You are mine
Capítulo 2: El día es una mierda
Stiles conoce que es probable—de hecho, demasiado— que su padre considere que salir con Scott no sea correcto. Lo sabe, pues siempre que están juntos algo malo, terriblemente malo al grado de desastre de adolescentes entrometidos al mejor estilo Scooby Doo, sucede. No importa quién sea o porque, siempre tendrá que estar relacionado con Stiles y Scott, el dúo dinámico más perfecto que la historia americana haya visto, aún más que los héroes de las historietas de antes de la Gran Guerra, Batman y Robin. Eso todos lo sabían. Por ello, su padre no permitía que Scott estuviera en sus planes si había una emergencia de último momento.
Porque su mejor amigo ha estado demasiado tiempo a su lado como para saber que es bueno, una persona correcta de ética y moral impecable y que siempre hará lo correcto cuando pueda. Pero John Stillinski sabe que su hijo no lo es. Stiles es todo menos tranquilo, y sabe que puede ser capaz de romper la ley de manera inocente al tratar de saciar su curiosidad. Porque lo que Stiles si es, es bueno, pero su personalidad hiperactiva puede que no sea tan buena.
Y eso Stiles lo sabe.
Por lo mismo no se preocupa cuando Scott se sube en su Jeep azul y le mira con ganas de asesinarlo.
Scott McCall, su mejor amigo, un chico que ni de lejos se nota que es un Alfa a no ser porque él se la llevaba olfateando a todo el mundo constantemente—porque Scott, diga lo que diga, tenía tendencia de perro. Él lo sabía, algún día lanzaría un hueso y él lo enterraría en el jardín—, nadie, ni siquiera su madre, hubiera adivinado que era un Alfa.
Y es que, a pesar de su apariencia de atleta, pues juega Lacrosse y hay que ser sinceros, los músculos de Scott eran algo digno de ver, la expresión de su mejor amigo no le da el aire de Alfa rompe culos de omegas. Los ojos chocolates, que siempre brillan con inocencia y aparente sinceridad parecida a la de un infante, son sin duda un imán de chicas, en especial de Alfas; su amigo parece más omega a los ojos de los demás que el propio Stiles, y eso es mucho decir, pero es que no le han visto enojado.
Scott enojado es… terrorífico.
—No iré hoy contigo—dice el chico con rasgos latinos, mirándole con aparente molestia una vez que ya está sentado al otro lado del Jeep—. Le prometí a Allison que le repondría que ayer me salí de su casa.
—Oh perdón Scotty—dice el chico de lunares, mirándole con aparente pena—. Yo sé que ni a ti ni a Allison les gusta que te llame en medio de una sesión de amor. En especial si tienes que sacar a tu abejita de su flor.
—Stiles—las mejillas de su amigo se tiñen de rojo, y él puede sentirse satisfecho. De momento.
—Vamos Scott, sabes que bromeo.
—Y tú sabes que la única razón por la que somos amigos es porque conoces lo suficiente de mi para que no quiera salir de mi casa.
—Y tú sabes que también te amo, Scott. De hecho, tengo un altar en mi cuarto de ti, pero no es ni cerca de la despampanante escultura que tienes en tu armario de mí en tamaño natural—se giró, para ver como la madre de Scott, Melissa, le miraba con una sonrisa y le saludaba con la mano desde la puerta de su automóvil. Correspondió la sonrisa al verla vestida de enfermera y con un café en la mano. Seguramente iba al trabajo—. Creo que me agrada más tu mamá que tú.
Scott sonríe.
—Y a mí me gusta más cuando estas callado. Te ves más guapo sin decir absolutamente ni una sola palabra.
—Oh—suelta una exclamación aparentemente suena avergonzada—. Me alagas, Scottie, pero debo decir que debes de comprarme chocolates antes de decirme piropos. Así jamás podrás conquistarme. ¿Sabes que no me alimento de halagos?
—Estarías más delgado si lo hicieras.
Las mejillas de Stiles se colorearon, y frunció el ceño con molestia.
