CAPÍTULO 19
— ¿Ya lo sabes todo, verdad? —pregunté, y su enorme figura (en comparación con la mía, claro) se paró a medio metro de mí. Había conseguido que volviera a ponerse la chaqueta, así que ahora tenía las manos guardadas en los bolsillos. Ni siquiera se giró al principio— ¿Eh, Syaoran?
— No todo —levantó la cabeza, frente al foco que nos estaba alumbrando, y sus hombros se movieron al respirar y soltar el aire con fuerza—. Simplemente le supliqué que lo hiciera, estaba… algo superado por todo esto. Pero no tienes que preocuparte por él, no dijo una sola palabra de lo que puedas haberle contado. Solo me dejó leer esa nota manchada de café y dejó que sacara mis propias conclusiones.
— ¿Y q-qué conclusiones… pudiste sacar? —temblé, y él giró solo la cabeza. Estaba sonriendo, pero había lágrimas gruesas y rápidas derritiéndose por toda su mejilla—, ¿S-syaoran?
Tiene gracia, ¿Verdad? Cuanto más te esfuerzas por no hacer daño a alguien que quieres, más sueles conseguirlo. Es como si algo que ni siquiera sabes qué es te estuviese diciendo: "No es bueno guardarse las cosas que te pudren por dentro, deberías considerar lo de hablar sobre ello". Cuando hablé con Eriol y Tomoyo todo fue más sencillo de lo que me había imaginado. Ellos podían ser muy locos, y meter a veces las narices donde no deberían, pero cuando de verdad los necesité no dudaron en ponerse serios un rato y tratar de tranquilizarme. No pasa nada, Sakura. Ahora solo queda irse buscando a uno mismo poco a poco hasta que encuentres todas las piezas dijo Eriol, y su novia, asintiendo, añadió: Y no es mala idea tener al lado a alguien que te ayude, pero escúchame bien: Nadie va a poder meterse en tu mente para recomponerla. Si fuese tan fácil, nadie se suicidaría, por ejemplo.
No me lo tomé como una advertencia subliminal para que yo también me suicidara, o una forma algo sutil que decirme que no debía contar con nadie en esto. Era más simple de lo que parecía: sin voluntad propia, nada de lo que intentaran hacer los de mi alrededor funcionaría. Supongo que por eso mismo estaba ahora aquí, intentando explicarme sin morirme del asco yo misma. Estaba decidida a no irme de allí sin que lo supiera. Si él tenía que irse no iba a esperar más para descubrirlo. Solo conseguiría engañarme a mí misma.
—L-lo siento—dijo, restregando por toda su cara su puño cerrado. Y yo me atreví a adelantarme y colocarme delante de él, para que fuese lo primero que mirara cuando abriera los ojos otra vez. Esa imagen le chocó, al parecer, porque se congeló—. No iba a decirme nada, quería que lo hicieras tú, pero yo le hice un poco de chantaje emocional, y se puso a llorar también —confesó, muy rápido—. Le dijo a Tomoyo que eso nunca le pasaría a ella, porque él estaba ahí, y…
— ¿Eso… dijo?
— Pensé que tenías miedo de mí porque había sido mi culpa —balbuceó, con la mirada en el suelo—. Si ni siquiera fui capaz de evitar algo así… ¿Con qué credibilidad podría haberle dicho a Touya que iba a cuidar de ti? No me extraña nada que no se fíe de alguien… como yo.
