CAPÍTULO 7

(Sakura)

— ¿Algo… raro?

— Sí, bueno — sonreí, nerviosa—. Desperté con un extraño dolor en la boca del estómago, y no he dejado de tenerlo hasta ahora.

— ¿Hasta ahora? ¿Qué cambió?

— Mis amigos son algo… insistentes— admití, y el profesor alzó una ceja—. Y no me dejaron levantarme hasta que no les conté lo que estaba pasando.

— Eso podría haber sido contraproducente para ti, espero que esos amigos tuyos no estén en mi clase —murmuró, y volvió a apuntar algo en su informe fotocopiado—. Estarían suspendidos de por vida.

— No, no, ellos estudian otra cosa.

— Bien… ¿Cómo fue, entonces?

— Fue… raro. Ellos no me miraban diferente después de saberlo.

— Vaya, señorita Kinomoto… — soltó una pequeña risita, sabiendo que llevaba razón—.Parece ser que se equivocaba demasiado con ellos… ¿No?

Lo hacía. Los había mirado, de lejos, y había pensado en lo diferente que sería cuando les confesase que yo era diferente gracias a alguien. Su frase mítica de "¿a quién mato? " cuando me veían triste, se haría realidad, y descubrirían que en realidad no querían matar a nadie, porque no valía la pena. Ellos simplemente habían tratado de respirar hondo, y no habían dejado que ni por un segundo la lástima atravesase sus pupilas. Aún puedo recordar cómo la pierna de Eriol se hizo nerviosa como la mía, y cómo Tomoyo apretó con más fuerza mis manos, llevando descargas por todo mi cuerpo, de alivio y dolor a partes iguales. No había sido tan malo contarles, pero ahora tendría que cargar con la culpa de hacerlos sufrir a ellos también. De un momento a otro, mi amigo de pelo azul estaba a mi lado, de pie, con la mano extendida, y con un leve susurro, dijo: "¿Puedo abrazarte, solo un minuto?". Y todo se cayó a pedazos.

Él sí había pedido permiso.

El profesor dejó de apuntar cuando vio que empezaba a llorar y me escondía detrás de mis manos, pidiéndole disculpas por haberle avergonzado. Él solo esperó, quieto, tranquilo, y me alargó un pañuelo para que lo alcanzara. Apuntó algo más en sus folios antes de preguntarme.

— ¿Qué ha recordado ahora, señorita?

— Él me… pidió permiso para abrazarme, ¿Sabe? Tenía más miedo que yo —recordé. Y el recuerdo de su contacto me estremeció—. Y yo se lo di.

— ¿Y bien?

— Dolió — confesé—. Y no sé si por el contacto en sí, o porque alguien hubiese provocado que mi amigo tuviese que pedir permiso para algo así.

— Pero tú lo necesitabas —me hizo ver—. Necesitabas que te pidiera permiso.

— Sí. No hubiese soportado que simplemente lo hiciera.

El profesor solo asintió, y dejó tiempo para que reflexionara, mientras seguía apuntando todo lo significativo de mis palabras. Al parecer la psicología no era solo hablar y ser escuchado. A veces también era necesario saber que un paciente era un paciente, y un amigo un amigo. Pero él estaba rompiendo todas las reglas, porque podía verse en el fondo de sus ojos la tristeza y el desconcierto. Nos contó que había decidido estudiar psicología después de que su hermano se suicidase de un día para otro, sin explicación aparente. Él quería buscarla, y aquí estaba, ayudando a una de sus alumnas a sacar todo fuera. Yo ni siquiera sabía por qué había empezado en aquella clase. Pero tal vez ahora tuviese un motivo convincente; saber por qué.

Él sonrió, como si hubiese leído mis pensamientos. Ni siquiera me estaba mirando.

