Capítulo 15 "Él héroe y la gallina"
El canto de las aves me despierta. Abro los ojos pero tardo en adaptarme a la luz y pequeñas manchas oscuras van de aquí para allá. Estoy más cansada de lo que me sentía antes de ir a dormir sin embargo hay en mi estómago una sensación de que hoy será un buen día.
Me acuesto boca arriba y observo el techo blancoso que me da dolor de cabeza. Algo debería hacerse con ese techo, quizá tiempo después, cuando Peeta viva aquí, pueda decirle que pinte algo como solo él sabe hacerlo.
– Hola – dice.
A pesar de que estoy consciente que él está a mi lado, su saludo me sobresalta pero en seguida me recupero y me giro a un lado, para quedar frente a su rostro.
– Hola – le respondo.
No puedo evitar pensar en lo guapo que esta al despertar, sus rizos despeinados que se acomodan alborotadamente en su cabeza y la almohada, su rostro está fresco como si fuera el rocío mismo, me hace feliz verlo a mi lado, mirándome con esos ojos tan hermosos en los que me gustaría vivir para siempre.
– Hola – repite y luego ríe.
¿Cómo consigue hacerme tan feliz con un gesto tan simple a una hora tan temprana?
– Hola – vuelvo a decir y no oculto esa alegría.
– ¿Cómo dormiste? – me pregunta.
Puedo ver en su sonrisa que es una pregunta repleta de brío. Nuestras miradas se enlazan con complicidad y sé por qué lo dice.
Anoche cuando nos cansamos de hojear el libro de plantas, Peeta me levantó en brazos llevándome a la habitación y depositándome tiernamente en la cama. Abrió las ventanas, dejando entrar la imperceptible brisa nocturna y después de quitarse los zapatos se recostó a mi lado. Compartimos pesadillas, como si fueran viejas historias de guerra, algunas lo son y otras solo formas retorcidas de nuestros peores miedos. No lloré, las decía mecánicamente, como si lo hubieras ensayado sin embargo el comprendía lo que sea que mi boca no decía y me envolvió en un abrazo protector. Supongo que el sueño me alcanzó porque solo sentí como Peeta se intentaba escabullir pero no lo permití.
– ¿A dónde vas? – le pregunté.
– Quiero darme un baño, tengo mucho calor.
Mi mano se enredó en automático alrededor de su brazo.
– Katniss – dijo sin convencerse del todo.
– No – respondí.
– Por lo menos, déjame ponerme una pijama y tú deberías hacer lo mismo, ese vestido es muy bonito como para que se arruine.
Le permití cambiarse en el baño mientras yo lo hice en la habitación y después de asegurarse que ya estaba vestida, salió y ahí estaba. No llevaba puesta la parte de arriba del pijama dejando desnudo su pecho con todas esas marcas con las que podría jurar que las pesadillas son reales.
Lo halé hacia mí sin resistencia de su parte.
El hambre nos alimentaba y la cercanía nos embriagaba. Era una nueva clase de alcohol, otra clase de droga, más adictiva, su efecto era más efímero por eso nos incitaba a más.
Podía sentirlo, su peso aprisionándome contra la cama. Los besos cada vez más largos y el monstruo apoderándose de ambos. Podía sentir esas descargas que invaden cada pequeñísimo rincón de mi cuerpo y me piden a gritos que haga algo que no sé qué es. La sangre dejó de fluir y se convirtió en adrenalina que afloraba al máximo mis sentidos. Cada pequeño movimiento significaba oleadas de espasmos involuntarios. Pudimos seguir pero la noche se cansó y la aurora nos ordenó dormir.
– Dormí bien – le respondo, omitiendo las palabras que nuestros ojos se dijeron el uno al otro – ¿Y tú?
– Perfecto – me dice y me da un besito en la punta de la nariz.
Se voltea boca arriba y suelta un sonoro bostezo, estirando sus brazos y flexionándolos. Luego los deja caer a los costados y se queda viendo el techo, abre la boca como si fuera decir a decir algo pero solo cierra los ojos y simula que se quedó dormido.
