You are mine

Capítulo 1: Regreso a Beacon Hills

—Mierda—masculla, y aunque no le hayan escuchado, sabe que las cosas no podrían ser peor.

Porque su madre y su hermana, oh la adorable Laura Hale, le miran con los ojos entornados, los brazos cruzados y esa mirada que irremediablemente dice que están decepcionadas de él. Y lo ve, ve esas pequeñas arrugas que siempre se forman en los ojos de su madre cuando trata de decir algo en su defensa, y sabe que cualquier palabra que salga de su boca será tomada como motivación para que inicien con su regaño de turno.

Pero no puede evitarlo, y antes de que llegue tan siquiera a pensar en algo que decir, Laura ya ha pasado de estar completamente callada a mirarle con los ojos llameando en furia. Y es inevitable, pasara tarde o temprano de cualquier modo, así que contesta a todo, o al menos lo trata.

—¿En que estabas pensando? —la voz de su hermana en estos momentos suena como algo que no quiere oír nunca, que fácilmente enterraría en la tierra para que no perturbe sus sentidos, porque sobre todas las cosas, el tono enojado de Laura es más efectivo para herirlo que mil golpees.

La sala antes silenciosa se llena de la respiración errática de Laura, y antes de que se cuente seguramente se convierta en un lugar donde una discusión se llevara a cabo. Solo espera que Isaac este lo suficientemente dormido para que no escuche, y que Ethan y Aiden estén encerrados en su alcoba ajenos a todo, como de costumbre. Sabe que Peter, por más que ruegue siempre terminara escuchándola, y Cora no le preocupa en lo absoluto.

—Estaba pensando en mí. En nosotros—contesto, ante la mirada de su madre que seguía estoica.

Laura resoplo.

— ¿En nosotros?—el tono irónico no es una buena señal, así que él también se cruza de hombros, esperando que su hermana mayor al fin salga a relucir su Alpha interior y le dé un escarmiento, como ya había sospechado en un inicio—. Siempre piensas antes de hacer las cosas, Derek, no sé porque esta vez fue la excepción.

—No lo fue. Pensé claramente en ello durante una semana y me di cuenta que era lo mejor.

—¡Alejarte de tu familia no es una opción aceptable! —su madre al fin ha hablado, y no puede más que apretar los puños.

Siente el impulso de pararse, gritar y declarar un desafío que sabe que puede ganar si se esfuerza de verdad. Porque tiene un gruñido atorado en la garganta, porque sabe que no puede hacer eso. Porque no deja que sus instintos le ganen nunca, y sobre todo porque su madre es la cabeza Alpha de su familia, y la ama y la respeta, y nunca podría hacer una cosa como esa. Por lo que reprime todo, y en lugar de decir algo baja la cabeza para que su madre no vea sus ojos brillando en la rabia que siente.

—Solo quería que ya no sufrieran por mí—musita con los dientes apretados, y siente como Laura camina de un lado a otro como solía hacerlo.

—¿Cómo puedes pensar si quiera que sufrimos por ti? —pregunta incrédula, sorprendida sobre todo—. ¿En serio piensas que eres una especie de carga?

Sube la mirada, con el ceño fruncido, y se encuentra con los ojos claros de su hermana exigiéndole la verdad. Sabe que si quisiera pudiera mentirle, no es su Alpha y sobre todo no le debe explicaciones a nadie, pero esos ojos son suficientes para decirle toda la verdad y tratar de estar en paz.

—Sé que es difícil cuidar a todos en esta casa—comienza con su explicación, y antes de que se dé cuenta siente la presencia de Peter, su tío y el hermano menor de su madre, en la puerta. Pero no se detiene y continua, mirando a su madre directamente—. Esta casa no es tan grande como para tenernos a todos en ella, y sobre todo los bebes necesitan espacio para crecer y explorar su entorno. La casa en Beacon es más que suficiente para todo eso. Es cierto que ya la mayoría tenemos vidas en Nueva York, pero debemos de pensar en un futuro.

—¿Y crees que mudándote tu solo a Beacon Hills ayudara en algo? —Laura resoplo, sin parecer demasiado convencida. Gruño un poco.