Suspiré. Tenía la sensación de que mi vida sería eternamente así. Con la sangre fría, temblando, y sintiéndome un lastre para cualquiera que estuviese a mi alrededor. Tomoyo ya me había reprendido en cuanto a esto. Me había dicho que debería cargar toda esa rabia contenida contra alguien que se lo mereciera un poco más. Pero yo no sabía de nadie que lo mereciera más que yo. Al fin y al cabo, era mi cuerpo el que ya no respondía bien. Y no entendía por qué nadie sabía ver eso. Si hubiese sido capaz de moverme nada de esto estaría pasando. Solo me congelé como una idiota y al parecer me acostumbré, porque no hacía más que repetir y repetir ese gesto cada vez que tenía miedo. Syaoran no debería estar llorando por no haberlo impedido. Más bien por haberse enamorado de alguien tan tonta. No sabía qué hacer para hacérselo saber, pero tendría que pensar algo rápido. Cada vez respiraba menos y se deshidrataba más.
Mis manos reaccionaron unos segundos después, agarrando sus mejillas y haciendo que me mirara. Podría haberle abofeteado, como en las películas, pero no hubiese servido de nada y después me hubiese arrepentido también de eso. Toda mi existencia se basaba ahora en arrepentimientos y en cosas que no había dicho y debería. Solo cuando lo miraba a los ojos eso se extinguía. Se veía tan pequeño, tan vulnerable….Como si un loco aleatoriamente pudiese agarrarlo y manosearlo como si fuese plastilina. Qué frío, qué asco. Me agité solo de pensarlo, tan fuerte, que hasta él se asustó. Mataría si eso pasase. Él no era de nadie, solo Syaoran.
— Escúchame bien, Syaoran —llamé su atención, buscando en el fondo de sus pupilas algún rastro del sonriente Syaoran que tanto adoraba ver. Aunque todo lo que vi fue… oscuridad—. Ni siquiera él pudo evitarlo, la gente normalmente no va por ahí pensando en todo momento que van a vi... vi… b-buen-no… e-es-so…
— Pero…
— Quería hacer daño, ¿entiendes? —temblé, cuando tiré tan fuerte de él que chocamos el uno contra el otro, cortándonos la respiración. Creí notar que le hacía daño tirándole del pelo, o pellizcando su espalda, pero no puedo estar muy segura. Me moría de miedo—. E-estoy s-segura de q-que ni s-si q-quiera se fijó en a q-quien. N-no ll-llores más, p-por favor…
Me rompía que lo hiciera. Pero no estaba siendo muy justa tampoco, porque yo misma estaba sumida en lágrimas. No quería tener que contarle todo lo que él no había podido evitar, y tampoco hacía falta, aquel abrazo parecía decirlo todo. Se dejó arrastrar hasta caerse de rodillas al borde de la carretera, y yo que le seguía, caí entre sus brazos. Todo estaba extrañamente oscuro. Tanto, que me costó encontrar sus mejillas para acariciarlas. Seguían teniendo restos de lágrimas, tal y como había pensado. Y todo por mi culpa.
Esta vez no se esperó. Tomó una gran bocanada de aire y su boca se cernió sobre la mía, loca perdida, como si no fuese la suya. Y reconozco saltar de miedo los dos primeros segundos. Pero pronto mi cuerpo entendió a medias que solo era él y se relajó. Era como si pudiera olvidar por un segundo cómo me llamaba o qué había hecho hasta ahora. Un lienzo completamente en blanco, suave, listo para pintar lo que él quisiera. Qué raras se sentían esas mariposas en el estómago. Y qué extraño podía ser luchar contra mí misma sintiendo al causante de mi debilidad tan cerca. Lo amaba tanto…
"No te preocupes, estaré bien"
"¿Segura?"
"Sí. Aunque no sé por qué te preocupas tanto, si has sido tú el que te has negado a venir."
"Sí, bueno. No quería molestar."
"¡Tú no molestas nunca! ¿Cuántas veces debo decírtelo?"
"Uhm… ¿Qué tal una más?"
El timbre sonó, justo cuando estaba al lado de la puerta, y un sonriente Syaoran apareció acariciando el pelo de su nuca con incomodidad. Había traído una bolsa de papel de regalo, y la bufanda que yo misma le había regalado aquella misma mañana. Parecía mentira que fuésemos capaz de seguir mirándonos a la cara después de habernos besado de aquella forma al borde de la carretera. Ya hacía dos días de eso, pero podía recordarlo como si aún estuviese entre sus brazos y me estuviese volviendo loca y descarada por primera vez en mi vida. Y es que hasta su saliva era suave. No podía culparme por quererle demasiado, ¿no?
