Capítulo 16 "De vuelta a la realidad"

Un hombre alto y robusto, el mismo que detuvo mi intento desesperado (y fallido) por quitarme el yeso, me lleva a trompicones a algún lado, con Milles dirigiéndonos.

Cuando llegamos me hacen sentarme en una mesa de metal con una gran plancha encima. Me piden que me recueste pero me dan a entender que, o lo hago yo misma o lo harán ellos. Se ocultan en un cuarto con ventanas que miran a donde estoy y la máquina emite un ronroneo. Dura como 5 minutos solamente pero no puedo dejar de pensar en las posibilidades de que eso me caiga encima.

Luego de que Milles me saca de ahí y me lleva a su oficina, se sienta frente a mí y me mira como a una rebelde que acaban de pillar.

– No puedo creer que intentaras cortarte la pierna – me suelta.

La ignoro y le pregunto – ¿Por qué me ardía así?

– Mutilarse no era una solución.

– ¿Porque me ardía?

Se levanta y sin despegarme la mirada se inclina hacia mí quedando a mi altura.

– Sé que debe ser difícil.

– ¿De qué hablas?

– Mira, yo no soy experta en esto pero podría conseguirte una cita con una amiga. Ella hace prescripciones para anti-depresivos muy buenos.

Me detengo un segundo a pensar. Mejor dicho, a respirar antes de comenzar a gritarle las cosas que se merece; y a imaginar cómo será la cabeza dentro de ésta mujer.

– Yo no necesito anti-depresivos, necesito saber por qué me ardía así la pierna.

Intento tranquilizarme pero su forma de mirarme, como si fuera alguien a quien deben controlar. Su forma de hablar, como si la verdad estuviera en sus labios y esa actitud arrogante y superior. Sus insinuaciones, su negligencia, sus tonterías, su incompetencia.

– Está bien que quieras ser fuerte Katniss pero – después se agacha y toma mis manos entre las suyas – Todos sabemos las cosas por las que has pasado. Nos tienta el corazón todo eso que has sufrido. Lo de tu hermanita, lo de tu novio y esas cosas pero está bien sentirse triste. Nos da mucha lástima todo eso y ¿sab... – pero no termina de decirlo porque mi puño no la deja.

Salgo de ahí lo más rápido que puedo, temiendo que alguien me alcance y me haga volver. Pero a mitad de camino no aguanto más y me deshago riendo. Las personas que pasan me miran y sé lo que piensan pero no me importa, no puedo contenerme. ¡Necesito contárselo a alguien! Analizo mis opciones. Definitivamente debo contárselo a Peeta. Pero mientras más lo pienso, más terrible me parece. Llego a la conclusión de que Peeta debe ser el último en enterarse. Sí, obviamente se reiría pero no cuando llegara a la parte de que casi me clavo unas tijeras en la pierna.

Así que decido ir a contárselo a Jason, él morirá de risa junto a mí.

Llego a la zona en construcción y ahí está él. No lleva playera y su torso está cubierto de polvo negro, mezcla algo como una pala y se limpia el sudor pero cuando me mira recuerdo por qué él no fue la primera opción. Levanta la mano en modo de saludo y yo bajo la mirada. ¿En qué estaba pensando? No puedo estar con Jason. Ya no. Ya no lo puedo mirar de la misma manera, ni a él, ni a sus acciones ni a sus palabras. En el segundo en que levanto la mirada y lo veo acercándose a mí, por mi mente desfilan recuerdos de esos momentos que pasamos y que nunca volverán.

Tengo que salir de aquí. No puedo verlo, no quiero. Porque entre más lo pienso, entre más recuerdo todas esas pláticas, bromas, risas...todas esas noches que le rogué que compartiéramos...un beso.

Todas las cosas que hizo por mí...no era amistad. Era amor.

Y cualquiera que busque eso en mí, estará perdido.

Huyo de aquí con cuidado de no sacarme otro hueso y sin responder cuando Jason grita mi nombre. Pero ¿en qué estaba pensando? Si es que lo estuviera haciendo.

