Capítulo 14 "El cielo en sus ojos"
Caminamos directamente a la Aldea, tan pegados como mis muletas me lo permiten, con Haymitche al frente sin detenerse a mirar si lo seguimos.
Le pregunto a Peeta si quiere llegar a la panadería a avisar que ya llegó pero él se niega.
Todos nos miran con detenimiento, como si fuéramos la atracción principal de un desfile pero los tres ignoramos a todo el mundo como si fuéramos profesionales en eso y la verdad, lo somos.
– Voy a ignorar lo obvio porque no quiero hacer una escena – dice Peeta.
Suspiro de alivio pero sé en mi corazón, que no ha acabado aquí y que su enojo se exteriorizará pronto.
– ¿Cómo está todo? – pregunta.
– Muy bien – respondo – dentro de lo que cabe, claro – esto último lo susurro.
Me pregunta por prácticamente todo el Distrito, porque en verdad conoce a casi todos o mejor dicho, todos lo conocen a él. Le respondo por los que recuerdo, que no son muchos.
– Peeta, solo fue una semana, no un año – le digo riendo.
– ¡Así lo sentí! – me responde – Estar lejos de mi hogar fue muy duro y se me hizo eterno –
Me sorprende lo que dice y no puedo evitar preguntar – ¿Consideras el 12 como un hogar? –
Y él me responde – Considero un hogar donde sea que estés tú –.
Llegamos rápido a la Aldea y como si a Haymitch le hubieran salido alas, desaparece frente a nuestros ojos, corriendo en dirección a su mansión donde abre la puerta y se encierra sin más. Peeta quiere seguirlo pero lo detengo. – Creo que es mejor dejarlo un momento solo –.
Llegamos a nuestro portal y él saca sus llaves porque me acabo de dar cuenta de que Sae se quedó con las mías. Mi emoción cobra vida. Es como si tuviera un interruptor y lo acabaran de encender.
Al fin esta Peeta en casa, al fin estamos juntos como tanto soñé toda esta semana. Al fin podremos dormir juntos y soñar que soy su esposa.
Mi corazón da un vuelco al pensar en eso. ¿En verdad soy yo la que está en mi cabeza? ¿En verdad soy yo la que sueña con casarse? No, quizá solo es la emoción así que procuro no pensar en nada más.
Entramos a la casa, Peeta suelta un suspiro y se deja caer en el sillón, yo lo miro de pie esperando lo que pueda venir. Antes de que sus palabras salgan de su boca le digo:
– Tengo que mostrarte algo –
Él me mira extrañado pero yo le respondo con una sonrisa, él me la devuelve y se levanta del sillón.
– ¿De qué se trata? – pregunta y puedo notar su impaciencia en la voz.
– Vamos a la cocina – le respondo – Pero imagina que te estoy tapando los ojos, ¡así que ciérralos! –
– ¿Cómo esperas que camine con los ojos cerrados? – me pregunta conteniendo la risa.
– ¡Solo hazlo! – le digo sin poder ocultar la alegría.
Él se dirige a la cocina, con los ojos cerrados y manoteando para tantear el camino. Va con pasitos lentos como si en algún momento fue a caer al vacío. Llegamos y le digo que pare.
– Bueno, ya puedes abrirlos –
Él abre lentamente los ojos, buscando la sorpresa. Yo me pongo rápidamente al lado de la mesa, junto al pastel y veo sus ojos posarse en mí y luego en su regalo. Una sonrisa invade sus labios y suelta una risita de emoción – ¡Katniss! – alcanza a decir. Y antes de que yo pueda decir lo que tenía planeado, me rodea con sus brazos y me aprieta contra él.
Puedo sentirlo enteramente. Sus brazos, su pecho, es demasiado fuerte para ser algo tan suave. Puedo percibir el olor de su cuello, huele a sudor pero más que nada, huele a él.
Lo extrañaba tanto. A todo él lo extrañaba con locura y me doy cuenta de que las lágrimas empiezan a salir de nuevo sin que yo pueda controlarlo.
Peeta se separa de mí y sujeta mi rostro entre sus manos. Yo lucho por darle una sonrisa porque no quiero que piense que estas son lágrimas de tristeza sino más bien, de felicidad, pero fracaso y él lo sabe pero me conoce tan bien que no duda ni un segundo y luego me besa.
Esta vez es un beso diferente. Es más bien una conversación entre ambos y cada quien dice todo lo que su corazón le ordena.
