Sincerarse había quitado un gran peso de encima a los cuatro jóvenes, habiéndoles servido para que la amistad que había surgido se afianzara más al poder compartir entre ellos anécdotas de sus respectivas aventuras. A Percy y Annabeth les resultaba fascinante escuchar las historias de una larga travesía en busca de algo llamado "Horrocruxes" para vencer a un señor oscuro que había estado a punto de tomar todo el mundo mágico y dominar sobre todos los seres humanos. A Ron y Hermione les resultaba impresionante todas las aventuras que habían vivido Percy y Annabeth por derrotar a un titán y, en especial para Hermione que tenía ligeros conocimientos sobre la mitología, a Gea.
–Entonces –comenzó Hermione–. ¿Qué es lo que os ha traído tan al norte si aquí nos habéis contado que los dioses no tienen poder alguno?
–La flauta de Pan –contestó Percy. Hermione, sorprendida, abrió mucho los ojos, mirándoles casi sin poder creérselo.
–¿Existe de verdad? –los semidioses asintieron y Ron no pudo evitar reír.
–Venga, Hermione –comenzó al mismo tiempo que se llevaba una mano a los ojos cuando comenzaron a atravesar un extenso claro–, ¿después de todo lo que hemos hablado aún te sorprende?
–Creí que era algo irreal perteneciente a la mitología.
–Claro, como los dioses, el Olimpo, …
Percy y Annabeth sonrieron mirándoles. Estaba claro quien se estaba acostumbrando antes a la situación.
–Dadme tiempo –ninguno pudo evitar soltar una pequeña risa–. ¿Y por qué la buscáis?
Annabeth y Percy les contaron la historia del momento en que Grover solicitó su ayuda porque necesitaba aquel preciado instrumento para que el resto de sátiros creyese que él tenía la bendición de Pan y que todos los indicios apuntaban a que había sido robada por Bóreas, un antiguo enemigo del dios cuando estaba muy débil para defenderse antes de esconderse en la caverna donde había sido visto por última vez.
–¿No podemos comprar otra? –preguntó Ron con inocencia.
Hermione le miró muy seria, Annabeth con una mezcla de exasperación y resignación mientras que Percy, solo rió.
–Solo intentaba ayudar –aclaró el pelirrojo al ver la reacción de sus acompañantes lo que hizo que Percy riera aún más y Ron se sintiese más avergonzado, sus orejas tornándose del mismo color que su pelo.
–¿Lo ves? –dijo el semidiós dirigiéndose a la rubia–. No soy el único.
–Ya veo–respondió Annabeth con una pequeña sonrisa antes de mirar a Ron–. No, no podemos comprar otra. Es una flauta única.
Todos se sobresaltaron cuando un ruido sobre su cabeza llamó su atención. Todos se pusieron en guardia, alarmados ante la idea de un nuevo peligro, Percy desenvainó a contracorriente y Annabeth su cuchillo, lamentando no haber traído la espada que consiguió en el Tártaro que podría haberle sido más útil ante peligros más grandes. No tardaron en descubrir que era una avioneta sobrevolando el claro. Los cuatro jóvenes empezaron a hacer señas y la avioneta, aparentemente habiéndoles visto, comenzó a descender. A pocos metros de tocar el suelo, Hermione reconoció el vehículo.
–¡Ron! –exclamó–. ¿No es esa la avioneta que nos trajo hasta aquí?
–¡Es verdad!
La avioneta tocó el suelo, levantando un poco de polvo del terreno húmedo por la nieve deshecha. Cuando las hélices aún no habían parado, el piloto de la misma salió de ella con un salto. John Smith estaba frente a ellos, con la, extraña para un aviador, pajarita torcida y una sonrisa que no borró mientras se quitaba el casco y las gafas para tirarlos de vuelta a la avioneta.
