Annabeth fue la primera en verlos llegar y así se lo hizo saber a Ron quien, por primera vez desde que discutió con Hermione, se permitió sonreír, a pesar de no poder evitar sentirse molesto por ver a su novia abrazada de un chico desconocido. Su molestia solo duró los pocos segundos que Hermione tardó en verle junto a la hoguera y correr hacia él tras haber pronunciado su nombre con un hilo de voz que solo Percy pudo escuchar.

El pelirrojo imitó sus movimientos y se fundieron en un abrazo.

–Lo siento –dijeron ambos al mismo tiempo, sin separarse ni un solo milímetro. Ron se inclinó hacia atrás, lo necesario para mirar a la chica.

–Estaba preocupado por ti.

–Yo también, si te llega a pasar algo yo… –las lágrimas acudieron a sus ojos, empañándolos, y su voz se quebró por el llanto ahogado. Ron la estrechó con fuerza y Hermione se refugió en su abrazo. El pelirrojo buscó los labios de la chica casi con desesperación.

Percy había llegado junto a Annabeth y observaban atentamente a la pareja frente a ellos. Percy recordó el tiempo que habían estado separados, cuando ella fue secuestrada por la quimera o él intercambiado por Jason. Buscó a ciegas la mano de Annabeth y entrelazó sus dedos con los de ella, antes de girarse y, siguiendo el ejemplo de Ron, besar a su novia.

Extrañamente Ron no había sido consciente del hambre que tenía hasta que Percy y Annabeth sacaron parte de sus provisiones para cenar. Los dos semidioses y Hermione habían comido durante el día, pero Ron desde que había desayunado no había vuelto a probar bocado y había sido tal su preocupación por Hermione que no se había dado cuenta de ello. Había sido una suerte que se encontrasen con Percy y Annabeth porque, al haber saltado de una avioneta, carecían de provisiones para sobrevivir; ni comida, ni bebida, mantas, linternas, … nada.

Cenaron las equitativas porciones de comida entre charlas y risas hasta el momento de decidir qué hacer a continuación. Percy y Annabeth intercambiaron una mirada que decía claramente lo que ambos estaban pensando; no podían dejar a Ron y Hermione solos, la búsqueda de la flauta de Pan debería esperar.

–Podríamos quedarnos aquí los cuatro hasta que os encuentren –sugirió Percy.

–Sí –apoyó Annabeth–, si el piloto de la avioneta ha dado aviso os estarán buscando y si permanecemos en el mismo lugar será más fácil que os encuentren y al menos no estaréis solos.

–Suena razonable –se mostró de acuerdo Hermione–. Además seguro que a vosotros también os estarán buscando.

Percy y Annabeth no respondieron y trataron de no mostrar su incomodidad con pocos resultados. Nadie iba a buscarlos y la única manera en la que alguien podría tratar de ponerse en contacto con ellos sería a través de un mensaje Iris, lo cual sería definitivamente raro, no solo porque Iris no actuaba en el terreno de los dioses antiguos, sino porque sería muy extraño ver a Percy y Annabeth hablar a saber qué o quién o, incluso, a la nada. A los jóvenes magos no les pasó desapercibida su reacción, resultándoles extraña.

–¿Pasa algo? –preguntó Hermione, mirándoles con curiosidad. Percy, sin saber bien qué decir, negó con la cabeza, bajando la vista al suelo. Por suerte, su chica sabia fue más explícita.

–Estamos lejos de nuestras casas y nadie sabe que estamos aquí. Mucho menos lo que nos ha pasado, pero dudo que nos busquen.

–¿Por ...? –comenzó la castaña, dispuesta a resolver todas sus dudas.

–Nos hemos fugado de casa –interrumpió Percy con rapidez, tratando de no levantar la mirada para no ganarse un reproche de Annabeth–. Digamos que… su madre no quiere que esté conmigo. A mi padre no le hace mucha gracia, pero lo acepta, su madre es más… ¿cuál es la palabra? Reti… rece… –sacudió la cabeza.

–¿Reticente? –sugirió Hermione. Percy asintió al mismo tiempo que Annabeth le dio la mano. A veces se le olvidaba que Percy podía pensar con bastante rapidez y de manera muy decente, al fin y al cabo, la rivalidad entre Poseidón y Atenea no era un gran secreto. Reprimió la sonrisa que amenazaba con dibujarse en su cara porque había sido ella quien le había enseñado eso.

–Dejamos una nota a nuestros padres y cogimos el primer tren que nos llevase lejos. Luego empezamos a caminar y… aquí hemos acabado, perdidos. Pero juntos –Percy alzó la vista con las últimas palabras de Annabeth para mirarla. Eso era lo verdaderamente importante. Estaban juntos

–Podéis venir con nosotros –sugirió Ron con una sonrisa. Ni percy ni Annabeth respondieron; ambos sabían que esa posibilidad no era posible, aún les quedaba mucho para encontrar la flauta de Pan.

