CAPÍTULO 12

(Syaoran)

En realidad no me había sorprendido que dijera eso, pero reconozco que molestarlo me divertía. Hasta hace dos minutos, y había pensado que esa misma sensación era la que lo llamaba a hacer lo mismo conmigo, pero al parecer había un motivo con mucho más peso que ese. "Hay algo que no me gusta de él"

Te he preguntado, Kinomoto —hablé, y él puso los ojos en blanco—. Sakura sale en media hora de sus clases, y quiero estar allí para entonces, así que por favor, deja de huirme como si me tuvieses miedo, y cuéntame por qué me odias tanto.

Yo ya te he dicho que no te odio, pero si reconozco que me pareces un poco pedante, Li—gruñó él, en respuesta—. No deberías haber oído eso.

Entonces tú no deberías haberlo dicho en un lugar en el que podrían oírte—rebatí—. Para ser un secreto te importa muy poco que alguien lo sepa.

Tampoco es un secreto. Tú deberías saberlo si fueras algo más avispado.

¿Avispado?

¿Avispado?

Eso he dicho —confirmó, sin ningún tono en especial en la voz. Definitivamente iba a ser MUY difícil sacarle algo a ese hombre tan terco—. Para ser tan observador te das cuenta de muy pocas cosas.

Ilumíneme entonces con su "infinita" sabiduría, señor Kinomoto—me burlé—. Estoy seguro de que podremos llegar a un acuerdo.

Bueno, en realidad no. Con ese hombre era imposible dialogar cuando se trataba de su hermana.

Ni siquiera me has… preguntado—parecía dolido. Sacaba las palabras fueras como si las tuviera todas juntas agolpadas en la garganta—. Has ido a buscar a mi padre para decirle cuánto la amas, sin pestañear. Y ni siquiera me has preguntado qué es lo que pienso sobre eso.

No tengo por qué hacerlo, y lo sabes—asintió, despacio. En realidad tampoco hubiese estado de más, pero sinceramente, se me había olvidado por completo ese detalle—. No eres su padre.

La he cuidado como uno. Creo que tengo… derecho —y respiró, con fuerza, buscando ánimos donde seguramente no había nada, para no llorar— a que me cuentes, al menos, a qué clase de persona voy a entregar lo más preciado para mí.

Pero…

Y no es que no sepa quién eres, —me interrumpió— o dude de lo que puedas llegar a querer a mi hermana. Pero me hubiese encantado que siguieras el ejemplo de ese amigo suyo y trataras de convencerme de que en ningunas manos iba a estar mejor que en las tuyas. No has dicho cualquier tontería de niños, Syaoran. Has dicho que la ama. Y eso es algo muy serio.

¿Ese amigo… suyo?

Lo era, sí. Y no lo había dicho por decir, nunca había estado tan seguro de algo en mi vida. Y tal y como lo estaba pintando, era alguien que había irrumpido en sus vidas de repente para llevarme sin ninguna razón de peso a la persona más importante en su vida. Aunque ahora había algo que me preocupaba más que el odio que pudiera tenerme Touya. Y es que alguien más había querido ganarse su permiso para estar cerca de ella. Había preguntado aunque ya supiera de quien se trataba.

Creo que Tatsumi era su nombre, sí. No fue tan firme, solo me dijo que no tenía de qué preocuparme. Que era una chica muy especial, y que la cuidaría.

Ya…

Pero no te lo he dicho para que te pongas celoso, idiota.

No estoy celoso — contesté, con rapidez, contundente. No eran celos, sino más bien decepción. No solo porque Akame me hubiese contado lo mucho que se había enamorado de aquellos ojos verdes, sino por aquella puñalada trapera. Era MI Sakura—. Nunca lo estaría de él.

Ya —dijo ahora él, sin creerme demasiado—. Se te nota.

No vi necesario pedirte ese permiso a ti. Pero ahora que lo dices… sí. Tienes toda la razón.

«¿Acabas de… darle la razón a ese orgulloso de Kinomoto?» dijo mi mente, incrédula «Es la primera vez que provocas en él esa sonrisa de satisfacción y prepotencia que tú tanto odias, Syaoran»

«Sí que debes haber perdido la cabeza por ella, chico» Dijo después

Mientras tanto, Touya solo había asentido, con aquella estúpida sonrisa de "tengo razón, como siempre", y se había apoyado en el respaldo de su silla de espera. No sabía qué debía decir ahora exactamente. Sentía que ya era tarde para todo.

Sé que adoras a tu hermana, y que debes pensar que he llegado aquí de la nada para quitártela —y de hecho, no estaba diciendo nada que él no hubiera dicho ya mucho antes. Ahora entendía muchas cosas—. Pero nada más lejos de la realidad.

