Quería aclarar algo antes de seguir con esta historia ^^ soy muy consciente de que tanto en el anime como en el manga, Tomoyo está enamorada de Sakura (Al menos esa es MI percepción. He leído cosas muy homófobas al respecto) y Touya y Yukito son prácticamente pareja. Aunque he querido escribirles así por no añadir personajes nuevos que tal vez no aportasen nada a la trama además de confusión (Ya me costó añadir a Seiya, aunque nunca imaginaría al dulce Yukito como un violador :( ). Espero que no me tuvieran eso en cuenta :D

Que esa es otra... ¿Qué tendrá guardado Yukito? ~~


CAPÍTULO 9

Un precioso espectáculo de cine mudo que alternaba los puntos de vista, entre la primera y la tercera. Ahora fue la chica quien agarró al chico de los hombros, cuidando sus clavículas, y dejándolo caer con fuerza sobre el colchón. Quería admirarle. Cada músculo marcado por su fina piel, ahora de gallina, como hechos por los dioses. Sonrió. Y después acercó despacio sus dedos, sin prisa, intentando que el contacto no echara chispas. Dolió, los primeros segundos. Después sintió que el chico tomaba una gran bocanada de aire y se hacía gelatina bajo su toque. Quería cuidarle, y que cada caricia fuese de puro amor y admiración hacia él. Que jamás se sintiera roto por nadie, usado, sin fuerzas. Que sintiera lo que ella llevaba dormido ahora en lo más profundo de su pecho. Ni siquiera era algo sexual. Solo era una chica amando hasta el extremo el alma de un chico, contenida en aquel cuerpo.


(Syaoran)

Hoy, por primera vez en mucho tiempo, me desagradaba beber sake. Primero porque Eriol no había puesto demasiadas pegas (es más, una botella apareció mágicamente en el frigorífico cuando llegué) por tratarse de una ocasión excepcional, y eso significaba que realmente debía verme como un auténtico desecho humano. Y segundo porque cuanto más bebiese, más tardaría después en poder hablar con ella. Y eso solo era retrasar lo inevitable. Escapar de los problemas, precisamente lo último que había estado haciendo toda mi vida.

Y eso mi garganta lo sabía. Se encogió con desagrado cuando el líquido corrió a través de ella, y las voces de la televisión se hicieron más simpáticas de golpe. Pronunciaban de un modo un tanto exagerado, y algo más abierto de lo que solía ser el japonés. Empezaba a tomarme menos tiempo para entender lo que decían, pero daba igual. Nada tenía sentido ahora. Posiblemente ella hubiese entendido todavía menos de la situación en la que se había visto envuelta y no se había dedicado a acabar con la primera botella de sake que encontrara. Ella era más responsable que yo. Debería haber sido yo el dañado. Ella no se lo merecía.

— Así que la has encontrado, ¿eh?—dijo una voz, paseando sus manos por el respaldo del sofá—. Pensé que sería más difícil.

Esa era la voz de… ¿Seiya?

Seguramente fuese el Sake, hacía demasiado tiempo que no probaba ni una sola gota.

— A ti te estaba yo… buscando.

— ¿Ah, sí? —se rió, y se apoyó contra el sofá muy cerca de mí. Parecía estar divirtiéndose demasiado—. Qué suerte que pasara por aquí, ¿no?

— Mucha. Sí. Qué suerte.

— Qué suerte —siguió él.

— Mucha. Mucha… mucha. Suerte. Sí.

Fruncí el ceño. Él había apagado aquel aparato antes de poder darme cuenta, y se había sentado en una silla de cara a la mesa, con un cigarrillo en la boca. Todo daba vueltas a mi alrededor, aunque tenía la impresión de ser yo.

Aquello no era sake.

— ¿Qué has…?

— No te preocupes, no te va a matar ni nada, apenas has bebido media botella — dijo, como si esa fuese la mejor respuesta del mundo. Después sacó una caja de cerillas, con extraños colores encima—. Yo también te estaba buscando, así que me alegra que estuvieses solo. No le caigo bien a tu amigo… Eh…

— Eriol.

— Eriol —asintió, sacando una de las cerillas. La movía entre sus dedos como un malabarista del Cirque du Soleil, y por alguna extraña razón no podía parar de mirarle. La cabeza del fósforo explotó tan rápido contra la caja que me sobresaltó, aunque él no hizo ningún gesto al respecto—. Cerillas. Nunca he visto ninguna quemarse hasta el final.

