Hola =). Yo no suelo pedir nada a aquel que me lea, pero esta vez creo que va a ser un poco diferente. Me gustaría que aquel lector que llegase hasta el final me contara qué piensa realmente y responda… ¿De verdad todavía la gente piensa así del cuerpo de otra persona? ¿De verdad se ha perdido el respeto por la dignidad de la gente a su alrededor de esta forma? ¿Debería perder entonces la esperanza de encontrar a "personas" que no sean Seiya? ^^ me aliviaría tener respuesta a eso, ciertamente. Espero que os guste el besazo de Sakura y Syaoran, se lo merecían ;)


CAPÍTULO 18

(Syaoran)

Qué extraño era el amor a veces. Tanto que había estado buscando el momento más apropiado para besarla, y ahora que era ella la que, tímidamente (porque todo en Sakura era "tímidamente"), se había acercado y había juntado sus labios con los míos, yo no encontraba la forma de moverme. Todo en mí estaba rígido. Incluso mis pulmones. Especialmente mis pulmones. Había intentado llenarlos con algo de aire, pero mis músculos no habían respondido en absoluto. Solo podía mirarla, con los ojos como platos. Estaba ahí. Y me estaba besando.

Tenía los ojos suavemente cerrados. No era una expresión de miedo o preocupación, sino más bien todo lo contrario. Podría jurar que estaba relativamente cómoda con la situación, pero entonces… ¿Sería correcto dar el paso? ¿Ella se asustaría otra vez?¿Sería muy loco tener miedo a haberla besado horriblemente mal la última vez?

Una sensación algo extraña atrapó mi corazón, estrujándolo. No tenía forma de practicar hasta que me saliera medianamente bien. No quería tenerla, de hecho. Pero así nunca lograría besarla, y yo quería hacerlo.

¿Pero qué… narices estás diciendo, Syaoran?

Cerró los ojos con fuerza, y se separó lo suficiente como para que ese contacto entre nosotros se redujera a una leve caricia superficial. Estaba claro que ella tampoco sabía cómo hacerlo. Y que no se lo estaba poniendo nada fácil. Aunque no tuve que hacer nada tampoco. Se le ocurrió tomar aire y repartir minúsculos besos desde mi comisura derecha a la izquierda. Muy lento, increíblemente lento. Casi podía notar sus intenciones con aquel gesto. Era como si, de algún modo, estuviese tratando de cuidarme. Como si fuese de fina porcelana china. Irónico, lo sé. Ni siquiera me acordaba de mi propio idioma justo ahora. No saldría nada de lo que quisiera decir. Estaba siendo tan valiente, que a su lado yo me sentía inservible.

Entonces entreabrió sus labios, esperando que hiciera lo mismo. Y ni siquiera sé qué pasó después. Un segundo antes estaba intentando acostumbrarme a aquella maraña de lenguas intentando atraparse entre ellas, y un segundo después era ella la que había clavado sus dedos a cada lado de mi espalda, nerviosa, haciendo chocar sus dientes contra los míos de vez en cuando. Me guardé las manos en los bolsillos del pantalón, y las cerré en puños. Estaba desesperado. Si seguía tocándome de esa manera iba a hacer algo que seguramente la asustase demasiado. Me conformaba con que eso de que estuviésemos en mitad de un parque público no fuese un problema para ella. Hacía realmente calor entre todo ese frío.

Aunque después todo se relajó un poco. La noté sonreír de nuevo, algo más tranquila, y se atrevió a repasar mis mejillas con la punta de sus dedos. Había oído en algunas ocasiones que besar con los ojos abiertos era sinónimo de no querer realmente a la persona con la que estabas. Pero no me preocupó eso, sabía que no concordaba conmigo. Si tenía los ojos abiertos era porque difícilmente lograría admirarla desde tan cerca como ahora. Era demasiado cuidadosa con cada movimiento que hacía. No querría romper la magia tampoco.

— Haremos como que no hemos visto nada—escuché a alguien detrás de nosotros, y Sakura se congeló. Ahora nos mirábamos por primera vez después de ese beso, y me alegraba que fuese una expresión de bochorno y no de miedo como tal —, ¿Verdad, Tomoyo?

— ¿Es que deberíamos haber visto algo, Eriol? —Le siguió el juego su novia—. Creo que estás delirando. Aquí no hay nadie.