—Me ofrecieron trabajo—dice por fin, antes de cruzarse de brazos y mirar de manera altanera al cabeza de su familia, su madre, que sigue sin inmutarse en lo absoluto—. Por ello pensaba mudarme primero, para preparar la casa antes de su llegada, si es que los convencía.

—No puedo dudar que es una gran idea, Der—empieza su hermana, sonriendo un poco, pero luego frunce el ceño de nuevo y le mira sin compartir su alegría—. Pero yo no puedo volver a Beacon Hills, no aun.

Suelta un gran suspiro, mirando como los ojos de Laura se oscurecen un poco con el pasó del recuerdo que seguramente está reviviendo en su mente. Las pesadillas con el fuego inician de nuevo en la suya, y antes de que se dé cuenta ya está parado al lado de su hermana y ofreciéndole un abrazo. Ella corresponde de inmediato, porque sabe que no es normal que su hermanito se comporte de esa manera extraña y cariñosa, porque siendo sinceros Derek jamás ha necesitado del contacto físico, o al menos no ha dado una señal de que le agrade, y el simple hecho de que quiera abrazarla significa que entiende perfectamente que le ocurre.

—Lo sé—dice Derek, apretando un poco más a su hermana ante la atenta mirada de su madre y tío—. Por ello pensaba en que deberían de quedarse aquí un tiempo.

—¿Y dejarte a ti solo en Beacon? —esta vez, su madre habla, y puede observar perfectamente como sus ojos brillan en furia llena de negación. Negándose a dejar que se vaya solo. Se separa de Laura, para mirarla a ella con seriedad—. Es territorio enemigo, Derek, lo sabes. Es muy peligroso que uno de nosotros vaya solo.

—Nadie me conoce ahí, y no creo que me reconozcan con facilidad—se explica rápidamente—. Y créeme que no quiero ir solo, pero tengo que estar comenzando a trabajar pasado mañana si quiero el empleo. Es la primera oferta que en verdad me interesa desde que me gradué, y así al menos comenzare a sostenerme yo mismo.

—¿Estás seguro de que estas preparado para regresar a Beacon Hills? —la preocupación de su madre hace que un sentimiento de calor le recorra la espina dorsal, y tiene que sonreír un poco porque siente esa sensación que había olvidado.

—Completamente. Debo de aprender a ser autosuficiente si en un momento consigo a una pareja.

Escucha la voz burlona de Cora al final de las escaleras cuando termino la oración.

—Ya era hora que pensaras en follar—es lo que dice su hermana menor, y no puede evitar fruncir el ceño un poco.

Maldición, que esto es mucho más incómodo de lo que pensó.

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Cuando comienza a conducir no tiene ni la más remota idea de que su vida pueda dar un giro. Ni siquiera lo piensa, para ser sinceros. En lo único que puede pensar es en la suerte que le toco de vida. Y que probablemente Cora se esté carcajeando de lo lindo en la casa. Los arboles pasan veloces a su lado, porque el camino hacia Beacon Hills está lleno de ellos, y próximamente deberá acostumbrarse a mirarlos; el cielo es azul, y aunque el sol este brillando con intensidad en el cielo, no puede compartir la alegría que siente un niño al sentir el calor sobre su piel, contrastando con el frio que provoca el aire acondicionado que tiene encendido desde que salió de su casa. Es otoño, Octubre, y afuera hace un frio que le calaría los huesos a cualquiera, y seguramente él estaría igual de no ser por su chaqueta de cuero que le protege del frio; aun así, con ese clima letal, Derek tiene que encender el aire acondicionado para no sucumbir a la rabia, dar media vuelta y azotar la puerta de su casa como había estado pensando hacer desde que dejo la ciudad.

Tiene problemas de ira, no lo niega, y es difícil controlarse sin ningún enfoque además de ese, pero no puede decir que sería lindo cambiar eso.

Porque, como era de esperarse al ser un Hale, la vida de él no es nada fácil.

