Habían pasado dos días desde entonces y los cuatro jóvenes cada vez estaban más compenetrados, se lo pasaban bien juntos y casi habían olvidado el motivo por el que estaban allí; aparentemente los cuatro jóvenes se habían perdido aunque la verdad era que solo Ron y Hermione estaban verdaderamente perdidos mientras que Percy y Annabeth trataban de mantener una fachada para no desvelar su identidad de semidioses. Poco sabían nuestros jóvenes héroes que las cosas iban a dar un giro inesperado.

Todo ocurrió esa misma noche, los chicos seguían con la dinámica de hacer guardias por turnos para vigilar en las horas oscuras. Ron estaba despierto, haciendo la última vigía de la noche. El fuego de la hoguera iluminaba las figuras de sus compañeros de viaje al otro lado de las llamas. El pelirrojo notó que Annabeth se movió demasiado rápido, como si quisiera quitarse algo de encima antes de dejar escapar un pequeño quejido que, en el silencio del bosque canadiense, sonó como un grito. Ron se levantó con rapidez, echando mano al bolsillo de atrás de su pantalón donde, normalmente, guardaba su varita –"Mierda"–, había olvidado que no la tenía, tendría que hacerlo a la manera muggle. Rodeó el fuego procurando ser rápido y sigiloso a la vez y se sorprendió al comprobar que la chica estaba profundamente dormida. Probablemente solo fuera una simple pesadilla, pero el sufrimiento por el que parecía estar pasando no merecía unas horas más de sueño.

–Annabeth –susurró. La rubia, como única respuesta, se revolvió en sueños–. Annabeth –repitió mientras la zarandeaba suavemente.

–¡Arañas! –masculló Annabeth despertándose sobresaltada.

–¿Dónde? –exclamó Ron, asustado también.

–Por todas partes, estaba teniendo una pesadilla y… espera –bajó la voz hasta convertirla en un susurro–, ¿te dan miedo las arañas?

–Sí. Cuando era pequeño mis hermanos Fred –torció el gesto ligeramente y su ceño se frunció durante un instante antes de tragar saliva. Tomó aire y le soltó, tratando de disipar el brillo de sus ojos que amenazaban con llorar– y George transformaron –se mordió la lengua un momento. No podía decirle a Annabeth, una casi desconocida, que sus hermanos habían transformado a su osito porque eso implicaría decirle que todos eran magos, cosa que, no solo estaba prohibida, sino que podría conseguir que ella pensara que estaba loco– mi osito de peluche por una araña gigante mientras dormía la siesta. Estuve una semana temiendo a mis hermanos porque me dijeron que eran magos y podrían volver a transformar mi oso en una araña cuando quisieran. Solo lo habían cambiado, pero tengo pavor a las arañas desde entonces.

–A mi también me dan pánico –dijo Annabeth mientras un escalofrío la recorría la espalda. Ron se puso en pie, tendiéndole la mano.

–Ven, no queremos despertarlos. No te gustará ver a Hermione si la despertamos, créeme –bromeó Ron, Annabeth tomó su mano con una risita y, ayudada por Ron, se puso en pie, asegurándose de no destapar a Percy, y se encaminaron hacia el otro lado de la hoguera, tratando de acallar sus pisadas en la nieve. Ninguno de los dos notó que Hermione había despertado.

Ambos se sentaron juntos y Annabeth se permitió calentarse las manos en las anaranjadas llamas antes de frotarse los brazos, tratando de mantener el calor que se escapaba de su cuerpo sin el cobijo de la manta ni el cuerpo de Percy a su lado.

–¿Sabes que hago yo para tener un poco menos de miedo a las arañas? –preguntó Ron en voz baja, siendo más consciente en ese momento de la presencia de sus compañeros dormidos viéndolos a escasos metros de las llamas que antes cuando los tenía al lado.

–¿Qué? –Annabeth no pudo evitar que un tono curioso bañase su pregunta a pesar del miedo por su pesadilla y el frío.

