La verdad, no he escrito muchas historias cambiando tanto de narrador, soy más de escribir en tercera persona (y de hecho, siento que esto está quedando algo raro, no sé :/) pero cuando empecé a escribirla necesitaba que cada personaje dijese lo que pensaba por sí mismo. De todas formas, la razón por la que sigo escribiendo esto no ha cambiado, y eso es lo que cuenta . ¿Alguna vez habías tenido un sueño similar al de Sakura, que no pudiste interpretar del todo? ^^

Quiero agradecer muchisísimo a cada una de esas personas que se anima a leerme, regalándome un poquito de su tiempo, y que me ayudan tanto sin saberlo. Espero sinceramente que esta historia pueda servir para algo.


CAPÍTULO 10

(Eriol)

— ¿Estás… seguro?

Touya negó. Tenía las mangas a la altura de los bíceps, y los ojos inyectados en sangre. Había estado la última media hora llamando a la puerta, y lo encontré justo a tiempo para agarrarle antes de que me la tirase abajo. Tal vez el silencio al otro lado lo asustó demasiado, porque Syaoran no era alguien de sueño muy pesado. Además, y por si fuera poco, había visto a Seiya salir del portal con las solapas de la camisa a la altura de la orejas y una sonrisa de satisfacción por toda la cara. Ni siquiera se me había pasado por la cabeza pasar por casa, con tal de dejarle solo, y ahora me sentía culpable. Aquel loco era capaz de cualquier cosa solo por ver al mayor de los Kinomoto perder la cabeza.

Tomé aire antes de girar por última vez la llave dentro de la cerradura, y él hizo presión para entrar antes que yo. Se quedó parado, sin habla, mirando los restos de una varilla de incienso encima de la mesa y un tapete de fieltro morado lleno de cartas encima. Alineadas, rodeadas de velas, con la cabeza de Syaoran justo encima de ellas. Un escalofrío lo recorrió de pie a cabeza.

— ¿Está…?

— ¡No seas exagerado! —se quejó, reaccionando en ese momento. Lo primero que hizo por Syaoran fue apartar las velas de su cara, apagándolas—. Solo está… desmayado, o algo así. ¿Sabía leer las cartas?

— N-no… no lo sé…

Él solo cerró sus manos contra la mesa, moviéndose en sueños. Ya no tenía la chaqueta que le había llevado la noche anterior, y su pelo estaba totalmente enredado. Por no hablar de que su camisa estaba colgada de la puerta de su habitación, a metros de él, al lado de sus zapatos, con un nudo que unía a ambos por los cordones. Touya dudó entre moverle o no, pero finalmente no tuvo que hacerlo, porque él alzó la cabeza.

Las lágrimas sobre sus mejillas eran completamente negras.

— ¿Qué… pasó aquí, chico? —susurró, con cuidado, cayendo de rodillas a sus pies. Syaoran solo pestañeó un par de veces, desorientado—. ¿Te… hizo daño… también?

La luz de la única vela encendida se apagó, de golpe, por el viento que entraba entre las cortinas. Se sobresaltó cuando encendí las luces y se encontró semidesnudo delante de nosotros. Como si el frío lo golpease de repente. En la pared frente a él habían dibujado un gran trece, con una caligrafía tan cuidada como la de la nota, con algo parecido al carbón. Estaba demasiado perdido, y no es que la cara de Touya diera demasiada paz. Parecía que le hubiesen hecho daño a él mismo, por cómo le observaba. Syaoran se asustó cuando quiso agarrar sus mejillas, pero en seguida dejó de temblar; él solo quería limpiarle las lágrimas.

— Vi… a Seiya salir de este… edificio —le explicó, midiendo su reacción—. Tu amigo ya me… dijo que… te había contado… todo.

Syaoran volvió a abrir los ojos como platos, y siguió llorando, amargamente, como seguramente llevaba haciendo toda la noche. No quería ni imaginar qué era lo que tenía que estar pasando por su mente ahora. Solo con imaginar a Tomoyo en el mismo sitio, el corazón se me había puesto del revés. Definitivamente él era demasiado fuerte si había dejado que ese hombre saliera vivo de casa. Estaba claro que solo alguien tan retorcido podría haber estado aquí antes que nosotros. Aunque había algo que no entendía del todo.

¿Por qué quitarse también la camisa y los zapatos?

— ¿Seiya estuvo… aquí? —Preguntó, después de un rato, despegándose una carta de la cara—. Yo solo recuerdo sentarme aquí, y… y beber sake. Creo que me pasé.

Eso no podía ser sake, el alcohol no te hacía olvidar a ese nivel. Touya se adelantó a mi (otra ve) agarrando la botella de la mesa y observando el líquido moverse contra la luz. No había diferencia alguna con el sake.

