Nota: esta historia puede contener sexo y estupefacientes (Drogas, drogas de toda la vida de Dios). Es por eso que lo marqué con una M XD me gustaría saber qué piensas de ella y de este tema ^^ . Me interesa mucho el tema de la mente humana, y los casos de los que hablan en las clases de Sakura, son totalmente reales. Aunque no dejaré de lado el amor, es parte fundamental de la historia :D


CAPÍTULO 2

(Sakura)

Abrí los ojos con cuidado, encontrándome sobre mi cara a Kero, que dormía a pierna suelta. Le hice cosquillas en la oreja con aquel gesto, pero él no se movió. La habitación estaba completamente iluminada. Y tenía una extraña sensación en mi estómago. En mi cuerpo en general. Como si no hubiese dormido lo suficiente, como si no fuese realmente yo. Repasé en mi mente el nombre es mis amigos, de mi padre, de mi hermano, y lo que se suponía que había pasado anoche. Syaoran. Yukito. Akame. Y nada.

No había nada más.

— ¡Debería haber entrado con ella! —escuchó un grito desde el salón, que correspondía nada menos que a mi hermano. La puerta estaba cerrada, pero él se quejaba demasiado fuerte— No creí que fuese capaz de llegar tan lejos.

— No es culpa tuya, ven, siéntate… que la vas a despertar.

Pero para cuando mi padre dijo eso, yo ya estaba bajando las escaleras cuidando cada paso. Touya atravesó el pasillo sin darse cuenta de mi presencia, y se plantó en la puerta de la cocina con los puños cerrados. Decidí sentarme en el último escalón, y esperar.

— Sé que solo quieres tranquilizarme, pero claro que es culpa mía. — Papá solo negó, con la misma sonrisa de siempre, y alzó una taza de té en su dirección — Yo debería…

— Me dijiste que ese chico trabajaba allí también, ¿no? — lo interrumpió, esperando a que se sentara. Finalmente Touya accedió y se sentó frente a él, donde pudiese verlos a ambos sin que ellos me notasen—. Está claro que no podías haber previsto algo así. Es el encargado de la limpieza.

— Sí, bueno, fui con él al instituto durante años. Y me tenía un asco notable, pero creí que no era para tanto. —Papá alzó las cejas, sorprendido, y a la vez pidiendo seriamente que tomase un poco de su té y empezara a beber con cuidado —. Ese hombre es profesor en un colegio de niños… —cerró su puño con fuerza, hasta volverse amarillo—. No quiero ni pensar…

— Bebe, bebe té — volvió a pedirle papá—. Te hará ver todo más claro.

Me escondí en el hueco de la escalera para que no pudieran verme, y suspiré. Sentía que en el fondo de mí sabía lo que estaba pasando, pero era como si mi mente no quisiera ni mencionarlo. Mi hermano se sentía terriblemente culpable por mi culpa y seguro que no había dormido bien esa noche. Debería haber… hecho algo. Todavía no sé el qué, pero algo… por él.

Estaba claro que si alguien tenía la culpa allí no era mi hermano.

— No puedo creer que estés tan tranquilo después de haberte contado todo esto —Volvió a hablar Touya, algo más tranquilo—. Yo quiero matarle en cuanto le vea.

Mi padre sonrió, con los ojos casi cerrados. Bebió un poco de su té y miró la imagen de mamá, que ahora estaba encima de la mesa. Después clavó sus ojos en Touya.

— Estuve a punto de romper la promesa que le hice a tu madre. Claro que no estoy tan tranquilo como crees —soltó su taza, y se inclinó en su dirección—. Pero esto hay que llevarlo con exquisita calma, si no quieres que ella lo pase peor. Le preguntaremos qué quiere hacer al respecto, y diga lo que diga estaremos con ella. Es perfectamente normal que no quiera revolver todo ese dolor y prefiera olvidarse del tema. En ese caso tú no podrías hacer nada.