–Menos mal que os he encontrado –comenzó, caminando hacia donde los cuatro chicos se encontraban–, no sabía si seguiríais aquí, pero había que intentarlo –su mirada se centró en Percy y Annabeth, sorprendido mientras se colocaba la pajarita que parecía molestarle y encantarle a partes iguales–. Hola, soy John Smith –extendió una mano hacia los jóvenes que la apretaron algo confundidos–, ¿vosotros quiénes sois?
–También están perdidos –intervino Hermione–. Nos encontramos a las pocas horas de haber caído y, bueno, nos hemos hecho amigos. Estábamos intentando volver a Quebec.
–Yo os llevo –se ofreció John Smith con una sonrisa–. ¡Vamos! –exclamó resuelto, girándose hacia la avioneta antes de pararse en seco y volver a girarse hacia los chicos– Oh, solo podemos ir tres por viaje. ¡Ya sé! ¡Haré dos viajes! –decidió el hombre, hablando más consigo mismo que para los chicos– ¿Quién viene en el primero? –preguntó alegremente alzando una mano. Todos le miraron algo extrañados, parecía un hombre loco con una avioneta y, aún así, parecía inofensivo–. ¿Nadie?
–Un momento, por favor –pidió Hermione antes de que todos comenzaran a hablar en susurros.
–¿Es de fiar? –preguntó Annabeth.
–Según lo que dice nos ha estado buscando desde el día que nos perdimos, creo que dice mucho de él. Opto porque es de fiar –Ron asintió, apoyando las palabras de la bruja.
–Entonces… ¿quién va primero? –preguntó Percy.
–Creo que es mejor que vaya un mago y un semidiós por viaje. Si nos encontramos alguna criatura extraña siempre tendremos a alguien que sepa cómo actuar.
–Buena idea, chica sabia.
–Como todas, sesos de alga –le sacó la lengua y Percy imitó el gesto.
–Vale, ¿vais vosotras primero?
–No podríais arreglárosla sin nosotras –bromeó Annabeth, provocando que Hermione riera.
–Ahora compruebas –Percy se acercó a besarla.
–Ten cuidado –dijo Ron antes de besar a Hermione.
Ambas chicas se giraron, dispuestas a irse con John Smith solo para encontrarle hablando por teléfono.
–Ya, lo sé, por eso te he llamado –alguien le respondía desde el otro lado provocando que él escuchase atento–. Sí, pides un taxi y nos esperas allí. Gracias, Clara –colgó el teléfono y miró a las chicas que estaban esperando–. ¿Nos vamos?
John ayudó a las chicas a subir al vehículo y despegó, evitando por apenas unos centímetros las copas de los árboles más altos. A parte de eso, el viaje transcurrió sin mayor incidencia que el viento frío chocando contra los rostros desprotegidos de las chicas que usaron sus chaquetas para cubrirse.
John llegó al aeródromo, aterrizando suavemente en la pista. Bajó con rapidez, al igual que ellas, sabiendo que los dos chicos estaban solos y esperando. Acompañó a las chicas a la puerta donde había un taxi y, esperando junto a él, una chica de pelo oscuro que ambas supusieron que sería la chica con la que hablaba por teléfono y Hermione supo que era la esposa del piloto.
–¡Clara! –exclamó él antes de correr hacia ella, cogerla en brazos y hacerla girar, arrancando una exclamación de sorpresa de los labios de la chica–. ¡Los he encontrado! –la puso en el suelo y pasó su brazo sobre los hombros de su mujer, sonriendo–. Son Hermione y… creo que no me has dicho tu nombre.
–Annabeth –sonrió.
–¡Genial! Annabeth, Hermione, esta es Clara, hemos pedido un taxi, os llevará a nuestra casa hasta que vuelva con vuestros amigos.
–Hola –saludó Clara. Su acento británico se hizo familiar en los oídos de Hermione, al igual que el de John Smith–. Si me acompañáis podremos dejar que John vaya a buscar a los chicos.
–Sí, claro, pero antes, ¿cuánto tenemos que pagar? –preguntó Hermione–. Serán tres viajes –recordó al matrimonio.