–Me las imagino bailando claqué –la muchacha frunció el ceño, mirándole con incredulidad–. Cierra los ojos. Hazme caso, cierra los ojos –repitió él, viendo que Annabeth no lo hacía. Ella hizo caso la segunda vez que él formuló su petición–. Ahora imagina a una araña gigante–la expresión de Annabeth se contrajo en una mueca de miedo y repulsión– y ahora imagina a esa misma araña con zapatos de claqué bailando, imagina cientos de ellas, todas bailando claqué, ¡han montado una fiesta!

Annabeth rió con la imagen que tenía lugar en su cabeza. Los pequeños cuerpos de las arañas que tanto le habían asustado desde que tenía memoria estaban alineados en perfectas filas, sus peludos caparazones adornados con un sombrero de copa y la mayoría de sus patas terminadas en brillantes zapatos de claqué, salvo dos, reservadas para sujetar un bastón. Todas ellas seguían el ritmo de baile de una araña mucho más grande que vestía igual que sus minúsculas compañeras.

La rubia abrió los ojos, tapándose la boca con una mano para evitar hacer demasiado ruido, viendo que le era imposible parar de reír.

–¿Cómo se te ocurrió eso? –las palabras salieron de sus labios entremezcladas con las risas.

–Hace años tuve un profesor que me enseñó que si imaginamos las cosas que nos asustan como algo ridículo no dan tanto miedo –contestó Ron recordando a Lupin con una triste sonrisa.

Remus, uno de los caídos en la batalla de Hogwarts junto con su hermano Fred, junto con Tonks, junto con tantos otros chicos y chicas que lucharon en una guerra que no les correspondía. Un suspiro escapó de sus labios y Annabeth lo notó. Tenía la misma mirada que al hablar de Fred con anterioridad. Ella no quiso preguntar más, intuía que a aquel chico bromista y de sonrisa semipermanente le había tocado vivir una triste historia y no creía que estuviese dispuesto, o al menos preparado, para hablar de ello. Aún no, porque ¿no sabía ella qué podía estar sintiendo? Luke, Silena, Michael, … ¡por los dioses del Olimpo! Había vivido seis meses con la sombra de la muerte de Percy acechando su vida. Dirigió la mirada al bulto en sombras al otro lado de la hoguera y sonrió. Al menos ahora no babeaba. Trató de mirar a Hermione, pero las llamas le impedían ver con la claridad que a ella le hubiese gustado, entorpeciendo su visión con lenguas naranjas. Aún sin verla, sabía que Hermione era una chica afortunada por haber encontrado a Ron, quien, por su parte, se encontraba recordando ese momento en el que decidió que las arañas, para ser ridículas, debían bailar claqué. Nunca olvidaría aquella noche de cuarto curso cuando, en mitad de una pesadilla, despertó diciendo que no quería bailar claqué y a Harry diciéndole que se lo dijera a las arañas. Tampoco olvidaría las risas al día siguiente cuando él se lo contó y que ese fue el momento exacto en el que decidió que las arañas, para no dar miedo, debían bailar claqué.

–Seguro que era un gran profesor –sonrió Annabeth, pensando por un momento en Quirón al mismo tiempo que trataba de animar al muchacho.

–Sí, era el mejor profesor de –una vez más, tuvo el tiempo justo para detenerse. No podía decir que era el mejor profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras y no podía recordar el nombre de ninguna de las asignaturas que Hermione le había dicho alguna vez, pronunciar alguna mal podría traer ciertas consecuencias–. Uno de los mejores profesores que he tenido.

Annabeth no quiso pensar mal, pero las Parcas le habían hecho tener una vida que le llevaba a desconfiar muy fácilmente. Se había detenido dos veces de manera abrupta mientras hablaba, una había continuado hablando con normalidad, pero ahora… ni si quiera se había molestado en terminar la frase y solo los dioses sabían lo extraño que resultaba eso. Ese chico ocultaba más de lo que ella misma había llegado a pensar, pero ¿el qué? ¿Por qué? ¿Eran Ron y Hermione una trampa?

Por un momento desconfió de él. Dioses, no podía ser cierto, ¿cómo iba a desconfiar de ellos? Habían tenido mucho tiempo y, en caso de querer atacar, hubiesen aprovechado el momento en que ambos, tanto Hermione como él, los habían tenido a solas. Recordar todos los momentos que habían pasado esos días hizo que todos sus miedos y desconfianzas se esfumaran. Además, Ron era la única persona que había conseguido que las arañas no diesen miedo. Sonrió y le miró.