— No hacía falta traer nada, Syaoran —le sonreí, y él negó con rapidez—. Ven, todos están dentro.
Touya había traído a la misma chica que lo sacó a bailar hace ya dos noches, y nos había hablado de celebrar, así que estaba evitando con todas mis fuerzas pensar algo raro de ellos. Nunca lo había visto bailar con nadie. Al principio se suponía que él había venido a controlarme, pero no solo se fue antes que yo de la pista, sino que no se molestó en buscarnos después de que Syaoran y yo hubiésemos desaparecido. Supongo que esta sería una buena noche para decirle qué éramos nosotros ahora, aunque ni siquiera yo lo sabía. Un beso no te hacía novia de alguien, ¿verdad?
Syaoran agarró mi muñeca cuando quise empezar a cruzar el pasillo, y de un tirón me hizo caer entre sus brazos otra vez. Me había contado que había tratado de buscar el perfume más diferente posible al de Seiya, y eso me hizo reír demasiado, porque nada de lo que Syaoran llevase podría recordarme a él. Ni siquiera cuando el flequillo les caía sobre la frente de la misma forma, o tuviesen la misma mirada oscura cuando estaban buscando algo más en el fondo de mis ojos. Y todo por una sencilla razón: destilaba calma por cada poro de su piel.
— ¿Ya le has contado algo a tu hermano? —Susurró contra mi pelo, tomando una profunda respiración después—, ¿Debería esperarme lo peor?
— No —le sonreí—. Aún no sabe nada.
— Bien, ¿te molesta que sea yo quien se lo diga?
"No sería capaz de hacerlo de ser de otra forma" me mordí la lengua, sintiéndome una cobarde. Aunque Syaoran temblaba también, así que no sé quién estaba en peores condiciones de los dos. Esta iba a ser sin duda una cena muy… interesante.
— Compórtate —me quejé, y una risa sincera se escapó del fondo de su garganta. Después dejó un pequeño beso en mi frente—, P-por…favor.
— Él querría que yo le hubiese pedido permiso en primer lugar, antes de que todo esto pasara. Aunque no sé bien cuando debería haberlo hecho, no sé cuándo me enamoré de ti.
— ¿S-sí? —tartamudeé. Syaoran enamorado de mí sonaba tan… bien…
— Pero de todas formas da lo mismo—continuó—. Él es demasiado observador, y si ha dejado que vivamos uno frente al otro dos años seguidos es porque en realidad no le importa demasiado.
— Mi hermano es así de extraño —le di la razón.
— Pero esta vez voy a hacer las cosas bien —soltó un gran suspiro, apretándome aún más fuerte contra su cuerpo—, Sakura. La verdad es que nunca había tenido tanto miedo como ahora.
— Papá no dejará que te mate —bromeé, sacando la cabeza de mi escondite con cuidado, justo a tiempo para verlo poner los ojos en blanco—. Te quiere casi como un hijo.
— ¿Eso es malo?
— Depende.
— Depende… ¿De qué?
— De si eres un hijo que puede casarse con su hija o no —su expresión se relajó, sonriendo levemente. Estaba seguro de que lo era—. Deja de preocuparte de una vez, ambos te quieren mucho.
Y se notaba tanto que me costaba creer que no nos hubiésemos dado cuenta hasta ahora. Touya había intentado protegerle todo este tiempo, incluso cuando parecía que lo odiaba. Ya me contó que fue él quien lo llevó al hospital cuando se lo encontró desmayando en su propio salón, por si alguien le había hecho daño. Me sentía un poco mal por Syaoran, sabía que lo haría sufrir un poquito antes de aceptar lo que sea que él fuese a decirle, pero así era Touya Kinomoto. Y la verdad es que no me gustaría que fuese de otra manera.