–No, por favor, nada, nada. Nos sentimos muy mal por lo ocurrido –se apresuró a decir John.
–No fue vuestra culpa, solo fue un fallo en la cabina y os habéis tomado muchas molestias para ayudarnos –protestó Hermione.
–Insistimos –corroboró Clara.
Hermione se resignó, no por falta de ganas, sino porque su novio y Percy seguían fuera. Asintió con la cabeza soltando un suspiro que pareció iniciar una reacción en la cabeza del aviador que besó a su esposa en la frente y salió corriendo a su vehículo, perdiéndose con rapidez en el cielo.
Las tres chicas subieron al taxi que les dejó frente a una casa blanca de dos pisos con una puerta azul oscuro. Hermione se inclinó hacia Annabeth.
–No sé qué tienen todos estos con ese color azul –bromeó susurrando.
Clara bajó del taxi primero y las dirigió al interior de la casa hasta la cocina donde puso a calentar agua en una tetera e invitó a las chicas a sentarse en la mesa que estaba más próxima a la ventana y se sentó junto a ellas tras sacar unas tazas y unas bolsitas de té.
–¿Entonces habéis estado perdidas estos últimos días?
–Sí, nosotras y nuestras respectivas parejas –respondió Annabeth.
–¿Sí? ¿Y cómo son ellos? –preguntó Clara, tratando de entablar una conversación.
–Ron es… –comenzó Hermione, sintiéndose familiar con aquella mujer aunque solo fuera por su acento y la cálida sonrisa que le regalaba– siempre ha estado ahí cuando le he necesitado. Siempre ha sido valiente, siempre ha tratado de hacerme sonreír. Aunque, bueno, podemos decir que también es un idiota por haber tardado tanto en darse cuenta de lo que sentía por él, quiero decir… a veces fui muy obvia, incluso llegué a lanzarle unos pájaros a él y a la chica con la que estaba solo porque estaba muy celosa. Tal vez la idiota fui yo por esperar tanto, a veces me pregunto que… si no hubieran pasado ciertas cosas, si ahora mismo estaríamos juntos.
–¿Cómo os conocisteis? –la tetera empezó a silbar y Clara se levantó, apartándola del fuego con un paño y sirviendo el humeante agua en las tazas antes de entregárselas a las dos chicas que estaban sentadas con ella en la cocina antes de acompañar su té con dos cucharadas de azúcar.
–Íbamos juntos al mismo colegio. Al principio nos llevábamos mal, él pensaba que era una sabelotodo, y razón no le faltaba. Teníamos, lo que se puede decir, un amigo en común, pero al final de nuestro primer año ya podía decirse que todos éramos amigos.
–¿Qué hay de ti, Annabeth?
–Coincidimos en el mismo campamento. Yo había estado ahí mucho tiempo y cuando llegó me encargué de él, por así decirlo. Vivimos muchas aventuras juntos en las que él seguía recordándome por qué el apodo que le di, sesos de alga, había sido tan acertado. Ha sido el mejor compañero que jamás podría haber tenido y sé que todo estará bien mientras estemos juntos.
–¿Qué puedes decirnos de John, Clara? –la mencionada retornó el sorbo de té a la taza.
–¿Qué? ¿John y yo? –Hermione asintió–. Bueno, conocí a John cuando él trabajaba en el servicio técnico. Vino a la casa en la que estaba trabajando y hablamos sobre… –ella se detuvo un segundo, como si pensara– viajes. Yo tenía un gran sueño que era visitar los 101 lugares que aparecían en un libro que me regaló mi madre y él… él siempre había apuntado alto, hacia las estrellas y, como las estrellas no podían ser, se conformó con surcar el cielo con su avioneta. Él fue quien me llevó a sitios maravillosos, no los que aparecían en mi libro, pero aún así no los cambiaría por nada. Poco a poco empezamos a desarrollar nuestra relación que se hizo más importante paso a paso. Él, para mí, es el hombre más importante en el universo –Annabeth sonrió, pensando en si Clara sabía lo cerca que todos habían estado de que no existiese el universo gracias a Gea.
