Capítulo 18 "Un grito de guerra"

Por la mañana cuando despierto, el sol aún no ha salido, de todos modos me levanto y tomo mi arco que se siente más liviano de lo normal, no sé por qué. Me dirijo a la Pradera, acompañada solo por mi arco y los nacientes rayos solares. Miro al suelo y me doy cuenta de dos cosas: el pasto ha dejado de crecer, está seco y amarillento con grandes pedazos de tierra y roca a la vista. La segunda cosa de la que me doy cuenta es que no son rocas, son los cráneos de mi gente, de quienes yo maté.
Luego rápido y atronador, como el rugido de un león o un trueno, un grito de guerra surca el aire y penetra mis oídos. Me vuelvo, no es alguien gritando mi nombre, es algo.
Un lobo enorme de ojos verdes que se dirige a mí, entonces algo me dice que no es un lobo, es un muto. Comienzo a correr con el corazón en la mano, no voy a ningún lugar en especial porque no sé a dónde. Esto es demasiado irreal para estar pasando, pero está pasando. Lo sé porque mi corazón va desenfrenado, porque siento cómo el sudor se mete en mis ojos y cómo mis piernas se doblan del cansancio. Entonces recuerdo que llevo mi arco colgado al hombro. Lo tomo rápidamente, alzo el brazo por sobre mi cabeza buscando mis flechas pero solo hay una. El pánico vuelve a mí y comienzo a correr de nuevo, sin embargo, he perdido demasiado tiempo y el muto me alcanza.
Comparo el dolor que sentí cuando el tobillo salió de mi pierna pero no es para nada semejante ahora que me la arrancan de una vez por todas.
Sí pudiera gritar o pedir ayuda, pero me limito a arrastrarme fuera de su alcance, recubriendo los huesos de mis seres queridos con mi sangre borboteante, que mana deprisa y flaquea mi voluntad de huir. Pero esta vez es un grito diferente, el grito de guerra que refulge entre los que están a punto de caer. Entonces me impulso para empezar a arrastrarme, gatear, me levanto y doy saltos desesperados, intentando correr. Tropiezo y caigo infinidad de veces pero la guerra me llama y me obliga a seguir. Cuando comienzo a agarrar ritmo, algo me para y me hace caer de espalda.
Se yergue ante mí un muro invisible pero puedo tocarlo, aquel que me separaba de Peeta en los segundos juegos vuelve a apartarlo de mí. Al otro lado, en el fondo del barranco, están ellos peleando de nuevo, matándose con sus propias manos y no pueden notar que a la otra orilla los observan. No solo los observa, va bajando rápida y directamente.
Hago de todo. Golpeo la pared, grito, ruego, pero ni siquiera me han visto. No hay manera de avisarles que un muto se dirige hacia ellos.
Y el mío está terminándose mi pierna, no falta mucho para que venga a buscar el par; así que comienzo a arrastrarme por sobre los cadáveres, buscando el punto en donde la pared se termine. Y lo encuentro.
Comienzo a gritar con todas mis fuerzas pero la rabia los consume. No paran cuando les ordeno que paren. No voltean cuando les advierto que volteen. No me escuchan cuando les ruego que me escuchen.
Y es Jason quien sostiene en la suya, la piedra que amenaza con acabar con él, de una vez por todas. Peeta no se mueve, pero Jason intenta asegurarse de ello. Cuando vuelvo a gritarle que pare, este grito se ve interrumpido por otro, uno chillón y doloroso. El muto ha comenzado a tirar de mí, tratando de arrancarme la otra pierna. Intento patearlo pero todo es inútil, ya he dejado de sentirla. Dirijo mi vista hacia el fondo del barranco y no quiero imaginar a quién atacará primero el muto de pelo rojizo, que se levanta sobre sus dos patas y suelta un rugido gutural. Pero a Jason parece no importarle y sigue sosteniendo la piedra que acabará con quién se suponía, yo estaría por siempre.
El muto comienza a jalarme, devorando todo a su paso pero no pienso dejar que todo acabe así.
Con el último soplo de valor que una moribunda puede tener, tomo mi arco y la flecha que selló mi final. Lo sostengo bien pero no sé a dónde disparar.
Podría dispararle a mi muto, podría salvarme.
Podría dispararle al muto que se agazapa para atacarlos, podría salvarlos. No. Podría salvar a Jason, porque él está dispuesto a acabar con Peeta.
O podría dispararle a Jason. Sin embargo, el muto acabaría de todos modos con Peeta.
Me doy cuenta de que, haga lo que haga, no puedo salvar lo único que me importa.
Así que hago lo necesario, aunque egoísta, y tenso bien el arco apuntando a lo que será el verdadero final. Apunto lo mejor que puedo, suelto un suspiro y la flecha, sin esfuerzo y rápida como el muto que agarra a Jason por el cuello, atraviesa limpiamente el cráneo de Peeta.
Grito, con dolor y horror.
Y siento que mi garganta se desgarra pero no puedo controlarme. Rebusco en mi cama, por Peeta y mis piernas faltantes. Pero él no está, Peeta no está. Comienzo a gritar de nuevo, desesperada de que las lágrimas formen una cortina frente a mis ojos y cieguen la poca razón que aún conservo.
Grito su nombre, grito pidiendo ayuda, que me ayuden a encontrarlo. Aúllo su nombre como los mutos que nos devoraron, pero luego recuerdo su cabeza siendo perforada por mi flecha. Los mutos no devoran a los muertos. Otra oleada de desesperación me invade y comienzo a gritar su nombre. "¡Peeta! ¡Peeta!" Y no podría ser un grito de guerra, porque está repleto de miedo y suplica y solo demuestra lo mucho que necesito que esté vivo.
La luz amarillenta del baño se derrama por el piso y antes de que pueda tomar aire para gritar de nuevo, corre hacia mí y me sujeta la cabeza, apoyándola en su hombro.