Eso era un tema prohibido que habían estipulado desde que entraron a la Preparatoria. Stiles NO estaba gordo. Punto final, fin de la discusión y nunca más insinúes eso. Porque, por supuesto, Stiles obviamente atractivo y fuera del alcance de todos Stillinski, era el único en la escuela que jamás había salido con nadie. En lo absoluto. Porque él era delgado. Porque podía actuar a veces de manera desesperante. Porque podía tener mofletes enormes que Scott pellizcaba a voluntad. Porque puede que no tenga ni un solo vello del que estuviera orgulloso por ser muestra de masculinidad. Y puede que sea Omega. Pero él no, no estaba gordo.
Pero no era su culpa, joder que no lo era. No era su culpa ser un estúpido Omega, que para los ojos de todos, solo tenía una nariz respingada, lunares y cabello desordenado que provocaba que le dieran un puñetazo en la cara a cada segundo—especialmente Jackson, el co-capitán del equipo de Lacrosse—. No, no era su culpa. Era culpa de la maldita biología, que obviamente al darles a Jackson y a Scott un cuerpo de infarto y una cara bonita, además de habilidades súper increíbles para jugar en el campo como titulares y ser Alfas; no había sido justa, ¿Y qué le había dejado a él? Un cuerpo delgado, carente de musculo cubierto de lunares y una tendencia horriblemente terrible de sonrojarse cada vez que alguien recalcaba el hecho de que parecía una jodida chica por su tendencia a ser sobreprotector con Scott.
Por lo mismo, no era de extrañarse que jamás en la vida haya tenido novia o novio, aunque no le importaba en lo absoluto. Sabía que él tenía una pareja destinada, diablos que lo sabía y esperaba pacientemente a que llegara el momento en que llegara a su vida—aunque la vida solitaria era igual de hermosa si se vivía a través de Scott, quien como siempre era un gran amigo y relataba con sumo detalle cómo se follaba a Allison Argent, una beta, todos los malditos sábados desde hace un mes—. O así pensaba hasta que Jackson el imbécil le dijo que estaba Gordo cuando lo vio meterse casi toda la caja de pizza él solo.
Desde entonces, no podía evitar sonrojarse al pensar que era cierto. Aunque claramente nunca haría algo por dejar de comer. La comida era vida, y él quería vivir.
Además, cualquier persona que disfrutase la vida, no tenía el cuerpo de infarto de los súper modelos. Eso solo pasaba en las películas.
—Probablemente sí—suspiro, aun con las mejillas rojas—. Pero sería un palillo de dientes si lo hiciera. Me gusta mi grasita corporal, me protege de bravucones abusadores como tú.
Scott no pudo evitar picarle el abdomen con el dedo índice. No había nada ahí, ni siquiera la grasa que presumía cada vez que Scott tocaba ese tema, pero de todos modos su mejor amigo disfrutaba el hecho de molestarle con ello.
—Gordo eres adorable.
—No estoy gordo, solo estoy…—sonrió ante su ocurrencia, y miro cómplice a Scott, esperando que entendiera la indirecta—, pachoncito.
—Como no—el chico latino soltó una carcajada, e iba a decir algo cuando su celular comenzó a sonar, llamando la atención de ambos chicos. Scott descolgó de inmediato al ver que, probablemente, era Allison—. Hola, Allison—si, Stiles nunca se equivocaba—… No, estoy en mi casa aun, ya voy para allá.
Colgó y miro a Stiles con una sonrisa apenada.
—Te tienes que ir—se adelantó el chico de lunares, suspirando y mirándole—. ¿Y qué esperas? Si te apresuras probablemente recibas un beso de buenos días.
Guiño un ojo ante la vergüenza de Scott, y le vio dirigirse hacia su casa por su bicicleta. Arranco el carro antes de que su amigo se girara, pues llegaría tarde a su primera clase. Suspiro mirando al cielo, estando completamente seguro, que la vida solo apestaba un poco.
Solo un poco.
.
Derek llego a lo que sería su nuevo lugar de trabajo, quedando observando el edificio que no había cambiado en absolutamente nada. Sin poder evitarlo, recordó tiempos que pensaba olvidados, en la soledad de su auto con la música en un volumen tan bajo que pasaba desapercibido para el odio de la mayoría. Obviamente, el aire acondicionado del Camaro estaba encendido.