Me dice que me ama, que me extrañaba demasiado, que las cosas fueron demasiado duras allá y que nunca me volverá a dejar sola. Yo le digo que no dejaba de pensar en él, que lo extrañaba aún más, que tuve sueños terribles pero que ahora estoy bien, ahora que él está conmigo, le digo que lo amo hasta el cansancio y luego le repito una y otra vez "Real", como la primera vez.
Se separa de mí porque ambos queremos aire pero dudo mucho que el aire sea tan indispensable para vivir como lo es Peeta.
– Bienvenido a casa – me recuerdo decir.
Él me suelta y se dirige al pastel para analizarlo cuidadosamente y yo ruego porque no vea todas las imperfecciones.
– ¿Lo hiciste tú? – me pregunta levantando la cabeza y dirigiéndome una sonrisa.
– ¿Se nota tanto? –
– ¡Claro que sí! –
Oigo crujir a mi corazón. Sé que está muy mal hecho pero no pensé que Peeta con su amabilidad infinita fuera a decírmelo.
– ¿Por qué lo dices? – pregunto sin querer oír la respuesta
Él me mira de nuevo y se acerca a mi sujetándome por la cintura y pegándose a mí, haciendo que pequeñas corrientes eléctricas debiliten mis rodillas.
– Lo digo porque es el pastel más hermoso que haya podido ver en toda mi vida – dice y me da un pequeño beso en la boca.
– Hay más bonitos en la panadería – le respondo porque sé que no lo dice enserio.
– Por supuesto que no – me dice y se agacha un poquito para verme a los ojos – Para mí no –.
No puedo evitar sonreír pero me pregunto cómo alguien como Peeta puede querer a alguien como yo. Me aterra la posibilidad de lo analice.
– ¿Entonces te gusta? – le pregunto cómo una niña que acaba de hacer berrinches.
– ¡Es hermoso! – me responde – Pero no más que tú –
Siento como la sangre sube hasta mi cara haciendo que me sonroje de manera descomunal.
– Peeta ¡ya basta! – le ordeno pero mi nerviosismo hace que suelte una risita.
– Esta bien – me dice – Bueno, si quieres pasamos a otra cosa.
Le doy las gracias en silencio por parar esa sesión de hacer sonrojar a Katniss.
– ¿Qué? – le pregunto.
Él suspira y luego de la nada dice – Quizá podrías explicarme ¡cómo diablos te rompiste la pierna! –
El tono de su voz me saca de mis pensamientos, sé que por más feliz que este por mi recibimiento, la furia sigue ahí esperando para salir de una vez por todas.
– Déjame explicarte – digo intentando tranquilizarlo pareciendo arrepentida y pequeñita pero estoy segura de que eso no me queda.
– Pues más vale que lo hagas, Katniss Everdeen –
Quiero reírme por lo gracioso de la situación pero lo reprimo.
Le cuento la media verdad porque estoy segura de que así será mejor.
Le digo que iba caminando entre la construcción, que no vi unos escombros y me caí pero omito la parte en que peleaba con Jason, que intentaba tercamente cargar un saco de ese material pesado con el que construyen, que el hueso salió de mi pierna, que los doctores vinieron a la casa y por razones más que obvias, omito lo más importante. Que Jason estuvo aquí toda la semana y que dormíamos prácticamente juntos en la misma habitación. Al recordarlo un escalofrío recorre mi espina dorsal. Recuerdo mi conversación con Sae, todas esas cosas que dudo que sean ciertas pero algo dentro de mí me dice que hay una gran posibilidad de que sea cierto y cada vez que lo analizo, se va a haciendo más y más grande. Todas esas cosas que pasamos juntos, todo este tiempo que estuvo aquí ayudándome. Me imagino a él, aquí en la casa junto a mí, cuidándome con la esperanza de que pudiéramos llegar a más. Y se me rompe el corazón. Porque él y yo es algo tan imposible que me duele como si fuera yo la que pasa por eso. Pero más me duele perderlo, tener que dejarlo ir. Perder a alguien tan importante otra vez.
– ¿Cuándo fue eso? – me pregunta Peeta.
Eso no lo había pensado. Pero le diga lo que le diga, sé que se molestara porque no le avisé antes.
– Dos días después de que te fuiste – le miento.
– ¡Katniss! – exclama – ¿¡Por qué ni siquiera me dijiste!? –
– ¡Porque te conozco Peeta! ¡Sabía que si te decía ibas a querer volver y no hubiera valido la pena que te fueras en primer lugar! –
– Pero Katniss – me dice y veo en sus ojos que no es furia lo que tiene adentro, sino preocupación.
– Peeta, lo siento – le respondo, genuinamente avergonzada. No me preocupo yo misma, me preocupa él.