"Correr" resulta más difícil con una sola muleta y me salvo de caer varias veces, así que al llegar a la Aldea, mi respiración se dificulta y comienzo a sentir arcadas.

Consigo no vomitar y me recargo en un pilar, espero a que se me pase y cuando ya estoy bien, comienzo a andar para la casa de Haymitch.

Prometí a Peeta, ayer por la noche, que iría a ver a nuestro mentor para ver qué tanto podía arreglar la casa. Y por más que me arrepienta de esa promesa debido a las noticias que me trajo Haymitch al reunirse conmigo en la madrugada, tengo que ir. Para ver cómo está.

No toco y paso directo a donde sé que está. Pero no está ahí, ni en la sala, ni en el comedor, ni en el patio, ni siquiera en el baño de la planta baja. Pienso que quizá este arriba y después de dudarlo unos segundos, subo las escaleras.

Como si la cortina de la realidad se deslizara y me dejara ver lo que hay más allá de mi ensoñación. Un golpe crudo y firme, sin miramientos. Me recuerda que no hay nada por qué reír.

Miro a mi alrededor y lo que encuentro se lee como una promesa sin cumplir. El piso, tapizado de botellas vacías y a medio tomar, con grandes charcos de lo que parece ser vómito, licor y quién sabe qué más. Las paredes se decoran con otra gran variedad de manchas, cuchillos y pedazos de vidrios encajados en ella. Esto no era lo que fue una vez. La casa de Haymtich siempre fue sucia y obscura pero no de éste modo.

Me estrangula un sentimiento depresivo. De pronto todo comienza a dar vueltas y los recuerdos vuelan sobre mi cabeza. Las palabras de Haymitch y lo que significan me horrorizan. Como si una tonelada del mundo real me cayera encima y empiezo a temer que dentro de poco, mi propia casa luzca de esta manera. Pero más temo a lo que encuentre dentro de su habitación.

Aun así, nada me prepara para la escena que presencio. No llora, no bebe, no se está suicidando, solo está sentado en la cama, mirándome.

Avanzo lentamente, temiendo que pueda apuñalarme en cualquier momento pero eso no sucede.

– Haymitch – digo lo más tranquila que puedo pero mi voz se quiebra.

– Te tardaste mucho.

Intento descifrar la verdad de sus palabras porque sus intenciones siempre van más allá. No lo ha dicho molesto, ni siquiera fastidiado, parece solo...cansado.

– ¿No te has movido de aquí? – le pregunto. ¿En verdad ha estado así desde que lo dejé?

– ¿A dónde iría?

Sin duda es el mismo Haymitch, tosco, duro, fastidioso e incansable pero esta vez no es así. Sus ojos están hinchados y sus manos se mueven nerviosamente. ¿Dónde está el hombre que pretendía ser invulnerable y nos alentaba a ganar? Y mientras lo miro y pienso, me doy cuenta de algo; que mientras no haya algo contra que combatir, el miedo gana la guerra.

– Te estaba esperando. Dijiste que vendrías temprano y no es tan temprano.

– Aquí estoy ya.

Me siento junto a él de manera delicada, como si me estuviera acercando a un ciervo.

– ¡No he dormido! ¡Ja! – me suelta bruscamente.

– Eso no es nuevo.

– Lo es. Ni siquiera he dormitado.

– No está bien, deberías dormir un poco, o dormitar.

Me mira con tristeza y una sonrisa en el rostro y me dice – Ya lo intenté, pero no puedo.

Una sensación extraña me invade. El sentimiento y la necesidad de protegerlo sin importar que él ya sea todo un adulto.

– Claro que puedes – contesto al tiempo que me levanto – A ver, ésta cama es un desastre y tú también. Ve a darte un baño.

Me da un gesto de fastidio y dice – Estas en el proceso de negación, está bien. Cuando quieras hablar sobre eso, me avisas – y luego se mete al baño.

