Cicatrices

Sara despertó con un fuerte dolor de cabeza y con la boca muy seca. Se extrañó de estar en una habitación que no era la suya y solamente cubierta por una sabana. Al principio sintió miedo ya que no recordaba muy bien lo que había pasado la noche anterior, pero cuando vio una foto suya con su prometido supo que nada malo podría haber pasado.

El sonido de la puerta abriéndose la hizo enderezarse para ver a Franco con una charola que tenía jugo de naranja, chilaquiles y una rosa en un florero.

—¿Cómo está la mujer más hermosa de este mundo? —preguntó el menor de los Reyes dándole un beso a su prometida.

—Me duele mi cabeza—respondió mientras tomaba el vaso de jugo—¿Me cuidaste toda la noche?

Franco se sentó a su lado y le dio un beso en la cabeza

—Como será toda la vida—hizo una pausa—Sara, ¿Qué son esas marcas que tienes en la espalda?

El tenedor cayó sobre el plato.

—¿Marcas? —quiso mentir la muchacha—No, no sé de qué hablas.

Se puso nerviosa y se acomodó el cabello.

—No me mientas por favor—pidió el rubio—Esas marcas, parece como si te hubieran golpeado.

—Realmente no lo sé, supongo que de alguna caída del caballo —puso la charola de lado y se levantó cubriéndose con la bata que tenía próxima.

—Sara, no sé por qué pero no te creo—soltó Franco—tan sólo te hablé de ellas y te pusiste muy nerviosa y además no parece que sean cicatrices de una caída—suspiró—anoche las miré detalladamente y conozco muy bien qué son—se levantó y quedó frente a ella—Sara, esas marcas provienen de golpes con un fuete—la muchacha bajó la mirada—¿Es eso? ¿Fue Escandón cuando aún estabas en la hacienda?

Sara con la cabeza abajo, comenzó a llorar.

—No, no fue Escandón—se apoyó en el pecho de su prometido—pero no te lo puedo contar, Franco, entiéndeme es algo muy personal.

Memorias comenzaron a llegar a la mente de Franco. Visualizó el día de la cabaña, como Doña Gabriela llegó muy alterada y lo obligó a irse, recordó también como fue a verla y sus hermanas la negaron, asegurándose de que se sentía apenada por lo que acababa de pasar y como cuando la volvió a ver lucía más delgada y ojerosa, pero nunca pensó que algo grave pasaría.

Sin pensarlo dos veces, Franco soltó a Sara y bajó corriendo tomando las llaves de Jeep, enseguida Sara hizo lo mismo, llamándole por su nombre para evitar que se fuera.

—¿Qué pasa, Sarita? —preguntó Norma que salió del comedor después de escuchar los gritos.

—Creo que Franco va a ver a mi mamá—tomó aire—vio las cicatrices en mi espalda y creo que descubrió que mi mamá me golpeó.

Jimena Salió detrás de su hermana mayor junto con su esposo y cuñado.

—¿Qué pasa? —preguntó Jimena.

—Juan, tienes que detener a Franco—pidió Norma ignorando a su hermana—se dirige a San Isidro.

—¿Por qué? —insistió Jimena

—Va a buscar a mamá por lo que pasó con Sara.

Los ojos negros de Jimena se abrieron asustados e imitó la acción de su hermana insistiéndole Oscar que los acompañara.

—En el camino les explicamos—dijo Norma—Sara, tú no te preocupes, nosotros lo detenemos.

Sara vio cómo su familia corría hacia los autos, sin embargo ella no se iba a quedar quieta sin hacer nada, mientras veía como su novio iba a reclamarle cosas que a su madre que ya estaban en el pasado. Ella mejor que nadie sabía que su madre ya había pagado por todo el mal que les había causado. No era justo que en ese momento le reprocharan cosas.

Después de darse un baño y vestir con la misma ropa del día anterior, pues no perdería tiempo buscando algo más, corrió a las caballerizas sin importarle que Eva o Quintina le dijeran que no podía salir con el estómago vacío, ensilló su caballo y se dirigió hacia los terrenos de su madre.

La cabeza de Franco estaba dando vueltas, se sentía molesto pero más que eso se sentía herido y traicionado. Él tenía derecho a saber lo que pasaba con su novia. Él nunca les mintió a sus hermanos cuando sus mujeres estaban en peligro y eso había hecho que las ayudaran y las protegieran.

Si se hubiese llegado a enterar de eso antes, Sara no hubiera tenido que esperar hasta que su madre la corriera, él mismo habría ido por ella en ese instante. Pero le ocultaron la verdad, tanto ella como sus hermanas, no consideraron su sufrimiento ni su preocupación.

Estacionó su camioneta frente a la casa de su mujer, suspiró y dudó unos segundos antes de bajar. Pero Don Martin, desde su silla de ruedas ya lo miraba con intriga.

—Franco, ¿Qué lo trae por aquí? —preguntó el viejito una vez que esté decidió bajar—¿Viene a ver cosas de la boda?