Ya es… tarde.

Cállate —me quejé, realmente ofendido—. Hace dos minutos querías que fuese yo quien hablara.

No, perdona. Hace dos minutos quería que supieses que quería que fueses tú quien hablaras. Ahora ya no quiero escuchar nada de lo que quieras decirme.

Pues muy bien —si guerra quería, guerra iba a tener. Iba a demostrarle que de ladrón tenía poco—. No me vas a ver más a su alrededor hasta que quieras escucharme. Prometido.

¿Ahora también tengo que tomarme en serio tu palabra?

Me da lo mismo si lo haces o no —en realidad no. En realidad me había puesto el estómago del revés decir eso, pero eso él jamás lo sabría de mi boca—. Cuando veas a tu hermana realmente deprimida cambiarás de idea.

¿Chantaje emocional, Li?

Para nada —negué, con una leve sonrisa que se parecía más a la melancolía que a la felicidad—. Solo te estoy avisando de lo que va a pasar.

En realidad no estaba tan seguro de eso último. Tal y como estaban las cosas, no sabía si ella se tomaría aquel distanciamiento como una excusa para acabar de librarse de mí, había podido comprobar en primera persona lo lejos que me quería ahora. Pero por otro lado, confiaba ciegamente en que aquel brillo que había visto en sus ojos aquella tarde era especialmente provocado por mí, tal y como ella encendía los míos con solo pestañear. No esperé más para levantarme y buscar la chaqueta en los brazos de Eriol. No quería seguir admitiendo que, de alguna forma, había perdido.

Vaya, Li. Creía que apreciabas algo más a mi hermana —dijo, cuando ya estaba de espaldas.

No lo digas, Li… no lo digas…

Te equivocas — ¿recuerdas cuando hace dos segundos dije que jamás lo sabría de mi boca? También dije en su momento que jamás me enamoraría de aquella niña tan torpe y tonta, y mira dónde estábamos ahora—. Me parte el corazón hacer algo así solo por tu cabeza dura. Pero yo no soy de los que faltan a sus promesas, y si digo que voy a esperar a que quieras escucharme, es que voy a esperar hasta que quieras escucharme.

Y tardó en contestar, tal vez pensándose muy bien sus palabras:

Muy bien —fue lo único que dijo.

¿En serio, Syaoran Li? ¿En serio te había pedido una cita justo en este preciso instante? Los astros se habían alineado para descargar sobre ti toda su rabia acumulada, estoy seguro.

La verdad, tenía sentimientos encontrados. Por una parte, sentía cierto alivio al saber que Sakura no pensaba en Tatsumi de aquella forma, aunque por otro no podía decir lo mismo de él, no lo conocía demasiado, así que eso solo hacía que me preocupara más. Aunque bueno, siempre y cuando no hubiese mentido en cuanto al motivo de su fiesta, todo estaría bien. Supongo.

Ninguno de los dos dijo nada en todo el almuerzo. Sus ojos perdieron progresivamente todo su brillo, y me sentí el mayor rompecorazones del mundo. Realmente no tenía ni un solo trabajo de la universidad, y vestirse de Elvis con la ropa que Eriol me había obligado a comprarme estos años no era difícil, pero la decisión estaba más que tomada. Tendría que confiar en aquella pequeña princesita y en que simplemente estaba ayudando a su mejor amigo a conquistar a una chica.

Pero… Espera. ¿Eso en qué posición me dejaba a mí?

De repente, las palabras de Eriol antes de darme las llaves de su coche me atropellaron, dándome cuenta de que había un motivo por el que la había invitado a comer: «Creo que deberías contarle lo que pasó con Seiya, y de donde habías salido antes de verla. Tal vez así se dé cuenta de lo peligroso que puede ser ese loco si sigue suelto»

¿De verdad tenía que romper aquella atmósfera incómoda… con algo todavía más incómoda?

— ¿Sakura? —sí, al parecer sí. Ella alzó los ojos por encima de la copa que tenía entre los labios.

— ¿Si? —dijo cuando acabó—, ¿Es que has cambiado de idea?

— Uhm… no —y de pronto, ella se apagó otra vez. Como si solo de mí dependiera—. No es sobre eso lo que quiero decirte.

— Tú dirás entonces.

— Anoche… Bueno…

¿Por qué era tan difícil hablar de él? Se había metido entre nuestras vidas de un modo demasiado frustrante para ser explicado con palabras: — No recuerdo nada, pero Eriol y Touya dicen que Seiya se coló en mi casa mientras todos estaban durmiendo.

— ¿S-Seiya?