Derek Hale tiene 25 años, y ha cursado con éxito un doctorado en historia, es feliz hasta donde puede, y ciertamente considera que tener una pareja no es verdaderamente importante. Es cierto, que en esa sociedad que se ha convertido la humanidad lo es, pero no por ello, aunque muchas veces se ha preguntado que se sentirá tener pareja, quiera una. De hecho, si no fuera por la insistencia constante de Laura, probablemente no haya salido con nadie.

Porque nadie era lo que él buscaba.

No obstante, como la mayoría de las veces sucede en su vida—y con la mayoría se entiende por casi siempre—, las cosas nunca resultan como él quiere, y termina complaciendo a su familia de manera involuntaria. En este caso, no es su perfecta relación familiar, sino, más bien la aceptación de la sociedad en la cual vive.

En momentos como ese, cuando tomaba camino hacia ningún lugar en específico y se detenía a llenar combustible sin que nadie supiera que pasaba por su cabeza en ese momento, sabía que podía maldecir silenciosamente las estúpidas jerarquías que tenían en el mundo. Estúpidas, denigrantes, negligentes, racistas, inequitativas; había muchos adjetivos para calificar el modo con el cual se organizaba a los miembros de mayor importancia en el mundo, cosa que anteriormente no había.

El mundo, como lo conocían en ese entonces no era lo que había sido. Según tenía entendido, o al menos así explicaron en la clase de historia universal, en la cual se había matriculado con honores y un doctorado; antes, había múltiples entidades federativas que dividían al mundo, algunas de gran extensión territorial y otras que se reducían a pequeñas porciones de tierra o islas, muchas de pocos recursos económicos y otras con demasiada diversidad hablando de recursos, algunos con ciertos privilegios que se habían ganado por su muestra a los demás de ser una súper-potencia— término utilizado para las entidades de gran poder— y otras con diminuta influencia fuera de la entidad. Aquellas entidades, se les denominaban países. Y se regían con jerarquías sumamente diferentes a las suyas.

Ahora, muchos, muchos años desde esta época, la humanidad casi se extinguió por una guerra masiva en la que utilizaron armas químicas y causaron epidemia de enfermedad, peste y muerte sobre la Tierra. Sencillamente por el poder y ambiciones que invadieron las mentes de los gobernantes de los países, haciendo que estas se deformaran un poco por el simple hecho de querer ser más fuerte económica y políticamente hablando. Por ello, y por muchos motivos que aún no estaban lo suficientemente claros para colocarlos en los libros de texto como algo más que unas cuantas teorías, iniciaron la, más tarde llamada La Tercera Gran Guerra Mundial. Derek odiaba esa época especialmente.

Esta Guerra, al contrario y a la vez similar a las que le precedieron, dejo tras su paso un gran número de muertes, sin embargo, esta vez no hubo ningún tratado de paz que pudiera haberlas detenido. Los químicos siguieron volando alrededor de la atmosfera matando a los individuos biológicos más débiles, devastando a la mayoría de las personas que vivían en ese entonces. En aquel momento, cuando el profesor James les había explicado eso, no pudo evitar pensar si los que provocaron aquello fueron catalogados como individuos débiles, y si murieron irónicamente con sus propios químicos. Un humor negro que solamente a él podía hacerle gracia.

Sin embargo, unos pocos miles de humanos, genéticamente inmunes a la enfermedad que provoco las sustancias, de alguna manera encontraron la forma de sobrevivir con la poca de comida que pudieron encontrar y fueron capaces de ayudar a restaurar su especie: el ser humano.

A medida que pasaba el tiempo desde La Gran Guerra, los productos químicos seguían en el aire y suelo, contaminando el agua de los arroyos y la comida que luchaba por crecer de la tierra; matando a aún más humanos de los pocos que quedaban y devastando el terror de ingerir los productos que la tierra les brindaba. Para sobrevivir, los humanos tuvieron que acostumbrarse a este medio ambiente alterado, la lluvia radioactiva, junto a otras sustancias químicas en torno hicieron mutar a los seres humanos. Mutación, pensó, Darwin—un científico que había vivido cientos de años después de la Gran guerra, y que aún seguía siendo una de las personas más importantes para la que la humanidad avanzara— decía que eso era evolucionar, y que los individuos más fuertes de algunas especies podían hacerlo, pero que aquello no afectaría a estos individuos, sino a sus descendientes. Eso fue lo que paso con los humanos en ese momento.

