N/A: Vaya vaya… la noche de los besos parece ser... xD
PD: Este capítulo va dedicado al Seiya real ^^. Aunque ahora se parezca cada vez más al de la historia, hubo un tiempo en que realmente llegó a ganarse mi cariño. Estoy segura de que él hubiese querido un beso así :)
CAPÍTULO 17
(Sakura)
Sé sincera, Sakura; si por algo se caracteriza Syaoran no es precisamente por huir de los problemas. Y si no me crees (porque últimamente no escuchas nada de lo que diga tu mente), mira esa brillante brecha en su frente. Se la has hecho tú, ¿y has visto que haya salido corriendo? ¿Que se haya enfadado contigo? Sabes que él no es esa clase de persona...
— Estás... temblando —oí que decía, como si pensase que era culpa suya. Sus ojos iban de mi boca a mis dedos—. Toma, ponte esto.
Y su enorme chaqueta cayó sobre mis hombros, encima de la otra. No me extrañaba nada que fuese tan... fuerte. Ese armatoste de cuero pesaba mucho. Pero me pareció gracioso (y hasta un poco irónico) que pensase que temblaba solo de frío. De hecho, podría decir que no he sentido más calor nunca. Es un frío en la sangre. Que sube por mi espalda, se extiende a cada milímetro de mi piel hasta llegar a la punta de mis dedos y vuelve a bajar de nuevo. Unas veces más rápido, otras más lento, pero nunca llego a saber exactamente cuando cambia de velocidad. Lo llamaría miedo, pero no creo que sea solo eso. Es una mezcla de todo. Es una bola de dolor tan grande que no me cabe en el corazón. Y cuanto más me tapo más frío tengo. Quisiera salir... corriendo. Como si sirviera para... algo.
A él sin embargo, sé que le castañeteaban los dientes. Era bueno disimulándolo, pero a mi no conseguía engañarme. Aquella noche hacía mucho frío.
— No tiemblo de frío, no sirve de nada que te resfríes por mí —le sonreí, y él paró cuando se dio cuenta de adonde nos habían llevado nuestros pasos; al parque del Rey Pingüino—. Deberías...
— Quédatela, por favor —me interrumpió, para mi sorpresa—. Será lo más cerca que estaré de tocarte, al fin y al cabo —se encogió de hombros—. Es lo mínimo que...
— Este frío no se va con una chaqueta —confesé, asustada, aunque mi voz había sonado más como una queja. No pude ni mirarle a los ojos—. Ni siquiera con dos. Es como si algo se hubiera clavado... Aquí.
Me dolía el pecho. El cuello. Los hombros. La punta de los dedos y la columna hasta la última de sus vértebras. Y eso me desesperaba. No sabía cómo sacarlo de mí, y tampoco qué pedirle a él que hiciera. Echaba de menos el calor que subía por mis mejillas cuando él me sonreía. Ahora, si me tocara, todo lo que sentiría sería hielo. Hielo por todos lados. Así debería haberse llamado él, Hielo, y no Seiya. Qué desperdicio de nombre. Alguien que solo había hecho daño llamándose "El que es santo"...
— Te entiendo — habló Syaoran, de nuevo, entre la maraña de pensamientos. Ahora estaba más cerca de mí—. Llevo sintiendo lo mismo desde aquella... noche.
— L-lo... Lo siento...
— Oh, no es culpa tuya —agitó sus dedos en el aire—. Y no creo que sea culpa de nadie tampoco. No elegimos de quien nos enamoramos.
El corazón se me puso del revés. Y el calor que antes había echado de menos se había hecho un hueco entre el frío para calentar mis mejillas y la punta de mis orejas. Él lo había hecho, había dicho que se había enamorado. Todavía tenía ganas de dudar si era o no de mí, pero a él le constaría repetirlo. Siempre había sido muy reservado en esta clase de asuntos.
— No me molesta sentir esta clase de dolor, es... soportable. Me siento afortunado de que seas tú quien me estruje y afloje el corazón con solo... mirarme —dijo, y luego suspiró muy fuerte, como tratando de mentalizarse. Su mirada estaba fija en el suelo que pisoteaba tontamente—. Lo que me destroza es saber que es lo mismo que sientes tú y no puedo hacer nada para quitártelo de ahí.