— Sí —suspiré—. Usó psicotrópicos para tenerme un poco a raya y al parecer hizo cosas muy raras. Desperté con cartas del tarot pegadas a la cara y velas encendidas a centímetros de mi cabeza.

Sakura frunció el ceño, visiblemente sorprendida. Seguramente se estaría haciendo la misma pregunta que yo: ¿Seiya era de verdad de los que leía cartas del tarot?

— Aunque ellos se preocuparon mucho más por el hecho de que estuviese medio desnudo y con la piel cubierta con líneas hechas con Kolh.

— ¿Delineador? — Yo solo me encogí de hombros, cosa que no resolvió ninguna de sus dudas—. Qué raro.

— Eso mismo dijeron ellos, así que como no recordaba nada… me animaron a hacerme un chequeo de emergencia, por si él…

No me dejó terminar. Sus ojos ardían ahora, como si la hubiesen lastimado a ella misma.

Ciertamente no debía dudar. Ella me quería tanto como yo.

— ¿Te tocó? —preguntó, con un deje ronco en la voz. Yo solo negué, despacio—. ¿Seguro? Porque si te hizo algo…

— Si hizo algo nunca lo sabremos, porque no me acuerdo de nada— Sonreí, realmente agradecido. Ella también se preocupaba por mí—. Aunque tampoco creo que pudieras hacer mucho por mí si así fuera, ¿no crees?


(Seiya)

"El trece siempre ha sido para mí un número de la mala suerte, pero eso fue antes de saber lo que significaba ese número en la baraja de cartas del tarot. Sabía que saldría si las tiraba para ti, Syaoran"

Había aprendido a leer las cartas mirando a mi madre hacerlo todos los viernes por la noche. Les preguntaba por nosotros como familia, y después pensaba muy fuerte en papá mientras hacía la segunda tirada. Decía que él siempre elegía el montón de la derecha, y que nunca cruzaba los pies ni los dedos a esa hora justa. Cuando la carta de la muerte salía, el arcano número trece, siempre hablaba de una liberación más que de una carga. Según había podido oír, esa carta, por sí sola, significaba el desprendimiento de todo el peso a nuestras espaldas, la "muerte" de lo conocido, un gran cambio.

Había escuchado también que necesitabas que nada estuviese cruzado, y fue raro tener que desvestir a aquel mocoso y comprobar por mí mismo que era un imán para las energías negativas en potencia. En cuanto a las líneas de Kohl, espero que no se asustase demasiado al verlas. Siempre me había relajado que dibujasen sobre mi piel, y pensé que tranquilizarle a él haría mucho más fácil la consulta. Yo no quería saber nada acerca de mi futuro, ni siquiera el inmediato, porque sabía que no había ninguno. Pero sí que necesitaba saber si había hecho el suficiente daño como para ir derechito al infierno.

Para mi sorpresa, lo único que las cartas decían sobre él, es que brillaba con luz propia, y que se avecinaban grandes cosas en su vida. Quise matarle por un segundo, pero me contuve. El daño no servía de nada si después no lo recordaba.

Unas manos heladas se colaron por debajo de mi camiseta, devolviéndome a la realidad de golpe. Me había quedado mirando los exámenes por corregir embobado, y aquellos dedos no eran otros que los de Kagome, clavándose en mi espalda, como siempre que detectaba que algo no andaba bien en mi cabeza. A veces me veía a mí mismo como un psicópata.

— Aquí hay algo que no me has contado, Seiya —dijo, dejando el borde de mi camiseta a la altura de los hombros. Ahora, sus dedos estaban llenos de alguna especie de crema, caliente—. Y me estoy empezando a preocupar un poco. Si todo hubiese estado bien, me hubieses dicho que no, que odias las fiestas tontas de disfraces, y que te gusta mucho más quedarte en casa haciendo cualquier otra cosa.

— No lo… entenderías —suspiré. Tenía como novia a la mejor fisioterapeuta del mundo. No podía quejarme de estrés a su lado, desde luego—. Te has enamorado, y si te contara lo que tengo pensado hacer, no volverías a hablarme. O incluso te lanzarías conmigo, en el peor de los casos.

— ¿Tú no… te has enamorado?

Oh, ¿De qué se sorprendía?

Yo ya se lo había dejado claro la primera vez que nos vimos: Yo no me enamoro de nadie.

— Ya sabes la respuesta a eso, Kagome.

— ¿Y entonces por qué te preocupa tanto que no lo entienda?

Eso era cierto. Había pensado en contárselo en muchas ocasiones. Y en todas, lo único que había pasado por mi mente era el dolor que recorrería toda mi columna, helado, si ella empezaba a llorar. Yo solo había sentido eso por alguien en toda mi vida. Y ese alguien ya no estaba conmigo.