Recordó cuando él estaba en esa escuela, estudiando como todos los demás.
Los pasillos siempre estaban abarrotados de adolescentes, llenos de olores tan diferentes que el olfato agudo que poseía se irritaba constantemente después de pasar cierto tiempo en ese lugar, memorizando tantos olores que su cabeza dolía inevitablemente y provocaba nauseas profundas dentro de él, revolviéndole el estómago y teniendo presente la tentación de vomitar todo el contenido que poseía. Casi siempre, su desayuno matinal.
También esta consiente de que extraña a su equipo de baloncesto de la preparatoria, y se pregunta si, de casualidad, aun conservaran la tradición de tener dos entrenadores, y si uno de los puestos estaban bacantes, le encantaría ser uno de ellos. Entrenar al equipo actual de basquetbol le parecía que sería una buena distracción de tiempo libre.
Ve a un par de chicos correr hacia la entrada, uniéndose a un grupo más grande de amigos, y no puede evitar pensar si alguna vez él se vio de igual manera. No sonríe, pero siente como su comisura quiere hacerlo. Lo reprime con facilidad antes de bajarse del Camaro y coloca el seguro. Suspira, echándose la correa del maletín al hombro y comenzando a caminar hacia la entrada de la escuela echando la alarma al automóvil, donde seguramente el director le dará un monologo de dos horas antes de que comience a dar clases. Espera que por lo menos haya un buen lugar donde poder leer.
Ya casi ha llegado a la entrada cuando escucha un chirrido atrás de él. Le sigue un golpe sordo y la alarma de su Camaro a un volumen irritante.
Suda frio.
No.
No.
¡No!
Se gira de manera que su cuello seguramente le resentirá luego, pero no le importa, porque detrás de él, donde su hermoso Camaro negro recién pulido, y que él mismo se ha comprado sin usar el dinero de su familia para ello, estaba estacionado. La imagen que se topa es horrible.
Su Camaro, aquel que es su auto, ahora tiene una horrible abolladura en el guardafangos izquierdo de atrás, donde un chico de cabello desordenado en un Jeep maltrecho de color azul—que de paso esta aboyado donde supone que choco contra su auto— le mira con una ceja alzada.
—¿Es tuyo, amigo? —pregunta el chico, bajándose por la puerta del conductor con las manos en los bolsillos dirigiéndose a él en andar despreocupado.
Siente la rabia crecer en su estómago, tomando camino hacia su garganta donde se aloja el característico rugido de molestia que, está seguro, soltara en cualquier momento.
—Sí—se cruza de brazos, mirándole altivamente con los ojos chispeando en rabia. El chico solo le mira.
—Está bien—dice por fin, encogiéndose de hombros—. No te preocupes, amigo, no te pediré que pagues por el choque ni nada. Así que sigue tu camino mientras estaciono bien mi bebe.
—¿Tú no pedirás que Yo pague? —la incredulidad es dueña de la voz de Derek, e incluso el mismo se da cuenta que su cara muestra la sorpresa.
—Si grandote—dice el chico, con una sonrisa y le apunta con un dedo cerca de su pecho, pero sin llegar a tocarlo. De todos modos, es una amenaza para Derek, por lo que se tensa al instante, descruzando sus brazos y apretando los puños—. Debo decirte porque parece que no te has dado cuenta por querer golpearme (he visto tus puños y escuchado tu gruñido al estilo perro, así que sé que deseas darme una paliza), que tu automóvil está estacionado en un lugar prohibido. Solo para profesores, viejo.
—Oh, perdóname—sin poder evitarlo, frunció el ceño y uso sarcasmo, dejando atrás su frialdad habitual con la que actuaba con los demás. Sus venas se calentaban con la furia que sentía—. Pero tú debes pagarme a mí.
—Claro, sobre todo porque tengo demasiado dinero para hacerlo y fuiste amable—el chico también habla con sarcasmo—. Déjame decirte que no. No debo pagarte. Está mal estacionado. Fue culpa de ambos, como un embarazo no deseado. Así que, macho Alfa súper desarrollado, da la vuelta, vuelve a lo que estabas haciendo y adiós.