Me doy cuenta de que todas las cosas que hago, cada decisión que tomo, no las hago pensado en mí cuidado o bienestar, sino en él suyo.
– Pero ya estoy bien y tú ya estás aquí y eso es lo que importa – le digo, intentando calmar la tempestad que hay dentro de sí.
– Pero Katniss, se supone que yo tengo que cuidarte. Nunca debí dejarte sola en primer lugar –
– No, no. Era algo que ambos decidimos y estoy segura de que valió la pena – le respondo.
Si tuvieran que romperme todos los huesos para poder ser la esposa de Peeta y hacerlo feliz, yo misma contribuiría rompiéndome uno que otro.
– Perdóname ¿sí? – me dice él.
Fui yo la que tuvo la culpa, la que le oculto las cosas todo este tiempo y le está mintiendo justo ahora ¿y él es el que pide perdón? No puedo permitirlo.
– Perdóname tu a mí, pero ya me siento mejor, no hay nada que preocuparse –
Me da un beso en la frente como signo de paz y yo le pregunto que si quiere pastel.
– Yo lo sirvo, tú muy apenas puedes caminar – me responde.
– ¡Peeta! Yo te voy a servir – afirmo.
Esta pelea no la gana así que se sienta en una de las sillas mientras yo traigo dos platos y corto dos rebanadas de pastel buscando muy despistadamente la pequeña marquita para asegurarme de que ese no es el pedazo quemado.
Le paso uno de los platos y me siento a enfrente de él. Con el tenedor me dispongo a averiguar qué tan mal está este pastel. Miro a Peeta y descubro que no ha tocado la rebanada.
– ¿Qué sucede? – le pregunto.
Él mira su pedazo y mi pedazo y me responde que no es nada.
– Dime, Peeta ¿Qué pasa? – insisto.
– Yo quería una florecita –
Miro su rebanada y luego la mía y descubro que de hecho, la mía tiene una pequeña florecita rosada.
No puedo evitar reír pero de inmediato le cambio el pedazo de pastel por el mío. Él sonríe como un pequeño niño mimado, con ese cabello rubio rizado cayendo sobre su frente, las mejillas coloradas por el calor. Esos ojos tan azules e infinitos como el mismo cielo. Un cosquilleo crece dentro de mi estómago, sube y se extiende por mi cuello, mis brazos y mis dedos, después baja y recorre cada pequeño rincón de una manera que nunca había sentido antes. Una necesidad de besarlo y que nuestros cuerpos estén tan juntos como nos sea posible, crece descontroladamente y lucha por apoderarse de mí. Un monstruo que hace que me sonroje y corrientes de energía pasen por mis venas como si fueran sangre.
– ¿Estas bien, amor? – me pregunta alejando su atención del pastel.
– Si – alcanzo a contestar antes de que otra oleada de escalofríos recorran mi espalda al escucharlo llamarme "amor".
Lucho por tomar el control de mi misma y me obligo a no mirar nada más allá de mi pedazo de pastel.
Ambos terminamos casi al mismo tiempo. Hablamos de qué podemos hacer durante el resto del día. Si vamos a la panadería, si vamos con Sae, si vamos al hospital porque no deja de preocuparse por mi pierna. Todo esto queda descartado sin problemas pero el verdadero problema empieza cuando me dice que quiere ir a ver a Jason.
– ¿Para qué quieres ir a ver a Jason? – le pregunto, tratando de esconder mi pánico.
– Para agradecerle que estuviera contigo – me explica.
– ¿Cómo sabes eso? –
Él me mira extrañado. – Cuando te llame por primera vez él estaba contigo, ¿no te habías roto el pie ya? – me pregunta.
– Ah si – atino a responder.
– Quiero darle las gracias porque te haya venido a ver –
– ¡No, no! No creo que a él le agrade mucho, ¿sabes? Él no lo ve como un favor, es más, hasta creo que lo hizo por gusto – añado, irónicamente.
– Bueno, de todos modos – me dice tranquilamente.
– ¡No! Te digo enserio, no creo que tengamos que hacer eso – insisto.
– Katniss, ¿Qué sucede? – me pregunta – ¿Te peleaste con él? –
No quise que se diera cuenta de que le estaba ocultando algo pero creo que fue lo único que logré.
– No, bueno si, es que discutimos y ¡bah! –
– Está bien, ¿y si le llevamos un pedazo de pastel a Haymitch? – dice entusiasmado.
