Para los chicos no les fue difícil entender que todo se había solucionado entre ellas y, después de haber pasado una noche incómoda en la que el silencio podía cortarse con un cuchillo (o Contracorriente podía valer) aquella noche fue tranquila, con conversaciones amenas y risas antes de dormir.

Al estar todos ellos despiertos con la luz del sol naciente decidieron seguir adelante. Percy y Annabeth no querían discutir acerca de ello, pero no habían previsto que se les unirían dos mortales en el camino y no habían pensado en añadir más provisiones a sus mochilas que las necesarias que ya estaban empezando a escasear, por eso querían seguir adelante, si conseguían llegar a Quebec, su última parada antes de llegar al hotel donde Bóreas se encontraba, todo estaría bien, pero, si querían llegar hasta allí, deberían darse prisa, quedaba aún al menos un día de viaje si conseguían no volver a perderse, como ya les había pasado.

El sol comenzó a calentar con fuerza a pesar del aire invernal cuando brillaba en lo alto del cielo a través de las nubes que flotaban sin rumbo y los cuatro jóvenes decidieron esperar al refugio de un árbol, aprovechando la sombra que proyectaba sobre el suelo.

Percy planteó qué hacer cuando llegasen a Quebec. Hermione no dudó un segundo en ofrecerles que se quedasen con ella y Ron en la pequeña casita donde, desgraciadamente, sus varitas aún descansaban. Annabeth trató de encontrar una respuesta lo suficientemente buena para poder negarse pero, la verdad, que tener un lugar donde dormir, aunque fuera solo por una noche, que no se tratase del duro suelo cubierto por una manta, sonaba tan atrayente que no se esforzó demasiado, simplemente asintió suavemente con la cabeza, entrelazando sus dedos con los de Percy y dejando descansar su cabeza sobre su hombro un momento antes de que algo captase su atención. Detrás de Ron y Hermione, quienes estaban sentados justo frente a ellos, una sombra pasó rápidamente por el suelo, provocando que se pusiera alerta, tensando cada músculo de su cuerpo. Todos dirigieron sus miradas preocupadas hacia ella quien miró a Percy, tratando de sonreír despreocupada.

–¿Me acompañas un momento? Creo que he visto una avioneta, tal vez podamos hacer señas.

–Voy con vosotros –se ofreció Ron, comenzando a levantarse.

–No, no, quédate ahí, descansa –dijo Percy, levantándose rápidamente y siguiendo a Annabeth quien, dándose cuenta que Ron seguía empecinado en acompañarles, trató de inventar una excusa lo suficientemente rápida, aunque no demasiado buena.

–Necesitamos un tiempo en pareja.

El pelirrojo asintió alzando las cejas y mirando a Hermione con una sonrisa que trataba de detener una carcajada. Mientras caminaban a sus espaldas pudieron escuchar a Percy decir: "¿En serio, chica sabia, tiempo en pareja?" y la castaña tuvo que taparse la boca con la mano para disimular la risa.

Mientras tanto Percy seguía a Annabeth quien miraba al cielo con atención tratando de averiguar qué había visto pasar antes sin lograr ver más allá de las nubes o la cegadora luz del sol. Fue Percy quien vio primero el punto negro alejándose y se lo indicó a Annabeth, señalándolo con un dedo y ambos lo vieron volver sobre su trayectoria, trazando una elipse casi perfecta antes de bajar a atacarlos. Annabeth fue más rápida que Percy, empujando el cuerpo del muchacho y gritándole que sacara a Contracorriente, atrayendo así la atención de Ron y Hermione que se levantaron y miraron hacia donde estaban, viendo a Percy rodar por el suelo antes de ver en su mano un palo y a Annabeth agitar su mano ante un pájaro, pero… ¿era un pájaro? Ron se frotó los ojos, volviendo a ver a un pájaro algo más grande de lo normal en lugar de… ¿un animal con cabeza, garras y alas de águila y cuerpo de león? Sacudió la cabeza y comenzó a preguntarse si el calor le estaba afectando o tal vez el frío, o cualquier cosa, porque su mente alternaba las imágenes de un par de jóvenes tratando de golpear un pájaro con las manos ella y un palo él al dos chicos luchando con una espada y una daga contra un ser extraño. No se dio cuenta que Hermione se había movido de su sitio hasta que era demasiado tarde y estaba en mitad de la pelea.

–¿Qué creéis que hacéis? –preguntó, mirándoles enfadada–. Esta puede ser una especie protegida y ¡ahh! –no pudo continuar con su regañina porque Percy la agarró por la cintura y giró sobre sí mismo para protegerla del pájaro, quedando a merced de sus garras si no fuera por Annabeth que metió su mano para evitarlo, ganándose un picotazo que le hizo sangrar.