Sakura arrugó la nariz, divertida, y asomó los ojos por encima de mi hombro para mirarles. Estaban subidos en el gran pingüino azul con un par de vasos de café de papel decorados con florecillas. Ambos sorbieron a la vez y éstos hicieron el mismo ruido al terminarse el líquido en su interior. Fue entonces cuando me di cuenta de que inconscientemente había rodeado a Sakura con mis brazos, y que ahora ella se estaba acurrucando contra mi pecho. Quería haber sabido qué hacer, pero todo lo que sentía eran ganas de subir y llevarme a Eriol de los pelos.

¿Por qué siempre tenía que ser… Eriol?

— A veces quiero matarle —gruñí, sin poder evitarlo. Y al parecer Eriol me leyó los labios, porque alzó su vaso en un gesto de "a tu salud" y después cuchicheó algo en el oído de su novia—, pero después recuerdo que entonces tendría que pagar yo solo un piso que es para dos, y me reprimo.

— Vamos, el dinero nunca será un problema para ti —contraatacó, y mis mejillas enrojecieron—. Pero es una buena excusa para tapar la verdadera razón —sonrió. A ella no tenía que mentirle—, ¿Le quieres mucho también, verdad?

— ¿Tengo otro remedio?

— ¡Podéis seguir si queréis, nosotros no pensábamos hablar más! —se rió, agitando su mano libre en el aire. Tomoyo ocultó su risa entre sus manos—, Fue muy tierno de ver. Sobre todo la parte de los bolsillos.

— ¿B-bolsillos? —Se aterrorizó Sakura, viéndome palidecer—, ¿Qué es eso de los bolsillos?

— Eriol… —me quejé entre dientes. Ahora si que debería volver a hacer lo de los bolsillos si no quería matarlo allí mismo.

— ¿Eh?

— Nada de lo que asustarse —le aseguré, y Eriol puso los ojos en blanco—. Te lo contaré cuando ese par de entrometidos espectadores desaparezca —alcé la voz—, que no deberían tentar tanto a la suerte como lo hacen, dicho sea de paso.

No había estado mal. No había estado nada mal. Ella besaba tan bien, y yo me alegraba tanto de que no hubiese que pensar en cómo hacerlo cuando estabas con la persona indicada, que incluso dejé pasar por alto la idea de matar a mi amigo y me detuve a mirarla. Ahora estaba sonriendo. Relajada, tranquila, sin rastros de aquella forma tan espantosa de temblar de cuando salimos corriendo lejos de todos. No me parecía correcto preguntarle por nada que tuviera que ver con Seiya, pero muy en el fondo de mí, me moría de ganas. Era algo que necesitábamos aclarar si es que quería confiar en mí tanto como había demostrado momentos antes.

— Creo que tenemos una conversación pendiente—le susurré, y contraria a lo que pensé que haría, asintió levemente. Seguía sin estar totalmente mentalizado para escuchar cualquier cosa que quisiera decir, no sé por qué ese empeño en ser yo quien sacase el tema. Me separé de ella para ofrecerle mi palma completamente abierta, para que ella posase si manita encima. La había echado de menos—, ¿Quieres caminar?

— Claro —asintió, y después dedicó una miradita a la pareja del pingüino, con la intención de decirles algo. Pero ellos ya no estaban por la labor de escuchar a nadie. Ahora Eriol estaba demasiado ocupado acomodando mechón a mechón la cabellera de su novia, y ésta observándole con detenimiento. Parecía que hoy fuese… San Valentín o algo así—Dejémosles así un rato más —se limitó a decir.


(Seiya)

Hace no mucho tiempo jamás de los jamases me hubiese dejado comer la boca por nadie. Primero porque yo siempre he odiado la miel, aunque el cacao no me desagrade del todo. Y segundo, porque nunca he dejado que nadie vuelva a hacerme dependiente de lo que siento. Porque lo que sentimos es, en ocasiones, tan irregular y traicionero, que es como darle tu corazón al cazador de Blancanieves para que lo atraviese en tus narices. A principios de este mes yo hubiese ido gustoso con él en mis manos si dicho cazador hubiese sido Dios. Y de hecho, a principios del mes anterior, también. Igual que hace un año. O dos. Pero ahora me pregunto por qué con la sola idea de verla cerrar los ojos a ella para no abrirlos más, el corazón se me ha parado unos segundos. Y no bromeo, me ha golpeado tan fuerte por dentro que pensé que iba a explotarme, y que mi sangre acompañaría a la suya. Creo que desde hoy aborrezco la miel un poquito menos.