–¿Todo bien? –preguntó Ron que la había observado preocupado mientras Annabeth divagaba, esperando no haber cometido un error.

–Todo perfecto –respondió la chica sin dejar de sonreír. Se acercó al muchacho para besarle en la mejilla y Ron, que no se lo esperaba, giró la cabeza provocando que sus labios se juntaran.

–Lo siento–exclamó Annabeth ruborizada.

–No, ha sido culpa mía–dijo Ron con las orejas rojas.

Ambos se miraron avergonzados y de repente estallaron en risas.

–Gracias por lo de las arañas–dijo Annabeth cuando pararon de reír pero sonriendo aún.

–Un placer.

Hermione, levantada desde que Ron y Annabeth se habían ido juntos aunque ninguno de los dos se había dado cuenta, había observado todo y sentía la rabia bullir en su interior, sabía que el beso había sido un accidente pero no podía evitar sentir celos, ¿por qué Ron había ido a buscar a Annabeth en medio de la noche? Ella se había despertado al oírles hablar justo a tiempo para escuchar a Ron decirla que fuera con él y verles alejarse tomados de la mano. Desde entonces los había observado, una parte de ella le decía que lo que hacía era patético, que no debía desconfiar, la otra no podía dejar de mirar, se les veía tan bien juntos...

Se movió silenciosa hasta conseguir alejarse lo suficiente de Percy (a ella aún le importaba, viendo que a su novia no) para no despertarle y se marchó de allí a grandes zancadas, no podía más, no entendía nada, ¿si no había nada entre ellos por que Ron había ido a buscar a Annabeth? Y si lo habia, ¿por que habían actuado así después del beso? ¿Y si se gustaban y no se atrevían a reconocerlo? Esa idea la martirizaba pero desgraciadamente también era la que parecía ser más plausible. Recordó su historia con Ron y que habían tardado 7 años en dar el paso y ahora todo podía irse al traste, ¡Por Merlin! ¿Cómo habían podido llegar a esa situación? Creía que Ron la quería y Annabeth parecía tan enamorada de Percy que jamás hubiese podido imaginarlo.

Annabeth y Ron continuaron hablando hasta que Percy despertó.

–Buenos días –saludó a ambos para después dirigirse a su novia y darle un suave beso en los labios–. ¿Dónde está Hermione?– la expresión en los rostros de Annabeth y Ron indicó que algo pasaba.

–Creíamos que dormía aún –dijo Annabeth mientras Ron se levantaba.

–Tenemos que encontrarla –determinó Ron–. Por favor, tenéis que ayudarme –los semidioses asintieron.

–Claro que sí, Ron –Percy puso su mano sobre el hombro del pelirrojo–. Annabeth, ¿te quedas aquí por si vuelve? –preguntó Percy obteniendo una respuesta afirmativa por parte de su novia.

Ambos chicos comenzaron a caminar. Si tan solo aún estuviese tan nevado como el primer día no les hubiera resultado difícil seguir la pista de la muchacha, pero hacía noches que no nevaba y la nieve en su mayoría se había comenzado a compactar en la superficie si no había desaparecido aún.

–Me he dado cuenta –comenzó Ron, tratando de llenar el silencio que no hacía nada por calmarle– que no tienes problema en dejar a Annabeth sola. El primer día cuando me encontré con ella, por ejemplo, estaba sola y ahora se queda sola también, ¿no te preocupa? –Percy suspiró riendo.

–Creéme, Annabeth podría patearnos el trasero a ti, a mí y a otros tres como nosotros sin despeinarse y con una mano a la espalda –Ron sonrío un poco por la comparación mientras se asomaba tras un árbol de tronco grueso–. Eso no quiere decir que no me preocupe por ella, pero confío y sé que se puede defender bien sola, no necesita mi ayuda para ello, nos hemos enfrentado a cosas peores que las que podamos encontrar aquí –Ron se detuvo inmediatamente y Percy supo que estaba a punto de meterse en problemas.

–¿Cosas peores? ¿A qué te refieres?