Antes de que pudiera decir otra cosa el chico comenzó a avanzar hacia la escuela, perdiéndose entre una marea de estudiantes que estaba entrando también. Gruño con fuerza, con molestia y odio. Miro que algunos solamente le miraban con aparente pena, y se preguntó porque demonios.
Bufo antes de comenzar a ingresar a la escuela él también.
A sus espaldas, estaba el Jeep aun mal estacionado cerca de su Camaro
.
Estaba sentado frente a la oficina del director, sintiendo constantemente las miradas lujuriosas de la secretaria de turno, y algunas chicas sonriendo tímidamente en su dirección. Se cruzó de brazos en su asiento, mirando el reloj de la pared de color madera y escuchando las conversaciones de las adolescentes. Apenas habían pasado diez minutos desde que había llegado a la sala de espera y las chiquillas ya estaban comenzando a discutir quien le saludaría y preguntaría si necesitaba ayuda.
Hormonas malditas.
Supo, por el aroma, que no había ninguna omega en ese círculo, y no se extrañó de ello. Los pocos Omegas que deberían de estar en la escuela, jamás serían tan descarados como ellas. Él no estaba interesado en encontrar pareja, así que de la manera más sutil, miro a la chica que se acercó.
—Hola—saludo ella, y se fijó mejor, dándose cuenta que sus ojos azules y su cabello rubio la hacían lucir como una típica estudiante que es porrista—. ¿Necesitas algo?
—Hola—respondió por cortesía, asintiendo con la cabeza una sola vez—. No, la señora Jones ya me ha dado la información que necesitaba. Gracias.
—Oh—la chica pareció decepcionada, aunque no era que a él le importara en lo más mínimo que sus planes para conquistarlo no sean posibles—, entonces me voy. Me llamo Ana, por cierto. Cualquier cosa que necesites, puedes preguntarme.
—Gracias, aunque creo que no necesitare nada.
—De todos modos
La chica se perdió de su campo de visión, y pudo sonreír un poco por cortesía cuando el director salió de su oficina y se acercó a él, tendiéndole la mano.
—Qué bueno que ha aceptado la oferta, señor Hale—dijo el hombre a modo de saludo. Tomo la mano, dándole un apretón leve.
—Gracias por hacérmela en primer lugar, Director Smith.
—Por favor, pasa a mi oficina para darte tu horario de clases—sonrió el hombre, comenzando a caminar hacia la habitación. Derek le siguió sin protestar—. Debo decir que su tesis me ha impresionado, sinceramente, y que estoy sorprendido de que siendo tan joven haya podido graduarse de la universidad para ser Profesor.
—Siempre me ha gustado la historia—dijo como respuesta—. Supongo que no es sorpresa que uno se desarrolle mejor en lo que le gusta.
—En efecto, no es extraño—el director le miro, tomando una hoja de su escritorio y entregándosela—. Este es su horario, y quiero que quede claro que cualquier cosa que requiera puede acudir a mí.
Sonrió un poco de nuevo.
—Gracias, Director.
Salió de la oficina, con la hoja en mano, y estaba dispuesto a irse de no ser porque el Director le volvió a llamar.
—¡Señor Hale! —exclamo deteniendo su avance. Se giró para verle sin expresión—. Se me olvidaba decirle que se le ha asignado un grupo de tutoría.
.
Stiles estaba sentado en su escritorio, sin hacer absolutamente nada porque Scott llego con Allison, y ahora seguía hablando con la chica.
Bufo sin poder contenerlo, recordando que este día podía no ser tan bueno como había esperado en un inicio. A) Su mejor amigo, su hermano del alma, seguía hablando con su novia. B) había chocado con un hombre en el estacionamiento, y si bien se había librado sin pagar ni un solo centavo, su bebe tenía un abolladura nueva. C) Muy probablemente su nuevo profesor de historia llegaría hoy, y sería un viejito amargado con los humos subidos y reprobaría a medio mundo. Incluyendo a Scott.