"Está bien, está bien" me susurra pero yo sé que no lo está.

Lo abrazo con todas mis fuerzas, recorro cada centímetro de él, buscando la flecha que no existe. Me sostiene cuando mi cuerpo exige un descanso y me convierto en una muñeca de trapo. Quiero contarle el sueño y los rumores que me asechan pero mi voz no es más que un chillido ronco e inentendible. Él me pide que me calme, que respire y me promete que se quedará por siempre. Me jura que está bien cuando balbuceo sobre mutos y rocas. No sé en qué momento, pero consigue que duerma y cuando despierto, ya no está.

– La gente parece querer trabajar, si no ¿por qué querrían regresar?

– Porque es su hogar. ¿A dónde más podrían ir? – le pregunto.

– A cualquier lado, diría yo.

– Creo que suena más fácil de lo que realmente es.

– Como sea. Cada vez el mercado se ve más concurrido y los trenes llegan con mayor cargamento.

– Suena a progreso.

– ¿Tú qué sabes de progreso?

Quizá tenga razón. Pero así es como las historias en los libros me lo han pintado, entonces, supongo que sé reconocer el progreso cuando se pone frente a mis narices. Y es verdad, después de la primera horda que llegó aquí al Distrito cuando yo llegué, vino una segunda y después solo eran familias viniendo una por una, pero a lo largo del año y medio (casi dos) que ha pasado, ha llegado a convertirse en un Distrito bastante poblado; a comparación de sus inicios post-rebelión, claro. Al pasear por lo que solía ser la Veta, he podido notar que las casas ahora son bastante grandes y han dejado de parecer chozas inclinadas. Están bien plantadas al suelo, irguiéndose como un estandarte, diciendo "Mírame, nada podrá derrumbarme". Pienso que representa muy bien el sentimiento del nuevo Panem.
Han surgido nuevos negocios en la zona comercial y han resurgido algunos de los que ya estaban antes. Muchas boticas, almacenes de ropa de bastante calidad y algunos de no tanta pero cualquiera puede adquirir un conjunto a un trato razonable. Zapaterías austeras con indicios de un futuro prometedor en el mundo de la moda. Tiendas de herramientas para agricultura y herramientas en general. Carpinterías que con solo llevarles un buen trozo de madera pueden elaborar una mesa bastante decente. Muchas tiendas que parecen prosperar, aunque claro, el Quemador sigue siendo una parte importante del Distrito 12.
La gente se arremolina de aquí y allá en el Distrito, bastante apurada, yendo y viniendo de las construcciones, de las plantaciones y con la cabeza mirando hacia el cielo. Cada día llega todavía más gente y parecen saber desde que arriban que al dirigirse para acá sería para arar su propio futuro. Aunque presiento que el 12 no es el único que pasa por este proceso. Es bastante revitalizador mirarlos ir de aquí para allá.