Temo más que nada que tenga razón. No quiero hablar sobre nada. Simplemente quiero terminar de convencerme que nunca fui a hablar con él, que nunca me dijo lo que me dijo, que lo que me contó no es más que una alucinación provocada por el alcohol. No quiero comenzar a preocuparme porque si empiezo a hacerlo, no podré parar hasta terminar como él. Tragado por una casa sucia y sus pesadillas.
Y la mejor manera de no pensar es: moverme mucho. Moverme rápido. Mantenerme ocupada para no pensar y si no pienso, no temo. Y si no tengo miedo, me mantengo viva.
Comienzo por destender la cama porque las sabanas son en verdad un asco. Rebusco entre los cajones con la esperanza de encontrar otras limpias y las encuentro, con olor a tierra y un poco de humedad pero hasta el aroma a abandonado resulta agradable comparado con el de sus sabanas actuales.
Estoy desesperada. Entre el desorden, el hedor y esta estúpida pierna inútil me voy a volver loca. ¡No puedo moverme! Arrojo la muleta en un arranque de frustración y comienzo a andar de aquí para allá apoyándome solo en el yeso. No soy rápida ni ágil pero al menos puedo sentirme mejor.
Tiendo la cama como puedo, sacudo y esponjo las almohadas, recojo unas cuantas botellas del suelo, las apilo en una esquina y paso a recoger la alfombra, que consiste en una capa de ropa sucia esparcida por el suelo. No vomito al ver ratas muertas e insectos correr de mí sólo porque no llevo nada en el estómago. Vómito-0 Katniss-2.
Sin embargo creo que las ratas no esta tan mal, prefiero verlas a ellas antes que a Haymitch desnudo.

Parece no darse cuenta así que lo ayudo – Haymitch, ¿te importaría vestirte? Aunque sea un poco.

– ¿Qué? – Y se mira – Ah lo siento, olvidé que estabas aquí.

Vuelve al baño y yo trato de olvidarlo, por mi bien.
Voy a su cajón de ropa y busco algo que no huela mal. No tiene mucho, camisas viejas, pantalones arrugados, chalecos, tirantes, todo igual de viejo. Agarro un pantalón y una camisa al azar pero algo roza mis dedos, algo frío y duro. Muevo un poco la ropa y lo que encuentro me sorprende.
Un pequeño medallón plateado y reluciente, con forma de ovalo. Lo tomo con mucho cuidado y descubro que es como el que Peeta me regalo, se abre. Así que lo hago, lo abro.
Cuando voy a mirar las fotos con detenimiento, Haymitch me lo quita de las manos y me empuja. Aunque no caigo, siento un dolor punzante en la pierna.

– ¿Qué diablos estás haciendo? ¡¿Acaso yo voy y me meto como una rata por entre tus cajones para ver tus cosas?!

– Lo siento, yo no…

– ¡No, no lo hago! ¡Así que metete en tus propios asuntos!

Sus gritos se quedan en el aire pero me penetran hasta lo más profundo. No estoy enojada porque entiendo a Haymitch y en verdad yo no tenía derecho a mirar sus cosas, no de esa manera.

– Disculpa, no debí hacerlo.

– Claro que no.

Enreda el medallón y lo entierra en lo más profundo de su cajón y de su memoria.
No sé qué más decir, así que solo me quedo ahí parada en medio de la habitación, sintiéndome incómoda.

– ¿Y esa ropa? – me pregunta señalando mi mano.

– Ah, te la iba a dar para que no hicieras justo lo que hiciste.

– ¿Qué hice?

– ¡Eso! Te pusiste la misma ropa sucia que traías – respondo y le doy la ropa limpia – Cámbiate.