Sin embargo, Stiles no podía evitar pensar en el hombre de esta mañana. Destilaba furia y molestia, no obstante, el chico admitía que estaba bueno. Vale, había chocado su auto y no esperaba volver a verlo jamás, pero el hombre tenía unos impresionantes ojos verdes que te dejaban sin aliento, y seguramente era el tipo más sexy que Stiles haya visto nunca.
Sin embargo, él seguía perdidamente enamorado de una chica de cabello rubio rojizo, con ojos verdes y una piel increíblemente perfecta. Lydia Martin, la chica más hermosa de toda la escuela, con una figura de infarto y una actitud que dejaría desarmado al chico más preparado para ligar en menos de diez segundos. Obviamente, era imposible que él, el no gordo Stiles, la conquistara.
Borro esos pensamientos deprimentes de su cabeza al tiempo que la puerta se abría.
Y su corazón no pudo más que dar un brinco nervioso.
Oh Mierda…
Frente a él, entrando con naturalidad y cargando unos cuantos libros, se encontraba el hombre del auto. Lo sabía. El día seria pésimo.
Las exclamaciones asombradas de algunos chicos y chicas llenaron el salón, todas igual de sorprendidas. El olor a feromonas llego irremediablemente a su nariz, y frunció el ceño. Si bien su olfato no estaba tan desarrollado como el de Perro Alfa de Scott, si podía oler perfectamente como la mayoría rogaba—literalmente—por la atención del hombre de ojos verdes. Desagradable.
El hombre dejo sus cosas sobre su escritorio y se colocó al lado de este, parado y recto, mirando a todos con aire evaluativo. Stiles ahogo un grito de sorpresa cuando de inmediato sus ojos se posaron con los de él. Se fijó en su color, yendo de un verdoso azulado a uno grisáceo según las emociones se filtraban en ellos, desapareciendo igual de rápido de lo que hubiera esperado. Y estaba a punto de ser mierda, pensó.
Derek no esperaba encontrarle ahí. Ciertamente había pensado que tarde o temprano lo vería, porque iba en la misma escuela, pero no así de pronto, y ni siquiera le había paso por la mente la idea de que fuera del grupo que estaba bajo su tutela. No. Mucho menos que cuando lo mirara a los ojos la furia volviera a estallar.
Algo de lo que se sentía orgulloso, era el control que tenía sobre sus emociones para evitar cambiar frente a los demás. Siempre había sido una persona perfectamente en control, aunque en la adolescencia tuvo problemas para ello, pero, ¿Quién de adolescente no era hormonal? Probablemente una persona sin necesidades físicas. Él era un hombre, alfa, y tenía necesidades como todos los demás.
Sin embargo, ahí estaba.
Ese chico del estacionamiento, con los labios apretados en una fina línea, y con los ojos de color similar al whiskey mirándole, expectante a cualquier movimiento suyo. Demonios pensó, gruñendo un poco y llamando la atención de los adolescentes que estaban en frente, se acercó un poco más a la pizarra. Este sería un largo día.
—Muy bien clase—dijo, carraspeando un poco. El aroma del aula se llenó con las pocas feromonas que soltaban las adolescentes al escucharle hablar, y evito gruñir cuando estas aumentaron cuando les dio la espalda y comenzó a escribir su nombre en la pizarra—. Soy el Profesor Derek Hale—se presentó, y en lugar de dar una sonrisa solo miro a los rostros, algunos hastiados, de los adolescentes—. Seré su profesor de historia, y según tengo entendido, su tutor este año y los siguientes que estén en el instituto.
Stiles no perdió tiempo cuando les dio la espalda, y comenzó a buscar alguna debilidad que tuviera, el recién descubierto nuevo profesor. Se fijó mejor en él, sin poder evitar que sus hormonas de adolescente atacasen sus pensamientos.
Era guapo. Condenadamente guapo con esa barba de tres días en forma de candado, ese cabello de color azabache que gritaba—prácticamente le estaba rogando— para que alguien enterrase las manos en él, obviamente las suyas podían cubrir esa parte; y ese porte de hombre invencible que le rodeaba. Se veía como un jodido modelo aun con esos pantalones de abuelito. Demonios, que la función de esos pantalones eran hacer parecer que necesitaba pañal, no formarle un mayor trasero.