Las tres chicas miraron hacia la puerta cuando tres voces masculinas se comenzaron a escuchar y el sonido de las llaves en una cerradura les indicaron que ya habían llegado. John abrió la puerta, haciendo un gesto con la mano, invitando a Ron y Percy a entrar, mientras seguía con una conversación acerca de algo en lo que todos parecían muy emocionados y que acabó descubriéndose después como una charla sobre las mascotas que tenían o querían tener. Los tres chicos entraron en la cocina, saludando a sus ocupantes al mismo tiempo que Clara les invitaba a tomar sitio, indicando que había agua caliente en la tetera.
–De hecho –comenzó Hermione–, había pensado que podríamos llevar a Percy y Annabeth al bar donde estuvimos el primer día de nuestro viaje –miró a John y Clara, quien parecían tener una discusión con las manos acerca de la pajarita que él parecía querer quitarse–. Por supuesto, me gustaría invitaros a vosotros también, en agradecimiento a lo bien que nos habéis tratado y como compensación por los viajes que os negáis a que os paguemos.
–A mí me parece bien –respondió Ron–, pero nos tenéis que cobrar los viajes –Clara negó con la cabeza suavemente.
–Aceptamos la invitación encantados, pero no podemos permitir que nos paguéis por nuestros fallos, sería contraproducente.
–No fue vuestra culpa, John nos lo dijo, él había pasado las revisiones pertinentes a su avioneta, fue un accidente.
–Aún así –John, aprovechando que Clara se había puesto en pie para dejar las tazas en el fregadero, se quitó la pajarita con un suave movimiento y guardó en el bolsillo de su pantalón vaquero–, permitid que esta vez corra de nuestra cuenta, si se tercia que necesitéis otro viaje en avioneta, os cobraré, palabra –hizo una cruz con las dos manos a cada lado de su pecho, antes de mirar hacia abajo, frunciendo el ceño ligeramente confundido.
Finalmente, y bajo una orden de Clara, todos salieron de la casa de la puerta azul, bajando los peldaños del porche y juntándose todos en la acera, comenzando a caminar bajo el frío de la tarde de invierno. Hablando con el aviador se dieron cuenta que el año ya había pasado y que estaban en los primeros días de enero. El viaje hasta La rosa y la corona fue muy corto, o al menos a todos les pareció más breve de lo que debería haber sido, habiéndose sumido todos en la conversación.
Jack, quien estaba limpiando el cristal de la ventana antes de que la luz solar se fuera por completo, les vio aproximarse y les dedicó una amplia sonrisa, extendiendo los brazos y dejando el paño que estaba usando en un cubo a sus pies.
–Mirad a quien tenemos aquí –se acercó a la puerta y la mantuvo abierta, permitiéndoles pasar a todos– ¡Gwen! –llamó, haciendo que la cabeza de su esposa se asomase por la puerta de la cocina, sonriendo al ver a las personas que habían entrado con él–. Han venido John y Clara, han encontrado a los chicos perdidos –Hermione sonrió ligeramente escuchando eso, recordando la película de Peter Pan que tanto le gustaba ver cuando era pequeña. Jack, después del aviso, se entretuvo con los saludos, comenzando con John y Clara mientras Gwen salía de la cocina, dirigiéndose a Ron y Hermione.
–¿Qué tal, chicos?
–Muy bien –Hermione sonrió y Gwen dio un pequeño asentimiento con la cabeza, devolviendo la sonrisa.
–Me alegra saber que estáis bien.