Suelto una risita porque me gusta cuando amanece de tan buen humor. Me quedo observándolo esperando a que "despierte" pero no lo hace así que con cuidado de no moverme mucho, lo sorprendo sentándome encima suyo y cuando abre los ojos lo ataco con una lluvia de besos que no vio venir.
– ¡No, no, Katniss! – dice entre risas y besos – Estoy muerto, no me beses.
Paro solo para responderle – ¡No estás muerto, me estas contestando!
– Pero ya me morí – añade y vuelve a cerrar los ojos.
– ¿Con el permiso de quién estas muerto? – le pregunto dejando de besarlo, con un tono muy serio.
Abre los ojos de par en par y responde – Tienes razón, fui un desconsiderado.
Asiento con la cabeza y nos quedamos mirándonos.
– ¡Tengo que enmendar mi error! – exclama.
Con un movimiento rápido me quita de encima y se coloca en la parte superior, deteniendo su peso con sus antebrazos, con cuidado de no aplastarme.
– ¡Peeta!
Luego el comienza a besarme. Me da besitos por todo el rostro y yo intento apartarlo pero el sujeta mis manos y sigue con su trabajo.
– ¡Peeta, basta! – consigo decir antes de que un besito me silencie.
Cuando mi cara arde en llamas, él para, contento con el resultado.
– ¡Eres un tonto! – susurro, ocultando mi rostro.
– Valió la pena.
Se sienta en la cama, tallando sus ojos y luego me voltea a ver con cariño.
– Bueno, creo que es hora de levantarse.
Lo imito y siento como mi propio peso me hunde, el cansancio ha hecho su aparición aplastando mi espina dorsal, obligándome a tirarme de nuevo en la cama pero resisto.
Peeta se pone de pie sin mucho esfuerzo, como si la gravedad no aplicara en él.
Lo observo con atención. Solo lleva la parte inferior de la pijama. Se ha acostumbrado a dormir con el torso desnudo, yo no estoy en contra.
Pero hay algo diferente en él, algo que no había visto antes. Quizá sea que el pantalón esta abultado pero no le doy importancia y centro mi atención en ponerme de pie mientras él se da una ducha rápida.
Me pongo el mismo vestido de ayer ya que no huele mal. Me trenzo el cabello y bajo las escaleras para preparar el desayuno.
Mientras rompo cuatro huevos dentro de la sartén oigo que Peeta sale del baño y cuando el desayuno está listo, aparece con una sonrisa en el rostro.
– ¿Y esa sonrisa?
– ¿Qué? Soy feliz ¿Por qué me miras así?
– ¿De dónde viene esa felicidad?
Él se limita a levantar los hombros a modo de respuesta. Pero para mí eso no es suficiente. ¿En verdad Peeta es feliz?
– No tenías que hacer el desayuno, me hubieras esperado .
– No hay problema, quise hacerlo – le respondo. Tanta amabilidad me abruma y me hace sentir paralítica.
Después de preparar pan tostado y engullir el desayuno como si temiéramos que nos lo fueran a quitar, Peeta va a la panadería y yo lo acompaño, acordamos pasar después a ver si Haymitch no se ahogó en su propio vómito.
Somos recibidos como si fuéramos de nuevo los Vencedores, entre abrazos y regocijos pero yo tengo miedo. Tengo miedo de que le digan a Peeta la verdad y me meta en problemas.
– Sr. Mellark ¡nos hacía falta por acá! – le dice Jimmy después de un abrazo y unas palmadas en la espalda.
– ¿Cómo le fue en su viaje? – Dylan. Es uno de los empleados que más me gusta. Es del Distrito 4 por eso sus ojos me recuerdan tanto al mar.
Todos comienzan a rodearnos, esperando su respuesta.
