CAPÍTULO 8

(Syaoran)

"S-soy un m-monstruo, T-touya, m-mírale..."

"Tú no podrías ser un monstruo ni aunque te lo propusieras. Ven aquí, anda... "

"P-pero..."

— Syaoran...

"Estoy seguro de que él lo entenderá cuando se lo expliques todo. Puedo acompañarte si quieres..."

— Syaoran... ¿Me oyes?

"No... Es algo que quiero hacer yo sola"

"Como quieras. ¿Te llevo a casa?"

"¿Tenemos que dejarle ahí? Está herido..."

— Parece que se ha dado un buen golpe en la cabeza —ahora la voz era la de una chica, tapándome la luz de las farolas—. Me parece que vamos a tener que cargar con él hasta casa...

"Avisaremos a su compañero de piso, él vendrá a por él"

— No creo que sea buena idea moverle en este estado, podría ser peor...

"Pero..."

"Solo fue un golpecito en la cabeza, no te preocupes. Sobrevivirá"

"¡Touya!"

"¡Solo bromeaba, en serio! Se pondrá bien, confía en mí"

— Pero tampoco podemos dejarle aquí, va a coger frío ahí tirado...

"Yo no quería... hacerle daño. La verdad es que besa muy bien"

"No tenías por qué haberme dado esa información, en serio. Podría haber sobrevivido sin ella perfectamente"

— No te preocupes, traje su chaqueta —y algo me cubrió, a la altura de la cintura. Sentí que unas manos templadas revolvían mi pelo con cuidado; alguien se había sentado a mi lado, y tenía la voz de Eriol—. Esto se nos está yendo de las manos...

"¿Crees que valga la pena? Tal vez sea mejor dejar que me odie y ya está. No se merece... sufrir tanto por alguien como yo"

"Ese es el camino fácil, sí. Pero aunque me cueste admitirlo... no se encuentran chicos así todos los días. Además. Ya quisiera él tener a alguien como tú"

— Estoy... Bien —balbuceé, sin fuerzas—. En serio...

"Ya me tiene"

"siempre me ha tenido..."

Bueno. Estaba todo lo bien que puede estar alguien cuando la persona que ama lo tira contra un columpio y le abre la frente. Aunque tengo que reconocer que no me preocupaba demasiado aquel corte, solo me había mareado un poco al caer con tanta brusquedad al suelo. La forma en la que Touya había dicho "todo" me había estremecido por completo. No sabía lo larga que podía llegar a ser su historia, pero seguro que, como mínimo, sería infinitamente cruel. Tenía que serlo si ella no había querido hablar antes.

Y después, claro, ella había admitido que su corazón era tan mío como suyo el que yo llevaba entre las costillas. Si antes me había importado poco el golpe, ahora podría marearme tranquilo, fuera la hora que fuese. Eso era lo único que necesitaba oir de ella en ese momento. Realmente me quería.

— ¿Cómo te sientes? —sonrió Eriol a mi lado, escoltado por Tomoyo (o bueno, la silueta borrosa de Tomoyo)—. Sakura no es tan frágil como parecía, ¿eh?

— Me... lanzó por los aires —recordé—. Creo. Dijo que no volviera a tocarla nunca más...

— No lo hizo con mala intención —se lamentó, dejándose masajear en los hombros por su novia, que me observaba también de rodillas. Ahora podía verla mejor—. Ella está... sufriendo mucho justo ahora.

— Eso ya lo sé. Solo necesito saber por qué.

— No sé si nosotros debamos responder a eso...

— Lo sabéis, ¿verdad? —pregunté, girándome para quedar boca arriba. La luz de una farola me cegó: al parecer ya era de noche—. ¿Cuánto tiempo... llevo aquí?

— Unas cuantas horas —admitió él, mirando a su novia en busca de ayuda—. Sakura llegó a casa con un ataque de ansiedad y diciendo que te había matado o algo así, y bueno...

— Lo hizo... Sí. Pero no de la forma en la que... cree...

— ¿Se puede saber qué hiciste para acabar así, Syaoran? —Dijo ahora Tomoyo—. Ella siempre ha tenido menos fuerza que un pajarillo herido...

Sonreí. A ninguna parte en especial, como idiota. Podría vivir a base de golpes en la cabeza si todos fueran por la misma razón. Sin duda, ella había sido tan suave como me había imaginado.

Al menos... Los primeros diez segundos.