— Syaoran...
— Lo he intentado, créeme—interrumpió, otra vez—. He intentado no hablar del tema. Ni siquiera he acosado a tu hermano todo lo que tenía pensado. Ni a tu padre, ¿Sabes lo difícil que ha sido escucharle durante horas sin decir nada? —una pequeña sonrisa se apodera de mí, y él se pone aún más nervioso. Es -tan- adorable...—. Pero necesito que me lo cuentes. No importa el qué, de verdad. Si has matado a alguien, o has dejado de querer saber cualquier cosa de mí, puedo soportarlo. Pero no que... te lo guardes.
— Bueno... Yo...
— Que lo entiendo, ¿Eh? —siguió hablando, masajeando su nuca—. Después de lo del otro día no creo que quieras...
No fue impulso. No fue para que se callara, o dejarse de perder los nervios de esa manera. Lo había abrazado porque había querido. Y suena obvio, lo sé, pero llevaba mucho sin hacer lo que realmente deseaba. Syaoran era tan duro y tan cálido que esperé con la mejilla contra su pecho a que se me pegara algo. Era una sensación extraña. Como si la Sakura dolida y rota luchara contra la que quería vivir aún. Me hormigueaban las manos. Lo estaba tocando. Directamente. Con una camisa y la tela de dos chaquetas de cuero separando un cuerpo de otro. Estaba claro que ya no era un niño, podía notarse en cada centímetro de él. Pero no era un chico de gimnasio. No lo necesitaba. Él solo era mi Syaoran. Mi loco, inocente, confiable y aventurero Syaoran. Y yo lo estaba abrazando.
En los dos primeros segundos, dudé de si me correspondería o no, pero pronto rodeó mis hombros con sus largos dedos y me aprisionó con fuerza. Noté que eso me estaba ayudando a respirar. Él usaba otra clase de perfume. Él tenía otra clase de tacto en la tela de su ropa. Yo me estaba mentalizando de eso. Diciéndole a mi mente que con él no tenía por qué temblar. Pero mi cuerpo no me hacía caso alguno. Él solo notaba la figura de alguien y se deshacía del miedo. Como un reflejo.
— Yo también me enamoré. No te imaginas cuanto —lo acaricié con la punta de mi nariz—. Desde que me di cuenta de que detrás de ese gruñón solitario había un chico amable y con un gran corazón. Desde ese día — ¿Se podía haber caído más bajo que confesándose a la desesperada? No lo creo—. Me siento tan... estúpida ahora...
— Bienvenida al club, entonces —lo escuché reír, y cada uno de mis músculos suspiró a la vez, de alivio; ya no temblaba demasiado—. Pensé que ibas a salir corriendo cuando te lo dijera.
Nada de eso. Quería pegarme más a él, quería que fuésemos una sola cosa. Y al mismo tiempo quería todo lo contrario. Todavía tenía en la cabeza lo último que Tomoyo había dicho antes de dejarme salir: "No hace falta que sea todo tan rápido. Estoy segura de que él va a dejarse hacer".
Dejarse hacer…
Se me revolvía el estómago solo con pensarlo. Yo no era la clase de chica que servía para eso. Yo no sabría hacerlo bien, y él me miraría seguramente del mismo modo en que yo veía a Seiya. Aunque por otro lado no podía evitar pensar en las ganas que sentía de hacerle sentir bien. Que jamás se rompiera por culpa de alguien mientras estuviese ahí. Que siendo yo la que lo miraba de cerca me aseguraba de que quien lo tocase fuese únicamente alguien que lo adorase de verdad. Era tan… perfecto…
Alargué mis dedos con cuidado y estos hicieron contacto con su piel. Al principio solo fue un roce superficial, apenas perceptible, pero pronto me llené del suficiente valor como para plasmar el resto de mi mano. Tenía la barbilla helada, y el pómulo ardiendo y colorado. Un contraste algo extraño pero curioso al mismo tiempo, y que yo no desaproveché la oportunidad de sentir. No sabía qué quería hacer ahora. Pero quería quedarme así un rato más. Admirándole.
— Sakura… —escuché que murmuraba, inclinándose aún más y respirando sobre mi nariz— ¿Q-qué…?