— Hay preguntas que simplemente no tienen… respuesta —dijo, cerrando su pluma—. Y esto no voy a decirlo como psicólogo, sino como un… amigo, llamémoslo así. A veces sufrimos más por la ignorancia que por el asunto en sí. Estoy seguro de que si observas más a tu alrededor… te darás cuenta de esto.


¿Cuántas veces tendría que encontrármelo para dejar de sentir el más mínimo atisbo de admiración por él? Mi corazón lo tenía bastante claro. Seguramente se seguiría riendo de mí como llevaba haciendo hasta ahora. A carcajadas. Tan fuerte, que se olvidaba de latir. Y después diría "no elegimos de quien enamorarnos, vas a tener que asimilarlo". Y mientras Syaoran podría seguir caminando despeinado y con la chaqueta de lado por ahí, que yo me congelaría. Él siempre me congelaba en el sitio. Aunque era algo agradable la mayoría de las veces.

Ni siquiera me vio. Caminaba con rapidez, con los columpios del parque del Rey Pingüino entre ceja y ceja, y su chaqueta arrastrando por una manga contra la arena. Tiró la mochila lejos de él y sacudió las barras de metal que sujetaban uno de los columpios.

Y chilló. Con fuerza, hasta que su voz se rompió y tuvo que toser encogido sobre su propio estómago. Tiraba de su pelo, con rabia, y boqueaba, seguramente en busca de aire. Después, de él no salió ni un solo sonido. Agonizó en absoluto silencio, con ambas manos en el pecho, tragándose las lágrimas que no quería que salieran. No podía soportar verle así. Pero tampoco sabía si era bueno que precisamente yo me acercara a consolarle. Seguramente fuese culpa mía.

— Syaoran…

— Déjame… solo, Sakura. Por favor —suspiró, revolviéndose todavía más el pelo. Se había desplomado sobre la gravilla, y algo en mí dijo que debía ir a ayudarle, y que el miedo era secundario. Que él me necesitaba—. No quisiera… hacerte daño justo ahora.

— No vas a…

— ¿Cómo puedes estar tan segura de eso? —Me interrumpió, con rabia—. Eres una sádica — sopló contra el suelo.

— ¿Por qué? ¿Por preocuparme por ti? —pregunté, y me senté cerca de su cabeza. Sus mejillas estaban llenas de barro, producto de sus lágrimas—. No iba a dejarte solo en este estado.

— Por querer quedarte y ver como sufro.

(Syaoran)

Podría haberle dicho que llevaba enamorado de ella desde que tenía edad para saberlo. O que no saber nada me mataba. Quizás incluso que me parecía un poco sádico no solo el hecho de querer quedarse y ver cómo sufría, sino hacerlo sabiendo que era solo por ella. Pero… ¿De qué hubiese servido? Simplemente éramos amigos, desde hace mucho, que se querían demasiado. Incluso haciéndole caso a su hermano y admitiendo que ella sentía lo mismo que yo, no entendía nada. Ni por qué no confiaba en mí, ni por qué no había dicho nada hasta ahora.

Tal vez porque mataría a cualquiera que pensara en hacerle daño.

Dudó un poco, pero alargó su mano y enterró sus dedos en mi pelo, con cuidado, para sacudirlo de la arena que traía encima, y darme de algún modo su apoyo. La punta de sus dedos estaba helada, aunque no importaba demasiado. Había empezado a llorar también. En silencio, casi imperceptible, pero lo suficientemente fuerte para que notara cómo sus manos temblaban. Esta podría haber sido con diferencia la escena más romántica (y dramática) de nuestras vidas, si no fuese porque Touya nos observaba de lejos. Se había sentado dentro del Rey Pingüino, como si nada, y había abierto uno de sus libros policíacos para no molestarnos demasiado. Quizás le hubiese hecho más daño del que pretendía, y me había seguido para admitir que se había portado como un niño de cinco años. Pero eso no pasó. Sakura sonrió, se secó sus mejillas, y pegó una de ellas contra el suelo, frente a mí.

