no acepta mi ofrecimiento? No es como si le fuera a dar limosna. Le ofrezco mi ayuda porque es mi amigo, porque él siempre lo hace sin importar nada, ¿Por qué no me permite hacer lo mismo?
Y entiendo algo, al mismo tiempo. Que el orgullo es un estorbo y te hace débil, con más probabilidades de caer y de cometer errores. Es por eso que Peeta es tan perfecto, porque el perdona y acepta, al contrario de nosotros, que tenemos miedo de no parecer fuertes y nos volvemos desconfiados y duros.
– Puedes quedarte aquí – le digo, aunque sé que nunca lo va a entender.
– No, tengo que encontrar un lugar donde quedarme permanentemente – explica.
– Puedes pasar la noche aquí y después irte –
Lo duda un minuto pero luego levanta los hombros, restándole importancia y yo sonrío para mis adentros.
– Ya volví – le digo a Peeta.
– Te extrañé – dice él provocándome un sonrojo instantáneo.
– Y yo a ti – respondo.
La luz que se cuela por la ventana me despierta y espero unos momentos a que mis ojos se acostumbren a la visión.
Jason esta acostado en el mismo sofá donde ha estado durmiendo estos días y el reloj marca las 9:35 de la mañana. Me siento un poco cansada pero mis ganas de salir del sofá son más grandes. El día, a pesar de ser temprano, promete ser soleado y caluroso y no hace más que énfasis en que no me he duchado en días y mi cabello, que solía ser una trenza, no es más que una maraña que se alborota en mi cabeza. La pierna ya no me duele, solo es una ligera molestia y más por el intenso calor que aumenta como loco. Tenía pensado visitar a la doctora, para que me diera razón de la pierna y todo eso. Aunque sé que es una fantasía nada más, tengo la esperanza de que me lo quite hoy y para mañana, que llegue Peeta, estar como el me dejó, sana y sin yeso.
Pero primero, debo levantarme del sofá.
Busco a tientas mis muletas y me incorporo fácilmente gracias a la práctica. Me dirijo a la cocina y caigo en la cuenta de que ya casi no hay comida, salvo galletas y pan, que sé que no sobrevivirán mucho tiempo así que decido darme arreglarme lo más que se pueda para salir a comprar que comer.
Subo las escaleras para llegar al segundo piso con cierta dificultad y a punto de caer muchas veces, pero después de unos 15 minutos, me encuentro en mi habitación, sana y salva.
Busco entre mi ropa algo que no sea fácil de poner y a la vez cómodo para enfrentarme al calor extenuante. Me decido por un pantalón de tela fina color celeste que me llega a mitad de la pantorrilla y una blusa blanca, así de simple y cómodo.
Antes de cambiarme decido darme una ducha, aunque básicamente, consiste en lavarme la cara, el cuello, los brazos, las axilas, cepillarme el cabello y recogerlo con una cuerdita. Mi rostro esta pálido, supongo que porque no he salido mucho y tampoco me he alimentado bien. Decido que debo verme mejor para cuando Peeta llegue.
Me cambio con extremo cuidado, evitando todo contacto con el yeso al momento de ponerme el pantalón. La verdad, no me veo tan mal, excepto por el yeso que me cubre por debajo de la rodilla y las costras a un costado de mi cabeza, luzco sana y a juzgar por la barriga debajo de la blusa, estoy bien alimentada. No soy una belleza, porque mis cejas han comenzado a crecer al igual que el resto de mi vello corporal, mi piel tiene cicatrices y pedazos rojos, mi cabello ha vuelto a ser esponjado como lo era antes y mi cara está llena de imperfecciones, pero me siento bien. Ya no soy una belleza como una vez fui, ahora soy solo yo. Igual de mallugada e imperfecta como siempre he sido.
Bajo las escaleras con sumo cuidado y en la sala Jason está sentado con los codos en las rodillas y la cara entre las manos.
– Hey – digo yo.
– Hey – responde y se talla los ojos, luego me ve y suelta un – Wow –.
No puedo evitar reírme porque se a lo que se refiere.
– ¿Hacía cuanto que no te bañabas? – me pregunta.
Ahí está, el mismo de siempre.
– ¿Hace cuánto no te bañas tú? – pregunto yo esta vez.
– Hace un largo, largo rato –
Se pone de pie y camina hacia mí.
– No huelo a rosas pero igual puedes olerme – dice.
No sé si lo dijo con intención o no, aunque supongo que sí y no puedo evitar que me
haga sonreír. Y de nuevo pienso en Peeta.