– Estuvo bien – responde, algo cohibido. Sin duda, no quiere recordarles que está loco. No loco. Sino que no está estable del todo. Igual que todos los demás supervivientes.
– ¡Pero cuéntenos! – añade otro y muchas voces comienzan a quejarse y a hacer preguntas.
¿Es cierto que fue al Capitolio? ¿Cómo están? ¿Aún hay mucha gente? Preguntan incluso por las duchas. Una pregunta hace que un escalofrío corra por mi espalda. La pregunta fue: ¿Quedan aliados de Snow? No sé quién haya sido pero todos comienzan a hacer susurros negativos, como diciéndole que se calle de una vez por todas y se los agradezco.
Peeta les responde las preguntas más recurrentes. Miente sobre el propósito de la visita diciéndoles que fue solo a acompañar a Haymitch y con ese tema es como si chocaran contra una pared invisible. Omite las partes donde nuestras caras forman parte del decorado general y finaliza con que, en verdad, las duchas son buenas.
Después de un rato estamos sentados, algunos en sillas junto a nosotros, algunos sentados en el suelo y otros de pie pero parece como si fuéramos un grupo de amigos que comparte anécdotas y el tema va evolucionando al igual que las posiciones del sol. Peeta y Jimmy se dan cuenta de que se hace tarde pero nadie hace nada para interrumpir las historias chuscas e increíbles que los muchachos cuentan. Ríen, incluso yo. Hacen representaciones de las peleas con sus novias, de las veces que huyeron de perros salvajes porque no sabían que podían aparecer. Luego la campanita de la puerta se oye y aparece una señora cubierta de tierra, encorvada por el peso de los años, sosteniendo una gallina.
– Buenas tardes – saluda Peeta, no supe cuando se puso pie pero ahora avanza hacia ella.
– Buenas – responde con voz temblorosa.
– ¿Que va a llevar?
Antes de que responda un muchacho de pelo negro y estatura baja se levanta del suelo y prepara una bolsa marrón donde meter el pan.
– Ci-cinco bolillos – tartamudea la nerviosa mujer.
El muchacho enseguida tiende la bolsa a Peeta y la mujer rompe a llorar.
Hasta Peeta, que no permite que nada lo tome por sorpresa, se descompone.
– Señora ¿se encuentra bien? – le pregunta.
Entre sollozos la mujer contesta: – Vine aquí pensando que podría ofrecer la gallina como pago pero ahora que lo veo sé que no puedo hacerlo. Usted no podría aceptar algo así, usted es un héroe, no aceptaría una gallina – y se ahoga en su propio manojo de lágrimas e histeria.
Peeta se agacha a la altura de la anciana pasándole un brazo por los hombros, de manera conciliadora.
– Señora, no se preocupe por el pago – hace una señal al muchacho pero no entiendo a qué se refiere hasta que lo veo agregar dos panes más a la bolsa. Le pasa la bolsa a Peeta y él se la da a la mujer – Lléveselos y no se preocupe más.
Ella lo voltea a ver como si fuera lo más divino que ha visto en mucho tiempo.
– Pero ¿cómo se lo voy a pagar?
– Ya le dije que no se preocupe, mejor vaya a casa y guarde esa gallina para un buen caldo.
Veo sus ojos titilar repletos de lágrimas luego se arroja contra el pecho de Peeta, sollozando de nuevo.
– Está bien, está bien –le repite.
Nos miramos unos a otros, impactados por la escena. Pero sin duda yo soy la que tardo más en procesar todo y al final no comprendo.
Luego de unos minutos y un intercambio de susurros, la señora se va, secando sus lágrimas. Peeta se acerca a nosotros como si nada. Supongo que todos tenemos la misma expresión porque se detiene y nos dice: "¿Qué?"
Levantamos los hombros al tiempo como si lo hubiéramos planeado y luego todos se alejan a fingir que trabajan.
– ¿Por qué me miraban así? – pregunta Peeta acercándose a mí.
– Fue – empiezo y pienso en que palabras decir que no sean "maravilloso" "admirable" – algo tierno –
– Ojala vuelva pronto.