Yo tampoco. Cuando las encendías, siempre se acababa la llama a escasos centímetros de los dedos. Aunque los fósforos no eran para quemarse, sino para encender cosas antes de morir. Si te parabas a pensarlo podía recordarte a más de una persona.

Como a él, por ejemplo.

— ¿Tú eres una?

— ¿Eh?

La suya se había apagado, pero porque él la había soplado como a cámara lenta. Parecía muy… tranquilo para estar en una casa que no era la suya— ¿Una cerilla? —murmuró, enseñándome lo que quedaba de ella.

— Sí, bueno… Sí.

— Algo así. Las personas están un tiempo determinado de años pululando por ahí, y luego alguien enciende su mecha, hacen lo que creen que es correcto, y se marchitan—y no dejaba de tener razón, pero era difícil entenderle con aquel japonés tan mal pronunciado. Seguramente lo hiciese a propósito sabiendo que me había drogado y que no recordaría absolutamente nada después. Dudaba incluso de que estuviese sentado frente a mí—. Aunque a mí nunca me ha gustado serlo.

— No. Claro. Tú eres un… —y visualicé, moviéndose bruscamente de arriba a abajo, su tubo blanquecino entre sus dientes—. Un cigarrillo.

— Contaminado.

— Y asqueroso —añadí, sorprendido de haber sido capaz de soltarlo sin asustarme. Él solo sonrió otra vez.

Muy asqueroso —me dio la razón—. Solo hacen daño, ¿Verdad?

— Mucho…

Me sentía realmente relajado, con el punto justo de lucidez para saber qué era lo que estaba pasando, pero sin ser consciente del todo. Quizás por eso no había sentido la necesidad de reventarle, o de decirle algo referente a Sakura o a lo sucedido. Me sorprendió que fuese él quien quisiera hablar conmigo de algo. Ni siquiera sabía cuál era su apellido para llamarle como tal.

— Aunque… Yo sí sé por qué querías verme.

— Por eso me drogaste, ¿Eh? — ¿por qué mi tono sarcástico sonaba más estúpido que el suyo? —. Por miedo a que te diera una paliza. Normal…

Él solo negó, y encendió otra de sus cerillas. Aunque esta vez la punta de su cigarrillo se quemó, junto con la hierba, y todo se llenó de un humo espeso y aún más asqueroso que él cuando expiró. Todo lo hacía con calma. Como si no le importase que alguien supiese que había estado allí.

Y es que yo, en mi vida, había fumado.

— Si vine a buscarte fue porque necesitaba contártelo todo yo mismo —explicó, sin mirarme, y dejó caer las cenizas del canutillo sobre la mesa, golpeándolo con un dedo—. Pude ver como la mirabas, lo estuve pensando, y… creo que no mereces menos.

— Así que ahora te… preocupas por mí.

El mayordomo de la Reina de Inglaterra…

— Digamos que… necesito hacerlo —y aspiró, de nuevo. Luego habló entre el humo—. En lo que a ti respecta… como si te mueres.

— Genial —me sentía increíblemente ligero en ese momento. Hormigueante—. El europeo necesita contarlo para sentirse mejor.

Y no solo por la droga. Era el ambiente. El humo, quizás. La forma en la que se reía y hablaba, meditando cada palabra, como si estuviesen estudiadas al milímetro. Eso no fue algo que noté en el momento, sino después, cuando ya se fue y me dejó solo con mis desvaríos. Se sorprendió de que lo llamase europeo como si con ello llevase la enfermedad más contagiosa del mundo encima. Ese acento daba verdadero asco, incluso cuando no debería importarme.

— ¿Cuál es tu nombre, muchacho?

— Syaoran, ¿Por qué?

— Hace unos años supe que me habían encendido, como a los fósforos, así que me puse Seiya. — Explicó, con tranquilidad—. Leí que significaba "ser un santo" en japonés, pero no sé si significa lo mismo que en mi país. Allí es ser demasiado bueno. Aunque tu nombre es mucho más interesante…

— ¿Y tú otro… nombre?