—Algo así Don Martin, en realidad venía a hablar con Doña Gabriela.

—Sigue, muchacho, ella está adentro.

Antes de poder dar un paso, la camioneta de Juan se estacionó junto a su jeep, el sonido del motor lo hizo detenerse y maldecir.

Tanto Norma como Jimena corrieron a abrazar a su abuelo, mientras que los hermanos Reyes se alineaban con Franco.

—¿Qué crees que estas haciendo? —Preguntó Oscar—¿Estás loco o que te pasa?

—Caray, ya las cosas están en paz—continuó Juan—no vengas a empeorarlas.

Gabriela salió por la puerta y al verla sus hijas corrieron a abrazarla, después miró a los muchachos y les dedicó una sonrisa.

—¿Y Sarita? —Preguntó—¿No vino con ustedes?

Las Elizondo miraron a Franco con suplica, Oscar y Juan respondieron la sonrisa pero Franco no pudo fingir su desagrado. Al percatarse, Gabriela desvaneció la suya y después de besar en la frente a sus hijas se acercó a sus yernos.

—¿Le pasa algo Franco? —Preguntó la viuda de Elizondo—¿Hay algo mal con Sarita?

Franco se quitó el sombrero.

—No, Doña Gabriela, Sarita está muy bien—suspiró—yo soy el que tiene problemas.

Gabriela se extrañó y miró a todos a su alrededor.

—Si gustan pasar y platicamos.

—El asunto es muy personal Señora y me gustaría que lo tratáramos solo nosotros dos.

—Franco—quiso reprenderlo Juan.

—Déjame Juan, es un asunto delicado con Doña Gabriela y tranquilos todos que no vengo en plan de pelea.

Franco y su suegra se adentraron en la casa mientras que Jimena y Norma abrazaban a sus esposos, estos le indicaron el motivo que había llevado a Franco hasta ahí a lo que Don Martin sólo pudo argumentar su frase de siempre.

—Las pelotas del marrano.

Una vez en el estudio, Doña Gabriela le comentó que el motivo de su visita le intrigaba mucho, más que tuviera esa cara y que no estuviera Sarita con él.

—Ella no pudo venir—respondió el rubio—se sentía indispuesta, ayer salió con sus hermanas para celebrar su despedida de soltera—Gabriela golpeó en la mesa y desvió la mirada— ¿Le molesta? ¿Cree que por salir un día en la noche sus hijas ya no son muchachas decentes?

—No, no es eso—respondió incomoda por la pregunta—ay Franco, ellas pueden hacer lo que quieran, yo no tengo derecho sobre sus vidas.

Franco suspiró

—¿Se da cuenta señora todo lo que usted tuvo que pasar para darse cuenta de eso?

Gabriela le dedicó una mirada de desaprobación.

—No tiene que recordármelo, Franco.

—Perdóneme, señora, pero pasado mañana seré esposo de su hija y es mi deber velar por sus seguridad y salud, sé que debí hacerlo desde hace mucho tiempo, pero sus hijas me lo ocultaron por amor a usted—Gabriela lo miró a los ojos creyendo saber para donde iba—solamente quiero saber, ¿las heridas que tiene Sara en la espalda requieren de un cuidado especial?

Franco observó como el rostro de su suegra se ensombrecía mientras desviaba la mirada.

—¿Ella se lo contó?

—No señora, le repito que por amor a usted, ellas no me dijeron nada. ¿Por qué lo hizo? ¿Tan malo fue lo que hizo Sara al enamorarse de mí que tenía que pagarlo así?

—El doctor dijo que no quedaría marca—respondió.

—Pues en su espalda hay unas líneas verticales que están cicatrizadas, ¿Fueron fuetazos? —ella no respondió—Señora, Sara fue su hija que más le cumplió y fue la que más caro lo pagó. Yo adoro a mis cuñadas, pero seamos realistas, Jimena se casó a escondidas con un pobre obrero que no tenía para alimentarla, Norma engañó a su esposo con mi hermano al grado de quedar embarazada. ¿Qué hizo usted? Dejo que se fueran con ellos. Cuando Sara y yo comenzamos a salir, yo ya tenía una posición social y ninguno de los dos tenía un compromiso. Sara quería contarle lo nuestro porque confiaba en usted, pero necesitaba tiempo, desde un principio yo hubiera dado la cara para decirle que mis intenciones eran buenas, para aclarar todo lo que se decía de mí. Sí, yo tuve una relación con Rosario Montes, ¿pero sabía que yo le propuse matrimonio? Ella quería todo lo que yo no podía darle y por eso comencé a trabajar con Eduvina como su asistente y nunca dejé que las cosas pasaran a más…

—Ay por favor, Franco. Si se casó con ella.

—Sí, me casé con ella, porque días antes, los matones que la secuestraron a usted entraron a nuestra casa y lo perdimos todo, la panadería que era la que nos daba de comer quedó destruida. Mis hermanos necesitaban el dinero y Eduvina un esposo. Aunque ellos se opusieron totalmente yo había dado mi palabra y tenía que cumplirla.