–Vivíamos en un barrio peligroso en Nueva York. Por eso sé que puede defenderse bien.

Ron asintió retomando la marcha, las palabras de Percy resonando en su cabeza. No dudaba que Annabeth pudiera defenderse bien sola, pero… ¿cosas peligrosas? Su mente divagó hacia Hermione y la gran batalla, como ella se defendió de luchadores más experimentados que ella y salió airosa con la salva excepción de unos cortes que provocaron probablemente unos escombros cayendo y supo que, a pesar de no ser ni remotamente parecido a los peligros de un barrio en Nueva York, sí había peores peligros que los que pudiesen hallar en un bosque canadiense.

Encontraron a Hermione no muy lejos de allí, sentada en un tronco cabizbaja. Ron no dudó un segundo en dejar atrás a Percy y correr hasta llegar junto a ella.

–¿Estás bien? –preguntó el pelirrojo, tocando sus mejillas y mirando cada centímetro de su rostro para asegurarse que no tenía ni un solo rasguño. Percy, quien les había permitido la libertad de un encuentro a solas, llegó a su lado.

–Nos hemos preocupado al ver que no estabas –añadió.

¿Cómo había sido tan estúpida? Se había marchado de allí movida por el enfado y los celos sin darse cuenta que el resto de sus acompañantes se preocuparía inútilmente.

–Si, estoy bien. Necesitaba pasear y se me olvidó avisaros. Lo siento –Ron encontró aquella excusa demasiada barata y no llegó a creerla del todo, simplemente se limitó a rodear sus hombros con un brazo

–No pasa nada, pero la próxima vez, no desaparezcas así, por favor –respondió él atrayéndola hacia su pecho.

–No lo haré, ya lo verás –la voz de Hermione se veía algo apagada por el cuerpo de Ron. Se sentía demasiado bien así, abrazada a él, aún así se forzó a girar la cabeza para mirar a Percy–. Lo siento, de verdad.

–No importa –Percy le quitó importancia al asunto con una sonrisa y un gesto de la mano que parecía más querer apartar una mosca que lo que fuese que pensó en primer lugar–. Pero ahora deberíamos volver, Annabeth se quedó muy preocupada cuando supo que no estabas.

Ron asintió rápidamente, moviéndose a un lado para que Hermione pudiese comenzar a caminar, sin embargo ella se encontró tratando de luchar con las emociones que la sola mención del nombre de la rubia habían provocado en su interior más que concentrarse en poner un pie delante de otro.

Al verlos llegar Annabeth empezó a moverse hacia ellos hasta poder abrazar a Hermione con fuerza. Esta última correspondió el abrazo de una manera demasiado forzosa tras más segundos de los que deberían haber sido.

–Dioses, ¿qué ha pasado? –Ron frunció ligeramente el ceño. No había escuchado nunca a nadie decir "Dioses". En Hogwarts había escuchado decir a algún nacido de muggles la expresión "Dios", pero, claro, estaban en continentes distintos, seguro que habría algunos ligeros cambios, tal vez en Egipto alguien sí mencionara algo de dioses. Se forzó a descarrilar el tren de sus pensamientos cuando Hermione dio un paso atrás.

–Nada, voy a buscar leña por los alrededores –dijo Hermione con frialdad alejándose de una anonadada Annabeth y unos no menos sorprendidos chicos.

–¿Qué le ocurre? –preguntó la rubia a Percy y Ron, ganándose como única respuesta por parte de ambos un encogimiento de hombros.

Annabeth tenía la esperanza de ver cómo el humor de Hermione mejoraba, pero no fue así. Sí, Hermione seguía comportándose igual con Percy y Ron, pero, desde el día anterior, cada vez que tenía que dirigirse hacia ella, lo hacía de una manera fría y cortante, como si estuviera enfadada por algo que Annabeth no podía entender y, este último hecho, la enfurecía.

Hermione, sin embargo, sabía que estaba mal actuar así, pero no era algo que pudiese evitar tan fácilmente. Annabeth era la representación de uno de sus más grandes temores; perder a Ron. Sin embargo la hija de Atenea no estaba dispuesta a continuar así, con miradas frías y palabras cortantes por lo cual, aquella misma tarde cuando Percy fue con Ron a buscar leña seca para el fuego decidió acercarse a ella.