Todo empezaba a caerse sobre mí. Como si pesara demasiado. El sueño estaba empezando a acabar conmigo, y él debía saberlo, porque volvió a sonreír, con su cigarrillo entre los dedos.

— Hugo.

— Hugo —repetí, cruzando los dedos sobre mi estómago. Mi última imagen de él fueron sus cenizas volviendo a caer contra la mesa, despacio— Hombre de gran… espíritu.

— Aunque yo no lo era, Syaoran. Estudié un poco de japonés y compré un billete que no fuese muy caro. He oído que es muy famoso el Aokigahara por aquí.

— Solo leyendas —respondí—. No sé qué tiene que ver eso con mi… con Sakura.

No. Era demasiado pronto como para llamarla "novia", o algo similar. Las novias no se separan de sus novios de esa manera, intentando que se abran la cabeza.

— Es que… mi padre fue demasiado bueno con nosotros—confesó, algo más taciturno. Aunque yo ya no podía verle—. Y yo no quiero ir al mismo sitio que él.

— ¿Al mismo sitio que… él?

No estaba entendiendo nada, y me estaba quedando sin conocimiento. Aunque a él parecía darle igual.

— Él murió, le gustaba mucho el vino. Y nunca se acordaba de su diabetes.

— Ya… ¿Y?

¿Para qué hablaba? Me había echado alguna cosa rara en el sake (eso suponiendo que fuese sake) para acabar conmigo durmiendo en el sofá, sin enterarme de nada de lo que pasara a mi alrededor. Y él hablando de padres, de vino, y de bosques de suicidas. Estaba claro que estaba perdiéndome algo que él quería que escuchara.

Suspiré. Su humo se me estaba clavando en los huesos, y no me estaba dejando respirar. Aunque por otro lado tenía tanto sueño…

— No estás loco del todo si no le cuentas a alguien por qué vas a ir al infierno —murmuró, de repente, a milímetros de mi oído. Y su áspera respiración se coló entre mi cuello y la camisa—. Eso también lo decía mamá.

— No sirve de nada si lo… drogas.

— No importa. Tú haz como que estás despierto, ¿vale?

"De todas formas no podría haberlo hecho si lo estabas de verdad"

¿Por qué no? Ni que hubiese sido el culpable de mi creciente tristeza. Tenía todo el derecho a pedirme un favor. Y yo todo el mío a no concedérselo, claro. Aunque no lo hice. Mi último gesto hacia él fue un tímido encogimiento de hombros, para después caer en el sueño más profundo que había tenido nunca. No sabía qué había tomado aquella noche, pero dejé de pensar. En Sakura, en Seiya, y en todo lo que tuviese que ver con dolor y personas que se comportaban como animales. No obstante, seguí notando aquella respiración en el cuello. Demasiado fría para mí, me hizo soñar completamente en negro. Sin escuchar la única voz que nunca salía de mi mente, por muy tarde que fuese.

La de mi persona favorita en el mundo.


(Sakura)

Miré a mi hermano, nerviosa, y de vuelta al documento entre mis manos. Como hubiese cenado con él de no ser por el pequeño incidente con Syaoran, quiso compensarme de algún modo viniendo él mismo a casa, y respondiendo a todo lo que necesitara saber. No me sorprendía de él, pero sí que me parecía extraño que hubiese cambiado de idea respecto a que papá también estuviese presente. Estaba claro que él no sabía nada de todo esto, y que él se sentía demasiado culpable como para contárselo mirándole a los ojos.

Dudó un momento si era prudente preguntar, pero el nerviosismo lo venció, como siempre:

— ¿Y… bien?

— ¿Qué es esto?

— Una… denuncia formal.

Una denuncia formal…

— No…

— No es tan malo como parece, Sakura…

— No —repetí, y esta vez lo miré fijamente a los ojos—. Esto no se hace así. Te dije que no me gustaba que hicieran todo por mí. No soy una niña, Touya.

Aunque después lo dudé. En el fondo de mí seguía siendo esa niña que necesitaba que la protegiesen de sus propios fantasmas, escondida bajo sus sábanas imaginarias y esperando a que se hiciera de día para que ninguno pudiera alcanzar. Su hermanito siempre había sido el mismo que la había asustado, pero en esta ocasión era distinto. Lo que la asustaba no era lo que podía oír sobre el fantasma, sino lo que no sabía de él.