– Mejor más tarde, ¿si? –
– Claro – dice y se pone de pie – Entonces creo que me daré un buen baño y luego a desempacar –
– Yo te ayudo – digo. Tomo las muletas que dejé recargadas en la pared detrás de mí y me pongo de pie rápidamente debido a la práctica. Creo que ya hasta me acostumbre a ellas.
– ¿A bañarme? – dice acercándose a mí, mucho. Luego pone una sonrisita seductora, no tanto ni tan genuina como la que originalmente vi en alguien más.
– A desempacar – le respondo, alejándome de él.
Él suelta un triste "Oh" y pone una carita triste. Luego ambos reímos.
Subimos a la planta alta, intento ayudarlo con una maleta pero él se niega sin embargo no parece tener ninguna dificultad en cargar ambas.
Me siento en la cama, mientras él husmea en su maleta, buscando algo.
– ¿Y, cómo está todo por allá? – le pregunto. Sé que nos hará más mal que bien hablar de eso, pero ambos lo necesitamos.
Él me mira y luego rueda los ojos.
– Igual de locos que siempre –
– ¿Se visten igual de ridículos? – digo divertida.
– Por suerte no, pero hay muchos cuerpos delgados y descoloridos –
– No les sentó bien el cambio, ¿no es así? – digo con un poco de pena porque en realidad, ellos no tenían culpa. Así fueron criados y a eso estaban acostumbrados. Como nosotros a robar, a romper la ley, a odiarlos.
–No. Algunos que tienen implantes desentonan por completo entre la multitud – añade.
– ¿Y cómo está la ciudad? ¿Muy destruida? –
– Para nada, solo que la mitad de los edificios están desocupados. Muchos eran oficinas de cosas esas de entretenimiento, de moda, en fin de un montón de cosas inútiles. Ahora la gente solo se enfoca en lo indispensable –
– Ya era hora – digo para mí misma.
– Bueno, ¿me prestas tu ducha? – me pregunta.
– Si –
Él toma su ropa y se mete a mi baño. Es extraño que me pregunte si le presto la ducha, es decir, nos vamos a casar.
Pero hay tantas cosas que aclarar. ¡Ni siquiera le hemos dicho a nuestras familias!
Pero un nudo en la garganta aparece de pronto y el aire que hacía unos momentos creí no necesitar parece que se ha indignado por mi rechazo y decide abandonarme.
Nuestras familias.
Nuestras familias.
Quizá alguien deba romperme la otra pierna para hacerme entender que ya no queda nada.
Levanto la mirada y veo la puerta que está cruzando el pasillo y mi corazón y mi alma se parten en un crujido unísono. Porque ¿de qué sirve hacer todo esto? ¿De qué me serviría un estúpido anillo? ¿De que no serviría una estúpida boda con la que he estado soñando desde que Peeta se fue? ¿Para qué si no tenemos con quien compartirlo?
Un monstruo, completamente distinto al que sentí abajo se apodera de mí. Acaricia mi espalda y suelta su veneno sobre mi rostro pero no es veneno. Son lágrimas las que me queman y me ahogan. El temblor de mis músculos comienza a aumentar y mi corazón parece una locomotora desenfrenada.
¡Pero que imbécil soy! ¿Por qué podría hacer algo como eso? ¿Por qué lo haría? ¿Por qué habría de haber una fiesta como en la que me imaginé? Porque ya no queda nada. Porque sé que no habría nada ni nadie ahí. No habría un vestido de novia, no habría galletas como obsequio, no habría alguien con una soga entre las manos, no habría un pequeño pajarito a punto de emprender el vuelo, no habría alguien que se fascinara por las cosas bonitas. No habría nadie ahí para mí.
– ¡Katniss! ¡Katniss! ¿¡Qué sucede!? –
Escucho a Peeta muy lejos pero luego el sonido se va acercando a mí.
– ¡Katniss! ¡Katniss! ¿Estás bien? ¡Katniss, responde! ¡Contéstame! –
Siento que me sacuden y luego veo a Peeta, tomándome por los hombros, con los ojos llenos de lágrimas a punto de salir, gritándome que vuelva.
– Peeta – atino a decir.
– ¡Katniss! ¿Qué sucede? ¿Estás bien? – me pregunta con la voz entrecortada.
Luego lo miro bien y salgo de mi ensoñación.
– Si, si. Estoy bien – respondo.
– ¿Qué sucede, Katniss? – me pregunta, suplicante, al tiempo que se sienta en la cama junto a mí.
La verdad no sé qué responderle y hago lo que mi cerebro, no, lo que mi corazón me pide que haga.