Las mujeres dejaron de tener ciclos menstruales mensuales, pero aún eran capaces de dar a luz. Poco después, ciertas mujeres y hombres comenzaron a sentirse raros cada tres meses, entrando en un tipo de "celo" similar al de algunos animales placentarios hembra durante la época de apareamiento. Más tarde, se descubrió que hombres y mujeres fueron capaces de dar a luz, y aquellos que pasaban por esos "celos" eran mucho más fértiles y capaces de dar a luz con mucha más frecuencia porque sus embarazos duraban 6 meses. A estos hombres y mujeres se los llamaron "Omega", debido a lo frágiles y regularmente embarazados, pero a la vez vitales, que eran. Se les restringía de la lucha y la caza, y sólo se les permitía participar como último recurso, denigrándolos a ser incapaces de nada por ellos mismos.

Los "Betas" eran aquellos que no pasaban por celo y no se sentían atraídos por los Omegas que estaban en él. Originalmente eran los que cuidaban a los Omegas y otros Betas que esperaran bebes. Ellos podían cazar y trasladar la comida como guerreros por debajo de los Alfas.

Los demás eran aquellos que guiaban a la gente, se encargaban de las guerras territoriales y la caza: eran los "Alfas". Protegidos y cuidados por el resto de sus pueblos, ya que eran los más fuertes y estratégicamente más hábiles, al mismo tiempo, estos defendían a sus pueblos correspondiéndoles el afecto, pues era su deber. Protegían a los demás, y como una manada de lobos se organizaban los grupos conformados por las tres jerarquías.

Pero a pesar de sus puntos fuertes, los Alfas caían de rodillas ante el Omega en celo más cercano. Usualmente se apareaban con los Omegas cuando eran capaces de reconocer el olor del celo; olvidándose de todo lo que les rodeaba hasta que quedaran satisfechos, "anudando" dentro del Omega (aumentando así las posibilidades de fertilización). Anteriormente, los Alfas solían tener unos 5 compañeros de cada uno, marcándolos de dos de estas tres formas:

1. Grabando una marca en el brazo Omegas (ya no es socialmente aceptable, pero aun sucede con los Omegas que tienen un Alfa muy posesivo).

2. Dar algún tipo de gema o piedra en un collar o una pulsera para que llevaran (ahora se utiliza como forma de proponer casamiento a Omega).

3. Marcando al Omega con el olor del Alfa (que ocurre de manera natural después de anudar)

A medida que pasaba el tiempo, los pueblos formaron ciudades y pronto los países se restablecieron con sus mismos nombres, y gobiernos que tenían anteriormente (monarquías, democracias, etc.). Los avances tecnológicos superaron la tecnología de la época de La Gran Guerra, y los científicos biólogos que estudiaban los fenómenos evolutivos del ser humano encontraron la relación entre los tipos de sangre y la Importancia jerárquica. Ya que las ciudades fueron reconstruidas y la necesidad de las guerras territoriales y de caza disminuyó al encontrar maneras más sencillas de alimentarse, el orden social cambió para adaptarse a la falta de las necesidades primitivas.

Los Alfas todavía ocupaban puestos de liderazgo, pero también comenzaron a trabajar en los campos de la ciencia (en los cuales su inteligencia era de gran utilidad) y los medios de comunicación (su apariencia fuerte y superior ayudaba a que la gente vea las películas o la comprara los productos anunciados). Los Betas comenzaron a emparejarse con alfas u omegas, pero siguieron siendo las "abejas obreras" de la sociedad. Sin embargo, los Omegas siguieron en el mismo camino que tenían desde la evolución, aunque algunos tenían la suficiente libertad para tomar sus propias decisiones y elegir un compañero por el mismo si el Alpha de la familia lo consideraba oportuno.

Los términos, Alfa, Beta y Omega ahora son usadas para decidir en qué parte de la sociedad una persona se desarrollara (Importancia Jerárquica), haciendo que las personas se queden restringidas dentro de los grupos sociales con el nombre de su propia jerarquía.