— No creí que fueses capaz de semejante… disparate —me aventuré a decir, en el hueco de su cuello, y ella se rió sin humor—. Eso de fingir un suicidio es más de protagonistas de novela juvenil algo… paranoicas, tal vez, ¿Dónde has aprendido a hacer esa mezcla tan realista?

— En internet —confesó, algo avergonzada, arrugando la nariz—. No creí que sirviera para algo, siempre has sido muy observador y desconfiado. Pero… —puso una mano sobre mi pecho, aun temblando, y susurró: —Estás temblando.

— No se lo digas a nadie —susurré yo también, y esas lágrimas de mierda quisieron escapar otra vez. Pero ella las secó con rapidez—. No quiero que piensen que soy un violador que piensa en… alguien.

— Tarde —resonó una voz detrás de nosotros, y la luz en los ojos de Kagome se apagó progresivamente. Kinomoto estaba apoyado ahora contra el marco de uno de los baños, serio, y de brazos cruzados. Tenía en las manos la carta abierta que… —. No me ha sorprendido que fueses un blando, la verdad. Pero sí que tuvieses el suficiente corazón para hacerle daño a una mujer, estando enamorado de otra.

Retrocedí. Este era el baño de chicas, él no debería estar aquí si no fuese por invitación propia. Y aunque así hubiese sido, aunque se hubiese metido aquí como un depravado mental (cosa que tú nunca serás, ¿verdad, Hugo?) no tenía sentido haber visto tanta sangre y no haber corrido en su ayuda. Kinomoto no era de esa clase de seres. Pero yo no estaba preparado para pensar en otra posibilidad más que esa. ¿Acaso no había servido para nada confiar en ella? ¿Había metido al enemigo en mi propia casa?

O bueno, yo en la del enemigo, la casa era la suya.

— Pensaba sugerirle usar tiocianato de potasio en contacto con el cloruro férrico, pero no sé hasta qué punto eres alguien con… sentido común —siguió diciendo—. Con las ganas de morir que tienes eres capaz de chuparlo si te lo ponen por delante.

— ¿Tú… se lo has contado? —gruñí, y su hombro crujió cuando intenté sacudirla. No sabía si quería besarla o escupirle, como ella había hecho conmigo— ¿Cómo has sido…?

— En realidad lo he leído —respondió él, sin que le preguntara, y alzó con dos dedos el sobre que había dejado para ella—. Y no se te ocurra volver a sacudirla así. Ella viene conmigo.

— ¿Qué?

— Que sabía que querría haberte arrancado la cabeza y quiso evitarlo— puso los ojos en blanco—. Así que suéltala. No creo que haya mucha gente que te quiera como ella.

No la había. Y era precisamente por eso que me asustaba que ella sí demostrase hacerlo. La gente a veces hacía locuras por la gente que quería, y otras se dejaba la vida si con eso ayudaba en algo. Había visto a tanta gente consumirse por culpa de otros, que no quería ni imaginarme sintiendo… algo. Pero todo esto no iba a decírselo a él, por supuesto. Ahora solo sentía rabia. Rabia de que él tuviese en sus manos acorralarme como si fuese un pequeño animalillo en temporada de caza. Estas cosas me pasaban por pensar en mí.

Normalmente cuanto más lo hacía más chungo se ponía todo.

— ¿Me estás diciendo que no puedo hacerle nada porque según tú, "Me quiere"? —Oh, venga ya. Hasta dicho en voz alta sonaba asqueroso—, ¿Querrías tú a un psicótico…? —y no me dejó acabar.

— No estoy juzgando por qué lo hace o no, no te equivoques —escupió—. De hecho, me parece la relación más tóxica que he visto nunca. Pero que haya venido a buscarme a mí… me demuestra que al menos uno de los dos tiene un poco de esperanza en el otro.

— ¡Esperanza? ¡Por Dios! —me quejo. Esto se parece a un capítulo de Detective Conan y no tengo ganas de ver cómo acaba. Es muy propio de Kinimoto intentar hacerse el héroe frente a todos, aunque no lo consiga—. Ella ya no tiene esperanza en mí. Si la tuviera no tendría miedo de que me fuese y no volviera.