Me arrojo contra él y puedo notar por el modo en que se tensa, que no lo esperaba, pero de inmediato se relaja y me rodea con sus brazos. Siento cierta oposición pero se rinde y se recuesta y yo me acuesto encima suyo, como anhelaba desde hacía mucho. Me aprieta contra él lo más que le es posible y no me incomoda en lo absoluto.
Noto que la presencia de Peeta me tranquiliza de manera impresionante. Las lágrimas han dejado de salir y el monstruo se ha ido.
– Mi cielo, ¿Qué sucedió hace un momento? – me pregunta y puedo notar que su preocupación no se ha calmado.
Me bajo de su pecho muy a pesar de no querer hacerlo y ruedo hacia un lado, para poder verlo de frente. Él también se voltea así que nuestras narices apenas dan un leve roce.
– Peeta – empiezo pero dudo al decírselo. ¿Cómo podría hacerlo? ¿Cómo podría recordarle que ya no tenemos a nadie, más que a nosotros mismos? ¿Cómo recordarle que a todos los que una vez amamos, están muertos?
– ¿Si? – insiste.
– No, no fue nada –
– Katniss, no puedes engañarme, ¿Qué sucede? –
Me rindo – Peeta, no podemos hacer esto –
La confusión surge en su rostro y una batalla se libra entre ella y la preocupación.
– ¿A qué te refieres con "esto"? –
– Que no podemos casarnos, ¡no podemos hacerlo! –
Él me mira pero no dice nada. Sé que está pasando por mis ojos y viéndome el alma. Se queda así por unos momentos, con una expresión indescifrable.
– Lo sé – me dice – Lo sé, Katniss.
– ¿Qué? –
– Sé que es difícil de afrontar y que a veces lo olvidas. Sé que cada vez que miras a esa puerta te sientes vacía, rota. Sé que te preguntas a veces que si vale la pena estar vivo y si es así, ¿Qué es lo que vale la pena? Sé que te preguntas que si ellos estuvieran aquí las cosas serían diferentes. Sé que repasas cada momento, preguntándote que hiciste mal y si hubieras hecho algo, quizás ellos todavía estuvieran aquí. Sé que hay veces que te levantas y te sientes tan mal que dudas que puedas ir a trabajar o hacer cualquier otra cosa, que dudas si puedes seguir viviendo –
Lo miro y sus ojos poco a poco dejan de reflejar el cielo de día y se convierten en la oscura noche.
Un pánico auténtico corre por mis venas y casi puedo ver segundo a segundo como su pupila crece y el azul de sus ojos va desapareciendo. No encuentro otra solución más que tomar su cabeza y apretarla contra mi pecho. Mi respiración se corta y entre jadeos intento que vuelva a la normalidad
Lo aprieto más contra mí, aferrándome al verdadero Peeta porque ahora soy yo, rogándole que vuelva.
¿Pero qué he hecho?
Todo por un estúpido pensamiento. Por mi culpa Peeta esta al borde del colapso. En mi mente llevo la cuenta de los días sin incidentes y todos se reducen a cero.
Lo siento temblar, tratando de contrarrestar los efectos del veneno de las rastreavíspuelas que aún queda en su organismo.
-Peeta, por favor - le ruego, tratando de que mi voz atraviese hasta el fondo de su ser y que sepa que yo estoy aquí para él.
-Peeta, respira, todo va a estar bien - insisto. Lo repito más para mí que para él, porque necesito convencerme para no salir huyendo. -Peeta, quédate conmigo -
Nos quedamos así unos minutos, luego él me abraza y se junta a mi, a tal grado que puedo sentir sus latidos y él puede sentir los míos. Me rodea con sus brazos y susurra - Siempre - Luego es su turno de reconfortarme porque de verdad había olvidado como respirar.
Saca su cabeza de mi pecho (o donde bebería de estar) y me mira, como un niño pequeño que acaba de romper algo, avergonzado y arrepentido suplicando que lo perdone. No puedo evitarlo y le planto un beso en la frente. Su piel esta fresca y sus rizos rubios me salpican de agua el rostro. Sus ojos no se apartan de mí y puedo notar que ahí esta él, el Peeta de siempre. Mi Peeta. Veo en sus ojos el cielo y mucho más, sea lo que sea que se encuentre más allá, sé que libra una batalla contra sí mismo y que ahora fue el verdadero Peeta quien ganó pero el veneno esta ahí, esperando derrocar la bondad que hay en él.
- Perdóname - me dice.
Sé que es el momento para que le diga que todo esta bien, que siempre estaré para él y que nunca me alejaré, que le diga un discurso pero sería como mentirle. En primera, nunca he sido buena con las palabras y aunque quisiera, mi lengua se enredaría haciendo que pareciera estúpida. Después esta que no puedo decirle que permaneceré siempre a su lado.