–Gracias –ella se giró cuando Clara, alzando una mano en señal de disculpa hacia ellos, le tocó el hombro, provocando que Gwen se despidiese con una sonrisa y Jack, quien ya había terminado con sus saludos a Clara y John, se dirigió a Percy y Annabeth quienes, entre todos los acentos británicos que se habían encontrado en el lugar menos esperado, se sintieron ligeramente extrañados ante la familiaridad del acento americano del hombre que le tendió una mano, primero a él y después a ella.
–Jack Harkness.
–Hola –saludó Annabeth, sonriente, estrechando su mano.
–Hola –respondió él, sonriendo también.
–Hola –volvió a repetir ella. Percy frunció el ceño ante el tono de voz que había escapado de los labios de Annabeth, pero no pudo profundizar en ello porque Gwen se acercó a saludarles.
Debido a que no había nadie en el local, les permitieron sentarse en la mesa que escogieran mientras Jack terminaba de limpiar las ventanas y Gwen de preparar las cenas a las que solían acudir varios comensales cada noche. Ron, Hermione, John y Clara optaron por escoger una mesa lejos de la ventana; los chicos habían pasado mucho tiempo fuera, fríos por el ambiente, y lo último que necesitaban era quedarse cerca de una gran ventana que les otorgaría nada más que frío. Mientras ellos se dirigían a la mesa y se organizaban, Ron y Hermione juntos y Clara y John uno frente al otro, Annabeth detuvo a Percy, habiendo notado su incomodidad durante aquella extraña y breve conversación con Jack.
–¿Pasa algo?
–Tu nuevo amigo, es muy guapo –Annabeth se giró un poco hacia Jack, asintiendo con la cabeza, averiguando, como solía pasar, lo que Percy quería decir antes de que él hubiera pensado cómo hacerlo.
–Sí, lo es –decidió seguir ella, optando por molestarle.
–Tu conversación con él tampoco ha sido especialmente… de tu estilo –Percy hablaba despacio como si escogiera cuidadosamente las palabras (lo que probablemente estuviese haciendo puesto que era Annabeth Chase con quien estaba hablando).
–¿No? –preguntó ella, fingiendo que no sabía de qué hablaba.
–Bueno, es que "Hola", "Hola", "Hola" –imitó la conversación, variando su tono de voz de uno muy grave a uno muy agudo– no es muy propio de una hija de Atenea –ella alzó una ceja.
–Me ha parecido bastante interesante nuestra conversación, si te soy sincera –Percy alzó una ceja, separando los labios ligeramente antes de fruncir el ceño, confundido, lo que logró que Annabeth, sin poder evitarlo durante más tiempo, riera.
–Oh, te estás riendo de mí. ¡No me lo pones nada fácil! –exclamó él, atrayendo las miradas del resto de personas del bar. Ella sonrió.
–Jamás te lo voy a poner fácil, sesos de alga –puso una mano sobre su mejilla, acariciándole con suavidad– pero no importa cuantos chicos me parezcan guapos, no importa con cuales tenga conversaciones interesantes porque nunca, nunca, nunca rechazaría ser una cazadora de Artemisa, y, por tanto, inmortal, por ellos; nunca recibiría una cuchillada que podría ser mortal; nunca pasaría seis meses buscándolos por cuenta propia; nunca me ofrecería ir al Tártaro sola porque estuviesen a salvo. Solo lo haría por una persona muy concreta, y la tengo delante de mí –Percy comenzó a notar el dolor en sus mejillas por la sonrisa tan ancha que se había dibujado en su rostro.
–Sí, bueno, el transeúnte que pasaba por ahí detrás parecía simpático, ¿pero no exageras chica sabia? –ella se rió, golpeándole en el hombro con suavidad.
Percy rodeó la cintura de la chica con un brazo y le besó en la sien, antes de dirigirse hacia la mesa donde sus acompañantes esperaban, respondiendo afirmativamente a la pregunta que Ron les hizo diciendo que si estaba todo bien.