Los Alfas son líderes natos, son fuertes, valientes, inteligentes, hermosos y agresivos. Los Betas nacen para trabajar en las tareas que los Alfas les asignan, son gente fácil de tratar, y no les importa ser seguidores. Y, por último, están los Omegas. Cuya función principal es la de quedar preñados, dar a luz, y criar a los hijos. Y, si los Alfas se lo permiten, pueden trabajar como maestros o niñeras. Deben ser sumisos, cariñosos y sensibles.

Mientras la jerarquía de Importancia Social siga existiendo, y los papeles no hayan cambiado mucho desde los antepasados, una cosa se ha vuelto mucho más compleja y molesta para cada generación de seres humanos: Buscar sus compañeros. Exactamente lo que le pasaba a él.

Su familia era una de las más respetadas entre las demás, pues contaban con un gran número de miembros, además de que, por si fuera poco, tenía a cuatro Alfas en ella, además de contar con el mismo número de Omegas. En especial por estos últimos, pues es especialmente raro que nazca uno. En su familia son cuidados como uno de los más preciosos tesoros, y Laura, su madre Talia, Peter y hasta el mismo Derek protegían con recelo a los pequeños Omegas de la casa. Charlie, su hermana más pequeña de cuatro meses, junto con sus primos Ethan, Elena e Isaac, siempre serían los consentidos de la casa.

Suspiro, dejando de apretar el volante y perdiendo su vista en el horizonte. Lo único que lamentaba con toda su alma, era no haber podido despedirse de Charlie.

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Stiles siente la mirada de su padre desde que entra en la comisaria.

Sus pasos son seguidos con la vista de águila del Sheriff, y tiende a hacer una mueca cunado pisa una tabla suelta y esta rechina con dolor, como si agonizara y en verdad sufriera. La recepcionista, que no recuerda su nombre porque sabe que no es importante, le mira con una ceja alzada, y sonríe un poco de manera nerviosa pidiendo que le ignore. Casi inmediatamente, la mirada de la oficial recae en su computadora de nuevo. Suspira, y se acerca con pasos aún más ruidosos hacia la oficina principal. Jordan Parrish no está, y respira otra vez cuando lo comprueba.

Su mano, temblorosa, se acerca a la perilla de la puerta, y ve por la ventana de vidrio como su padre frunce los labios como tratando de averiguar a que ha venido esta vez. No puede evitar abrir lo único que le separa del Sheriff con una sonrisa arrogante en sus labios.

—¿Qué pasa, Sheriff? —Su tono de voz divertido deja ver sus palabras ocultas, deslizándolas con malicia, y ve como su padre suspira con pesadez, negando con la cabeza—. ¿Estás bien? ¿Problemas en el pueblo?

—Los dos sabemos que no estás aquí para enterarte de lo que seguramente ya escuchaste en mi radio—coloca sus manos frente a su rostro, dejando sus codos en el escritorio y recargando la barbilla en sus manos entrelazadas—. ¿Qué quieres, Stiles?

—¿Qué acaso no puedo venir a ver a mi padre en un día laboral?

—No es tu estilo.

El joven hace una mueca indignado, y pareciera que al hombre le ha divertido, porque no puede evitar reír un poco. Stiles seguramente sería un buen actor, a no ser porque revienta a carcajadas cada vez que trata de serlo.

—De acuerdo, me has atrapado Sheriff—dijo cuando termino de reír, y se tiene que cruzar de brazos con semblante pretensioso—. Pero no será tan fácil a la siguiente.

—No habrá siguiente—la seriedad de esas palabras sorprende al mismo Stiles, y este no puede evitar borrar su sonrisa y mirarle con curiosidad—. Sabes que no me gusta que te pasees por aquí. En especial cuando Parrish termina con un problema en los pantalones.

La cara del joven se tiño de rojo, haciendo que sus lunares se hagan a notar aún más de lo normal, pero el ceño fruncido y el semblante molesto no le deja duda a John. Stiles odia la reciente atención que Jordan tiene con él.