Vi la cara de mi hermano cambiar de expresión como a cámara lenta. Ahora estaba descompuesto, como si acabasen de darle el golpe final y fuese a caer desplomado. Para Touya, no hacer nada era peor que el infierno. Supongo que ya había tenido suficiente con "aceptar" que Syaoran y Eriol fuesen ahora mis amigos, y que no iba a ceder más. Aunque, sin decir nada, dejó que una lágrima resbalara por su mejilla. Con los ojos cerrados. Y se cayera sobre la mesa, cerca de sus manos. Papá solo asintió, y bebió una vez más de su té.

Se estaban… resignando.

— Está bien, papá. No haré nada —enfatizó en "nada", para dejarlo bien claro—. Al menos por ahora.

— Con eso me vale… hijo.

Estaba parada en el marco de la puerta, observándoles. Aquella mañana, me movía por inercia, y ni siquiera era capaz de recordar cómo había llegado de las escaleras hasta allí. Pero, sinceramente, tampoco quería hacerlo. Quería recordar lo menos posible. Nada, a poder ser. Yo también sentía culpa, y me estaba mordiendo la lengua como Touya. Pero no iba a dejar que se sintiera peor aún.

Esto era cosa mía.

— Buenos días, hija, siéntate —habló él, levantándose rápidamente y corriendo a por una taza de té para mí. Yo solo miré a mi hermano, que agarraba con fuerza la suya y me observaba como si hubiese estado a punto de perderme en sus narices. Ni siquiera podía hablar—. Quería hablar contigo de algo, pero solo si tú quieres.

— Claro… papá — y me senté, lejos de ambos, sin hacer mucho ruido. Touya miró a mi padre como preguntándole qué hacer ahora. Él le pidió calma con los ojos—. Buenos días… hermanito.

— Buenos días, Sakura.

¡Sakura! Ni siquiera había dicho monstruo…

— ¿Por qué estoy aquí?

Touya iba a hablar, pero papá se adelantó: — Lo necesitabas —se limitó a responder—. ¿Te encuentras bien? Si quieres puedes quedarte un rato más. Hoy no tengo que ir a la universidad tan temprano.

Alcé una ceja. Claro que tenía que ir temprano a la universidad, en su horario aparecían todas las primeras horas habidas y por haber. Le gustaba ser quien tratase a los alumnos esa fatídica clase, porque sabía cómo hacerlo. Él siempre sabía cómo calmar a todos. Era el mejor profesor del mundo.

— No, y de hecho creo que llego tarde a la universidad… ¡Os veo luego!

De nuevo, esa extraña sensación. Cuando quise darme cuenta iba rodando en mitad de la calle con mis rollers y mi mochila colgada a la espalda, intentando esquivar a todo el mundo. Siempre quedábamos los cuatro en el mismo café de siempre, pero hoy ya no había nadie. Seguramente Tomoyo estuviese ya en la ciudad vecina, así como Eriol y Syaoran caminando hacia su facultad de Arqueología. No quería encontrármelos. La sola idea me producía escalofríos. Ellos seguramente intentarían actuar de la misma forma que siempre, y yo no lo soportaría. Algo en mi había cambiado.

No era la misma de siempre.

— ¡Sakura!

Otro lapsus. Era Tatsumi saludándome desde uno de los últimos sitios, con una enorme sonrisa. Lo había conocido en mi primer día de universidad, y me sorprendió demasiado su carisma y la forma que tenia de ayudar a los demás y de preocuparse por ellos. Estudiábamos Psicología. Y estaba perdidamente enamorado de Akame.

Sí, la chica de los sobres color salmón que no son rosas.

— ¿Estás bien? Estás muy seria…

Mi mochila cayó a un lado de la mesa, y me senté sin mucho ánimo al lado de la ventana. Sentía que mi pie se movía frenéticamente, nervioso, y que no podía evitarlo aunque quisiese. El frio se había instalado en el fondo de mi pecho, y no es que no me dejara respirar, pero no desaparecía. Hacía calor, y era casi de locos estar sintiendo eso. Algo había pasado anoche para estar tan intranquila.