Claro que volverá, pienso.
Nos vamos cuando el sol avisa que comenzará a ocultarse. Nos despedimos como si dejáramos el distrito y nos regalan, mejor dicho, me regalan galletas.
Caminamos con cuidado dejando la panadería detrás y las sombras se extienden frente a nosotros.
Al llegar a la Aldea nos dirigimos a la mansión Abernathy, pero Peeta se pasa por mi casa para recoger un pedazo de pastel para Haymitch. Yo me adelanto para ver qué tan mal esta.
Entro y el olor a encerrado me sofoca, como si hubiera estado abandonada por siglos. Esta oscura y fría, como si el invierno la hubiera cubierto en pleno verano. Lo busco en su silla favorita para beber pero no está ahí, ni tampoco tirado en el sofá o debajo de alguna mesa. Pienso que tal vez pueda estar arriba pero una tos ronca interrumpe cuando subo las escaleras. Sigo la tos que me parece familiar y lo encuentro. Sentado en la tierra donde una vez debió haber yerba, con su trago en la mano sufriendo una convulsión de tos.
– Hey – lo saludo.
Él levanta la mano respondiéndome, tratando de recuperarse. Me siento a su lado, dejando a un lado mis muletas y estirando mi pierna, espero hasta que recupere el aliento.
– Eso te va a matar – le digo, señalando la bebida.
Sin quitar la mirada del suelo, me responde – Ya se está tardando.
La tristeza, la impotencia y un llanto desenfrenado amenazan ante la brusquedad y el deseo suicida que albergan las palabras de Haymitch. Pero sé que si alguien hiciera que dejara de tomar, no sería yo.
– Deja eso ya – le digo, intentando evitar que de otro sorbo.
Si las miradas mataran...
– ¿Qué? – me ladra.
– Para de beber así.
– No es de tu incumbencia.
Se traga de un sorbo el resto de su adicción y de la nada saca otra botella y se sirve de nuevo.
Tirarle esa botella. Eso me gustaría. Pero estoy consciente de que no ayudaría en nada, aun así no puedo evitar responderle por más groseras y contradictorias que sean mis palabras a lado de lo que quiero lograr
– Sí, lo es. Si murieras Peeta se deprimiría y no permitiré que le hagas eso.
– Entonces ¿qué debería hacer para que me dejes en paz? Está claro que morir no es una opción.
Pero lo que más me molesta es que con Haymitch nada de lo que intento resulta. Parece impredecible. Es irritable, testarudo, orgulloso y con un genio de mil demonios. ¿Cómo puede aguantarse a sí mismo? Es como una bomba que no puede ser desarmada y no se sabe cuándo explotará.
Intento recordarme porque estoy aquí. Trato de dominar la irá y tengo una visión. Haymitch está viejo, incapaz de ponerse de pie, su mejor amigo, el alcohol, ha encontrado un nido perfecto donde quedarse. Ahí está. Sentado como siempre en su comedor viejo, completamente solo. Quizá no totalmente, sus fantasmas son los únicos que lo acompañan y lo invitan a seguir tomando, lo invitan a unirse a la muerte.
– ¿Cómo estuvo el viaje? – le pregunto porque no se me ocurre nada más.
Me lanza la mirada que yo había esperado y no dice nada más.
Cuando pasa el tiempo necesario para saber que algo va mal, me responde.
– Terrible, como siempre.
– ¿Cómo está la gente?
– Tus intentos por sacar conversación son absurdos.
– Al menos lo intento.
– Pues intenta otra cosa antes de que me largue de aquí.
– ¡No me estás haciendo un favor! – le grito en la cara
– ¡Ni tu a mí! – me responde, deja una pausa y luego agrega – ¿A quién mierda le importa la gente? –
Me indigna su actitud arrogante y despreocupada. ¿Desde cuándo se comporta así? Quizá parezca que es siempre así pero no lo es. Esta vez va más allá. El letargo y la amargura de sus palabras se anidan más profundo de
lo usual, la rabia cargada de dolor se asoma en sus ojos como pájaros negros, peleando por devorar la cordura que los años le han dejado.