–Muy bien, ¿qué es lo que ocurre? –preguntó sin andarse con rodeos y quizá sonando algo más brusca de lo que había planeado en su cabeza.

–Nada, ¿por qué? –Hermione no le devolvió la mirada, siguió mirando el pequeño agujero que parecía ganar su interés.

–Vamos, Hermione, no insultes mi inteligencia –Annabeth se sintió ligeramente ofendida por ello, pero sabía que la castaña tenía una buena idea de a qué se estaba refiriendo–. ¿Qué te pasa conmigo? ¿Por qué actúas así? ¿Por qué tienes ese trato hacia mí? ¿Por qué te comportas de esa manera tan distante conmigo? –esta vez Hermione sí giró la cabeza y Annabeth pudo encontrarse con una mueca de enfado.

– ¿Por qué? ¿Quieres saber por qué? –su tono de voz ya no era frío, sin embargo, ahora parecía enfadado, dolido–. Más bien dime tú, ¿por qué abandonas tu cama en medio de la noche para irte tomada de la mano de MI novio?

Annabeth trató de no prorrumpir en una sonora carcajada porque las piezas del puzzle habían encajado ya en su cabeza y no podía creerlo aún. Se tapó la boca con la mano aunque no pudo disimular la risa que se escapaba de sus labios provocando que Hermione frunciese el ceño furiosa al mismo tiempo que se cruzaba de brazos. Annabeth, consciente del malentendido, tuvo que apresurarse a aclararlo porque, de haber estado ella en el lugar de Hermione, probablemente hubiese actuado igual… o lo habría pagado con Percy como pasó cuando pensó que él se estaba enamorando de Rachel.

–Arañas –dijo Annabeth con una sonrisa.

–¿Arañas?–preguntó extrañada Hermione.

–Arañas –confirmó ella–. Las tengo fobia, tuve una pesadilla, Ron vino a despertarme y descubrí que él también. No me iba a poder dormir de todas maneras y, sinceramente, necesitaba la compañía porque era agradable no tener que lidiar con las pesadillas sola, Percy lo intenta, pero no sabe cómo se siente tener miedo a las arañas así que, para no molestarte ni a ti ni a él, nos alejamos un poco para irnos a calentar junto al fuego donde estuvimos hablando.

–Y le besaste –recordó Hermione, ahora más relajada y con una sonrisa de orgullo amenazando con dibujarse en su rostro. Ron al final le había sacado provecho a su miedo por las arañas.

–Juro que fue un accidente –se apresuró a responder Annabeth algo nerviosa–. Quería dárselo en la mejilla, pero… –Hermione se mordió el labio, negando ligeramente con la cabeza porque no podía creerse que hubiera sido tan tonta. Bueno, al fin y al cabo, es lo que a veces Ronald provocaba en ella.

–Lo sé –respondió con un tono tranquilizador.

–Simplemente quería agradecerle que me contase su truco para no tener tanto miedo a las arañas.

–Claqué–sonrió Hermione, contagiando su sonrisa a Annabeth.

–¿Era eso lo que te pasaba?

–Puede que, por error y sin ninguna prueba más que las que mi cerebro quiso inventar en un duermevela, pensase que os gustábais en secreto –la frase había disminuido de volumen a cada palabra que Hermione decía para no intentar verse ridícula.

–Pe… pero…. cómo… tú… –Annabeth negó con la cabeza, incapaz de formar la frase en su cabeza debido a la sorpresa. Miró a Hermione y trató de poner en sus palabras toda la sinceridad posible–. Ron está loco por ti. Y qué te puedo decir, yo lo estoy por mis sesos de alga. Aunque no se lo digas, probablemente se le subiría a la cabeza –Hermione no pudo evitar reírse un poco ante ese comentario. Tuvo que tranquilizarse antes de poder pronunciar su disculpa.

–Siento haber pensado así –Annabeth se encogió de hombros, restándole importancia.

–Amigas, ¿entonces?

–Claro que sí –contestó Hermione, sintiéndose tonta y fundiéndose en un abrazo con Annabeth.