La cena, la cual Jack había acordado con John y Clara cuando les saludó, fue bastante amena y divertida. A pesar de la clientela que La rosa y la corona tenía para las cenas, la cual era bastante más de la que Hermione se hubiese imaginado juzgando por la cantidad de visitas que había tenido el local la primera vez que había estado allí, Jack y Gwen buscaban minutos libres entre servicio y servicio para acercarse a ellos y charlar un poco antes de volver a la rutina que, como propietarios, desempeñaban perfectamente.
Las tres parejas esperaron pacientemente al final de la noche para poder hablar un rato con el matrimonio que apenas había podido estar presente durante la velada y, sin darse apenas cuenta, las manecillas del reloj pasaban de largo de las dos de la mañana.
Hermione, nuevamente, intentó pagar por la cena, pero Jack y Gwen se negaron, argumentando que aquella vez y por lo especial de la ocasión, corría de la casa aunque esperaban que, en retorno, pasaran al día siguiente a tomar algo. Más por cansancio que por falta de querer pagar, los cuatro chicos aceptaron, dejando a los dos matrimonios en La rosa y la corona para irse a la casa que Ron y Hermione habían alquilado y, tras organizar cómo dormirían, todos agradecieron dormir en un sitio cómodo y confortable.
A la mañana siguiente y después de una ducha, Annabeth y Hermione, las primeras en levantarse, hicieron una lista del material que necesitarían y la dividieron en dos partes, alimentos y utensilios. Ron y Hermione se encargarían de una y Percy y Annabeth de otra, de esa manera no tendrían que ir de tienda en tienda buscando diferentes cosas. Una vez organizado, y tras haber despertado a los chicos para que se duchasen, prepararon el desayuno que transcurrió mayormente con el sonido del tintineo de los cubiertos, vasos y platos.
Los chicos se ofrecieron a limpiar lo que habían manchado del desayuno, Ron procurando que ni las chicas ni Percy le vieran lanzar hechizos para hacérselo más fácil tanto a su compañero como a él mismo.
Una vez estuvo todo preparado, partieron en la búsqueda de los objetos de la lista.
Ron y Hermione estaban encargados de los utensilios que, Hermione notó rápidamente, eran pocos para los cuatro, de modo que decidió comprar el doble de cada uno además de mochilas y sacos de dormir para ella y Ron y una tienda de campaña y aislantes térmicos para los cuatro, además de varias mantas.
Llegaron antes que Percy y Annabeth, lo que Hermione agradeció, disponiéndose a hacer un hechizo de expansión a las mochilas para guardar todo lo necesario sin que fuera problema alguno mientras Ron se encargaba de la comida. Sacó todos los objetos de las mochilas de Percy y Annabeth, realizándoles el mismo hechizo a ellas en beneficio de sus dos amigos antes de volverlos a meter dentro.
Los dos semidioses llegaron cuando Ron y Hermione estaban poniendo la mesa. Annabeth se disculpó, dejando las bolsas con comida en el suelo de la cocina.
–Sentimos el retraso. Tuvimos que ir hasta la otra punta de la ciudad para encontrar todo lo que buscábamos y esta ciudad es grande.
–No importa, la comida está casi hecha, así que llegáis a tiempo.
Percy y Annabeth se encargaron de acabar de colocar las cosas sobre la mesa así como de quitarlas una vez todo estuvo terminado. Annabeth se sentó en una de las encimeras, mirando a Percy.
–Tenemos que hacer el equipaje –él asintió, apoyándose en la encimera junto a ella–. Hermione, ¿dónde está las cosas que os pedimos?
–En nuestra mochila.
–¿Qué? –Hermione había supuesto que Annabeth no contaba con ellos desde que había visto la lista que ella le había entregado, pero eso no iba a detenerla.
–Queremos acompañaros.
–No, ni hablar. Es una locura, va a ser peligroso –razonó Annabeth, tratando de apelar al sentido lógico de Hermione.
–Sabemos defendernos –argumentó Ron.
–Cuatro cabezas piensan mejor que dos.
–Quizá no sea tan mala idea.