Aunque de lo que sí podía estar bien segura, era de que, niña o no, él no debería haber movido un dedo sin hablar conmigo primero. Era una persona, al fin y al cabo. Me merecía dar mi opinión sobre algo que recaía directamente en mí. En sus ojos podía ver la desesperación, así que intenté respirar hondo y dejar que se explicase. Él solo tomó aire con fuerza y se quedó mirando el papel entre mis manos.

— No quieras sentir jamás lo que sentí yo cuando hice eso, es algo horrible — murmuró, y pestañeó varias veces para no llorar; mi corazón se partió un poquito viéndole así—. Que la persona que más quieres sufra de esa… manera…

— Touya…

— Y sé que tienes razón, que no debería haber hecho nada sin haberte dejado tu tiempo para hacerte a la idea, pero… —y volvió a respirar, con fuerza, temblando en el proceso—. No podía soportar la idea de que tuvieses que verle la cara otra vez.

— Eso no sería un problema —dije, intentando calmarle de alguna forma. Él alzó la ceja, visiblemente confundido—. Apenas le dejaste cara que pudiera ver.

— Sabes a lo que me refería.

— Lo sé, y por eso te perdonaré. No iba a dejarte solo si él quisiera denunciar sus heridas, no soy tan mala —Sonreí. Él era el que ahora parecía un niño pequeño y desprotegido, mirando sus manos, incómodo, sin saber dónde meter la cabeza. Así que no me lo pensé y agarré sus muñecas, recordando las palabras que el profesor había dicho antes de despedirnos: "No estaría mal que intentaras comprobar por ti misma que el miedo solo está en tu cabeza"—. Te quiero mucho, hermanito.

— Uhm… Yo… también.

»Pero solo un poco, no te acostumbres.

Y puso los ojos en blanco, tirando de sus manos y del papel para guardarlo entre sus documentos del trabajo, para tirarlos lejos de nosotros. El Touya molesto había vuelto, y no sabía si eso acababa de alegrarme o no.

— ¿Qué tal está el mocoso? —Preguntó entonces, como si se le acabara de ocurrir la idea—. Tengo entendido que pasó unas cuantas horas semi-inconsciente en el parque…

— Eriol solo me contó que le dejó las llaves de su coche para que volviera cuando quisiera, que necesitaba estar solo —me encogí de hombros—. Tal vez se esté pensando lo de volver o no a dirigirme la palabra.

— No creo que sea eso —reflexionó—. Ese mocoso está realmente enamorado de ti, no se iría ni aunque intentases matarle.

¡Oh! ¿En serio?

Pues no estuve demasiado lejos que digamos…

— Eriol durmió aquí anoche, así que nadie ha visto a Syaoran desde ayer.

— Pensaba pasarme por su casa antes de volver, hay algo que le debo —sonrió, revolvió mi pelo, y se levantó de un solo salto, con su maletín mágicamente colgado de entre sus dedos—. ¿Quieres que le diga algo de tu parte?

— ¿Le debes algo a Syaoran? Qué raro…

— Cosas de hermanos mayores, no te metas —torció los labios, mirando a otro lado—. Me iré antes de que supongas cosas absurdas. ¿Puedo dejarte sola sin que intentes matar a nadie, monstruo?

— ¡Repite eso! —¿Quieres pelea? Mira mis puños en guardia, hermanito, soy invencible— ¡Yo no soy un monstruo!

— ¡Hasta mañana, monstruo! —volvió a hablar, con esa típica vocecita que tan de quicio me sacaba. Y después se fue tal como había entrado, cerrando la puerta sin que encajase del todo—. Está mucho mejor, no dejes que coma demasiado —dijo de lejos, y Eriol emitió un pequeño "por supuesto" de complicidad—. Si no lo haces, acabará con todo lo que tengas en la despensa en un solo día… ¡Es una cerda comiendo!

— ¡Touya!

— Me pasaré por tu casa antes de irme a trabajar, espero no encontrarme nada raro.

— Es una casa normal —sonrió Eriol a través de la rendija en la puerta—. No habrá nada raro.

Él solo negó, mirando a través de la rendija, seguramente, cerrando un ojo, y encajando la puerta segundos después. Touya siempre sería un hermano difícil de descifrar.

— Eso espero.