– ¡Jason, quítate! – digo empujándolo ya que cada vez se acerca más. Ambos nos
ponemos a reír.
– ¿A dónde vas tan arreglada, chica de fuego? –
Ignoro como me llama y le cuento mi plan de ir con Sae, luego con la doctora y después
a la panadería. Decide que se va a lavar la cara y me va a acompañar porque según él "Aún no soy de fiar con las muletas".
Entramos en, lo que una vez fue el Quemador, pero claro, ahora solo es un almacén que construyeron para vender y comprar víveres. No hay mucho que comprar o mucho que ver, pero esta lo básico. Hay verduras, frutas, cereales, carne, lácteos, ropa, telas, madera, cuero, zapatos, en fin, todo es exportado de los demás distritos. Por ahora, se maneja el trueque pero según rumores, dentro de poco habrá moneda nacional y todas esas cosas que nunca vi ni entendí. El Distrito 12 se encarga de exportar medicinas naturales, gracias a que muchos "curanderos" se enteraron de que en esta región había gran cantidad de plantas medicinales y decidieron sacarle provecho a eso. Muchos se dirigían a mí ya que sabían que mi madre curaba enfermos pero para su mala suerte, ella ya había dejado el distrito hacía mucho tiempo atrás.
Entonces, el 12 exporta medicinas a los demás distritos y ellos a cambio, le dan una pequeña porción de lo que producen. Claro que el Distrito solo está formado por el puñado de gente que sobrevivió y los que se mudaron acá. Poco más de 200 personas, me imagino
Las personas me miran y miran a Jason y después de vuelven a mirar a mí y a mi pie roto. Me dirijo directamente con Sae.
– Buenos días, Sae – la saludo.
– ¡Hey! Buenos días Katniss – dice y se da la vuelta para mirarme. – ¿¡Pero qué te paso!? – exclama preocupada.
– Un accidente, ya sabes –
– Chica, tienes que tener más cuidado –
– Lo sé – digo y le lanzo una sonrisa triste.
– ¿Y qué te trae para acá? Pensé que nos habías olvidado – dice bromeando.
Le sonrío y contesto – Necesito municiones, sabes, ser famosa es difícil –
Ambas reímos como en los viejos tiempos. Me sirve un cuenco de su caldo de pollo y otro para Jason que se sienta a mi lado.
– Eh Jason, ¿y tú que haces? – le pregunta Sae.
– Pasando el rato, viendo a ver que hay –
– Ten cuidado con Katniss ¿ah? Sabes bien quien es su novio – le dice ella.
Jason suelta una carcajada y responde – No, a mí me gustan más…aventureras, ya sabes, que no se rompan el tobillo con una pila de escombro –
Todos reímos pero él no se salva de mi puñetazo en el brazo.
– Lo siento, ser aventurera no está en mi naturaleza – respondo sin dejar de reír.
Jason me ayuda con las bolsas de las compras y me acompaña al "hospital" improvisado para buscar a la doctora. De nuevo atraigo las miradas y reconozco a algunos de los doctores que estaban en mi casa pero no les dedico atención. Después de poco encontramos a la doctora, cuando nos ve venir, parece que vio un fantasma y me pregunto que pasara por su mente.
– Señorita Everdeen, ¿Cómo está? Parece que mucho mejor – dice amablemente – Pero por favor, pasen por aquí –.
Nos guía a un pequeño cuarto que debe ser donde atiende a los enfermos. Me acomodo en la silla frente a un pequeño escritorio pero Jason permanece de pie a lado de la puerta.
– ¿Cómo te has sentido? – me pregunta.
– Mejor, ya no me duele tanto – respondo dudosa.
– Muy bien, muy bien. Veo que ya puedes mantenerte de pie y me parece estupendo que hayas reanudado tus actividades cotidianas –
Es difícil de notar, pero tiene ese tono de voz tan particular de los habitantes de Capitolio. Ahora me doy cuenta del por qué hacía tanto alboroto por todo. Invitando extraños a mi casa, acudiendo de inmediato cuando la fueron a buscar, cómo conocía ese vendaje tan especial…
– Amm ¿y cuando voy a poder quitarme este yeso? – le pregunto ansiosa.
– ¿No te informo el joven? – dice señalando a Jason y yo le respondo que no, porque la verdad no recuerdo.