¿Pero qué?

Oh, venga ya, Sakura …

— ¡Sakura! —chilló Tatsumi, sin voz, a centímetros de mi cara. Yo me congelé—. Nos están mirando todos…

Era la típica alumna de ánimo impecable en cada clase, porque la idea de servir de ayuda al resto de las personas era muy alentadora. Y sin embargo hoy debía verme sin vida, marchita, y desde luego eso sorprendió demasiado a mi profesor, porque había dejado de escribir en la pizarra. Arrastré la silla hacia atrás, con miedo. Me agobiaba tener a Tatsumi tan cerca.

— ¿Estás…?

Pero no siguió, porque en cuanto alargó uno de sus dedos para acercarlo a mí, caí de espaldas con silla y todo. Nadie se hubiese esperado eso de mí días antes, Tatsumi y yo estábamos tan pegados siempre que parecíamos una pareja formal. Y sin embargo ahora…

— Sa…Sakura…

— N-no pasa nada, solo… no me toques —me quejé, gateando por el sueño. Me temblaba todo—. No es nada, en serio…

— ¿Kinomoto? Venga aquí un momento, por favor.

Toda la clase miró al profesor con sorpresa. A pesar de la seriedad que mostraba, siempre había sido un profesor-amigo de esos que nos trataba como personas y no solo como alumnos. Era un psicoanalista muy bueno, y reconozco que sus clases eran mis favoritas.

Me observó fijamente por segundos, y notando que ni siquiera era capaz de sostenerle la mirada, negó con la cabeza con cierta preocupación y me ofreció asiento en su mesa de profesor, mientras se alejaba a una distancia prudencial de mí. Eso me tranquilizó.

— Hoy no daremos ninguna clase en especial, solo charlaremos—. Habló, mirándome de reojo—. Pero si toman nota puede ayudarles mucho.

Un revuelo se formó entonces, cuando todos los alumnos a la vez empezaron a sacar portátiles y cuadernos para apuntar, y se acomodaban totalmente rectos esperando a que abriese la boca. Él, por su parte, abrió antes un libro y buscó con cuidado una página en especial. Tenía una encuadernación distinta a la nuestra.

— "No puedo decir que supiera lo que estaba pasando. No era un esquizofrénico, no veía cosas raras —se paseaba por la clase, serio, con las gafas al borde de su nariz—, pero era como si mi mente y yo mismo no nos pusiéramos de acuerdo, o supiese más que yo. Desde ese día empecé irracionalmente a querer que no se acercasen a mí, incluso mi padre, que me había visto llorar desnudo en sus rodillas. Yo sabía que él me amaba—me miró un segundo más, solo alzando los ojos; después volvió al libro—. Pero mi mente decía "no, no, no. Para. Duele. Agobia. Ahoga". Definitivamente, tenía una mente muy, muy loca"

Se dedicó a barrer con la mirada a toda la clase, que se encontraba entre la sorpresa y la indiferencia total. Yo solo había disimulado no saber de qué hablaba. Estaba claro que "las cazaba al vuelo".

— ¿Qué me sugieren acerca de eso?

— El subconsciente —dijo uno—. Le llama "mente" al subconciente, ¿Verdad?

— Exacto. El subconsciente. Algunos dicen que es como una mente dentro de nuestra propia mente, y que nos controla a su antojo. Ahí es donde va todo aquello que no podemos recordar con facilidad.

Subconsciente…

— Muchos hablan de los recuerdos del cuerpo como si fuese una estupidez. — continuó, dejando el libro sobre la mesa, siempre manteniendo las distancias: como si hubiese adivinado todo con solo verme un segundo—. El cuerpo recuerda lo que la mente ha olvidado, o más bien, cree que ha olvidado. En esa segunda mente se guarda todo lo que somos y no sabemos... ¿Si?