— Leí sobre el Aokigahara en un artículo de una revista española hace muchos años, y en seguida supe que quería visitarlo algún día —murmuré, y sus dedos pararon justo en la mitad de mi columna; habían empezado a temblar—. Mi padre había muerto hacía unos meses y yo me sentía de alguna forma… feliz por eso. Cuando se lo conté a mi hermana ella dijo que me entendía, y que no tenía por qué sentirme culpable. Pero yo nunca le había deseado la muerte a nadie.

— ¿Y por qué ibas a desearle la muerte a tu padre?

— Hay muchas cosas que… no sabes sobre mí —admití, intentando levantarme. Quería ver sus ojos cuando lo supiera todo—. Tantas que tal vez… sientas que ni siquiera me conoces.

— ¿Y eso te asusta?

Me asustaba, sí. Aunque tratara de negarlo, todo lo que conseguiría hacerlo todavía más evidente. Kagome había roto todo lo que esperaba de las personas con su simpatía y su eterna paciencia. Y ahora, al final, venía a descubrir que eso era lo que yo siempre había querido. A veces, cegados por conseguir lo que creemos que realmente nos hace feliz, nos olvidamos de hacerlo y ya está. Solo quería desaparecer de este mundo de mierda, sin arrepentirme de nada, con todas las cuentas pendientes posibles. Solo así estaría seguro de no ir al mismo lugar que mi padre. Él se había arrepentido y nos había cuidado. Él ya debía estar saltando entre nubecitas de algodón con un taparrabos de hojas. Y yo no quería tener que verle, o sentir su presencia nunca más. Había hecho demasiado daño a todos.

— Un día mi hermana llegó con su novio a casa —dije, ignorando su pregunta, seguro de que ella ya se había dado por respondida con mi silencio. Continuó masajeando mis hombros mientras hablaba, mirándome a los ojos—. Pero me pareció extraño porque ella no se dejaba tocar por él. Y nosotros nunca habíamos sido de los que prohibían en afecto de ese tipo. Así que le pregunté.

— ¿Y?

— Primero, frente a todos, me dijo que no pasaba nada malo. Pero después… me lo contó.

No recuerdo bien sus palabras en sí, pero las sensaciones se me habían clavado en el fondo de mi pecho para siempre. Las mejillas ardiendo, de rabia, escuchándola hablar de cómo su adorado papá (que, por cierto, no era el mismo que el mío) había aprovechado su cariño para abusar de su pequeño cuerpecito de adolescente en formación. Aunque añadió que él ya le había pedido perdón y nunca había vuelto a pasar, ella seguía sintiendo dolor cuando le veía, y mucho más cuando alguien intentaba tocarle sin que se lo esperara. Pero ese arrepentimiento no había sido completamente sincero, estaba seguro. Pidió perdón porque no quería morirse de cáncer con aquel peso en su conciencia de mierda.

— Que había abusado de ella durante años, dándole como única excusa que era su padre y le debía obeciencia.

— Oh… cielos.

— Sí, allí pretendía ir él —sonreí, con sorna—. Por eso se pasó los últimos años de su vida de iglesia en iglesia, pidiendo perdón, y tratando a su única biológica como si siempre hubiese sido el mejor padre del mundo.

— Pero eso no arregla demasiado para ella, ¿no?

— Nos rompió —admití, dándole la razón—. Su perdón a mí no me servía, ni mucho menos a ella. Yo ya no quería vivir más.

— Seiya…

— Hugo —la corregí—. Hoy llámame Hugo.

— Pero… tú odias…

— Da igual —gruñí. ¿Qué más daba ya? Después de esto ya no querría llamarme de ninguna de las dos formas—. Quise morirme entonces, y quiero morirme ahora. Pero sabía que en manos de Dios sería una simple alma deprimida que no había hecho daño a nadie. Yo no quería ir al mismo sitio que él, para mí sería más un castigo que una recompensa.

— ¿Y… entonces?

Había vuelto a temblar. Y lo sabía porque había posado sus manos en mis mejillas, dejando de sonreír tan sinceramente como antes, para observarme con algo parecido a la preocupación. Sabía que mi carácter era fuerte, y que cuando creía en algo era capaz de cualquier cosa por conseguirlo. Dentro del abanico de cosas que podía hacer para no recibir ese perdón había demasiadas, desde luego.

Y podría haber elegido tantas, y tan poco dolorosas…

Ya daba igual, imagino.

— Tú sabes que… bueno. No he sido bueno con… algunas mujeres.

— Sí. Pero no creo que fuesen tan graves como para que ese Dios tuyo no te perdonase, ¿no?

Bueno, en realidad… sí.

— También… te mentí respecto a eso.