Gabriela tenía los ojos abiertos como platos, impactada ante la forma en que Franco le hablaba pero sobre todo por lo que le estaba contando, no entendía por qué le daba explicaciones sin embargo estaba entiendo muchas cosas que antes sólo justificaba con que los Reyes eran unos vividores.

—Rosario no sólo había trapeado el piso conmigo, sino que además me había traicionado y se había casado tan sólo días después de haberme corrido de su departamento—continuó el rubio—usted más que nadie sabe que por amor a veces se cometen las mayores estupideces, más si el amor es el equivocado.

—No sé por qué me cuenta todo esto.

—Cuando Sara y yo comenzamos a salir, pasó más de un año de todo lo que le acabo de contar, no tenía relación con Rosario y Eduvina me había dejado todo sus bienes, los cuales con la ayuda de mis hermanos supe administrar. Su hija no le falló, señora, ella supo en qué momento involucrarse conmigo y créame que no fue algo fácil. Yo amo a Sara como no se imagina, ella me hizo volver a vivir, ella logró entrar a mi corazón el cual juré no volver a entregar. Sara no sólo es mi compañera de vida, es mi mano derecha en los negocios, es la encargada de la Hacienda—suspiró—yo no vengo a juzgarla Doña Gabriela, sólo vengo a decirle que cometió un grave error con su hija que tanto la adora y a presentarle a quien será su esposo.

En ese momento la puerta del estudio se abrió, dejando pasar a una Sarita que lucía muy alterada. Corrió a lado de su madre mirando a Franco con disgusto.

—¿Qué pasa? —preguntó la muchacha dudosa.

Franco no respondió y miró a Doña Gabriela.

—Franco tú no tenías ningún derecho…—comenzó pero su madre la interrumpió.

—Lo tiene puesto que será tu esposo, además que lo único que esté joven me dijo fue lo mucho que significas en su vida y me di cuenta de lo equivocada que estaba respecto a él.

—Yo me retiro para que puedan hablar—dijo Franco.

—No, quédate—le ordeno Gabriela—a mi hija ya le he pedido disculpas y creo sinceramente en su perdón—alzó el rostro y así de frente, con todo el orgullo y la soberbia que caracterizaba a las Elizondo miró a Franco—ahora se lo pido a usted Franco, por juzgarlo y en nombre de mis hijas por ocultarle algo tan delicado, pero admiró su coraje y su valor al presentarse aquí—los miró a los dos—sé que mejor hombre para Sara no habría podido encontrar y como usted dice, ella nunca me defraudó.

Sara abrazó a su madre, recibiendo el mismo cariño por parte de ella.

—¿Se quedan a comer?

Ambos asintieron. Franco abrazó a Sara y le dio un beso en la frente, estaba un poco disgustada con él, sin embargo entendió que así como ella fue a buscar a Juan para que defendiera a Norma y como dejó que Oscar tomará justicia por su propia mano, en ese punto él también tenía derecho a saber de ella.

Se encaminaron al comedor encontrándose con los otros miembros de la familia ya sentados. Durante ese momento hablaron del día más esperado, solamente faltaban 48 horas y la emoción corría por el cuerpo de todos. Por primera vez la boda sería normal, sin tener que huir, sin tener que pelear, simplemente lo disfrutarían.

—Mis nietas me contaron el motivo de su visita, Franco—dijo Don Martin—está bien que quiera proteger a Sarita, me da gusto muchacho, sin embargo a veces guardamos secretos para proteger a la gente que queremos y así como usted se sintió traicionado ante el secreto que mis nietas guardaban, espero que Sara no se sienta así de su parte.

—Abuelo—le reprendió Sara—este era el único secreto que había en nuestra relación, creo que ya no hay más impedimentos. ¿No es así, amor?

Franco tomó un trago de vino

—Así es amor—le respondió con un beso.

La comida pasó sin más incidentes, sin embargo por la mente de Franco pasaron otras imágenes que él tenía guardadas profundamente y que tenían una protagonista: Rosario Montes.

Si bien no tenía nada con ella, hubo encuentros que le ocultó a su prometida y entonces se arrepintió de lo que acababa de hacer y se preguntó si en 48 horas iba a ser capaz de confesarse ante su futura esposa.


¡Hola! Perdón por la demora, he tenido mucho trabajo y sinceramente fue un capitulo sumamente difícil. No sabía qué haría Franco, que aunque es el más tranquilo de los 3 ama a Sara y aunque Gabriela hubiera sufrido mucho seguía siendo un mujer orgullosa y soberbia. Quise mantener un poco de eso y me fue complicado.

Faltan solamente 48 horas para la boda ¿Qué más creen que pueda pasar?

Gracias chicas por su reviews y anónima gracias por tus ideas!

Espero que les haya gustado y si no ya saben donde expresarlo.

¿Review?

~Luriana~