–No estás hablando en serio –bufó ella.
–Sí, lo hacemos –respondieron todos a coro, como si hubieran estado ensayándolo mucho tiempo. Annabeth dejó caer la cabeza hacia delante, hundiendo los hombros.
–Que remedio –se resignó.
–No te preocupes. Pensé que no contabas con nosotros cuando vi la lista así que me permití una pequeña licencia y compré algo de comida enlatada y una tienda de campaña.
–¿Sí? –Annabeth se sentía indignada y asombrada a partes iguales, ¿cómo había estado ella tan segura de que iban a estar dispuestos a dejarles acompañarlos si hasta hacia menos de cinco minutos ambos sabían que no iba a ser una buena idea?
–Ya lo hemos guardado, incluso –respondió Ron, trayendo las mochilas desde el salón.
–¿Habéis metido todo lo que os pedí además de una tienda de campaña en esas mochilas? –preguntó la rubia con incredulidad al ver las cuatro mochilas que parecían casi vacías y que Ron parecía llevar sin problema en un brazo.
–He utilizado un hechizo expansivo –Ron les ofreció sus respectivas mochilas mientras Hermione sacaba cosas de la suya para demostrar su punto ante la asombrada mirada de Percy y Annabeth–. Se lo he hecho también a las vuestras. He repartido todo lo más equitativamente posible, os he dejado a vosotros la mayor parte de vuestras monedas doradas y he reservado para Ron y para mí nuestras monedas mágicas, aunque vosotros lleváis algunas por… no lo sé, sinceramente, más vale prevenir. Además de lo que llevabais en la mochila, que era ropa, sacos de dormir, envases vacíos de comida y bebida, mantas y esos paquetes con algo como el chocolate y los termos con el líquido dorado que pensé que sería mejor no tocar. Lleváis un botiquín y silbatos por si nos separamos. Solo queda dividir la comida y el dinero muggle, quiero decir –sacudió la cabeza– el dinero… ¿humano? ¿Mortal? ¿Cómo nos llamáis?
–Mortales –respondió Percy.
–Pues dinero mortal.
–Y las monedas doradas son dracmas de oro. Los paquete son ambrosía y los termos néctar, es la comida y la bebida de los dioses, me imagino que eso lo sabes –Hermione asintió ante las palabras de Annabeth–. Puede curar a los semidioses como nosotros, pero no intentéis probarlo, acabará con vosotros de una manera no grata.
Separaron la comida y el dinero en cuatro partes iguales, acabando cada uno con 146'75 dólares y unas mochilas que a pesar de ir llenas nadie podría haberlo dicho.
Se prepararon para salir, Percy asegurándose que Contracorriente, como siempre, estaba en su bolsillo; Annabeth colocando su daga firmemente en el cinturón, aunque Hermione tuviese problemas para creer que la semidiosa había hecho algo realmente, y Ron y Hermione guardándose las varitas.
Percy recordó que la noche antes habían prometido que se pasarían a tomar algo a La rosa y la corona y todos coincidieron en que sería una buena idea tomar algo caliente antes de enfrentarse a la aventura tan fría que tenían por delante.
John y Clara estaban allí también y, desde la ventana, más que un matrimonio los cuatro jóvenes hubieran podido jurar que eran un par de adolescentes flirteando.
Jack les recibió, nuevamente, con una sonrisa, terminando de servir un café humeante a un cliente que estaba sentado en la barra y John y Clara les ofrecieron su compañía. Gwen, no teniendo gran cosa que hacer después de una de las horas de más ajetreos se fue junto a ellos y Jack se les unió cuando el último cliente se había ido, momento en el que aprovecharon para contarles su plan de una pequeña excursión de senderismo. John sonrió y Hermione estaba segura de que, de haber llevado su pajarita, se la hubiera ajustado en ese mismo momento.
–¿Y necesitáis que os lleve a algún sitio? Esta vez iremos en helicóptero, entraremos todos en un solo viaje.