– De todos modos, es bueno que la gente quiera hacer algo por sí misma – agrega.

Sonrío por lo irónico que suena eso. El hombre que deja que un puñado de muchachitos arregle su casa habla de autosuficiencia. Aunque mi sonrisa desaparece cuando me recuerdo que él acaba de hacerme de almorzar.
Cuando terminamos de comer y la conversación acerca del tema se acaba, le digo que quiero ir a ver su casa terminada y ambos nos dirigimos hacia ella.
Cuando entramos es como si estuviéramos entrando a otro universo. Nunca creí que la mansión de Haymitch pudiera lucir de esta manera. Incluso luce mejor que la mía y siento una chispa de envidia. Los pisos resplandecen como si no hubieran sido nunca profanados a pesar de la edad y las historias que pudieran contar. De los muebles ha desaparecido esa característica capa de polvo y vómito. No quiero ni imaginar la cantidad de trabajo que los muchachos de la panadería se llevaron. Espero que Peeta los recompense bastante bien. Sin darme cuenta, me he estado deslizando a las demás habitaciones de la casa. Ahora estoy en la cocina y a pesar de que no soy una amante de esta actividad, no puedo reprimir un sentimiento más allá de la alegría que me invade cuando veo que ha dejado de ser repulsiva y ahora me invita a cocinar toda clase de manjares. Los platos y los cubiertos, al igual que las cacerolas y los sartenes se alzan orgullosos de sí mismos. Es como si en toda la casa existiera una nueva sensación. Me giro para ver a Haymitch, que está detrás de mí, igualmente asombrado solo que él no se molesta en demostrarlo.

– Les debes varios de miles de favores a esos muchachos – le digo bastante divertida.

– Técnicamente, el muchacho les debe los favores, yo no pedí nada de esto.

– No podrías ser más desagradecido ¿no es así? – respondo indignada. Porque no puede ser que sea lo único que tenga que decir después de que esos muchachos, sin nada a cambio, convirtieron su casa de una zona de guerra a un verdadero paraíso.

– No te confundas, preciosa. Estoy mucho más que agradecido, estoy encantado. Podría besarlos a todos – dice sonriendo – No, no pongas esa cara, es un decir. Pero estarás de acuerdo conmigo en que yo no fui la mente maestra de todo esto.

En cierta manera tiene razón así que me limito a sonreír y a dejarlo estar. Nos mudamos al sofá que en lugar de hacerme sentir con la necesidad de pararme, me resulta reconfortante y hasta me atrevo a recostarme mientras que Haymitch hace lo mismo en el individual. Nos miramos por un momento y entiendo que esta sensación incompleta no era cosa mía solamente. Entiendo que Haymitch espera que hable y que me desahogue y la verdad es que necesito hacerlo.

Lo miro, asimilando las cosas hasta que por fin él me pregunta – ¿Tuviste una pesadilla, no es así?

No sirve de nada ocultárselo, al contrario. Con el paso del tiempo hemos descubierto que hablar de las pesadillas puede resultar terapéutico. Ayuda a visualizarlas de un modo objetivo y ser expuestas desde un punto de vista racional nos obliga a comprender que son imposibles o por lo menos, improbables; había dicho una vez el Dr. Aurelius. Así que se la cuento. Supongo que de cierta manera la casa tiene un efecto sobre mí, porque en ningún momento ha dejado de faltarme el aire ni me he tirado a llorar. Estoy tranquila y Haymitch parece agradecerlo.

– Suena fea – me dice cuando termino. No es condescendiente ni nada de eso, simplemente es sincero, intenta sonar solidario.

– Lo fue.

– ¿Crees que signifique algo? – me pregunta.

Me limito a levantar los hombros, porque en verdad no sé cómo contestar a algo así.

– Bueno, tiene que significar algo – insiste.

Suelto un suspiro y respondo – La pelea entre Peeta y Jason realmente me tomó por sorpresa.

Lo miro y lo encuentro analizándome. – Supongo que fue solamente la impresión – agrego.

– Creo que fue el hecho de que no pudiste hacer nada para evitarlo, al igual que en el sueño – me dice él. Yo asiento con la cabeza. – Además de que estas asustada por lo que te dije acerca de Plutarch.

– ¿Tú no?

– Intento no pensar en eso. No tiene sentido atormentarme por algo que ni siquiera es seguro todavía. Esperaré a que sea un hecho y ahí comenzaré a tener miedo. Es buena técnica, intenta usarla.