Arrugó la frente, y torció los labios. Se dedicó a estudiar mi cara por lo que parecieron horas, mientras Kagome negaba con el rostro entre sus mechones de pelo y pedía que no perdiera los nervios. Cada vez la escuchaba menos. Una burbuja ensordecedora me envolvió y respiré fuerte, intentando que se me pasara. Estaba volviendo a pasar. Estaba volviendo a dejar que la ira me encendiera como una mecha, y le hiciera daño a alguien. Aun con el asco que pudiera tenerle a Kinomoto, no elegiría pegarle. En parte por miedo, no era fácil alcanzarle y, por el contrario, era relativamente sencillo quedarte sin cara. Pero sobre todo porque ya estaba agotado. Si él no se hubiese hecho el héroe podría incluso haberle pedido perdón. Porque realmente ya me daba igual donde Dios quisiera llevarme. Cualquier lugar daría menos asco que este.

Tomó una gran bocanada de aire y tragó saliva: —Qué asco das —, dijo, rompiendo el silencio—. Y pena, que no sé qué es peor —y observó, con cuidado, mis pintas de arriba abajo. No iba vestido de forma muy diferente al resto de los días—. Siento mucho haberte roto el pómulo, de verdad. Probablemente si…—volvió a suspirar—…si simplemente hubiese agarrado a mi hermana del brazo y me la hubiese llevado, lo hubieses pasado todavía peor. Querías que te pegaran, ¿no es así? Que te dejaran hecho un manojo de sangre seca y puntos de sutura, necesitas tener a alguien a quien echarle las culpas de todo lo que sientes. Si ni siquiera eres capaz de asimilar que alguien te quiera, por Dios, ¿Cómo has hecho para vivir tú solo sin matarte?

Estuve a punto de responder, pero no dije nada. Hubiese vuelto a decir exactamente lo mismo que había escrito en la carta que según él había leído, porque estaba hecha para que solo ella supiera todo de mí. Dios no elige a sus hijos, igual que yo no elegí a mis padres. Él simplemente espera eternamente a que decidan por si mismos hacer uso de la tendencia al bien que caracteriza al ser humano, y se quieran los unos a los otros. Papá no era su mejor hijo precisamente. Había hecho daño, y había intentado borrarlo después pasando su dedo con un poco de saliva sobre la mancha. Luego, haciéndose el digno, nos había dicho: "Aprended de mí, yo sí sé arrepentirme de todo con sabiduría". Nunca aprenderé de él y no espero que nadie lo entienda, o que lo comparta. Ni siquiera que lo respete. Yo nunca dudaré de Dios como dudo de él. Nunca esperaré menos de lo que sea capaz de darme, o más de lo que me merezca. Al fin y al cabo, Dios no es más que nuestra propia conciencia. Por eso sabe cuidarnos como nadie y rompernos si es que así lo cree oportuno. Ni siquiera cuando quiso romperme lo odié. Soy su hijo, y sabe que me gustan los grandes retos. Por eso me dio a conocer Japón, y la oportunidad de ir. De conocer, amar e idolatrar casi a la mujer más bonita del mundo. Incluso de romper a alguien más, para ver si de verdad yo era capaz de actuar por simple rencor o valía algo la pena.

Y si estoy escribiendo esto es que ya se sabe la respuesta.

Y no me duele en absoluto, y espero que nadie esté esperando impaciente a que sienta algo parecido al arrepentimiento. Simplemente busqué una excusa. A veces estamos en el lugar y momento equivocados. Y esa chiquilla, en particular, lo estuvo. No tendrá respuestas profundas sobre la vida o sobre por qué un maestro de educación primaria le baja las bragas a su compañera de trabajo y la toquetea como si fuese de su propiedad. La respuesta es bien simple y corta: porque le dio la puta gana. Así actúan todos aquí. Por eso a esto le llaman vida y a lo que viene después "paraíso". Espero de verdad que se contente mínimamente pensando que a estas horas yo ya estaré colgando de algún árbol, en el culo de Japón, como si fuese un trozo de carne dentro de una trampa para lobos. Aunque alguna vez ella será un trozo de carne también, lo que haga o no con su cuerpo no debería ser tan importante, ¿Verdad?

Al fin y al cabo no es más que un recipiente que nos han prestado para "vivir" en esta realidad.

~ Enamorado hasta las tripas y muy, muy jodido por eso, Seiya.


N/A: La verdad, Seiya me da asco pena, siento lo mismo que Touya xD ¿Cómo alguien que dice estar enamorado puede hacer daño de una forma tan psicópata y no tener reparos en reconocerlo? Supongo que por mentes como esta es que quiero estudiar psicología :P