Pasaron varias horas recorriendo el frío páramo en busca del pelirrojo. Gritaron su nombre varias veces, intentando en vano encontrar una respuesta por parte del chico, algo que les dijera dónde estaba, algo que les dijera que él seguía vivo.

Para cuando la noche comenzaba a caer, aún no tenían señales del novio de Hermione y Percy se dio cuenta que no podían seguir los tres juntos o podrían morir congelados si las temperaturas seguían descendiendo. Se detuvo en seco y miró el vaho escaparse de sus labios.

–Quedaos aquí, yo iré a buscar a tu novio –Hermione le miró con el agradecimiento reflejado en su rostro.

–Voy contigo.

–No, de eso nada –Percy negó con la cabeza–tú tienes que quedarte aquí, con Annabeth.

Hermione se giró hacia Annabeth, sintiéndose tremendamente culpable. Tanto Percy como Annabeth se habían portado genial con ella y ella se había olvidado por completo de la chica. Sin embargo, Annabeth le dedicó una sonrisa y, sin dejar de sonreír, miró a su novio.

–Tranquilo, sesos de alga –Hermione sonrió ante ese curioso mote por el que la rubia se había dirigido a su novio–. Sé cuidarme sola.

–Lo sé, pero eso no quita que es peligroso –Annabeth enarcó una ceja mientras que Hermione, al verlos, no podía hacer otra cosa que acordarse de ella y Ron.

–Hermione no estará tranquila si se queda aquí y, seguramente, su novio se fiará más de ti si vas con ella. Yo me quedaré aquí, encenderé una fogata para que podáis encontrarme y, quién sabe, tal vez él vea la luz y venga aquí.

Annabeth tenía razón, como siempre. Percy sabía que su novia podía cuidarse perfectamente sola, después de todo lo que habían pasado juntos como para no saberlo, aunque eso no hacía que evitase temer por su seguridad. Finalmente accedió, asintiendo con la cabeza, dejando escapar un suspiro.

–No te muevas de aquí, estate alerta y ten mucho cuidado. Volveremos lo antes posible –Annabeth sonrió, besándole con brevedad en los labios.

–Estaré bien –acto seguido abrazó a Hermione quien no dudó en corresponder el abrazo.

Hermione y Percy comenzaron a caminar, dejando atrás a Annabeth quien los miraba alejarse con los últimos rayos de sol aún brillando en el horizonte. A unos metros de distancia, Percy escuchó la voz de su novia.

–¡Eh! ¡Sesos de alga! –Percy se giró con una sonrisa y Hermione, aunque no la hubiesen llamado, le imitó–. ¡Ten cuidado!

Él dejó escapar una risa, saludando a su novia con la mano, viendo como ella comenzaba a buscar leña para la hoguera. Percy y Hermione comenzaron a andar, escuchando los sonidos a su alrededor, tratando de escuchar cualquier ruido fuera de lo normal, pero el silencio era imperante y comenzó a ser roto por las voces de los chicos gritando el nombre de Ron, intentando traerle de vuelta a ellos.

Annabeth, por su parte, había conseguido encender una hoguera pequeña para alumbrarles el camino de vuelta y vigilaba que no se apagase mientras buscaba algunas ramas más grandes a su alrededor para alimentar el fuego. Una vez las hubo encontrado y tenía una montaña de ramas de varios tamaños apiladas a su lado, se sentó frente al fuego, calentándose las manos que cada vez estaban más heladas, preguntándose cómo estaría Percy y si habrían conseguido encontrar a Ron. Si a ellos, semidioses preparados, les costaba sobrevivir en lugares tan inhóspitos como ese, no quería imaginarse como lo estaría pasando el chico. La danza de las llamas le hizo recordar a Hestia y quiso saber cómo estaba y se prometió a sí misma que al llegar de nuevo a casa, procuraría encontrarse con ella. Miró al cielo, totalmente negro salpicado por estrellas y una luna llena brillante. Esperó que todos estuviesen bien, que a Percy se le hubiese ocurrido alguna idea de moverse en la oscuridad o que la luz de la luna les ayudase a guiarse. De haber estado en casa podría haberle pedido ayuda a Artemisa, pero ahora… estaban solos, les gustase o no.

El hilo de sus pensamientos se vio cortado cuando escuchó el chasquido de una rama. Velozmente se puso en pie y sacó su daga de la funda, dando vueltas tratando de tener todos sus flancos cubiertos. Una sombra le sorprendió apareciendo por su derecha y ella, sin dudarlo, se lanzó encima, derribándole y cayendo ambos sobre el suelo. Puso el filo de su daga contra lo que parecía ser el cuello de aquella sombra antes de que la débil luz del bronce le permitiese ver a un chico. Este tenía los ojos cerrados, apretados fuertemente, probablemente a causa del golpe, pero, sin duda, era pelirrojo.

–¿Ron? –preguntó ella sin preocuparse si quiera en lo que pensaría el muchacho al encontrarse una chica en mitad de la nieve que sabe su nombre y que ha estado a punto de cortarle el cuello. Él abrió los ojos y, al encontrarse con dos ojos azules, Annabeth supo que, en efecto, era él.

–T…tú no eres Hermione –alcanzó a tartamudear él. Ella sonrió.

–Muy observador por tu parte –se puso en pie de un salto y le tendió su mano a Ron quien la tomó algo receloso. Se sacudió la nieve y arena de su ropa.

–¿Conoces a Hermione? ¿Dónde está? Espero que no la hayas hecho nada porque si no…

–Calla –le interrumpió ella–. Está bien, está buscándote.

–¿Sí? Oh, Merlín… Sigue ahí fuera. Vale, me voy a buscarla, gracias, adiós –se giró dándole la espalda a Annabeth y ella se preguntó cómo haría Hermione para aguantarle en momentos como este en los que él parecía nervioso. ¿Había hablado de Merlín?–. Herm…

–Para, va a volver –cortó ella nuevamente, sujetándole por la manga de la chaqueta–– . Hemos quedado en volver a encontrarnos aquí.

Él frunció el ceño, desconfiado, tan solo por un segundo. Pero la chica parecía sincera y la idea de descansar junto al fuego le parecía demasiado agradable para rechazarla. Tal vez la chica rubia fuera solo un espejismo, una creación de su debilitada, o puede que helada, mente; pero eso no le impediría disfrutar del calor del fuego. Se sentó en el suelo, frente a la rubia, sin quitarle la vista de encima; no por miedo a un ataque, sino por miedo a que se desvaneciese y descubriese que solo era una fantasía.

Percy, mientras tanto, intentaba animar a Hermione, deprimida por una búsqueda infructuosa, deprimida por no saber dónde estaba Ron, y, sobre todo, porque ella sabía que era su culpa.

A Percy no se le daba bien, no la conocía lo suficiente como para tratar de hablar de otro tema que le llamase la atención, no podía decir que seguro lo encontrarían porque no sabía si podrían hacerlo y aunque la idea de abrazarla en un principio había parecido buena, solo pareció darle ganas de llorar. También tenía que vigilar que ambos llegasen bien, no dudaba de Hermione y sabía que, como Annabeth, probablemente sabía más de supervivencia que él, pero se sentía responsable de ella y en ocasiones los árboles tapaban los rayos de luna y, en esos casos, él la guiaba en la oscuridad.

Ambos sonrieron al ver en la lejanía un punto de luz que indicaba el lugar donde se habían despedido de Annabeth y caminaron con energías renovadas hacia allí, pero a cada paso que daban Hermione se sentía más culpable, Ron estaba perdido, con frío y sin varita.