Él la acepta gruñendo y se mete de nuevo al baño. Yo me dedico a seguir recogiendo la alfombra de ropa sin poder sacarme el guardapelo de mi mente. No puedo imaginar de quienes eran esas fotos, es decir, puedo, pero necesito verlas. La curiosidad y la pierna me están matando. De nuevo el fuego ha comenzado a avivarse y el ardor sube hasta mi rodilla. Siento que me falla y pienso que voy a caer pero mi apoyo en mi pierna buena.

– ¿Qué estás haciendo? – me pregunta Haymitch.

– Nada, estoy bien –

Se queda mirándome y luego mira el suelo.

– ¿Y tus muletas?

– Ya me harté de ellas, no las usaré más.

Se queda mirándome una vez más y luego comienza a acercarse a mí y temo por un momento, cuando empieza a gritarme, que me golpeará de una vez por todas.

– ¡¿Estás loca o eres imbécil?!

– ¿Qué? – le grito yo también con falso coraje.

Pero no dice nada, solo me empuja contra la cama y yo caigo tendida, recibiendo espasmos de dolor. Creo que mi pierna ha comenzado a quemarse de nuevo.

– ¿Qué no sabes nada? ¡No puedes andar de aquí para allá sin muletas si tienes un hueso roto!

– Pero ya no me duele…

– Entonces ¿Por qué estabas doblada del dolor?

Él gana.
Me siento en la cama en silencio, sintiéndome avergonzada. Él no dice nada más, solo se sienta a mi lado pero dándome la espalda, luego se voltea y se sienta justo como yo, recargado en la cabecera. Sostiene dos vasitos llenos de líquido cobrizo, me tiende uno pero yo dudo en aceptarlo.

– ¿Qué es? – le pregunto.

– Licor del bueno – me responde e insiste en que lo tome.

La verdad no me importa mucho así que lo acepto y me lo llevo a los labios. El sabor fuerte y amargo se desliza en mi garganta, incendiándolo todo a su paso, así que no solo me arde la pierna, sino también el pecho.

– Tenemos que hablar de eso, ya sea tarde o temprano – me informa Haymitch.

– Preferiría no hacerlo.

Se traga el líquido con demasiada rapidez gracias a la práctica, luego con voz ronca me dice – No porque no hables de eso, va a dejar de ser cierto.

Y tiene razón. Pero me aterra sobremanera. Me gustaría seguir fingiendo que nada pasa, seguir moviéndome mucho para que al final del día, el cansancio me haga suya y las pesadillas no aparezcan. Me gustaría que nada de lo que dijo Haymitch fuera posible.

– Recuerda que solo son rumores. No hay que alarmarnos tanto – Y se vuelve a servir licor.

No puedo concebir un mundo en el que sus palabras sean verdad, no quiero hacerlo. He parado de moverme y ha sido un error grave, porque puedo escuchar como algo se arrastra por el piso, como trepa por las sabanas y se comienza a adherir a mi piel, como se filtra en cada uno de mis poros y recorre mis venas en menos de un segundo y envenena a mi corazón, que palpita tratando de liberarse. Como ahoga mi mente y los recuerdos comienzan a flotar. No puedo moverme, solo consigo temblar y sé por qué. Es que el miedo me ha encontrado.
Haymitch se da cuenta y me rodea con un brazo, apretándome contra él en un gesto, aunque tosco, tierno y protector.

– Tan solo son rumores – me susurra.

Con un hilo de voz le pregunto – ¿Y si no es así?

Me aprieta más contra él, yo lo volteo a ver a los ojos y lo entiendo por completo cuando me responde – Aferrémonos a que lo son – Luego me da un beso en la cabeza.

Lo convenzo de que me acompañe a casa para buscar algo de comer porque resulta que lo único que tiene en su nevera es hielo, alcohol y cosas podridas sin definir. Apuesto a que el aire le sienta bien porque a mí sí, sin mencionar que casi había olvidado como se sentía la luz del sol.
Sin embargo, nada me salva de las quejas constantes de Haymitch pero al cabo de un rato me bloqueo y ya no las oigo.

– ¿Quieres comer aquí? – le pregunto. Él solo levanta los hombros dándome a entender que le da igual.