— La... besé.

Hubo unos segundos de silencio, antes de que Tomoyo, seguida de Eriol, empezaran a reirse como si fueran los únicos en la ciudad en aquel momento.

— ¿¡Te noqueó... porque la besaste!? —Chilló él, agarrando su estómago con fuerza, y las lágrimas por el cuello—. Oh, Li. Solo tú podías tener tanta mala suerte.

— No encuentro... la parte graciosa, la verdad.

¿Se estaban riendo a mandíbula batiente de alguien que apenas podía mover los ojos?

¿Sadismo? ¿Dónde?

— Ni se te ocurra pedirle... que salga contigo — siguió riéndose la otra, casi sin aire—. ¡Podría matarte!

Puse los ojos en blanco, y esperé a que parasen. Ellos siguieron recreándose en mi aparente dolor con algunos chistes más (chistes que, por cierto, no entendí) y después se secaron las lágrimas el uno al otro, terminando con un beso de los suyos. Una punzada de dolor me recorrió de arriba a abajo. Ella y yo jamás estaríamos así, al paso que iban los acontecimientos. Y eso era algo que me partía el corazón.

— Bueno... ¡Ya está bien, ¿No?! —Me quejé, con las mejillas rojas, y ambos me miraron en mitad de su beso—. Entiendo que os queme la sangre de ganas de estar juntos pero... ¡Comer delante de los pobres es muy rastrero por vuestra parte!

— Parece que ya estás bien, amigo —sonrió él, apartando el pelo de mí herida ya seca—. Al principio apenas respirabas.

— Nos asustaste mucho.

— Sí. Se os nota una barbaridad.

— ¿No nos crees?

— Eso ahora da lo mismo. Ayúdame —pedí, y Eriol metió sus dedos entre mi nuca y el suelo, para alzarme con cuidado. Todo se veía diferente desde esa altura—. Creo que merezco que me cuenten la verdad, ¿No? ¿O tengo que esperar a que termine de matarme?

— Sakura no va a...

— He dicho —alcé la voz, y luego de asustar a ambos cerré mis manos en puños. Ellos no eran los culpables (del todo) de mi enfado— que necesito saberlo. —Añadí, más bajo—. Sé fingir que no he oido nada, pero no soporto verla así y no poder ayudarla ¿entiendes? Solo piensa en Tomoyo un segundo.

Y su cara se desencajó.

Me arrepentí enseguida de haber propuesto aquella similitud ficticia, por que pronto Eriol dejó de ser Eriol, para convertirse en solo su sombra. Frío, tembloroso, y con gruesas lágrimas a punto de correr por sus mejillas.

Tomoyo solo negó, suavemente, sentándose sobre él de un solo salto, y uniendo su frente a la de su novio. Después acarició sus mejillas hasta que no quedó rastro de tristeza, y acabó dejando un pequeño beso en sus labios. Tal vez ellos creyeron que no les oiría, pero ella dijo en un susurro "Eso jamás pasará, te tengo a ti".

Tal vez ese había sido el problema. Tal vez yo no había estado para Sakura lo suficiente como para evitar... lo que sea que hubiese pasado. Tal vez me tenía miedo porque había sido mi culpa.

Y ahora ya no sabía si quería saberlo o no.

— El problema es que no vas a saber fingir con algo así —admitió.

— Eso es algo que debería decidir yo, ¿No?

— Está... bien —suspiró—. Pero si intentas partirle la cara a alguien iré yo después a por ti, ¿se me ha entendido?

—... S-sí, claro — ¿qué podía ser tan grave como para que el mismísimo Eriol no quisiera pelea con nadie? Pelea era su segundo nombre—. Me contendré—asentí, y él buscó en el bolsillo interior de su chaqueta hasta que encontró lo que parecía ser un pequeño trozo de papel. Lo puso contra la luz para asegurarse, y lo reconocí: aquella nota— ¿Por qué tienes tú eso?

— No se le ocurrió otra forma de empezar la conversación —admitió, encogiéndose de hombros— y la verdad es que a mí tampoco, así que ten. Léela.

Dudé, un segundo. La sujetaba frente a mí, con dos dedos, sin mirarme. Como si buscara la distancia entre ambos. Los dedos me hormigueaban de pura impaciencia, aunque me sentía mal por estar traicionando así la confianza que Sakura había puesto en ambos. No contenerme sería, posiblemente, el acabose de los tres como sus amigos. Y así nadie podría protegerla de lo que sea que pasase por su mente.