Con menos veneno y más cansancio por la derrota, le respondo – A ti solía importarte.
– Eso fue hace mucho, preciosa.
– No, no fue hace tanto.
Se pasa de jilo el licor y sacude la cabeza. De repente me dan ganas de acompañarlo con uno o dos tragos.
Susurra algo y muy apenas puedo entender que es algo relacionado con la palabra juventud.
– Lo que importa es que ellos están bien ¿sí? Siempre lo han estado y siempre lo estarán.
Mientras llena otra vez su vaso, susurra de nuevo y esta vez lo entiendo. Él dijo – Esos bastardos.
– ¿Qué?
– ¡Nada! Ya te respondí, ahora, ¿puedes irte y dejarme solo?
– No – le contesto.
Se levanta de golpe, exasperado y tambaleante y yo pego un salto por la sorpresa pero me pongo de pie igual que él. Camina en círculos, persiguiendo alguna alucinación causada por el alcohol o quizá huyendo de algún recuerdo.
No hago más que apretar los ojos y respirar por la boca cuando se acerca a mí, sujetándome por los brazos, dándome a probar el olor de su bebida. Me mira con los ojos inyectados en sangre y algo más. Algo que su alma grita para ser escuchada, algo atroz. Algo como...
Como un secreto.
Mi oído de cazadora me avisa cuando la puerta principal se abre y yo aparto a Haymitch de un empujón. Un acto vergonzoso y exagerado, pero la sorpresa de ver a Peeta tan radiante comparado con el hombre que esta frente a mí, me sobrepasa.
– Hola, Haymitch – saluda él.
El hombre ebrio solo alza la cabeza en modo de respuesta. Me lanza una mirada tan corta como el segundo que tarda Peeta en preguntarnos qué hacemos en el patio. La entiendo lo suficientemente rápido para darme cuenta de que esto es algo entre él y yo, callarme ante la pregunta de Peeta y dejar que mi mentor hable.
Después de que Haymitch le explica acerca de mis asesorías sobre qué flores podría plantar en su jardín, todos vamos adentro y Peeta nos promete chocolate para acompañar el pastel.
Rebusca en la cocina de Haymitch por una olla donde pueda prepararlo sin que en éste floten cucarachas y otras plagas. Quizá no a ellos, pero a mí se me quita el antojo.
Nos servimos pastel y nos conformamos con tomar leche sola.
– Qué decorados – se burla Haymitch – Creo que alguien en la pastelería debería ser despedido.
Peeta ríe y responde – No lo hicieron en la panadería, lo hizo Katniss.
Me preparo para recibir un golpe de burlas pero no llegan, Haymitch se limita a levantar lo hombros y seguir comiendo. Quizá eso signifique su aprobación.
– ¡Agh! ¡Tenías que haberlo hecho tú! – me grita, con una servilleta en la boca, devolviendo el pastel.
– ¿Qué pasa? – pregunta Peeta, alarmado.
Haymitch no responde, solo le muestra el pedazo de pastel quemado.
– Solo está un poco quemadito, es cosa de nada – asegura Peeta con una sonrisa, quitándole los pedazos negros al pastel – A cualquiera le pasa. Fuera de eso ¿quedó bien, no?
– Claro, como no te tocó el pedazo malo.
Más pena por Haymitch de que le haya tocado una rebanada fea, me da vergüenza que Peeta haya descubierto que no era tan perfecto como él creía. Sin embargo, me defendió y eso solo hace que quiera prepararle mil más. Quizá si sea un héroe.
– No lo comas y ya está.
Ignora mi comentario y para mi sorpresa, continua comiendo el lado libre de quemaduras.