— Esto no es sake, Syaoran. Está claro que quería que estuvieses… tranquilito un rato— y agarró la carta de sus manos, para observarla con detenimiento. Era un esqueleto encorvado sobre algunas cabezas humanas—. Lo que no entiendo es para qué.

— Está claro ¿no? —me extrañaba que Touya no hubiese caído en la cuenta tan rápido como yo—. Si Seiya aparecía frente a Syaoran con toda su lucidez iba a terminar lo que tú empezaste, Touya.

— Pero… Solo le leyó las cartas, ¿no?

¿Allanó una casa con su inquilino dentro para leer solo unas cartas del tarot?

Demasiado simple para él.

—Aparentemente —dijo Syaoran—. No necesitaba quitarme la camisa para eso, ¿verdad?

— ¿No fue… cosa tuya?

— ¡Claro que no! ¡¿Quién te crees que soy?! —chilló, ofendido—. Yo aún tenía mi chaqueta puesta cuando abrí la botella en la cocina.

— ¿Esa chaqueta? —señaló la estantería contra la pared, tapada casi en su totalidad por ella, a punto de caerse. Syaoran asintió, y Touya soltó un pequeño gruñido—. Ese…loco. ¿Qué va a ser lo siguiente? ¿Matarte?

Él solo negó, alejándose de él con cuidado, para levantarse. Se tambaleó un poco, pero rápidamente logró el control sobre él mismo, y caminó hacia mí con pasos algo irregulares. Lo que había en sus ojos era Kolh esparcido de forma irregular a lo largo de sus mejillas. No seguía ningún dibujo en especial, así que supuse que no tenía importancia alguna. También había dibujado algunas líneas en su pecho y hombros que no supe identificar como caracter chino o japonés. Si Touya no lo había hecho ya es que eran solo eso, rayas.

Clavó los dedos en mis hombros, y me lanzó la mirada más aterradora que había visto jamás. Ese no era el mismo Syaoran que había visto en el parque llorando como un niño la noche anterior.

— Ese hombre es un psicópata, quiere que me vuelva loco también—articuló, casi sin voz. Touya se alzó en ese mismo instante sobre su cabeza, como un fantasma—. Y no sé qué tiene pensado hacer, pero lo de las cartas me parece demasiado extraño…

— Tal vez crea en esas cosas —sugirió Touya, encogiéndose se hombros. Syaoran se giró con un solo pie—. Si te hizo algo o no, no podemos saberlo si no te acuerdas de nada.

— Sí podemos —intervine, y ambos me miraron a la vez—. Un examen médico… ¿no, Touya?

— No entraba entre mis opciones — se quejó Syaoran.

— ¿Por qué? ¿Te da miedo que te toquen… ahí?—se rió Touya, cruzándose de brazos. Ahora parecía más tranquilo—. No tienes que preocuparte. Tampoco iban a encontrar gran cosa.

Y lo miró de arriba abajo, sin mover la cabeza.

— ¿Qué estás… insinuando, Kinomoto? —Sus venas se estaban hinchando en el cuello, y Touya solo negó — Si estás tratando de reírte de mí por… algo… —lo señaló.

Y el otro en algún momento de descuido me guiñó el ojo. Estaba tratando de tranquilizarle.

— Ni siquiera hará falta reírse de ti por algo —Admitió, llevándose las manos a los bolsillos, y girándose de cara a la salida—. Tú ya te humillas con tu propia existencia, mocoso.

— ¡Oh! ¿Lo has oído, Eriol? —Se quejó, rojo, cuando él ya estaba cruzando el marco de la puerta. Tenía las manos cerradas en puños de nuevo—. Hay veces que quisiera matarlo yo mismo, te lo juro…

— ¡Anda, Syaoran, no seas tan cobarde! —sonreí—. Vístete y vamos a comprobar qué fue lo que pasó en realidad, te esperamos fuera.


(Sakura)

El profesor frunció el ceño, y cerró su pluma con un pequeño "Click". Era su hora de comer, pero habíamos decidido quedarnos en su despacho porque, al parecer, ninguno de los dos tenía hambre. Si tengo que ser sincera, no pensaba acabar aquí tantas sesiones seguidas, pero hablar con él de determinadas cosas era como contárselas a un padre (que además, sabía mucho de psicología). Habían pasado demasiadas cosas anoche como para no hablar de ninguna de ellas. Sacó un libro enorme en el que podía leerse "Los sueños, ¿Qué son realmente?", y lo abrió por la mitad, buscando una página en concreto.