–¡Annabeth! –Percy se dio la vuelta, blandiendo su palo/espada hacia el animal que retrocedió. Soltó a Hermione, tratando de ponerse delante de ella para servir de escudo humano mientras miraba la herida de Annabeth, quien solo negó con la cabeza, restándole importancia.

–Estoy bien, sesos de alga –y en su mirada pudo notar la preocupación por Hermione quien aparentemente solo veía un pájaro.

–Claro que estás bien, es un pájaro indefenso que…

–Vuelve con Ron, Hermione, quédate a salvo –ella negó con la cabeza, tercamente–. ¡Ron! –gritó Percy, separando los pies y enarbolando a Contracorriente, preparándose para la embestida del gran pájaro que volvía a descender– ¡Ron! –el pelirrojo le miró confudido, pero fue demasiado tarde. Annabeth solo tenía tiempo para salvar a uno de los dos y, si alguien podía soportar los golpes, sabía de sobra que era él. Tiró de la mano de Hermione quien, estando desprevenida, cayó al suelo en el momento justo que el pájaro, para su sorpresa, chocaba contra Percy, dándole en el hombro y enviándole varios metros hacia atrás.

–¡Ron! –chilló Annabeth, arrodillada junto a Hermione para evitar que se moviese–. Hermione, vuelve con él. Mantente a salvo.

–A quien tengo que mantener a salvo es a ese ave, estamos en mitad de un bosque que... – Annabeth se lanzó a su lado, bajando la cabeza de la muchacha con la mano. Ambas sintieron la corriente que levantaban las alas del pájaro al pasar por encima de ellas– ¡no sabemos si está en peligro de extinción! –trató de razonar como último recurso.

–Hermione –estando tumbadas en el suelo no habían visto al pelirrojo correr hasta ellas hasta que no le tuvieron al lado, arrodillado junto a su novia–. Hermione, hazles caso, algo extraño está pasando aquí, ven conmigo, déjales hacer lo que tengan que hacer –Annabeth aprovechó para ponerse en pie de un salto, mirando hacia donde Percy había caído. Se había incorporado ligeramente, pero parecía estar desorientado y la bestia parecía saberlo, iniciando su camino hacia él.

–¡Cuidado, Percy! –el hijo del dios del mar sacudió la confusión de su cabeza y rodó hacia un lado, esquivando una vez más las garras del animal.

Annabeth les dio el visto bueno a Ron y Hermione para volver al cobijo de los árboles, donde sería más fácil que estuvieran protegidos de una criatura que volaba y ella misma corrió al lado de Percy, ambos espalda contra espalda. Sus respiraciones eran agitadas y por el momento que el ave tardó en volver, casi podían escuchar solo eso, sus respiraciones y el latir de sus corazones.

Cuando el cuerpo del animal se inclinó hacia delante, volando hacia ellos, esperaron hasta el último momento para separarse. Percy blandió en un limpio gesto a Contracorriente, cortando una de sus alas, lo que les hizo caer al suelo, tanto animal como chico, y el ave se deslizó, arrastrando todo lo que encontró a su paso. Annabeth, rápidamente, corrió a su lado y clavó su daga justo en el lugar donde el animal caído debía tener su corazón. Casi pudo escuchar el sonido de exclamación de Hermione y sin duda pudo ver desde donde estaba a Ron sujetándola de la cintura y se preguntó que pensarían cuando el cuerpo del grifo se disolviese en arena amarilla.

Puso su mano en la herida sangrante del brazo, sintiendo el dolor a medida que la adrenalina abandonaba su cuerpo y se arrodilló junto a Percy quien sonreía desde el suelo, un arañazo recorriendo un lado de su rostro.

–Tenemos que decírselo –la sonrisa del muchacho se borró inmediatamente de su cara.

–¿Estás loca? No, los locos seremos nosotros si se lo decimos. No nos creerán.

–Acabamos de matar a un grifo frente a ellos. No sé qué explicación quieres que les demos. Además, Ron… –miró al pelirrojo frunciendo el entrecejo. Él no se dio cuenta, tenía las manos sobre las mejillas de Hermione y la miraba a los ojos, diciendo algo que no podía escuchar–. Ron, sabe algo, no sé si puede ver a través de la niebla o qué pasa con él, pero al ir a buscar a Hermione ha dicho que pasaba algo raro. No nos queda otra alternativa.

Percy se tumbó en el suelo, tapándose la cara con las manos y suspirando fuertemente antes de pasarse las manos por el pelo e incorporarse para mirar a Annabeth.

–¿No hay manera de que la niebla...?

–Ni si quiera sé si Hazel podría.

–Está bien, vamos a quedar como locos frente a ellos –se puso en pie y le ofreció una mano a Annabeth mientras que con la otra devolvía a Contracorriente a su forma de bolígrafo en un movimiento muy ensayado.