La noche nos alcanza cuando empezábamos a charlar animadamente. Peeta se despide y amenaza con volver al día siguiente y no solo, sino con un séquito para ordenar la casa de una vez por todas. Haymitch anuncia que trancará la puerta. Nos despedimos de él pero luego algo raro pasa. En el umbral se abalanza contra mí, envolviéndome en un fuerte abrazo. Estoy totalmente convencida de las consecuencias de tomar alcohol y cuando voy a abrir la boca para soltar un chiste, él, con su aliento pesado, me susurra algo al oído.
Es: – A la 1 en la entrada de la Aldea, pero cállate.
Cuando me despierto, me doy cuenta de que Peeta ya se fue porque su lado de la cama está vacío. Me levanto con pereza pero unas ansias incontenibles inundan mi cuerpo. ¿Cuánto tiempo falta para poder librar a mi pierna de este yeso-vendaje? Mi pica y el sudor no para de escurrir. Podría arrancarlo ya mismo, y de ser necesario, lo haría hasta con los dientes pero mi instinto me dice que no lo haga porque no me arriesgaría a que le pase algo a mi pierna. Aun así me levanto pero esta vez no cojo dos muletas, sino solamente una de ellas. Decido que lo mejor es ir a ver a la doctora y pedirle una razón. Me visto lo más ligeramente que puedo para evitar morir de calor. Al bajar debato entre desayunar primero o ir con la doctora pero mi desesperación es tal, que solo considero comer algo cuando estoy en el hospital y mi estómago ruge.
– Quiero ver...ah...a la doctora.
La muchacha sentada frente a un escritorio con un montón de papeles solo me mira deseando que me vaya lo más rápido posible.
– ¿Qué doctora? – me pregunta con tono molesto como si su trabajo fuera el más difícil del mundo.
Arrogante.
– No recuerdo su nombre – respondo – Pero se dónde está su oficina.
– La doctora que usted dice, puede estar ocupada y no podría dejar que la interrumpiera.
– ¡Necesito verla ya! – exclamo y me dedico a mirarla recordándole quien soy. O quien cree la gente que soy. Una chica desorientada que va dando tumbos y problemas por todos lados y con quien definitivamente no deberías meterte.
Y parece funcionar porque algo dentro de su cabeza se conecta y recuerda que soy la loca del Distrito. – ¿Podría describírmela, por favor?
– Alta, blanca, de pelo largo y castaño, casi rojizo.
– ¿Ojos verdes?
– Sí, creo.
– La doctora Milles. Sígame.
Se levanta de la silla y comienza a andar. Yo la sigo.
Al verme, la doctora me pasa inmediatamente a su consultorio y me hace sentar en la misma silla de la vez pasada.
– Cuéntame, Katniss. ¿Cómo has estado?
La pierna me está matando
– Bien. He estado bien.
– Me alegra oír eso…Por cierto ¿Dónde está ese amigo tuyo? Es raro que no te esté acompañando.
No sé cómo responder, así que no digo nada.
– Es una lástima en verdad. Tan guapo que es, ¿verdad? – dice con una sonrisa pícara en el rostro y yo que no puedo controlar la tos provocada por mi propia saliva.
– No sé – digo al recuperarme.
– ¿Cómo que no sabes? ¡Tú mejor que nadie debes saber que es guapísimo!
– No entiendo – respondo tajantemente.
– Bueno, ya sabes. Como siempre estan juntos – luego se inclina sobre su escritorio y dice – Tienes mucha suerte de tener uno así para ti sola.
Analizo las posibilidades.
Sí. Sin duda podría encajar mi puño en su mandíbula. Podría perder el equilibrio, aun así valdría la pena. Pero (un endemoniado pero) ¿quién más podría quitarme de una vez éste maldito yeso? Posibilidades. Posibilidades. No hay. Me queda morderme la lengua hasta hacerla sangrar.
– Él y yo sólo somos amigos.
– ¡Ah pero que bien!...y oye aquí entre nos...– Y casi se sube al escritorio – Es medio bruto, lo sé, pero ¿qué tal está?