—Es un zorro—suelta con molestia el menor, cruzándose de brazos y haciendo un puchero adorable a los ojos de su progenitor.

—No es su culpa—John trata, inútilmente por cierto, de defender al chico más eficaz que tiene en su unidad, aunque su hijo no comparta su opinión en lo absoluto—. Si no fueras mi hijo y fuera un poco menor, probablemente yo te miraría tanto como lo hace él.

—Y eso dejara otro trauma que agregar a la lista, gracias papá—rueda los ojos con sarcasmo evidente, antes de fruncir el ceño de nuevo—. Mirar está bien—gruñe con los ojos entrecerrados, del coraje—. Lo que él hace se le llama acoso. Y eso está prohibido por la ley.

—Entonces desaparécete, porque está a punto de llegar.

Como si fuera una señal que Stiles estuviera esperando, salió por la puerta, sin siquiera notar que no le había podido pedir a su padre dinero para comprar unas buenas zapatillas deportivas para el entrenamiento de Lacrosse de esta tarde.

Salió de la oficina sin importarle que la recepcionista le mirara extrañada, y antes de que se diera cuenta ya iba en dirección a su Jeep azul, atravesando a toda velocidad el estacionamiento de la comisaria y estando completamente seguro que su padre estaría carcajeándose de su pobre intento patético de permanecer virgen hasta llegar a la escuela. El pavimento estaba helado, y el frio le calo en los huesos antes de que abriera la puerta de lo que tenía de coche y lanzarse sobre el asiento. Suena un gran estruendo cuando azota con fuerza su única salida y enciende la calefacción. Demonios, que está helando afuera.

Acomoda el espejo retrovisor, dándose cuenta que esta gélido ante su toque. Se ve en él, percatándose que las mejillas están rojas, fuertemente sonrojadas, y su nariz parece la de Rodolfo el Reno en el cuento de navidad que solía ver toda la Noche Buena. Sonrió un poco, pensando que había perdido toda la dignidad que pudo cuando pensó en que era el reno de nariz roja, y comenzó a dar la vuelta a la llave en el contacto, encendiendo con rapidez el automóvil y esperando a que se calentara en el motor lo suficiente.

Esa idea fue totalmente desechada cuando el auto policial de Parrish dio vuelta en el estacionamiento.

No miro atrás cuando dejo el estacionamiento a toda velocidad.

Ni siquiera cuando escucho el claxon de Parrish.

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La casa era justamente igual a como la recordaba, pensó, estacionando el choche en medio del bosque, justamente donde la propiedad de los Hale se erguía de manera lamentable.

Hace años, esa casa fue una construcción que cualquier persona hubiera descrito como bella, imponente e incluso, podían decir que aunque su tamaño no era el de una casa normal, porque era especialmente intimidante, la Mansión Hale era hogareña. Llena de risas de los niños de la familia correteando, con sus paredes pintadas de colores cálidos, y el bosque verde que la rodeaba y creaban crepúsculos hermosos en las puestas de sol. Su hogar…

Ahora, toda la gloria que pudo haber tenido esa casa, no existía. No quedaba ni una sombra de lo que fue la mansión Hale en ese entonces, y tiene que parpadear un par de veces para evitar que sus ojos de humedezcan. Frente a él, esta una construcción que nadie duda que sea grande, pero que definitivamente no es bella ni gloriosa. Es un edificio quemado, con las ventanas rotas casi en su mayoría, con las paredes calcinadas de color gris fuerte, se ven tan frágiles que tiene miedo de tocarlas, porque cree que puede tumbarlas con facilidad. Mira de pies a cabeza ese horrible edificio, llenándose las pupilas con la imagen aterradora que el verde musgo del bosque le da a esa construcción, como si fuera un escenario donde una película de terror se desarrolle. Los árboles que en ese entonces eran perfectos, ahora no son más que troncos muertos debido al otoño, complementando todo el tétrico paisaje.

Avanza con facilidad entre el barro que rodea la casa, y sube los peldaños gastados y oscuros, viendo la puerta de madera maltrecha colocada aun en su lugar. Toca la perilla, pero no soporta más, y antes de que se cuenta se dirige a su Camaro negro casi corriendo, con los ojos húmedos y sus colmillos sobresaliendo de su boca.