La puse contra la luz, y una caligrafía exquisitamente cuidada apareció frente a mí en color azul marino. Totalmente recta, en perfecto japonés. Me costó entender un poco su mensaje en un principio.

"No juegues con fuego, niña, porque al igual que si bebes este café demasiado rápido, podrías quemarte. Yo lo sé todo"

— No juegues con... fuego... —susurré, meditando esa parte en especial. Eriol tenía los ojos cerrados—. ¿Qué significa esto exactamente, Eriol?

— Bueno... Touya es un poco... Impaciente si se trata de su hermana... —sonrió, nervioso, y mordió su labio inferior—. Así que... hizo algo que quizás a ella no le hacía demasiada... gracia.

— ¿El qué?

Después dedicó una torpe mirada a su novia, que solo asintió;

— denun...ciarle.

Y algo dentro de mi cabeza se apagó de repente. Como si se cortase la conexión con el resto del mundo alrededor, observé mis manos temblar, algo rojas por el frío. La visión de una pequeña Sakura llorando a solas en un cuarto de baño frío y con eco me golpeó. Y luego las miradas tan enfermas que él le había dirigido a ella en mis propias narices. No pude evitar juntar ambas imágenes en el mismo lugar. Ahora entendía demasiadas cosas.

Como que Touya hubiese querido matarle, por ejemplo.

Observé a Eriol, sin ninguna expresión en especial, y todos los sonidos ambientes chocaron a la vez contra mis sienes: las luces de las farolas parpadeando, los coches pasando de vez en cuando y un destruido Eriol intentando que volviese a la realidad. Alcé la comisura, con sorna.

— No necesito saber nada más, Eriol. En serio.

Cuanto más supiese, más nítido sería el dibujo en mi cabeza, y peor lo tendría para aguantar como bien había prometido. Pero él negó.

— Claro que necesitas saber, es más, quieres saber cada detalle —adivinó—. Aunque se te claven. Somos así de masocas a veces.

Aunque no sabía explicarlo, sabía que tenía razón. Sentía que necesitaba saber, y saber cada minúsculo detalle, aunque se me clavasen en el corazón y de ahí no salieran. Tal vez fuese la única forma de sentir otro dolor que no fuese el de saber que la persona que más amabas había sido dañada a tales extremos. No me importaba la gravedad, yo no se la quitaría al asunto. Si había rodado una sola lágrima por aquella mejilla él merecía una paliza. Ni más, ni menos. Así que respiré hondo, y rechacé la mano de Eriol, de pie, con su novia bajo el brazo. "Ven, vamos a casa" había dicho. No era él quien debía contarme todos los detalles, sino ella.

Sakura.

— Necesito estar solo —dije yo—. Pensar.

— Muy bien. En tu chaqueta están las llaves de mi coche. Iremos andando.

— Llámanos si nos necesitas —sonrió su novia apenada—. Vendremos de nuevo, ¿está bien?

Y yo asentí, aunque sabía que no volvería a llamarles; pronto me quedé solo, con las piernas entreabiertas sobre la arena fría y mis manos entrelazadas en medio, moradas. Solo seguí mirándolas, con la mente en blanco. Era paradójico. Lo último que quería era pensar.


(Sakura)

Las sábanas se alzaron por encima de su cabeza, cayendo justo para tapar a ambos como una ola de surf rompiendo contra la orilla. Y risas. Risas de un chico buscando la cintura de ella entre la oscuridad, sin prisa, revolviéndose como si todo les sobrara. Y de repente silencio. Los ojos oscuros del chico se clavaron en algún punto de la cara de ella, y en sus labios se formó una sonrisa, primero suave, y luego cada vez más pronunciada hacia los pómulos. Tomó una gran respiración, de rodillas sobre su cabeza. Y revolvió su pelo. Castaño. Y expiró.

Una segunda inspiración la sorprendió. Se movía rápido, con seguridad, como si tuviese todo el tiempo del mundo. Y expiró. Ni siquiera podía sentir nada, más que aquella figura oscura alzándose sobre la que parecía ser una chica. El ruido de la saliva, el de los gemidos, y el de ambas respiraciones mezclándose. Aceleradas de golpe. Felices.

Simplemente esa chica era yo. La yo que nunca sería. La que solo existía aquí. En mis sueños.