— ¿Por eso Kinomoto reaccionó de esa forma? —Preguntó otro alumno, con la mano alzada. Tenía el bolígrafo entre los dedos, y se encontraba muy atento a la clase.

— Tal vez —asintió—. Aunque también puede haber sido un simple susto. Es algo parecido a cuando nos alejamos de una llama cómo reflejo para que no nos toque. Determinadas experiencias pueden hacer que otros reflejos no tan naturales se graben en nuestro subconsciente. En cambio, creo que la señorita Kinomoto solo tiene sueño, por quedarse trabajando hasta tarde, ¿me equivoco?

— Claro —sonreí, aunque esa felicidad no llegó a mis ojos (cosa que él notó) —. Lo siento.

— Aunque imaginemos que ella hubiese reaccionado así por alguna experiencia traumática. Forzar las cosas no sirve de nada en estos casos, el subconsciente seguirá bloqueando su capacidad de reacción. Esto va para los impacientes de esta clase, apúntenlo con sangre si hace falta: calma total y absoluta con esta clase de pacientes.

Los alumnos asintieron, bajando la cabeza a sus mesas. Otros solo pasaban de la clase, insensibles. Pero él no quiso detenerse con ellos.

— Normalmente esta clase de paciente no recuerda, o cree no recordar la experiencia en sí. Esto sucede porque la mente traslada al subconsciente las experiencias con las que no podemos lidiar, ya sea por ser demasiado traumática, o porque nos producen sufrimiento (aunque estas dos causas pueden ir unidas). Y nosotros no tenemos acceso al subconsciente por nosotros mismos. Es algo nuestro que no sabemos identificar. Le llamaremos reflejo. Y aun así sabemos que algo está mal en ellos. A medida que la edad aumenta, es más fácil notarlo si es una experiencia puntual, ya que tenemos menos recuerdos de nuestra infancia que del resto de las etapas.

— ¡Oh! Estuve leyendo sobre un caso así —se auto dio permiso Tatsumi para hablar, y el profesor solo asintió—. Un chico que en clase era tremendamente problemático y desordenado, siempre contradiciendo a todo el mundo y yendo de una pelea a otra. Siempre iba con la ropa echa un desastre a clase.

— Uhm… ¿En serio? ¿Y qué clase de trastorno tenía?

— Nadie pudo reconocerlo a simple vista, había muchos como él en su clase —recordó, despreocupado—. Pero todo cambió cuando su profesor le dijo que quería hablar con su madre y ella lo invitó a su casa. Cuando él entró, se dio cuenta de que la mujer era todo lo contrario a su hijo. Era demasiado escrupulosa, y limpiaba el polvo con lupa y todo. Pero literalmente con lupa. Ni siquiera dejaba a su hijo subir a su habitación a determinadas horas, o comer sin la ropa específica. Lo controlaba todo.

— Una adicta a la limpieza, interesante. ¿Cómo relacionarías ese caso con todo esto? — indagó, curioso—. ¿Qué creéis que pasó realmente con el subconsciente de ese chico?

— Yo creo que se grabó a fuego todo ese control y esa falta de libertad desde que era niño, y que el desorden y el descontrol era su vía de escape.

— O que quisiera rebelarse contra eso aunque él no lo supiese— intervino otra, mirando a Tatsumi—. Porque no lo sabía, ¿verdad?

Él negó.

— No tenía ni idea.

— Esa es una de las posibilidades. Aunque si tomásemos como ejemplo a Sakura, eso sería todavía más notorio. La mente es muy impredecible. Hay quienes simplemente borran de su memoria todo lo sucedido, y otros que aun sabiéndolo perfectamente se sienten incapaces de hablar de ello o señalarlo como un verdadero problema. Me gustaría que para esta última hora busquéis en la biblioteca de algún caso parecido al que contó Tatsumi, y tratéis de darle una explicación parecida. Y tú, Sakura — me sonrió, sin moverse del sitio—. Me gustaría que vinieras a mi despacho, quiero hablar contigo.