— ¿De qué se asusta? Yo también he soñado alguna vez con sexo —habló, sin mirarme—. En tercera persona, además.

— ¿Y bien?

Alzó la vista, por encima de sus gafas, y después volvió a caer; Seguía pasando las páginas una a una con detenimiento.

—Estoy intentando encontrar algo para enseñártelo, pero sigue, por favor.

— Esta mañana… Eriol estaba desayunando con Tomoyo en la cocina. —recordé—. Le dije que así se llamaban mis amigos, ¿verdad?

— Ajá —murmuró.

— Y me recibieron con una sonrisa muy extraña, no sé. Creo que me odian un poco por hacerle daño a Syaoran.

— La gente no odia a nadie sin ningún motivo.

— Bueno, es que…. Sí que había uno.

Y uno muy poco común, la verdad. Todavía podía recordarlo como si lo estuviese viviendo. Sus ojos marrones, miedosos, con la misma mirada dulce que llevaba dedicándome desde que nos conocimos, y la forma en la que, después de cerrar los ojos, acercó su respiración a la mía. En ese momento estaba en el suelo, y podía sentir las piedrecitas clavándose en mi nuca. Aunque no me importó demasiado, porque uno de mis deseos se estaba haciendo realidad: Syaoran estaba besándome por voluntad propia y sin que nadie le amenazase. Como si fuese alguien especial.

Aunque la sensación fue otra. Tenía los labios secos, y no quería que él los tocara.

— ¡Aquí está! — Sonrió—. Por fin.

Aquel hormigueo en el pecho había aparecido justo en aquel momento. Y no sé cómo, había conseguido no solo levantar a Syaoran un poco sobre mí, sino que lo había dejado caer lejos sin ser consciente de donde o cómo podría caer. Cuando le vi empezar a sangrar en el suelo con los ojos cerrados no supe si quería o no salir corriendo. Aunque no hubiese podido tampoco. Touya apareció de la nada para agarrar mis hombros y masajearlos. Sentí que algo de mí se había roto haciendo algo como aquello. Haciéndole daño a él.

Las pastas del libro eran brillantes y con un tacto especial, cuando lo levanté de la mesa. A pocos párrafos del final, podía leerse una última frase, que lo resumía todo a la perfección: "En conclusión, lo sueños no son más que una forma más de exteriorizar nuestros anhelos más profundos. Aquellos que el consciente no quiere ver, por alguna razón".

—… ¿Deseos?

— No vas a poder negarme que dentro de ti exista el deseo de que algo así pasara.

Mis mejillas se volvieron del color de mi té en ese momento. Estaba segura (aunque no quisiera admitirlo) de saber quién era ese chico castaño de dulces ojos marrones, y de lo que realmente aquel sueño significaba para mí. Pero que lo adivinase tan fácilmente me sorprendió. Había podido leer que soñar con sexo era signo de frustración. Tal vez esa parte de mí que seguía sin entender nada lo hubiese provocado. Llevábamos casi una semana y no había conseguido responder a ninguna de mis preguntas, a pensar de ser uno de los mejores psicólogos que había conocido. Aunque en seguida entendí por qué.

Los psicólogos no servían para dártelo todo hecho.

— Yo no puedo… tener ese tipo de cosas —me quejé, realmente indignada—. Yo no soy así.

— ¿Así… cómo?

— No lo sé —no quería, en realidad. No quería tener que decirle el asco que me daba. Seguramente lo ofendería, tratándose de alguien tan liberal—. Solo no me gusta.

— ¡Oh! Ya veo — se rió—. Relacionas todo el sexo con esa situación, ¿Verdad? Solo hay que verte la cara de asco, señorita.

Pestañeé, rápidamente. Aquel hombre debió ser detective en lugar de profesor.

Ganaría mucho más, desde luego.

— Seguramente te dio asco también saber que hubiese soñado con sexo alguna vez—siguió—, o que incluso lo hubiese tenido.

Y en realidad me daba igual que lo tuviese o no, pero era como si me retorcieran el estómago de golpe. No era como si lo odiase. Pero había una pequeña parte de mí que veía a todos como unos sádicos. Por buscar su propio placer en el cuerpo del otro, y enorgullecerse. Como si estuviesen locos.

Jamás buscaría placer en el cuerpo de nadie. No era gracioso estar en el otro lado.

— El placer no es malo. Es algo natural, un mecanismo puesto ahí para incentivar la procreación y la perpetuación de la especie. Que no lo usemos de esaforma no es malo siempre y cuando no haga daño a nadie.

— Ya.

Seiya debía tener muchas ganas de procrear, por lo que se ve.

— Puedes llevar como ejercicio pendiente tener en cuenta esto si surge el tema. Nos veremos el lunes aquí mismo, ¿no?