–Deberíamos establecer turnos de guardias –Annabeth cambió de tema, pretendiendo ser práctica.

–¿Guardias? –preguntó Ron sorprendido, recordando su aventura con Harry y Hermione mientras buscaban los Horrocruxes.

–Claro –respondió Percy–, por si nos atacan–no fue consciente de sus palabras hasta que fue demasiado tarde y Annabeth apretó su mano hasta casi pulverizar sus dedos.

–¿Atacan? –volvió a preguntar Ron, incrédulo.

–Animales salvajes o… por si oímos a los equipos de búsqueda.

–Sí, tenéis razón –asintió la castaña.

Afortunadamente el sentido práctico de Hermione pudo más que su perspicacia y, tal como había esperado Annabeth, no fue consciente ni de la falta de respuesta por su parte ni del cambio de tema de la rubia, quien se puso en pie sin que Percy soltara su mano.

–El primer turno lo haré yo –ofreció Annabeth–. Al no ir en la búsqueda de Ron, creo que soy la que más descansada estoy. Si os parece bien, podemos hacer turnos en solitario de dos horas –los tres chicos asintieron–. Bien, pues ahora solo falta decidir quién me relevará.

–Lo haré yo –dijo Percy rápidamente. Annabeth asintió y los tres chicos se fueron a dormir.

Eventualmente Percy sustituyó a Annabeth y pasó sus dos horas manejando su espada, y alimentando el fuego en el que esperaba ver a Hestia en algún momento. Ron le sorprendió cuando atravesaba a un monstruo imaginario, partiéndolo en dos. Preocupado, pudo ver cómo el pelirrojo se frotaba los ojos y sacudía la cabeza antes de ponerse en pie y sentarse donde se suponía que él debería haber estado.

A Ron le tranquilizaba el crepitar del fuego y, en ocasiones, lanzaba pequeños pedazos de hielo a la hoguera para escucharla chisporrotear. Le recordaba las noches en la Sala Común, frente a la chimenea, tratando de copiar los deberes de Hermione o simplemente venciendo a Harry en el ajedrez mágico.

Hermione le besó en la mejilla para relevarle y deseó haber llevado un libro con ella. Era la última en hacer su guardia, por lo que aún estaba en pie cuando Annabeth, la primera en despertar, se levantó.

Las chicas empezaron a hablar, ambas pensaban que tenían muchas cosas en común y las resultaba estimulante tener a alguien con quien hablar y compartir sus intereses, puesto que ambas sabían mucho de todo y podían hablar de cualquier tema que, por lo general, ni a Percy, ni a Ron les interesaban.

Por supuesto que a Hermione le hubiera gustado hablar con alguien de la inteligencia de Annabeth sobre Hogwarts, sobre la historia de la magia (aunque ella pareciese más interesada en la mitología griega) o sobre la búsqueda de los Horrocruxes, pero no podía hacerlo. Debía mantener el estatuto secreto de los magos aunque supiera que la chica frente a ella disfrutaría en el castillo de Hogwarts como Ron en el festín de bienvenida por la magnífica arquitectura de la antigua edificación.

Annabeth, por su parte, quería explicarle todo lo que había leído en sus libros, hablarle sobre los semidioses más reconocidos y explicarle en detalle cómo eran los dioses, pero no podía. Hermione la tomaría por loca. Incluso aunque Hermione pudiese ver a través de la niebla eso no aseguraba que creyese en sus palabras, de modo que se contentaba con hablarle sobre su gran pasión, la arquitectura, y contarle cómo habían sido construidos algunos monumentos reconocidos, haciendo especial ahínco en el Partenón, el templo a su madre que tantas veces había estudiado.

Percy parpadeó un par de veces, despertándose de uno de aquellos sueños que no entendía del todo, uno que seguro hablaba de su futuro, pero no conseguía ver qué tenían en común Ron, Annabeth y un grupo de arañas bailando claqué. Sacudió la cabeza y se inclinó hacia delante, apoyando su cuerpo sobre los brazos, notando el frío entumecimiento de su cuerpo y escuchó la voz de Annabeth en sus oídos. Volvía a hablar del Partenón, sonrío.

–Para ya, chica sabia –bromeó desde su posición el chico.

–¿Ves lo que tengo que soportar a diario? –preguntó la rubia a Hermione–. A dormir, sesos de alga –la joven maga sonrió ante los curiosos nombres que se habían dado y se preguntó cómo los habían conseguido.

–Aún así me quieres –respondió él, sentándose por completo.

–No, solo… te soporto –Percy se llevó las manos al corazón y fingió haber sido alcanzado por una flecha, soltando un leve y corto quejido. Annabeth solo sonrió, mirándole mientras se mordía el labio inferior.

Hermione soltó una pequeña risita disimulada y los tres chicos comenzaron a hablar sobre trivialidades relajadamente como si fueran amigos de toda la vida.