Entonces, recorrió con cuidado la distancia que había entre mis costillas y mi pelo, y enterró sus dedos ahí para que no me escapara. Dudé un poco acerca de qué haría después, pero finalmente entreabrió sus labios y los acercó a los míos con una sonrisa acechante: "Te amo", murmuró.
— Vaya, sí que tenemos buenas visitas esta noche—Syaoran dio un respingo, asustado, encontrándose a Touya apoyado contra la escalera y los brazos cruzados—, ¿Vas a quedarte a cenar?
— S-sí…
— Perfecto —giró sobre uno de sus pies para darnos la espalda, y vi al castaño a mi lado poner los ojos en blanco—. Solo espero que no comas como un cerdo también, la cena iba a ser para cinco.
— ¿Cinco? —se acercó a mi oído, siguiendo a duras penas mi paso hacia la cocina—, No sabía que tu hermano contara conmigo también.
— Seguramente a estas alturas ya te conoce mejor que tú mismo, y ya sabía que querrías hablar con él para hacer las… cosas bien.
Tenía sentido, ¿no? Después de todo mi hermano era demasiado observador.
— ¡Solo tenéis un minuto más! —chilló desde el fondo de la habitación—, ¡No hagáis que me arrepienta!
(Syaoran)
— Tú —nos dijimos al unísono.
Cuando entramos en la cocina, la chica que hace solo dos noches me abordó con una cuchilla en la mano estaba sentada con la mirada sobre la mesa y completamente recta, como incómoda. Por su parte, Touya había decidido ayudar a su padre a decorar la mesa para la cena, en el minuto que, por cierto, aproveché muy bien. Era raro no sentirse rojo como un tomate, a diferencia de Sakura, claro, que la vi acariciando sus labios disimuladamente antes de correr para ver si aun quedaba algo en lo que ayudar en los fogones. Sonreí.
— ¿Qué haces aquí? —Le chillé, sin voz, y ella agitó su flequillo negando con la cabeza—. Creí que haría alguna… locura.
— ¿Y eso por qué? —susurró también, mirando a ambos lados. Nadie parecía prestarles atención—. Yo no estoy loca.
— Bien, ¿Hay alguna comida que detestes en especial, Syaoran? —Se giró Fujitaka, con su característica sonrisa de oreja a oreja—. Siento no haberte consultado previamente.
— Lo que sea que eligiera estará bien, señor —se inclinó, agitando también su pelo—. No quisiera ser una molestia para usted.
— Tarde —gruñó Touya, y Fujitaka volvió a lo suyo a su lado, no sin antes darle un codazo de represión.
— Cuando se ama demasiado se hacen locuras, señorita —comenté, y ella me miró—. No entiendo por qué querría alguien como usted a un hombre como él pero… no lo haga, de verdad. Estoy seguro de que su vida vale mucho más que cualquier tipo de amor que pueda sentir por él.
— No lo entiendes —se quejó.
— Llevo más de la mitad de mi vida enamorado de la misma persona, ¿Cree que no la entiendo?
— ¿Y por qué me pides que deje de amarle, cuando sabes que eso no es algo que pueda elegir?
— Porque… creo que es una buena persona —admití, y ella soltó un pequeño "oh" que pronto tuvo que tragarse para que nadie la escuchara—. Y las buenas personas merecen una buena vida.
— Nada comparado con lo que Seiya fuese capaz de darme, ¿eh?
Era bastante lógico, ¿no? ¿Qué vida podría esperarle a alguien que compartía techo con alguien que no era capaz de respetar ni su propia relación? Seguro que había una buena razón para que ella estuviese aquí en casa y fuese Touya quien la hubiese invitado.