No ve atrás para ver la casa, y no se detiene hasta que está a tres kilómetros de la propiedad, donde frena el coche, deja su chaqueta en el asiento del copiloto y baja para correr por el bosque.

No regresa a la carretera hasta que anochece, cubierto de barro, con la camiseta hecha jirones de tela y con los jeans mojados de la pantorrilla.

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Donde se quedara a vivir es bueno, piensa, subiendo la última maleta con sus pertenencias al piso que ha comprado. Es un Loft bonito.

Lo ha elegido cuando le ofrecieron el empleo, solo por si realmente lo aceptaba, y le gusta. Es idéntico a las fotos y no puede evitar pensar que será un lugar demasiado espacioso para entrenar como está acostumbrado. Además, está lo suficientemente cerca de la escuela en donde dará clases, pero a la vez es un lugar céntrico al cual es sencillo el llegar en automóvil. A su madre y a Cora probablemente le guste, pero duda severamente que Laura lo considere adecuado, por no decir qué bonito.

A Derek no le importa, sin embargo, y piensa que está bien que él escoja en donde vivir, pues después de todo, cuando la familia se mude, si es que lo hace, la Mansión Hale estará reconstruida y en funcionamiento. A eso ha venido.

Se dirige a la ducha cuando ha terminado de colocar sus cosas en los dos muebles de su habitación, revisa una última vez que la ventana del cuarto este cerrada y la ropa sobre la cama antes de cerrar la puerta del baño, y definitivamente comenzar a desvestirse, bajando la guardia unos segundos. Se mete a la ducha por completo, y abre la llave, esperando y pidiendo por favor que el agua este caliente. Maldice no haber regularizado la temperatura cuando el chorro de agua fría cae en su cara, haciendo que sus bellos se ericen. Gruñe con fuerza apretando los dientes con su mandíbula. Odia el frio en la ducha.

El agua caliente chorrea por sus marcados músculos, quitando la tensión acumulada en estos y dejándole respirar como no lo había hecho en mucho tiempo. Eso es vida, piensa, cerrando los ojos y pasando sus manos por su cabello.

Piensa sobre su día.

Beacon Hills, el pueblo natal de su familia, donde el creció y se desarrolló, no ha cambiado en lo absoluto. Puede que hayan más tiendas, pero sigue teniendo ese aire de naturaleza y peligro acechante en cada esquina que las creaturas como él perciben con facilidad. No le sorprendería si los Argent siguieran viviendo ahí, y sonríe con sorna al pensar que, de casualidad, se los encuentre en el supermercado comprando como una familia promedio.

Eso sería algo digno de ver. Un Argent sin arma alguna en su cuerpo.

Se enjabona el cuerpo, pensando en cómo serán sus alumnos de mañana. Sobre todo, si las películas tienen razón, y puede que uno de ellos sea un desastre con piernas que sea torpe y descuidado y manche su camisa nueva con el café que seguramente comprara mañana. Se imagina a una chica rubia que se crea la más sensual de la escuela, como en su tiempo, y una pequeña tímida que toca un violoncelo viene a la mente como un flash, solo quedándose uno segundos y desapareciendo igual de rápido.

Su pecho le duele y le falta el aire, pero se controla y se mete de nuevo en el chorro de agua caliente, lavándose.

Suspira y cierra la llave, dejando que las gotas escurran por su bronceada piel, y no sale hasta que está casi seco. Toma una toalla que ha metido con anterioridad y se envuelve en ella.

Una persona pensaría que a él le gusta usar las toallas amarradas a la cadera, dejando ver su pecho y demás cosas que harían gritar a una colegiala con las hormonas alborotadas, pero en su caso, prefiere envolverse en ella como si fuera un burrito, y la prenda es lo bastante larga como para poder pasársela por los hombros y envolverse con ella hasta la rodilla. Así está mejor…

Sale del baño y ve la nube de vapor que se escapa de este, al mismo tiempo se topa con el aire frio de su habitación sin calefacción y ve que su aliento se convierte en una nube de vaho. No puede evitar fruncir el ceño con disgusto y dirigirse rápidamente hacia su cama, tomando los bóxer y su camiseta antes de tirar la toalla a la esquina y lanzarse a la cama dejando hundir su cuerpo en las sabanas nuevas.