El miedo me tiene presa y me manipula a su antojo cuando ocurren cosas así. No niego que quiera correr al bosque y alejarme lo más que pueda sin embargo no lo hago, porque me paralizo y mis piernas no responden.
- Esta bien, ya todo esta bien - le susurro porque es lo único que se me ocurre decir. Acaricio su pelo, como lo hacía con Prim cuando tenía pesadillas, aún esta mojado con pequeñas gotitas cayendo sobre mis brazos, luce más oscuro aunque siempre es así cuando no esta seco.
Él me vuelve a mirar como si pudiera leer mi mente me dice - Yo también he pensado en eso, Katniss -
- Mejor olvidémoslo - le digo, porque no quiero correr el riesgo de que esta vez, el veneno gane.
- No, no podemos dejarlo así. Katniss, no estamos tan solos como creemos y aunque así fuera, tú me tienes a mí y yo te tengo a ti y eso es mucho más de lo que pudiera desear -
No sé qué decirle, sus palabras se quedan flotando dentro de mi cabeza y parece que tocan una fibra muy exacta porque realmente empiezo a creer lo que me dice Peeta y quizá las cosas malas puedan irse yendo poco a poco.
Entiende mi silencio y sabe que lo que necesito en este momento para calmar el fuego avivado por el dolor de los recuerdos es un beso, tierno y suave.
Se despega de mí, después de unos segundos y me mira, analizando cada centímetro de mi rostro. Nos quedamos así por otros minutos más hasta que el baja la mirada como recordando algo.
– Katniss – empieza y deja una pausa – tengo que vestirme –
Yo miro hacia abajo, en la dirección en la que el dirigió su mirada primero. Y así es, no viste nada más que su ropa interior. El impulso hace que aparte mis ojos y en vez de eso, admire el techo blanco de la habitación.
Lo suelto para que pueda ponerse de pie, se aleja de mí y siento el vestido húmedo al igual que el resto de la cama, supongo que no le di tiempo ni de secarse. El peso de su cuerpo levantándose hace que me eleve y solo oigo el sonido de sus pasos alejarse pero antes de que entre al baño, mi curiosidad me obliga a mirar. Los segundos parecen eternos, como horas y puedo admirarlo detenidamente.
Su cuerpo, cicatrices y quemaduras lo cubren por completo, la pierna faltante resalta como una luminaria. Casi había olvidado que él lucía así. Sin embargo, debajo de todo esas marcas del dolor que a todos nos causaron, esta el cuerpo de un muchacho joven y atractivo. Está bien alimentado y el peso que levanta en la panadería se hace notar en sus brazos y abdomen. Por primera vez no lo veo con ojos de sanadora, haciendo recuento de todo el daño que sufrió, ni con los ojos de alguien que esta acostumbrada a verlo. Sino de una manera diferente a todas las demás pero algo que me parece tan natural y una sensación de que esta mal pero aún así, no importa, porque sé que todo el mundo lo ha sentido o lo sentirá.
Luego el tiempo recuerda que tiene que seguir su camino y Peeta entra al baño, cerrando la puerta apresuradamente.
Unos minutos después sale, vestido pero con el pelo aún mojado.
– Disculpa – me dice – Es que te estaba llamando y no contestabas, me preocupé y asomé la cabeza, entonces me di cuenta que estabas ida –
– No te preocupes, esta bien – le respondo y casi le agradezco.
– Me quedé con ganas de otra rebanada de pastel –
– Bromeas –
– ¡Tú nunca me crees nada! – me responde jugando.
– ¿No era al revés? – le cuestiono, sin poder contener la risa.
– No recuerdo – dice y se sienta en el suelo, sacando la ropa de su maleta.
No sé ni porque lo digo, ni sé en qué momento la pregunta se formó dentro de mi cabeza pero la suelto sin más – ¿Vas a mudarte aquí, no es cierto? –
Él me mira, sin saber qué decir.
– ¿Es muy pronto para ti? –
– No – Eso si lo sé.
– ¿Te gustaría que me mudara para acá? –
– Si – le respondo.
Me da una sonrisa llena de emoción descarada, sin molestarse en ocultarla pero para ser sincera, es algo que amo de él. Luego reanuda su actividad.
– ¿O quieres mudarte a mi casa? –
– ¡No! –
Él ríe por mi reacción y responde – Esta bien, mi cielo, yo me mudaré –
La verdad no es que tenga algo en contra de su casa o que sean diferentes, porque son exactamente iguales (como todas las demás) pero me cuesta trabajo irme de aquí. Tiene tantos recuerdos, aquí esta todo lo que me queda. Como me sentía con la antigua casa de la Veta, lo siento ahora con esta.