Frunció el ceño bufando, controlándose—un poco— y desviando la mirada hacia un costado. Seguía siendo un odioso, pensó. Molesto y maleducado. Y para empeorar era quien debía de ser su tutor. El día seria grandioso, pensó con su usual sarcasmo.
—Para comenzar este primer día—siguió diciendo Derek, tomando de nuevo el gis y comenzando a escribir tres cosas en la pizarra—, deben de presentarse. Estaré con ustedes estos cuatro semestres restantes, así que es bueno que nos conozcamos mejor.
Stiles leyó lo que rezaba en el cuadrado verde. "Nombre, estatus y una palabra que los describa". Sonrió con burla al saber que, probablemente todos estaban pensando que eran las mismas preguntas que hacían al inicio de cada semestre, y que probablemente el sujeto aun pensaba que eran chicos de doce años. Al contrario, nadie hizo ningún comentario negativo hacia esa presentación que estaban por hacer, sino, que Lydia Martin, la chica de la cual estaba enamorado, dijo:
—Profesor Hale, si vamos a decirle una cosa personal sobre nosotros, ¿no es justo que nos diga algo sobre usted?
Y Stillinski quiso que un libro se estrellase con su frente ante el tono tímido pero coqueto que la chica, Alfa por cierto, había empleado.
Derek, para horror de Stiles, asintió.
—Es justo. Después de que se presenten yo les diré exactamente lo mismo.
Lydia sonrió victoriosa, y se dio cuenta que las chicas sonreían igual. Derek sabía que solamente era para saber más de él, ya que las feromonas a estas alturas eran tan fuertes que nadie—excepto probablemente los Betas, pues tenían un olfato un poco menor al de los Alfas y Omegas—podía ignorarlas ya. Cosa que, sin quererlo, comenzaba a molestarle.
—Iniciemos ahora—dijo con voz autoritaria, y vio como una chica y un chico bajaban la cabeza. Omegas, pensó.
El primero en la fila, un chico bajito, se presentó diciendo exactamente lo él le había pedido, y así sucesivamente hasta que llego a la pelirroja, quien se paró con total elegancia y ahora imponente.
—Mi nombre es Lydia Martin—comenzó, colocándose un cabello detrás de la oreja—. Soy una Alfa, y la palabra que mejor me describe—le miro con altanería—, es dominante.
Pasaron unos cuantos chicos, antes de que, el chico que estaba delante del desastroso adolescente que le había chocado el auto, se levantara. Lo miro de arriba abajo, sobre todo porque se dio cuenta de cómo se ponía en una posición para no darle la espalda al chico de ojos whiskey, sino para que de cierta manera lo tuviera en su alcance. Vio sus ojos chocolates tímidos pasar por los de una chica al lado de Lydia, antes de hablar.
—Soy Scott McCall—su voz tenia convicción, sin titubeos—. Soy un Alfa y la palabra que mejor me describe es…—pareció buscar una, quedándose callado unos segundos, antes de que el chico que le había arruinado el día hablara en susurros—, leal. Soy leal a mis amigos y los protejo.
El pecho de Derek se hincho de una sensación de familiaridad, sabiendo que en eso eran parecidos. Derek siempre protegía a los suyos, a su familia, y no los traicionaría nunca. Recordó un nombre y ese sentimiento desapareció. No. Definitivamente había estado a punto de traicionarlos…
—Soy Stiles Stillinski—la voz del chico le devolvió de los recuerdos a los que se había hundido, regresándolo a la realidad. El chico estaba parado con los brazos cruzados, en una posición que se puede tomar como altanera o bien, como defensiva y evasiva. Derek frunció el ceño con molestia ante el nombre, y teniendo en cuenta que podía humillarle como había humillado a su auto, decidió tomar la oportunidad.
—Debes de decir tu verdadero nombre—dijo con rotundidad, utilizando su voz para dar órdenes que había aprendido cuando Cora creció, pero el chico ni siquiera hizo amago de haberlo oído usar ese tono, y al contrario alzo la mandíbula.