– Lo haré – le respondo, tratando de programar a mi cerebro.

– Cambiando de tema. ¿Cómo va todo ese asunto del triángulo amoroso? ¿Ya pensaste en cómo resolverlo? – me pregunta, tratando de despistar su genuino interés.

La verdad no había pensado que fuera algo que tuviera que resolver. Me doy cuenta de que dejarlo todo como está no es una salida ni mucho menos una solución.

– ¿Tú cómo lo resolverías?

Haymitch me mira divertido, como si supiera que mi cabeza se desconecta cada vez que se tocan estos temas. Se acomoda en el silloncito y centra su atención en mí.

– Primero que nada, tienes que ir a hablar con ese muchacho.

– ¿Con Jason? ¿Sobre qué?

– ¡¿Cómo que sobre qué?! – dice levantando los brazos – ¡Al pobre muchacho le rompieron la cara! Por lo menos una disculpa, jovencita. ¿No podrías ser más desagradecida? – Pregunta imitando mi tono de voz – Él te cuido, después de todo. ¿O acaso no era tu amigo?

En el fondo yo sé que la verdadera solución es ir a hablar con Jason, pedirle disculpas porque a pesar de lo que pasó, Haymitch tiene razón. Él me cuido y se lo debo. Sin embargo, una parte de mi mente se aferraba a creer que quizá con él tiempo las cosas se arreglarían y yo podría evitar semejante confrontamiento, sin embargo, hasta esa parte sabe que no sería lo correcto.

– Ve a hablar con ese muchacho – me dice, conciliador.

– ¿Y qué tal si confunde las cosas?

Haymitch rueda los ojos y me responde – Mejor. Así puedes explicárselas como son.

Demonios. Sé que tiene razón. Aspiro el aire dentro de la casa, como si éste tuviera propiedades mágicas y al inhalarlo, me pudiera convertir en alguien más valiente. Tomo mi muleta y ya sin mucho esfuerzo logro levantarme. Me alegro para mis adentros recordando el incidente con la doctora pero más que nada, por el hecho de que el dolor ha dejado de seguirme. Me despido de Haymitch y él parece hasta orgulloso por el hecho de que vaya a seguir su consejo, me desea suerte y me pide que cuando termine venga a contarle como me fue y si es que todo resulta un desastre, no haga ninguna parada antes de venir aquí. Pero antes que eso, necesito arreglar otro problema. Otro rumor. Me dirijo a la panadería buscando con la vista a Jason, para poder evitarlo. Un rumor a la vez, por favor. Al llegar me paro en la entrada, lo suficiente para no llamar la atención pero si para encontrar el valor y las palabras para lo que voy a hacer.
Cuando entro todos me miran como si en un segundo hubiera pasado de ser la señorita Everdeen a la mentalmente desorientada vencedora Katniss Everdeen. No me sorprende, a decir verdad, sin embargo no deja de ser incómodo. Busco con la mirada a Peeta y no lo encuentro, así que me acerco a un muchacho y pregunto:

– ¿Podrías decirme donde está Jimmy?

El muchacho sorprendido me dice que lo espere, que enseguida irá a llamarlo. Desaparece por la puerta detrás del mostrador y unos segundos después aparece Jimmy, con su cuerpo imponente y un rostro crispado por la sorpresa.

– Señorita Everdeen ¿cómo está? ¿Cómo sigue su pierna? – me pregunta, con su imperturbable amabilidad.

– Muy bien, muchas gracias.

– Temo decirle que el sr. Mellark no se encuentra, está haciendo una ronda por el distrito, si quiere…

– No, no vengo a ver a Peeta – le aclaro – Quiero hablar contigo.

Sin duda lo tomo por sorpresa pero no permite que su cara se descomponga por completo y me responde – Esta bien. ¿De qué le gustaría hablar?

Le hago comprender que no es algo que se diga en medio de la panadería así que él me pide que lo siga. Nos dirigimos a la parte trasera de la tienda, junto al bosque. Antes de comenzar a hablar me aseguro de que nadie más está escuchando.

– Con respecto a lo que paso ayer… – inicio y me doy cuenta de que realmente no sé cómo plantearlo de algún modo sutil.

– Oh señorita Everdeen, si se refiere a la pelea entre el señor Mellark y su…amigo…créame que eso ha quedado en el pasado. Ya hable yo con los chicos y ellos prometieron no mencionarlo nunca más.