Aquí esta todo.
Aquí esta lo que queda de Prim, lo que queda de mi padre y lo poco que dejó mi madre. Sin contar los recuerdos.
Esas veces que regresaba a casa y ellas estaban aquí, sonriéndome y alegrándose de que estuviera viva.
Prim, te alegrarías tanto de vernos juntos.
Luego suelto una sonrisa, no para Peeta ni para mi misma. La mando para ella porque sé que donde quiera que este, me esta mirando con esos ojos tan llenos de luz.
Peeta separa la ropa sucia de la limpia y yo le digo en qué cajones puede ponerla porque la verdad a mi me sobran por montones. Esta casa esta diseñada para un vencedor glamuroso y rico, que viviera en otro tiempo.
Yo, por mi parte, tengo como máximo 10 cambios de ropa en mi armario, el resto lo guardo en una habitación desocupada porque aún es doloroso ver los diseños que Cinna creaba para mí.
– Luego traigo el resto de la ropa, porque ahora solo quiero acostarme y dormir – dice Peeta, poniéndose de pie y estirando la espalda.
Luego recuerdo algo.
– ¡Peeta – exclamo.
– ¡Katniss! – me responde sentándose a mi lado, con esa sonrisa descarada que adoro.
– ¿No piensas enseñarme el anillo? –
– ¡Claro que no, cielo! –
– ¿Por qué? – le pregunto indignada.
– No pienso enseñártelo hasta que sea una propuesta formal – me responde, acercando su rostro al mío.
– ¿Y cuándo va a ser eso? –
– Ya llegará el momento –
Ruedo los ojos sabiendo que no le voy a ganar en esto, no al Peeta Mellark terco que adora esas cosas que se hacían antes.
– ¡Por lo menos dime como es! – le ruego.
– Es redondo –
– Que gracioso –
Me rodea con sus brazos, divertido con el hecho de que me muero por saber.
– Katniss, muero de hambre ¿tú no? – me pregunta.
– Algo así –
Bajamos a la cocina, por más que quisiéramos quedarnos acurrucados en mi habitación, tenemos que comer algo.
En mi refrigerador guardo un pedazo de carne proporcionado por el Distrito 10. Peeta se ofrece a cocinar por más que insisto que no sea así; tiene esa idea de que no puedo caminar y que debo estar en reposo todo el tiempo y no hay poder humano que lo convenza de lo contrario.
– ¿Qué más había allá? – le pregunto.
Levanta los hombros, restándole importancia – Pancartas con nuestras caras –
– Sigo sin poder creerte –
– Lo juro, están por todas partes y la moda del sinsajo aún sigue viva –
– Pensé que ya no eran fanáticos estrafalarios –
Peeta va de un lado para otro en la cocina, al parecer no tan interesado en la conversación como yo lo estoy.
– Lo son sólo que ahora ya no tienen ni el dinero ni en qué gastarlo, pero su espíritu sigue inquebrantable –
– Creo que para ellos la revolución no significó lo mismo que para la gente de los distritos –
– La verdad no creo que hayan comprendido del todo – me dice.
Estoy de acuerdo con él y no puedo evitar imaginar cómo pasó todo estando en sus lugares. ¿Cómo se pasa de tenerlo todo a no tener nada? Aunque los que de verdad no teníamos nada ahora vivimos en un paraíso, para los ciudadanos del Capitolio, que lo tenían todo, esto debe ser algo horrible, todo un infierno.
Me pregunto ¿cómo pasó todo frente a sus ojos? Imagino su confusión y su impotencia. ¿Cómo alguien puede revelarse contra quien le dio todo? Y admiro la valentía de los rebeldes del Capitolio.
Ir contra todo pronóstico, contra toda imposición y posibilidad, alimentados por la pequeña esperanza del cambio.
– ¿Qué más había? –
– Más cosas inútiles con nuestros rostros –
– Supongo que se las arreglarán para poder volver a tener todo ese glamour que tenían antes –
– No lo dudes – dice Peeta, pasándome un plato con comida recién hecha – Tampoco dudes que vuelvan a hacer programas tontos de televisión –
Imágenes de cientos de muchachos mutilados, degollados, ahogados, quemados, muertos, vienen a mí con los brazos extendidos. Cientos de rostros conocidos. Mutaciones, escenarios letales, armas esperando ser usadas. Recuerdos de rostros borrosos mientras doy vueltas, riendo y aplaudiendo entretenidos, aclamando mi muerte. Una plataforma levantándome hacia el final, una cuenta regresiva recordándome que es el principio, una cornucopia abrazando la seductora idea de sobrevivir para luego ser arrebatada, veintitrés jóvenes asustados como yo deseando no ser los primeros, el sonido de un cañón que avisa que tienes la posibilidad de seguir jugando aunque sepas que solo uno saldrá vivo.