— Hay cosas mejores que verte sufrir, desde luego —admitió—. Pero si soy una sádica por querer quedarme aquí, bienvenido sea entonces.

— Sakura…

Ni dolido de esa forma podía dejar de preocuparme por ella. Sus ojos eran extrañamente fríos, y tuve miedo de que decidiera levantarse e irse igual que había venido.

— Lo siento. Nunca pensé que no decir nada hiciera tanto daño —habló, por encima de mí, y cerró los ojos—. Pero es que tenía tanto… miedo…

«Miedo» pensé «Miedo dan tus ojos clavados en los mío, tibios, como si quisieran matarme. Puede que no vuelva a rozar tu piel de la misma forma que antes, pero eso no importa demasiado. Mientras sonrías, y yo pueda verlo, todo estaría bien»

— Miedo… ¿De qué?

— De… ti.

Oh. Touya torció los labios, pasando otra de las páginas de su libro, y alzó los ojos sobre las pastas para mirarme directamente a los ojos. Seguramente eso era lo que llevaba ocultándome desde el principio, aunque no entendía por qué. Que Sakura tuviese miedo de mi sería seguramente su mejor regalo, podría alejarme de ella lo más pronto posible y su ego de hermano mayor seguiría completamente intacto. Sin embargo, algo en ella me decía que no era un miedo normal. Un miedo que a Touya no le hacía especial gracia.

— ¿De mí? —reconozco que lo último que esperaba oír de ella era algo como eso; ella asintió— ¿Por qué?

— No hubiese soportado que… me mirases de otra forma.

— ¿Qué?

— Pero igualmente eso ya no importa, debes haberte enterado de todo.

¿De… todo?

— Touya no… quiso contarme nada —confesé, a sabiendas de que eso significaba que ella nunca abriese la boca—. Dijo que eras tú quien debía confiar en mí.

— ¿De… de verdad?

— De verdad — sonreí—. Nunca te miraría de otra forma, Sakura. Tú sabes lo importante que eres para mí.

Todo fue demasiado rápido.

Sus ojos, su hermano girándose para no ver nada, y mis brazos acorralando sus hombros.

Pequeñas lágrimas siguieron corriendo por sus mejillas ahora, pero no paré. Sabía que si fallaba ya no tendría nada que perder, apenas esa pequeña caricia en el pelo había sido muestro único contacto desde hacía días. Podría llamarlo última prueba del algodón. Sus cejas temblaban demasiado.

— Syaoran… por favor… no…

— Shh… —me quejé, y ella guardó silencio. Su pecho paró en mitad de una de sus respiraciones. Estaba realmente asustada—. Cierra los ojos.

— ¿Q-qué?

Y la besé.

Como si supiese hacerlo.

Como si llevase practicando toda mi vida para ese preciso instante.

Sentí que mi estómago se llenaba de mariposas (¿Qué digo mariposas? ¡Elefantes!) y que todo a nuestro alrededor desaparecía. Ni Touya, ni el columpio moviéndose a milímetros de mi cabeza, ni todas esas veces en que me había sentido frustrado por su culpa importaban ahora. Porque ella era perfecta. Y aunque no se hubiese movido ni para corresponderme, sabía que en el fondo ella también había estado esperando lo mismo. Sus ojos me lo habían dicho.


(Touya)

Si había algo peor que no llevar razón, era no llevar razón delante de un mocoso que debería saber menos de la vida que tú. Y mi padre lo leyó, de alguna forma, en mi cara, porque ni siquiera me siguió cuando cerré de un portazo y subí las escaleras de dos en dos. Una figura estaba de rodillas frente a la mesa que había en el centro de mi habitación, serena, con una cabellera gris que reconocería en cualquier parte. Se giró cuando escuchó el golpe de mi mochila contra la pared (portátil incluido) y se cruzó de piernas para mirarme directamente a los ojos. Echaba de menos al Yukito amable y tierno al que podía contarle todo. Estoy seguro de que si hubiese esperado un poco más, él podría haberse unido a la fiesta en los baños, y eso era algo que me enervaba. No quería amigos como él en mi casa.