—Ese es mi nombre de verdad, genio—Stiles frunció el ceño. Todo su ser estaba vibrando por el tono del sujeto, pero su decisión estaba clara. No lo dejaría tener poder sobre él. Eso su padre se lo había enseñado—. Mi otro nombre es un trabalenguas, y a menos que quieras humillarte tratando de decirlo, te sugiero que me llames Stiles.
Se sentó. Ante los ojos indignados de Derek.
—Oye—espeto, con fuerza y acercándose al asiento—, no has dicho ninguno de los otros puntos, y te sugiero, si es que no quieres ser expulsado, que no me hable así señor Stillinski.
Stiles alzo la mandíbula retándolo.
—Prefiero no decir los otros puntos, señor Hale.
La manera que el chico pronuncio su nombre, como si fuera una burla, le descoloco un poco, pero se recompuso y le miro de manera rotunda. Ni cuando era un adolescente Alfa había mostrado tal rebeldía ante sus padres, probablemente el chico fuera un Alfa y por ello no le importaba lo que le dijera. Pero aquí tendría que hacerlo.
—Dígalos—dijo de nuevo, con su voz de Alfa autoritario, y los dos omegas del salón temblaron, e incluso la mayoría de los Betas.
Scott se tensó un poco sin quererlo, mirando con el ceño fruncido al nuevo profesor. Derek, por supuesto, capto el mensaje silencioso que le daba los ojos marrones de McCall.
Stiles, bufando con resignación, se levantó.
—La palabra que mejor me describe no existe aún, pero sí le puedo decir que no soy una persona a la que le gustan los hombres que culpan a otros porque se estacionaron mal. Usted me debe la ida al mecánico—le apunto con el índice de manera despreocupada. El chico frunció el ceño, antes de decir con altanería: —. Y para su información, soy un Omega.
Derek se congelo un poco ante eso. Era un omega.
El chico que le había chocado su coche era un Omega.
Había estado a punto de golpear a un Omega.
Regreso a su escritorio, recargándose y medio escuchando las presentaciones de los demás. Demonios. Stiles era un Omega. Un omega que le había desafiado. Un Omega que claramente no dejaba que Derek le dijera algo que no le pareciera.
Y eso estaba mal.
Porque Derek había estado a punto de agredir a un omega. Eso era imperdonable en su casa. Los Omegas eran respetados, recordó, los únicos que podían asegurar al igual que los Alfas, la supervivencia de su familia. La supervivencia de todos. Y que un Omega fuera insultado de algún modo era… inaceptable. Los Omegas se protegían, y los Alfas debían de protegerles. Mierda.
Si su madre se enteraba que se había peleado con uno, estaba jodido.
—Ahora usted, profesor—la voz de Lydia Martin le regreso a la clase, y vio a la pelirroja mirarle—. Es su turno de contestar las preguntas.
Derek iba a abrir la boca, pero una voz completamente cargada de celos lo detuvo.
—¿Para qué mierda se debe de presentar? —Stiles miraba a Lydia con los ojos confundidos, pero a la vez hirviendo de molestia. Scott trataba de controlarle, pero ya había abierto la boca, y cuando Stiles habla, bueno, es como cuando un refresco con gas es agitado: lo mejor era que se saliera el gas hasta que este se terminara, para poder cerrar la botella. La boca de Stiles era igual, simplemente debe seguir hablando—. Se llama Derek Hale, no es nuevo en Beacon y obviamente es un Alfa con un alma llena de amargura.
Toda la moral del hombre se fue al suelo.
—¡Stillinski! —grito, molesto y con los puños apretados. El chico le miro sorprendido y sonrojado, para después bajar la cabeza con la mirada al suelo en modo de sumisión. El Alfa de Derek se regodeo con eso, gruñendo al saber que él podía contener al omega—. Lo espero después de clases.
Definitivamente, pensó Stiles cuando el timbre sonó, este día era una mierda.
Nini: Gracias a todos los que han comentado, puesto followers, favoritos, y leido. muchas gracias, pues me han dado algo por el cual seguir esta historia. Espero subir el siguiente capitulo pronto, y espero que les haya gustado. Gracias de nuevo.
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