Luego me encuentro con unos ojos celestes, pidiéndome que no lo haga sin embargo lo hice. Parpadeo y me doy cuenta de que no estoy en la arena, que el reloj ha parado y que solo estamos él y yo; como los rebeldes del Capitolio, fuimos contra toda posibilidad por eso ambos estamos vivos.
Me mira sin entender del todo pero lo intenta.
– ¿Tú crees…– le digo pero dudo unos momentos, luego el responde – No –
– ¿No qué? – le pregunto, confundida.
– No creo que pueda volver a suceder, la gente no lo permitiría –
– No era eso lo que iba a preguntar –
– ¿Entonces qué era? – pregunta y luego vuelve a comer. Claramente esta incómodo porque noto como rehúye mi mirada.
Me armo de valor y le pregunto lo qué había estado rondando en mi cabeza desde que regresamos al distrito – ¿Crees que puedan crear algo peor? –
Levanta su mirada y me analiza con esos ojos tan infinitos como el cielo.
– Claro que pueden. Los humanos somos así, destructivos e inconscientes. Somos tercos y luchamos por lo que queremos aunque eso signifique el fin de la humanidad. Por eso es que nos hemos destruido, por eso la tierra está destruida y por eso estamos tan solos. Debimos de haber dejado de pelear entre nosotros desde hace mucho tiempo pero es hasta ahora que nos damos cuenta. Estoy seguro de que la historia se va a repetir porque así somos los humanos, estúpidos y egoístas, pero mientras haya alguien que luche por lo que de verdad es correcto y justo, la humanidad vivirá por siempre –
Luego continua comiendo y yo me muero de miedo.
Sé que lo que dice Peeta es verdad y eso me aterra aún más pero sus palabras van más lejos de mi entendimiento. ¿La humanidad vivirá por siempre? No somos inmortales, estoy segura de todo tiene un fin, que yo no alcanzaré a verlo pero sé que así es. Decido parar porque mi cabeza ha comenzado a dar vueltas y mi carne no sabrá bien fría.
– Pero yo me refería a que volverán a hacer programas tontos, volverán a ser vanidosos y superficiales, solo dales tiempo – explica.
– Es lo que nos sobra ¿no? Tiempo – le respondo.
Terminamos de comer después de haber tocado temas no tan peliagudos como los anteriores pero no tan interesantes, al menos para mí.
– ¿Quieres ir a ver a Haymitch? – le propongo para su sorpresa.
Él arquea las cejas, divertido.
– ¿Y eso que tú quieres ir a ver a Haymitch? –
– Me da un poco de pena que este solo – le respondo y es la verdad.
El pobre Haymitch ¿cómo enfrentará las pesadillas después haber visitado el Capitolio?
Peeta levanta la cabeza al cielo y suelta un gemido.
– ¿Qué? –
Luego me mira con cara de sufrimiento– Estoy muy cansado de lidiar con él, de verdad me gustaría estar contigo a solas aunque sea unos momentos –
No puedo evitar sonreír y decirle que sí.
Y así es. Pasamos el resto del día juntos, sin separarnos ni un segundo por miedo a que una fuerza desconocida nos aleje el uno del otro. Conversamos, reímos, yo discuto y él me tranquiliza, comemos y volvemos a sentarnos en el sofá para volver a conversar. Besos y abrazos se reparten entre las horas pero cada vez se vuelven más adictivos. Cuando estamos acostados en mi habitación, la luna ilumina los rizos rubios de Peeta mientras me mira a través de la oscuridad y me cuenta sus pesadillas, después yo le cuento las mías. Me abraza y me promete un futuro que nunca soñé sin embargo me gusta. Luego el hambre se apodera de nosotros pero la noche no dura lo suficiente.
Bueno pues hola. Disculpen la demora, por si no lo sabían voy a actualizar los viernes pero esta vez no pude porque quise hacer un capítulo más largo y un poquito diferente. Espero que les esté gustando y ya ven que las cosas poco a poco se van a ir dando…
Déjenme sus comentarios para saber que opinan y a ver qué onda. ¡Muchísimas gracias por seguir la historia, me hacen muy feliz! Los quiero y les mando un beso :D
Jaula, jaula, jaula…