Y me lanzó una amable sonrisa, cuando asentí.

"nos veremos en clase más tarde entonces, señorita Kinomoto"

Ni siquiera había podido contarle la forma en la que había tocado a Touya, pero no habría sido capaz de cambiar de tema después de soltarme todo aquello. Ciertamente, muy en el fondo de mí, yo aún deseaba no ser la yo de ahora, sino una distinta, sin miedo. Que mirase a los ojos a aquel dulce chico de mirada ámbar y le cuidase con él y cada persona en este mundo se merecía. Con delicadeza. Como si pudiese romperse en cualquier momento. Quizás era porque me sentía como si me hubiesen dejado caer desde un décimo piso sin protecciones.

Ojalá Seiya hubiese sabido ver eso. Los trocitos de mí contra el suelo. Tal vez se le encogiese un poco el corazón. Yo aún tenía la esperanza de que tuviese uno.

No me gustaba admirar a personas vacías.


(Touya)

— ¿En qué piensas, Touya?

No recuerdo en qué momento aquel mocoso alcanzó el nivel de confianza necesario para llamarme únicamente Touya, pero eso ahora no importaba demasiado. Me agradaba saber que Sakura no había estado sola en ningún momento gracias a ellos, y mejor aún, que hubiera podido desahogarse. Lo último que esperaba encontrarme después de llevar a mi hermana a casa era a Yukito con algo que aportar a todo esto, por mínimo que fuera. No quiso decirme de qué se trataba, pero sabía que no estaba jugando.

Él nunca jugaba cuando ponía esa cara.

— ¿Touya? —volvió a decir, con una pequeña sonrisilla. Yo solo lo miré—. Estás preocupado por Li, ¿No es así?

Entre otras cosas. No iba a poder soportar otro abuso más, fuera quien fuese. Aunque tenía que reconocer, sin que nadie me escuchase decirlo en alto, que ese chico era especial. Su forma de sacarme de quicio haciendo nada era asombrosa. No todos los días tenía que darle a alguien la razón por algo.

— Syaoran no es un chico al que se hunda con facilidad —habló, sin importar si lo estaba o no escuchando. Tenía una forma rara de leer mentes a la que yo aún no me había acostumbrado—. Estoy seguro de que no se asustará lo más mínimo si ese sujeto lo tocó un poquito.

Alcé las cejas, saliendo definitivamente de mis pensamientos.

Un poquito —repetí, con la misma entonación que él— no deja de ser un abuso, chico.

— Eso ya lo sé. No lo decía por eso.

— ¿Y entonces?

Alguien caminó frente a nosotros arrastrando su silla de ruedas, y él guardó silencio unos segundos, haciéndose el interesante (no lo sé, la verdad). Creo que aprovechaba que sus ojos brillaran con la luz para crear ese ambiente tétrico de las películas de suspense. Sentía las pulsaciones por las nubes.

— Syaoran ya se siente violado, de alguna forma—explicó, como si fuera lo más evidente del mundo—. Sakura es parte de él —y sonrió, de medio lado, mirándome de reojo—. Aunque tú, como buen hermano mayor que eres, no quieras verlo, ella tiene esa capacidad. Puede ganarse el corazón de las personas más frías y orgullosas.

Eso ya lo sabía. Y no porque fuese su hermano mayor precisamente.

— Y vas a decirme que ese es el caso de ese mocoso, y que debería dejar de fastidiarle tanto y tomarlo algo más en serio, ¿No? —él asintió—. Eso ya lo sabía. Pero sigue habiendo algo en él que no me gusta.

— ¿El qué?

Eriol ni siquiera se movió, pero yo reconozco que me asusté bastante notando aquella voz tan irritante justo encima de mi cabeza. Con un algodón sobre el brazo, Syaoran había llegado sin hacer ruido y se había parado a escucharnos como si tal cosa. Ahora se veía algo más lúcido, aunque no demasiado. Todavía tenía esa mirada perdida que habíamos encontrado hace unas horas en su casa.

Como si fuese, pero no fuese Syaoran al mismo tiempo.

— Es de muy mal gusto estar escuchando las conversaciones privadas de los demás.

— No has respondido a mi pregunta —me ignoró, sentándose entre nosotros. Su amigo solo agarró una de sus rodillas, intentando tranquilizarlo—. Hay algo que no te gusta… de mí, ¿no?

» Por eso me odias tanto.

No era odio. Es más: ni siquiera sabía lo que era.

Solo había alguien dentro de mí que me dijera que no bajase la guardia. Él aún no había dicho lo que yo necesitaba escuchar. Y se sentía como si no lo pensase. Como si no fuese para ella.