– Bueno, como "La piel de dragón" es un vendaje muy muy especial y muy efectivo, ya que está desarrollado con la más alta tecnología del Capitolio – dice y al final su voz se quiebra y noto en su mirada que en realidad no quería decir eso – Es decir, está fabricado con microfibras que atrapan tu calor corporal y lo intensifican, ayudando a que tu organismo acelere el proceso de reconstrucción del tejido. El proceso natural sin ayuda de este tejido, serían de meses y tendrían que ponerte implantes de piel, claro que el resultado no sería tan satisfactorio pero como no tienes que pasar por eso, tu periodo de sanación es de dos semanas, llevas, si mal no recuerdo, una, así que aun te falta otra semana pero estoy segura de que ya no te dolerá para nada, solo será una pequeña molestia.
El alma se me cae a los pies. Quizá sea muy mágica esta tela, pero no me salvará de que Peeta me vea con la pierna enyesada.
Salimos de hospital y nos dirigimos a la panadería.
– Me propongo hacerle un pastel a Peeta para darle la bienvenida –
– Enhorabuena – responde Jason.
– Pero que grosero – le respondo. El suelta una risita burlona.
–Jason – digo con inseguridad. – ¿Si? – pregunta él.
– ¿Qué paso ayer por la noche? –
Veo que su cara se descompone y claramente está recordando algo, que no parece ser grato. Pero al instante se recupera y puedo ver que la sonrisa que pone y la broma que suelta, son solo para ocultar su dolor – No te preocupes, primor, no se lo contaré a nadie, y podemos repetirlo cuando quieras – Sé que me está ocultando algo y yo lo acepto.
Vamos a la panadería y todos se alegran mucho de vernos y por primera vez se me ocurre que tal vez no estén fingiendo, quizá si les agradamos. Le digo a Jimmy que mañana volverá Peeta y le pido que me regale algunos ingredientes para poder prepararle el pastel sorpresa. Él acepta gustoso.
Regresamos a casa a eso de las 6:30 y el sol se está poniendo, justo como ayer. Esta vez no observo el atardecer, observo a Jason y noto que no despega la mirada del suelo. Sea lo que sea que lo haya hecho ponerse así, debe estar relacionado con la puesta de sol pero no se me ocurre nada. Quizá tenga que ver con su familia, con su hermana o con algo más, porque en su vida no faltan tragedias, igual que en la de muchos otros jóvenes. Por primera vez lo observo a esta luz. Es un joven alto, no tanto pero porque la mayoría del tiempo se mantiene encorvado, es demasiado delgado pero su espalda es fuerte y ancha, al igual que sus brazos son lo suficientemente fuertes para llevarme cargada de aquí allá. Pero luce diferente. Mucho más grande, como si ya fuera todo un hombre y con un aura cálida, me recorren unas fuertes ganas de abrazarlo y pedirle que me cuente un cuento, como en la noche de las pesadillas y que se quede a dormir en el sofá de mi cuarto para poder verlo cada vez que despierte.
– ¿Entonces, mañana regresa tu amorcito? – dice apagando el televisor.
No puedo evitar sonreír. – Así es –.
– Ya quiero ver cómo te da un buen sermón – dice y suelta una risilla malévola.
– ¡Callate! – atino a decir. Pero la verdad estoy muy nerviosa. No tengo ni idea de que va a hacer cuando me vea; espero que no se desmaye.
– Bueno, Katdeen, me voy – dice y se levanta del sofá.
– ¿Por qué? –
– ¡Ya te lo explique! –
– ¡Me parece una tontería, Jason! – le grito con más euforia de la que pretendía – Sabes que puedes quedarte todo el tiempo que necesites, esta casa es gigante y – dudo pero al final lo digo – eres mi amigo y quiero ayudarte –.
– Gracias Katniss, pero no creo que pueda vivir con ustedes dos, es decir, ustedes son una pareja y me sentiría demasiado incómodo – me explica.
La verdad no había pensado en eso.
– Mira, encontraremos algo que hacer, pero por favor quédate, aunque sea nada más hasta que encuentres un lugar –.
La verdad no es que me preocupe por él, porque es fuerte y es un sobreviviente, es solo que, no me parece justo que él tenga tan poco y yo tanto. Quiero ayudarlo porque es mi amigo y sé, de corazón, que el haría lo mismo por mí.
– Katniss, ¿por qué te importa tanto? –
– Porque eres mi amigo y sé que tú harías lo mismo – consigo decir.
Su sonrisa es genial y su mirada sincera, y me doy cuenta de que me da las gracias con el corazón.
No puedo dormir porque pienso en las horas que faltan para que Peeta llegue y no dejo de imaginar nuestro futuro y lo que nos queda por vivir. Pero poco a poco los pensamientos se van mezclando con los sueños y termino por quedarme dormida.
¡Feliz Cumpleaños, Katniss Everdeen, la chica en llamas!