Apaga la luz y mira al techo unos minutos.

Será una buena noche.

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¡Derek!alguien grita. Gira su cabeza y ve a Laura tomarle de la mano y llevarlo a través de ese mundo de lenguas de fuego peligrosas y olor a metano.

Frunce la nariz, y detesta el olor de inmediato.

No puede ver nada más que las llamas alzándose por arriba de la cabeza de su hermana, los colores rojo y naranja predominan entre todo su campo de visión. Demonios, piensa, cuando unos gritos agónicos y los llantos de Cora le llegan a los odios. Sabe que es su culpa. Lo sabe.

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Lamentablemente las pesadillas le invaden con tan solo cerrar los ojos, y cuando se ve en el espejo al día siguiente puede notar las ojeras levemente pronunciadas debajo de sus ojos. Gruñe con los dientes apretados en algo que se le ha vuelto un habito extraño desde chiquillo.

Se dirige a la cocina con la camisa desabrochada, dejando ver su musculosa blanca, y se abrocha los pantalones de vestir antes de abrir la nevera. Observa con atención, sintiendo que el frio que esta despide le llega directo a la cara, y tiende a sonreír al recordar que, aunque deteste el agua fría e irremediablemente quiera estar siempre caliente cuando sale de la ducha, el aire acondicionado de su auto siempre logra calmarlo. Como si menguara el fuego interior de su ira con la baja temperatura.

Lo primero que nota es que debe de hacer las compras para tener comida, por ejemplo una botella de leche y un buen cereal. Derek siempre había preferido el cereal de maíz inflado con azúcar, porque los de chocolate de Cora e Isaac eran lo bastante dulce para empalagarle. Lo segundo que nota, es que su madre es una mujer increíble, pues le ha dejado el suficiente café en su recipiente para subsistir por dos semanas más. Saca el dicho recipiente y coloca la cafetera que se ha comprado antes de llegar, porque él puede vivir sin una casa—lo ha intentado, y ha funcionado como había esperado—, sin agua potable o una buena cama en la cual descansar, pero jamás podrá vivir sin la sensación de la cafeína corriendo por su sistema después de beber en las mañanas, y aunque eso dure apenas media hora, le parece suficiente para tener energía durante el resto del día.

Se abrocha la camisa con paciencia, y piensa en que estarían pensando los educadores para que las clases comiencen a las 7:30. Si él fuera un estudiante aun, la idea de faltar a clases sería demasiado tentadora.

—Seguramente muchos lo hagan—piensa en voz alta, sin poder evitarlo.

El sonido de la cafetera lo alerta, y ya con la ropa lista y puesta toma su termo y lo llena de la oscura sustancia que tanto adora. A Derek le gusta el café amargo, muy amargo, con un poco de azúcar y la suficiente leche para que no le destroce la garganta, pero sí que le arda con un dolor placentero llenando su cuerpo de calor y una sensación de hogar que él mismo considera un poco extraña.

Deja el loft dos minutos después, y cuando sale se detiene en seco en medio del estacionamiento.

No puede evitar alzar su cabeza y buscar que es lo que provoca eso en él, que este alerta y con la sensación de peligro recorriendo todas sus terminaciones nerviosas y la sensación constante de que algo estaba a punto de pasar, se pregunta en qué demonios se ha metido.

A lo lejos, escucha el motor de un automóvil, y antes de que se dé cuenta de lo que está haciendo ya se dirige corriendo hacia su propio Camaro entrando en el con rapidez y encendiendo el motor.

Sale lo suficientemente rápido como para ver una moto estacionada en la esquina del estacionamiento, y una figura recargada en ella de manera desinteresada. Y aunque tiene casco, sabe que su mirada está puesta en la parte trasera de su auto cuando por fin llega a la calle.

Gruñe.

Los Argent.

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