Ambos jóvenes caminaron sin separar sus manos en el camino hacia la otra pareja que ahora les miraba, probablemente esperando una explicación que Annabeth había decidido que iba a darles. Al estar frente a frente con ellos la situación se hizo más difícil y, mientras Percy se frotaba los ojos con una mano, Annabeth trataba de buscar una manera lógica de explicar qué pasaba, de explicar por qué no estaban locos, pero no lo conseguía, al fin y al cabo, ¿qué hubiese creído ella si de repente confesaran algo tan inverosímil como el hecho de ser hijo de un antiguo dios griego? La chica escuchó a su novio suspirar a su lado y giró la cabeza para mirarle, sabiendo que, probablemente, fuera a decir algo de lo que podrían llegar a arrepentirse.

–Mirad, voy a ser franco y directo. Annabeth y yo somos semidioses, hijos de Poseidon yo y Atenea ella. Nos perdimos aquí de camino a una misión en la que teníamos que recuperar la flauta de Pan de manos de Bóreas y ahí fue dónde os encontramos. Eso que acabamos de matar no era un pájaro, era un grifo, no sé por qué estaba tan al norte. Sé que resulta difícil de creer, pero, por favor, tenéis que mantener la mente abierta.

Ron y Hermione se miraron entre ellos un segundo antes de que el pelirrojo se inclinase y susurrase algo en el oído de su novia que le respondió de la misma manera, en susurros que ninguno de los dos pudo escuchar. Annabeth apretó con suavidad la mano de Percy, en cierto modo había sido mejor que él se lo hubiese dicho de manera tan directa. Sí, ella hubiese buscado una manera más sutil de decirlo, una manera que hiciese sonar todo más lógico, pero la realidad era que no había modo alguno de hacerlo sonar mejor: Percy y ella eran lo que eran, semidioses, y no tenían nada de qué avergonzarse.

–Vale – Ron se aclaró la garganta–. Somos magos.

–¿Ves? –Percy giró la cabeza suspirando–. No solo creen que estamos locos, sino que intentan reírse de nosotros.

–¿Qué? No es del todo así–se apresuró a decir Hermione–. A ver, yo no puedo creeros, lo siento…

–¿Por qué no? –interrumpió Annabeth–. Quiero decir, Percy te lo dijo el primer día que nos conocimos, tú solo pensaste que bromeaba, pero te lo dijo, un viaje en pegasos, brújulas rotas… Tú solo no le creíste, pero es verdad. Podemos demostrarlo.

Se arrodilló junto a la mochila buscando la pequeña tableta de ambrosía que seguía perfectamente envuelta, guardada en uno de los compartimentos. Partió dos pequeños trozos y, volviéndose a poner en pie le ofreció un pedazo a Percy quien casi se la tragó sin masticar, no queriendo saborear demasiado el dulce sabor que la ambrosía le traía. Observó cómo sus heridas comenzaban a sanarse despacio, al igual que las de Annabeth. Ron parpadeó un par de veces, incrédulo ante lo que sus ojos veían, al contrario que Hermione, a quien la sangre le impedía ver la curación que tenía lugar frente a sus mismísimas narices.

–¿Y bien? –preguntó Hermione, mirándoles confusa– ¿Qué se supone que ha pasado?

–¿No lo ves? –Ron giró la cabeza para mirar a Hermione mientras que Annabeth, habiendo previsto qué sucedería, solo suspiró–. Sus heridas… –algo pareció hacer clic en la mente del pelirrojo, cuyo rostro se iluminó por un segundo– ¡Recuerda lo que me dijiste! El sombrero seleccionador dudó si ponerte en Gryffindor o Ravenclaw –¿Sombrero seleccionador? ¿Gryffindor? ¿Ravenclaw? Esas palabras sonaban extrañas en los oídos de los semidioses que se preguntaron si era alguna palabra británica o jerga que ellos desconocían y por eso no podían seguir la conversación–. Esta es la razón por la que no eres Ravenclaw, abre tu mente, Hermione, porque no sé si serán semidioses o no, pero te puedo decir que ellos, al igual que nosotros, no son simples muggles.

–Vale –intervino Annabeth, no gustándole no saber de qué estaban hablando–. ¿Gryffindor? ¿Ravenclaw? Y, por todos los dioses del Olimpo, ¿qué es un muggle?

–Una persona no mágica –respondió Hermione–. No sabemos si nos habéis dicho la verdad, pero ciertamente nosotros no hemos mentido al decir que somos magos. Ronald no sabe qué es lo que vio, pero está convencido de que luchabais con algo muy diferente a un pájaro antes, así que pensó que sería bueno sincerarnos porque hay ciertas criaturas que se ven atraídas a la magia y no sabemos con exactitud cuáles puede haber aquí.

–Dos magos y dos semidioses –musitó Percy con asombro, aceptando más fácilmente que Hermione el hecho de tener como compañía a dos magos–. Bien, no me sorprendería un viaje movidito.