— Quería saber cómo se sentía —intenté excusarme, avergonzada; él ahora sonreía levemente—. No puedo evitar sentirme culpable por…
— No hay nada que perdonar —se acercó aún más—. Cuando alguien dice no, es no. Y yo pasé esa… línea.
Él sí que sonaba dolido, y no tardó en cerrar los ojos y reprimir alguna que otra lagrimilla. Sorprendentemente no me preocupaba su herida en la frente, sino más bien la que había dejado en su corazón. Y lo peor es que quería besarle. Me moría por hacerlo. Pero el miedo me paralizaba solo de pensar que él haría el más leve movimiento para el que yo no estuviera preparada. No sabía cómo hacerle entender a mi yo rota en pedazos que él no pensaba hacer otra cosa que no fuese recogerlos, quitarles el polvo con cuidado y tratar de ordenarlos. Que él sentía lo mismo que yo, de algún modo.
— No tenía miedo de ti, ni de esa línea. Solo quiero ser… yo —resumí. Eso implicaba demasiadas cosas, y no sabía por dónde empezar—. Por… por favor.
Su respiración golpeó una vez más contra mi nariz, aunque algo más pausada. Estaba esperando. Confiando, de algún modo, creyendo que yo sería tan fuerte como para lanzarme. Definitivamente no me conocía demasiado si pensaba algo parecido de mí. No sabía cuan cobarde podía llegar a ser.
— Esperaré entonces, señorita Kinomoto—susurró, despacio—. Tenemos… toda la noche.
Podría hacerlo. Al fin y al cabo, ya había acariciado aquellos labios. La caricia más corta, dolorosa y eufórica que había sentido nunca. Tomoyo ya me había contado sin reparo alguno que las personas aprendían a besar, besando. Y que tampoco importaba lo desastre o no que pudiera llegar a ser, porque si era con la persona adecuada todo en ti flotaba y hormigueaba al mismo tiempo. Era tan extraño...
Me preguntaba en qué momento dejamos de ser niños. O si aún lo éramos, y era esa pequeña Sakura segura y romántica la que me estaba empujando a hacer semejante locura. Esperaba con todas mis fuerzas que aún siguiera viva dentro de mí, que aquel hombre no hubiese acabado conmigo. Porque sería aún más triste mirar a los ojos a Syaoran y decirle que no podía hacerlo, después de haber estado a milímetros de...
Sonreí, contra su boca. Él no se había movido, y eso me había hecho feliz, por extraño que pudiera parecer. Aunque al mismo tiempo, tanta rigidez me desesperaba. ¿Qué era lo que estaba haciendo mal? ¿Por qué no se movía?
Oh, ya, claro, Sakura; Tú se lo habías pedido...
(Seiya)
— ¿Pero qué coño…?
Kagome asomo la cabeza entre los azulejos del cuarto de baño, y me enseñó una sonrisa de monstruo de terror en plena agonía. Todo estaba cubierto con sus huellas ensangrentadas como si fueran cualquier cosa, como si no acabase de hundir más de la cuenta esas cuchillas para las cejas afiladas por el mismísimo demonio. Cuando me pidió ayuda un momento nunca me imaginé que sería algo como esta mierda. Esto tenía que ser culpa mía, por haber pasado el suficiente tiempo a su lado como para que se enamorara. El amor era enfermo. El amor no hacía más que volver loco a cualquiera que consiguiera atrapar entre sus garras. Y yo podía… dar fe de eso.
La agarré por los hombros y la miré bajar la cabeza. Quería terminar de matarla yo mismo, de la rabia. Había dibujado una línea en vertical con sangre a lo largo de todo su antebrazo, y no hacía falta estudiar mucho de medicina para saber que si hubiese hundido un poco más la hoja la hubiese perdido antes de decir Amen. Si esa era su forma de hacerse la fuerte le estaba saliendo demasiado mal. Estaba arruinando todo, simplemente.
¿Por qué tenía que meterse en todo? ¿Por qué no podía odiarme como hacía yo y dejarme ir de una vez? ¿Es que no había comprobado ya el asco que daba? ¿Hacía falta querer venir conmigo?
¡Ella era buena!