Me impresiona la urgencia con la que salen las palabras de su boca. Como si quisiera excusarse de algo. Como si de algún modo, las cosas que sucedieron hubieran sido su culpa y ahora busca la manera de enmendarlo, diciéndome que nunca más volverá a pasar. En parte me tranquiliza pero no es lo que yo quería decir. Me decido que no abordaré el tema poco a poco, porque de ser así, nunca llegaré.

– Gracias – respondo – Cuando…antes de que pelearan, Peeta grito muchas cosas. Una de ellas fue que yo era su esposa. ¿Lo recuerdas?

Jimmy se limita a asentir.

– Él y yo todavía no estamos casados. En un futuro planeamos hacerlo, pero para nosotros es muy importante que las personas no se enteren. No nos gustaría que esta información saliera fuera del distrito. ¿Me entiendes?

Jimmy asiente de nuevo.

– Quisiera pedirte de favor, si pudieras pedírselo a los chicos de la panadería, que nada de lo que oyeron saliera de aquí. Por favor.

Se toma un momento para analizarlo. Analizando mis posibles razones para pedirle esto. Después de un momento parece entenderlo y veo en sus ojos una chispa de comprensión y mi corazón deja salir un suspiro.

– No se preocupe, señorita. Puede confiar en nosotros.

– Gracias, Jimmy – le respondo y le doy una sonrisa sincera.

Me despido y él me pregunta que si no quiero esperar a Peeta, yo le respondo que no. Le agradezco de nuevo y me marcho con un peso menos sobre mis hombros.
Tacho esto de mi lista mental de cosas por hacer y me dirijo a lo siguiente. Comienzo a caminar hacia la construcción.
Es verdad que comienza a levantarse bastante rápido. Un hospital. Es eso lo que construyen. Es verdad que ya tenemos uno, pero es bastante provisional y pequeño y a medida que la población va incrementándose, las necesidades médicas van en aumento. Además de que las personas quieren, y demandan, a decir verdad, cosas lujosas. Aparatos refinados que le indican a uno que es lo que está mal en el cuerpo. Quieren médicos, no sanadores. Es bastante justo, dado que en tiempos pasados los teníamos a duras penas. También construyen a poca distancia de aquí, una fábrica de medicinas; así al estar cerca del hospital, se puede proveer bien de farmacéuticos. Bastantes personas trabajan intensamente en ellas y es por eso que avanza a pasos agigantados.
Pareciera como si en cada dirección que girases la cabeza existiera un montículo de arena para construir. Construcciones de aquí por allá. Y no deja de parecerme alentador.
Me hubiera gustado ver a Peeta y hacer a un lado mi enojo y el pequeño miedo de que lo que soñé no fue un sueño, sin embargo, no lo hago. Intento no concentrarme en nada de lo que me aterra, como dijo Haymitch y parece que estoy teniendo resultado porque me siento tranquila debajo del nerviosismo.
Cuando veo a Jason, mi corazón comienza a acelerarse involuntariamente, pero me obligo a continuar avanzando. Sin embargo, cuando hace contacto con mis ojos, es cuando quiero echarme para atrás. Me rehúye la mirada y no importa que este a muy pocos metros de él, se esmera en fingir que no estoy ahí. Lo llamo por su nombre pero sigue ignorándome. Pronto los demás jóvenes en la construcción comienzan a mirarnos curiosamente. No llego a gritarle, porque cuando estoy a punto de hacerlo, un hombre ya mayor que esta junto a él le dice – La señorita está llamándolo, joven, no sea mal educado y contéstele.
Por un momento creo que Jason golpeará al hombre, pero no, baja la guardia y voltea a mirarme, pidiendo una explicación. Le hago entender que así no funcionan las cosas; que debe acercarse. Camina hacia mí y yo avanzo, alejándome de las miradas curiosas y los oídos agudos. Cuando ya estamos lo bastante alejados de las demás personas, me volteo para encararlo y solucionar este asunto de una vez por todas. Él me mira, sabiendo que yo debo ser la primera en hablar pero no lo hago, él se desespera y me pregunta qué es lo que quiero. Me obligo a conservar la calma, porque no estoy aquí para causar más problemas.

– Quiero pedirte una disculpa, de parte mía y de Peeta. No estuvo bien la forma en que te tratamos, discúlpanos – Quizá no sea conmovedora, pero estoy siendo sincera.