Me duele muchísimo la pierna, mejor dicho, me arde como el demonio pero no lo suficiente como para dejar que Haymitch me haga de comer, porque no me pienso arriesgar. Pero él no me lo permite.

– Te acabo de decir que no puedes estar parada, ¿acaso te afecto en la memoria?

– ¡Hey! – le reclamo pero quizá tenga razón – Entonces ¿tú cocinarás?

Él rueda los ojos fastidiado y pregunta – ¿Por qué no tienes alguien que te cocine?

– Porque no soy una inútil – le respondo.

– Claro, eres muy útil en estos momentos.

No respondo porque hasta yo sé que soy una inútil así pero no lo soy siempre. Supongo que se cansa de pelear y se levanta de donde estaba sentado, saca 4 huevos de la nevera y un sartén, luego me "invita" a sentarme y yo obedezco.

– Ahora ¿quieres contarme como te hiciste eso?

– Te lo conté ayer – respondo, rezando por que no se dé cuenta de que mi historia es mentira.

Él me mira y sonríe y sé que todo se fue al caño.

Luego dice con mucha pausa – Lo que en verdad pasó –

Sabía que lo descubriría y agradezco que no dijera nada frente a Peeta, sin embargo eso no significa que no me atormentará a solas.
Como no tengo salida y no me interesa ocultárselo, le cuento todo sin importarme que piense sobre mí.

– Este muchacho…tu amigo, tiene mucho protagonismo en tu historia ¿no? – dice entretenido y una sonrisa sosa en su cara.

– ¿A qué te refieres?

– ¡Nada! Solo te pregunto.

Pero siento tanto enojo por que lo mencione, es decir ¿Por qué siempre, siempre que me ven con un muchacho piensan que me gusta? Lo odio, lo odio. ¡Yo amo a Peeta! Y en dado caso que no estuviéramos juntos, en dado caso que yo no estuviera comprometida no significa que tuviera que estar con alguien todo el tiempo. ¡Por favor! Y exploto – ¡Ya me cansé de esas tonterías! ¡Nada más faltabas tú! –

– ¡Woah! ¿Qué te pasa?

Su cara entre divertida y confusa solo me enfurece más y no puedo parar de gritarle como histérica – ¡¿Que qué me pasa?! ¡Estoy harta de esos romances que la gente me impone! ¡Por favor! ¡Ni siquiera porque estoy comprometida paran de decir que tengo algo con Jason! ¿Acaso nadie cree que lo que tengo con Peeta va enserio? ¡Enserio! ¡¿Por qué no respetan mi vida?!

Y luego comienza como un temblor, después se vuelve un sollozo y al final se convierte en llanto.
No me doy cuenta de cuando lo hace, pero Haymitch está agachado junto a mí. Me susurra cosas pero no lo oigo. Tengo apretadas las manos contra los ojos, apoyadas en la mesa, y el temblor no para. No sé por qué he reaccionado así ni sé qué me sucede ahora, no puedo controlarme. Siento demasiada ira, demasiada frustración y solo quiero aplastarme el cráneo pero no lo logro. No puedo respirar, no puedo moverme y ni siquiera puedo pensar. Algo dentro de mi mente me traiciona y me hace actuar así, entiendo que ni dentro de mí misma estoy a salvo.
Haymitch comienza a tirar de mí para que regrese a la realidad. Y después de combatir contra ese ser interno que lucha por ahogarme, regreso. Esta vez soy yo la que sobrevive al veneno.

Haymitch me mira desde abajo con un sonrisa, esta vez no es burlona ni sarcástica, es triste y preocupada.

– Perdón – consigo decir.

Él solo guarda silencio y luego lleva su mano a mi rostro y limpia una lágrima. Me dice todo con miradas más ruidosas que las palabras pero aún así agrega en voz alta – Preciosa, no prestes atención a lo que las personas dicen porque ellos no entienden. Y por más que te desgastes en explicarles, jamás entenderán del todo, mejor concéntrate en hacer lo que creas que es correcto ¿sí?