— ¿¡Qué coño has hecho, dime!? —chillé, zarandeándola en el aire. Era tan pequeña que para ponerla a mi altura hacía que dejara de tocar el suelo—, ¡¿Querías que me sintiera culpable?! ¡¿Te crees que somos Romeo y Julieta o algo así!? ¡Háblame! —seguí agitándola. Sentía la rabia subiéndome por el cuello. Me iba a explotar la cabeza— ¡Dime que hago yo con toda esa sangre ahora! ¿¡Te piensas que soy de piedra o algo así!? ¡Kagome!
Oh. Ya casi había perdido el acento japonés. El español era mucho más fácil de usar para gritar toda clase de obscenidades sin que se enterara de lo más mínimo. Era lo único que podía hacer si no quería hacerle daño de algún modo otro. La sangre había empezado a manchar su ropa y ella no quería mirarme a la cara. Si ahora empezaba a sentirla fría o algo así…
— ¡Mírame, Joder!
Conté dos segundos antes de que lo hiciera. Su mirada sí que era aterradora, aunque algo me volvió de nuevo al pecho cuando vi que me escuchaba. Nunca me había asustado tanto como ahora. Seguro que lo había hecho porque no era consciente de la paz que conseguía enchufarme con solo pestañear. Y aún con un tic nervioso al borde de su boca yo seguía pensando que era preciosa. Y egoísta. Muy, muy, muy egoísta. Jugar así con mi corazón…
Arrugó los labios y me escupió en el ojo derecho, con fuerza. Supongo que aquel ataque suicida suyo no había sido por casualidad, y que era irónico que yo pensara en egoísmo cuando no era el mejor ejemplo para demostrar lo contrario precisamente. No eran una mirada de asco. Ni siquiera de tristeza. De hecho, si hubiese sido tristeza, hubiese dejado de sujetarla a medio metro del suelo. En sus ojos no había nada. Absolutamente nada.
— No te hagas el digno ahora, Hugo —enfatizó, con algo de ironía—. No soy una princesita ala que haya que salvar, ya soy mayorcita para decidir yo sola. ¿Quieres irte? Me parece perfecto. Pero yo me voy contigo.
— ¡Eso es una mierda!
— ¡Estar sin ti también es una mierda! —estalló, y golpeó con fuerza una de mis rodillas. Un crujido espantoso me hizo apretar los dientes unos contra otros—… ¡Y a ti te da igual!
— ¡No me da igual, idiota! ¡Te he dicho que no soy de piedra!
— ¡Yo tampoco!
— ¡Lo sé! —me quejé. Dios. Es que era tan idiota… ¿Cómo no podía darse cuenta de nada?—, lo sé, créeme. Sabía que iba a romperte y estaba mentalizado para todo eso, pero… ¡Pero siempre acabas haciéndome sentir culpable por algo!
— Quizás es porque en el fondo no quieres hacer nada de esto —dijo, ahora con un fino hilo de voz. Había lágrimas en sus pestañas—. Quizás porque no eres tan inútil como crees, y puedes… amar.
— Claro que puedo… amar, tonta—suspiré. No tenía caso seguir chillando por esto. Estaba claro que dijera lo que dijera, siempre iba a ganar. Ella era la que tenía el control sobre todo en mí (aunque me costara tener que asimilarlo)—. Claro que te amo…
— ¿Y entonces?
— Te has cortado las venas por mí, ¿Aún sigues preguntándote porqué es mejor que me vaya? Mírate —la señalé, con la mirada, y ella observó su ropa un segundo—. Saco lo peor de la gente…
No quería tener que mirarla. Cada una de esas manchas parecían estar gritando "es culpa tuya, por imbécil", y yo no era tan fuerte como ella pensaba como para soportarlo. Ella era preciosa. Realmente preciosa. Y nadie, ni siquiera ella, debería intentar cambiar eso. Era la única que conseguía hacerme pensar con tranquilidad y eso no lo hacía cualquiera. Ella era especial.
Miró sus cortes en el brazo un segundo antes de alzarlo y lamerlo con cuidado. Debajo de aquellas manchas tan horribles no había ningún tipo de línea que delimitara algún corte. Su palidez natural me había cegado, lo admito. Seguramente solo fuese…
Enredó sus dedos en mi pelo y estampó sus labios rojos y pegajosos contra los míos. Miel. Miel con cacao.