– Joder, Katniss. Podrías hacerlo mejor.

– No estoy en un concurso. Esas son mis disculpas, tómalas o déjalas.

Me mira, enfadado, con los ojos envueltos en llamas pero de todos modos, suelta una carcajada. No es divertida, expresa todo lo contrario.

– ¡Vaya! Siempre me había preguntado qué tan mierda podías llegar a ser. Veo que me lo has demostrado, Katniss Everdeen.

– Piensa lo que quieras, yo vine a hacer las paces – le respondo con la poca paciencia que me queda.

– Entonces lárgate, porque no acepto esa basura como disculpa.

Eso era todo lo que quería escuchar. No pienso seguir discutiendo. Yo vine a ofrecer mis disculpas y la verdad no es asunto mío si él las acepta o no.
No entiendo de donde viene todo ese resentimiento contra mí. De donde sea que venga o a donde quiera que vaya, no voy a seguir peleando, no tiene sentido. Nunca vamos a llegar a un arreglo, no mientras conserve una actitud tan exhaustiva.
Me doy la vuelta y comienzo a caminar, alejándome de él, alejándome de ese problema.

– ¿De verdad? ¿Así vas a dejar las cosas? ¡Wow! Eres toda una hipócrita – le escucho gritarme.

Me giro en seco. Lo miro buscando una respuesta, o mejor dicho, una salida. Porque no sé qué dirección tomar. ¿Qué es lo que quiere que diga?

– ¡He venido a disculparme y tú solo te has limitado a darme insultos! ¡Tan solo estas molesto porque no te defendí de Peeta!

– ¿En serio? ¿Así es como funciona tu pequeña mentecita? ¿Crees que lo único que me importa en este mundo es tu estúpido novio? ¡Vaya, Katniss! ¡Cuando yo te conocí no eras tan hueca!

– ¿Entonces qué es lo que te molesta? – Sin darme cuenta he comenzado a levantar la voz de vuelta y no me interesa parar – ¡No puedo adivinar qué de todo lo que está mal contigo te está afectando!

– Sucede, queridísima amiga, que al parecer yo soy el que hago todo mal. Después de que pasamos todos estos días juntos, cuando llega tu noviecito pareces ser otra maldita niña hueca y comienzas a comportarte como si yo fuera una maldita molestia. Pero te recuerdo, ¿Quién fue el que te estuvo cuidando todo este tiempo cuando tenías el maldito hueso de fuera? Y ahora, que ya estás bien ¿Quién es el que parece tener la maldita peste? Pues, lamentablemente, termino siendo yo.

– ¡Nadie te pidió que te enamoraras de mí! – le grito. No conozco la intención con la que le suelto esas palabras, pero supongo que su único propósito es herir. Las saboreo amargas, ardiendo en mi garganta, como si lo que acabara de arrojar fuera bilis y no palabras.

Reconozco toda clase de emociones en el rostro de Jason, pero no de la clase que yo imaginaba. Agarra aire y busca las palabras para contrarrestar y puedo ver que su ira pasa y se convierte en confusión y después escepticismo. Después todo ese manojo de sentimientos y muecas se aclaran y comprendo que él por fin alcanza a entender.

– ¿De eso se trata todo esto, no es así? – me dice y me mira por un momento, después riendo irónicamente, sujeta su rostro entre sus manos y gira lentamente hasta quedar de nuevo encarándome – ¿De verdad crees…? ¡No! ¿En serio que no puedes…? – sus palabras se atropellan y lucha por aclarar su mente – Ahora comprendo de qué va todo esto. Ya entiendo el porqué de tus rechazos y de toda esa actitud de mierda. Me tienes lástima porque crees que estoy enamorado de ti.

Ni siquiera sé que responder y mejor le digo – Explícate.

– No, ¡explícate tú! ¿Cómo rayos se te metió en la cabeza que yo estaba enamorado de ti? ¡En verdad! Katniss, siento pena por ti. No puedes dejar de creer que el mundo entero gira a tu disposición y eso me da pena. Preciosa, eres una falsedad. Aléjate de mí ¿quieres? No quiero que pienses que te voy a pedir matrimonio.

Y después comienza a alejarse de mí, de vuelta hacia la construcción y yo no encuentro la manera de hacer que vuelva. A decir verdad, ni siquiera lo intento.