— Con Touya todo será distinto, ya verá. No es capaz de dejar a nadie en la estacada cuando lo necesita —le sonreí.
Tampoco era como si ellos fuesen a casarse o algo parecido, ¿Verdad?
(Yukito)
— ¿Y bien? ¿Qué harás?
— Supongo que irme —me encogí de hombros, y Ryu me ofreció una taza de té recién hecha. Siempre podría confiar en él—. No sé me da bien...
— No sigas, anda. A mí no necesitas mentirme.
¿Hasta qué punto se puede fingir frente a alguien sin considerarle imbécil? a veces me lo preguntaba muy seriamente. Era la hora del almuerzo y Ryu había echado la llave con nosotros dentro. No se creía eso de que no tuviese hambre hoy. Y lo agradecí, la verdad. Que el té me sentara como un tiro cuando cayera en el estómago me haría olvidar todo. No podía pedirle más a alguien que me había contado todo lo que yo había necesitado saber.
— Aquí nunca nos dejarían en paz. Podríamos irnos, vivir en cualquier otra parte del mundo, o hablar cualquier otro idioma pero... ¿De qué serviría eso, Ryu? Yo no hubiese sido capaz de arrancarle a Touya esta parte de él.
— Eso debería haberlo decidido él, ¿no?
— ¿Y alejarse de su hermana? Lo conoces muy poco.
— ¿Y a ti? —movió la cabeza, espectante, y yo no pude aguantarle la mirada—, ¿Por qué te arrancas tú esa parte de ti?
— Nunca hubiese sido para mí —me quejé.
Y bueno. Él solo golpeó la madera del mostrador con tanta fuerza que el té me salpicó las gafas y me quemó las mejillas a gotas. Ciertamente nunca lo sabría, porque ya era tarde. En el fondo entendía a Seiya un poco. Tratando de no hacer daño se había olvidado de él, y ¡Oh, sorpresa! había acabado hecho un desperdicio. Justo como yo.
— Ni siquiera lo has intentado, deja de hacerte la víctima, que no te pega nada —gruñó—. ¿Qué hubiese pasado si él decidía no elegirte a ti y quedarse aquí, en su Japón, en lugar de acompañarte? Pues ya te lo digo yo: te hubieses roto en pedacitos.
No era muy distinto a como me sentía ahora, ¿verdad?
— Ya.
— Y por si eso no basta, vas a dejar que esa chica cuide de él y lo quiera todo lo que tú tendrías que estar haciendo ahora mismo.
— ¿Y qué quieres que haga? Touya es así de gentil... —¿Tanto como para casarse sin amor, solo por proteger a alguien que le había pedido ayuda? Oh. por supuesto—. Siempre hace todo lo que está en su mano por ayudar a los demás, y yo...
— Y tú saliste corriendo con el rabo entre las piernas, y se lo estás poniendo en bandeja —terminó, ahogando una de sus risas en el fondo de su garganta. Parecía divertirle todo este asunto—. Me parece muy noble por tu parte dejarle ir de esa manera, pero sabes que ese gesto no servirá para nada, a la larga... encontrará a otro hombre del que se enamorará y con el que quizás si salga de Japón de una buena vez. Y tú nunca sabrás si te hubiese elegido o no.
La respuesta era tan simple que yo había tratado de no escucharla todo este tiempo. Él me hubiese elegido, estaba seguro de eso. Sus ojos no mentían, seguían siendo los del niño que conocí cuando nisiquiera yo sabía nada de mí. Pero... ¿lo hubiese soportado? ¿Hubiese dejado que eligiera huir, dejar a sus personas más importantes, solo por alguien que se había enamorado de él? ¿Me lo perdonaría si eso llegara a pasar?
— Tal vez haya una buena chica para mí ahí fuera.
— Tal vez —suspiró él, agotado, y alzó la taza con una mano para limpiar la madera con energía con la otra—. O tal vez solo quieras hacer daño a alguien más.