La miro, esperando a que se explique, porque de ningún modo puede ser lo que yo pienso que es.
– ¿Tiene cosas buenas?
Esta vez no puedo. Siento que la furia corre por mis venas como caballos galopando. Espero sentir el choque de mi mano contra su rostro pero no llega. En vez de eso, mi cerebro se limita a hacerme decir – ¿No debería
preguntarme sobre mi pierna?
Y bang. El sonrojo llega tan rápido como una bala.
Se sienta en su silla, acomodando su cabello con gesto nervioso.
– Cuentame, si te sientes tan bien ¿por qué estas aquí?
– Estoy cansada del yeso, quiero quitarmelo ya.
– Con anterioridad había dicho que el yeso tardaba 2 semanas en hacer efecto. Y si mis cálculos son correctos, llevas una y casi media.
– Lo sé pero ¡necesito quitármelo!
– ¿Por qué?
Dudo unos momentos porque no quiero parecer paranoica pero al final le digo mis verdaderas razones.
– Me pica demasiado y me arde. No la aguanto.
– Entonces con mayor razón debes esperar a que se cumplan las dos semanas.
– ¿Por qué?
Siento como mi sangre hierve y pareciera que toda se dirige a mi pierna porque ha comenzado a arder de manera alarmante. Bajo la mirada buscando el fuego que la envuelve pero no encuentro nada. ¿Acaso reacciona ante el enojo?
– Pareciera que te arde mucho ¿no es así? – me pregunta con intriga en la mirada.
– Sí.
¿Es que acaso ya lo sabía o que no consigo ocultar la desesperación que siento?
– ¿Sientes que te quema?
– ¡Sí! ¡Quitamela de una vez! – le escupo.
No puedo, no puedo aguantar el dolor. Me esta quemando. ¡Me come la piel! Me araña, desgarra mis tejidos, me esta quemando como ácido. Por más que intento resistir, no lo consigo. Tengo que quitarme de una vez este vendaje.
No espero a que la doctora haga algo para intervenir así que comienzo a empujar el yeso, trantando de liberar mi pierna.
Me está quemando. Solo porque no puedo ver el fuego no significa que no sepa que me estoy quemando. Siento como el dolor se origina en mi tobillo y se expande más arriba de mi rodilla. Pulsa y me estremezco. Me arde como si el dragón que lleva en su nombre me lamiera, soltara su veneno, me escupiera. ¡No sale! No sale el yeso. Si pudiera cortarlo o quebrarlo, si pudiera ¡pero ya!
– ¡Quítamelo! – le grito dejando escapar toda mi desesperación.
– ¡No puedo! Estas en la etapa final. Si te lo quito ahora sería desastrozo. ¡Debes dejar de rasguñarlo así.
Ahora está a mi lado sin decidirse entre determe o solo mirarme. Porque me tiene miedo.
– ¡No me importa! ¡Quitamelo ahora!
Busco algo, algo filoso o duro. Visualizo unas tijeras en el escritorio que parecen ser perfectas así que las tomo. La doctora comienza a gritar algo pero no la escucho. El fuego no me deja escuchar.
Busco un lugar donde poder cortar o encajarlas sin embargo, me da miedo atravesar más que solo el yeso. Pero ya no me importa, mi pierna esta calcinada.
Hago un último intento. Aunque estoy totalmente convencida que encontraré la pierna recubierta de ampollas, el fuego no para, entonces alzo las tijeras para romper el yeso y descargo mi desesperación hundiéndolas en mi pierna.
¡Hola, tributos! Tanto tiempo *sniff* Lamento la tardanza pero los exámenes finales se me atravesaron y pues bueno… y para que vean que los quiero un montón, les dejo estos dos capítulos juntos:D
Espero que les gusten y si se toman un momentito para decirme que les pareció, me harían muy feliz.
¡Muchas gracias por seguir la historia! Nos leemos el próximo viernes sin falta.
Ave atque vale.