Me encamino de nuevo a la Aldea. No pienso ir a contarle nada a Haymitch como me hizo prometer riendo, aunque en el fondo sé que me lo decía en serio. Me dirijo hacia mi casa. A pesar de que no pasan de las 3 de la tarde, yo me siento con un cansancio excesivo, tanto físico como emocional. Solo quiero llegar, recostarme en el sillón y esperar para poder cenar un buen cuenco de puchero.
Cuando me encuentro en la sala de mi casa, silenciosa y aburrida, la idea de poder dormir ha pasado a otro mundo y desearía poder poseer por completo el dominio de mis piernas para que así, mi entretenimiento no dependiera de nadie más. Me pongo a pensar en lo mucho que me gustaría acompañar a Peeta en una de sus rondas por el Distrito. Lo he hecho en ocasiones pero resulta bastante cansado y hacerlo en estos momentos no parece ni siquiera probable. Esas tardes de rondar por el Distrito las llamamos "rondas pasteleras" o "magdarondas" porque también obsequia magdalenas. Visita cada casa empezando desde el extremo más alejado de la pastelería y avanza de manera que puede cubrir casi todo el distrito en dos días y medio, claro con la ayuda de uno o dos chicos. Se prepara horneando bandejas y bandejas de pan, de distintos tipos y se los obsequia a cada familia en el distrito. Muchas intentan ofrecerle comida u objetos a cambio, pero él nunca los acepta. Supongo que es terapéutico para él, al igual que para mí lo es cazar. Comenzó a hacerlo ya hace un tiempo, por septiembre u octubre del año pasado, cuando la población inició a crecer notoriamente. Muchas de las familias que llegaban al distrito venían con las manos vacías con la esperanza de que en el 12 encontraran un refugio, sin embargo, no fue así. A pesar de que los demás pobladores los acogieron, la situación no dejaba de ser difícil. Fue ahí cuando Peeta se dio la tarea de ayudarlos aunque fuera con alguna hogaza de pan.
Entre una lista interminable de cosas que detesto hacer, estar sentada en mi sala sin hacer nada, encabeza la lista. Intento mantenerme sin pensar en las cosas negativas, como me dijo Haymitch, sin embargo, la imagen de Jason alejándose de mí da vueltas incrustándose como un tornillo en mi cabeza y no hace más que provocarme dolor. Me esfuerzo en buscar las palabras que pude haber dicho para evitar que se alejara y no las encuentro. Solo puedo caer en la cuenta de que me equivoqué exponencialmente y que si le hubiera hecho caso a la pequeña parte racional de mi cerebro que me decía que no sucumbiera al caos, el curso de las cosas hubiera sido totalmente diferente. Quizá pierda la amistad de Jason para siempre y cada vez que ese pensamiento da una vuelta en mi cabeza, no puedo más que entristecerme. Aunque probablemente lo merezca, mi comportamiento no ha sido el de una joven dulce y comprensiva; al contrario, me he esforzado incansablemente en alejarlo de mí y parece que lo he logrado. Lo entiendo y por eso no estoy molesta con él. Es decir, hasta yo misma mandaría a volar a alguien con mi actitud y más cuando unos días atrás juraba solemnemente que sería mi amiga a pesar de todo. Sacudo la cabeza, tratando de sacudirme el problema. El quedarme aquí sentada en medio del silencio sin ocuparme en algo más no va a dar resultado. Me levanto del sofá y me dirijo al lugar donde guardo la correspondencia, si es que así se le puede llamar a un montón de cartas viejas y revistas descoloridas provenientes del Capitolio. Rebusco entre los papeles llenos de polvo y una nota arrugada y ennegrecida por el tiempo salta a la vista; tiene en ella escrito un número de teléfono, la tomo y me siento en el sofá, justo al lado del teléfono. Marco el número en los botoncitos redondos y me llevo el teléfono al oído, escuchando el tono que me indica que está entrando la llamada. En realidad no espero que esta llamada sea respondida, puesto que es mitad de semana y es temprano, sin embargo, justo cuando estoy a punto de colgar, me responden.

– ¿Hola? – escucho decir a esa voz familiar.

– ¿Mamá?

¡Espero que les haya gustado el capítulo!
Esta vez he llegado para quedarme:P No se los voy a seguir diciendo, lo voy a demostrar.
No olviden dejarme un comentario diciéndome que les pareció;)