Respirando el mismo aire que yo.

— Necesito hablar contigo de algo, si puede ser. — Dijo, y volvió a sujetar la taza que había sobre la mesa—. Es sobre Seiya.

— No quiero saber nada de él —gruñí—. A no ser que digas que alguien lo atropelló "sin querer" y que le dejaron algo roto.

"Algo", ¿Eh? "Algo". Ni siquiera estaba deseándole la muerte. Merecía vivir con la conciencia sucia mucho, mucho tiempo. Aunque no iba a tener tanta suerte hoy. Yukito negó.

— Ayer su… novia vino a verme a casa. Quería saber por qué su pacífico Seiya había llegado a casa con la mejilla hinchada y con seis puntos.

— ¿Ni siquiera se había dado cuenta hasta ahora?

— Trabaja fuera, Touya.

— Ya, me imagino —eso explicaba que lo llamase pacífico—. No veo qué tiene que ver eso conmigo.

El chico se tomó su tiempo en responder, estudiando mi mirada. Puede que estuviese siendo un poquito duro con él. Solo un poco.

— Entiendo tu enfado, pero no es culpa mía lo que le pasó a tu hermana.

— Podría discutir eso.

— Pero no lo harás —se quejó, cruzándose de brazos—. Ese hombre está más loco de lo que pensábamos.

— ¡Míralo! Si se parece a ti.

Hace un año yo no hubiese dicho eso de él. De hecho, no hubiese dicho nada de él. Posiblemente estaríamos hablando del último proyecto de laboratorio y de que lo que al principio era divertido, ahora nos destrozaba la existencia, tomando un té, pastas, y sonriendo. Pero ahora todo lo que sentía por él era resentimiento. Resentimiento y un asco bestial por lo que era ahora en comparación con lo que yo había conocido. No podía pedirme que lo tratase como siempre. Ya no existía ese Yukito para mí.

Y algo me decía que para él tampoco.

— Sakura no fue la única — dijo de repente, con los ojos cerrados, o tal vez mirando al suelo—. Eso era lo que intentaba decirte.

— ¿Qué?

— Sí, bueno. Su… "novia", dejó caer que no le sorprendía que se tomase esa clase de libertades con una mujer.

— ¡Una niña, querrás decir!

Yukito aspiró con serenidad, y mantuvo el aire unos segundos— Tiene 22 años. ¿Hasta cuándo va a ser una niña, Touya?

— Me da lo mismo. Lo es para… mí.

¿Cómo iba a explicarle a un hijo único lo que era tener una hermana pequeña a la que habías visto nacer? Siempre sería pequeña para mí. Por muchos Syaoranes que se enamoraran de ella, o por muchos años que pasasen. Siempre sería esa niña de cabellos dorados al sol que se asustaba por mi culpa y lloraba en busca de mi ayuda. Incluso ahora, con "22", como había dicho Yukito, ella seguía siendo una chica de 12. Inocente. Tierna. Dulce. Muy Dulce. Tan dulce qué…

Bueno. En fin.

— También me contó que su hermano mayor seguía trabajando en los juzgados, y que tenía miedo de que pudiera ir a la cárcel por algo como eso.

— ¿Seiya lo sabía? — ¿Por qué si no iba a amenazar a mi hermana de esa forma? Estaba claro que la imparcialidad no existía del todo—. Juega con ventaja…

— Quien sabe —se rió—. Tal vez juguemos con ventaja nosotros.

Oh. Esa sonrisa no me gustaba un pelo.

No si venía de él.

— ¿Nosotros?

— Ya verás. Se le van a quitar las ganas de ir violando a "niñas" por ahí.