No puedo más que regalarle una sonrisa y decirle que si.

Luego continúa haciendo el almuerzo en silencio, hasta que sé que no puede resistirse más y me pregunta – ¿Quieres contarme lo que pasó?

Y se lo cuento. Desde un principio, desde que lo conozco, mi incidente en la construcción hasta mi reciente encuentro con él. No me interrumpe por nada del mundo y aunque quiero imaginarme que es por respeto, sé que lo hace porque teme que colapse de nuevo. Al final solo me hace preguntas sencillas, como para tantear mi estabilidad emocional.

– ¿Ya no has vuelto a hablarle?

– No – respondo.

– ¿Porque? – me pregunta, como si en realidad esa pregunta fuera pregunta.

– ¿Cómo que porqué? ¡Esta enamorado de mí! Yo no siento nada por él.

– Disculpa – dice mientras pone el almuerzo frente a mí y no es hasta que veo la comida que recuerdo cuanta hambre tengo, así que no espero a que el se siente y yo comienzo a comer – Me perdí la parte en que él se te declara.

– ¿De qué hablas? Nunca lo hizo. ¿No me estas prestando atención?

– Claro que si – dice y comienza a comer con una desesperación proporcional a la mía – Sólo que me pareció raro que tu asumas con tanta certeza que él está enamorado de ti, tomando en cuenta que nunca se te declaró.

– Pero...las cosas que él hacía. Sus cuidados hacia mí, siempre estaba dispuesto a quedarse conmigo, sus bromas, ese... – digo pero dudo al final. ¿A qué se refiere Haymitch? Estoy segura de qué él sentía algo por mí.

– ¿Ese qué?

– Nada.

– ¿Queee? – me insiste.

– Una vez...una vez me dio un beso.

Él me mira tratando de guardar la calma pero lo conozco, está encantado.

– ¿Qué clase de beso? – pregunta con una mirada repleta de picardía y me arrepiento de habérselo dicho.

– ¡Fue en la mejilla, Haymitch! – pero para que no comience con tonterías le platico los detalles.

–Estos muchachos de ahora, tan aburridos. Bueno, entonces según tú porque te dio un beso ¿está enamorado de tí?

– ¡No es sólo el beso! Pero a ver, explícame ¿por qué se fue de aquí llorando cuando Peeta ya iba a llegar?

– Quizá porque no tiene su propia mansión y tú sí.

– ¡Enserio, Haymitch!

Pero él no para de bromear y reír, así que me canso y le digo ya fastidiada – Olvídalo, tú no puedes tratar de comprender.

Me pongo de pie y me sujeto firme a mi muleta, no es una salida digna pero al menos puedo tratar de salvarla.

– Ahí está el problema – añade.

Me vuelvo, esperando a ver que va a decir.

– Según tú no quieres que te impongan los novios pero este muchacho, Jason, ni siquiera te pudo ofrecer un poco de amistad (que tú tanto querías) porque a la primera que te dicen un rumor tú saltas y dejas que se lo coman los perros. ¿No te basta con que Peeta te quiera? ¿En verdad tienes que tener a alguien a quien rechazar, aunque te lo tengas que inventar?

Me duele. Me duele el hecho de que me las diga él y me duele que quizá este en lo cierto.

– No seas tan vanidosa, por favor.

Luego se levanta y se va, llevándose consigo mi salida dramática y la poca dignidad que me queda.

Me quedo ahí parada por no sé qué tanto tiempo y me pongo a pensar en qué tal vez tenga razón, que un poco de racionalidad no cae mal.

Al final no sé ni que pensar ni qué creer, termino más confundida que en un principio pero me sienta bien el hecho de que Haymitch me ha traído a la realidad una vez más.

¡Espero que les haya gustado! Bueno, hasta el viernes y por favor dejen sus comentarios diciéndome que les pareció.
Muchas gracias por leerme, saludos!