Advertencia: Quiero insistir con esto, así le evito malos ratos a alguien: saco completamente a Inuyasha de su personaje. No es que tenga algo en contra de él, en absoluto, lo adoro, pero con el fin de sostener la trama que pensé hago el cambio.

Y un amistoso recordatorio: itálicas significan flashbacks. Excepto cuando es el presente, que son pensamientos, pero creo que eso se sobreentiende.


V

Harrar Etíope

Sesshomaru debió aguardar pacientemente a que las mujeres se pusieran al corriente rápidamente, fluctuando tópicos con sobrenatural velocidad y destreza, prometiéndose un "momento de chicas" para ahondar en todo aquello que tenían para contarse después de un año. Escuchó a la mujer pedir disculpas por su ausencia, decir que siempre pensó en ella, que a partir de ese momento estaría más presente en su vida si se lo permitía. Y Rin sólo sabía dar respuestas positivas.

—Mira, papá —comentó la pequeña—, carne roja.

—Mm —su elección de un tinto había sido acertada después de todo.

—¿Por qué sabe sobre vinos? —preguntó Kagome divertida.

—Mi madre —explicó él someramente, y aquello pareció ser suficiente.


Señor, su madre está aquí —cuando la madre del Director General (y ex esposa del Presidente) pedía ver a su hijo, la orden era acatada inmediatamente. Por respeto, Irasue siempre le permitía a su secretaria darle aviso, tal y como en esa oportunidad.

Hijo —saludó con deferencia.

Él terminó de escribir su e-mail y le dedicó toda su atención:

¿Puedo ofrecerte algo para beber?

Te agradezco pero estaré sólo unos minutos.

Sesshomaru asintió y esperó.

Normalmente no me involucro en los asuntos de tu medio hermano pero creo que la situación promete salirse pronto de control.

Con Inuyasha las cosas raramente están en control.

Precisamente —estaba muy seria, privando a sus labios de la mordaz sonrisa que usualmente exhibía—. Detén su absurdo comportamiento o nos veremos todos envueltos en un escándalo.

Esto es algo que deberías conversar con mi padre, no conmigo.

Para el infortunio de ambos, Inuyasha es su punto débil.

Que sea incapaz de discernir con objetividad las falencias de su hijo no me parece un infortunio en absoluto —hizo una pausa, recolectando sus emociones—. De hecho, esa incapacidad será un error cuyo precio algún día pagará.

Inuyasha nos hará pagar un precio a todos si no lo frenas.

¿De qué estás hablando, madre? —cuestionó con hastío.

De sus escenas en la vía pública.

Las parejas discuten —informó con delicado sarcasmo, mientras acomodaba papeles—. Bien lo sabes.

Irasue prefirió no emitir un comentario al respecto, habiendo leído entre líneas.

Tal vez debí ser más explícita —prosiguió con voz glacial—. El maltrato de Inuyasha hacia esa jovencita en la vía pública.

Sesshomaru levantó la vista y la clavó en su madre. El problema de su medio hermano acababa de convertirse en el suyo.


La cena fue más amena de lo que Sesshomaru había anticipado, habiéndose preparado mentalmente para incómodos silencios o participaciones nulas, deseando que su habilidosa hija tomase cartas en el asunto como siempre era el caso. Pero la conversación fluía natural y aunque él no era demostrativo, dejó entrever que aquel evento estaba resultando ser de su agrado.

—¿Darás clases en mi escuela?

—Todavía no lo sé, pero me encantaría.

—Sería genial. Nuestro profesor de historia es muy aburrido.

Kagome rió.

—La historia no suele ser muy divertida.

—Pero a ti te gusta.

—A mí me apasiona —le aseguró— y eso es lo que deseo, que a todos les apasione. Pero quiero que me cuentes algo, porque tu papá me comentó que estás haciendo algo que te gusta.

—Estoy tocando el violín —anunció.

—Siempre quisiste tocar el violín —sonrió con ternura—. Estoy muy feliz por ti, Rin.

Sesshomaru estaba atento como un depredador a la conversación; un depredador feliz. Rin se desenvolvía con mucha facilidad frente a Kagome, algo que no había visto cuando estuvo casado; ninguna otra mujer había logrado llegar a ella en ese nivel. Aunque le pesara, sabía que su hija necesitaba un rol femenino y Kagome cubría magistralmente la vacante; esto no le pesaba en absoluto.

Sus reflexiones auspiciosas le provocaron vértigo. ¿En qué estaba pensando realmente?

En el Harrar, el cual crece entre 1,300 y 1,900 metros sobre el nivel del mar. El que tiene notas frutales, floral acidez, vino tinto…

—¿Sesshomaru? —sabía que no era la primera vez que llamaba su nombre y sin una pizca de su dignidad encima, extendió la copa para que se la llenase.

El Harrar era audaz por sus tonos picantes, por su canela, arándanos y damascos. Era conocido por su complejidad, por su cuerpo y aroma intenso, por su acabado en lengua que dejaba fehacientes trazas de jazmín.

Sesshomaru dio un sorbo igual de fehaciente a su tinto. Estaba desvariando. Estaba comparando a una mujer con un café.

El momento de levantar los platos vacíos, por lo tanto, arribó más que oportuno, ni qué decir sobre el postre. Pero antes, levantarse y movilizarse físicamente trajo orden a sus pensamientos y decidió permanecer pragmático por el resto de la velada. Ayudando en el orden, concedió a las mujeres unos minutos más de charla.

Entonces sintió el perfume de Kagome aproximarse a la cocina.

—Se la ve tan feliz —comentó—. Eres un buen padre, Sesshomaru.

—Rin es una buena maestra.

Había un placentero aroma en el aire y había calidez, familiaridad, pertenencia. Había algo incorpóreo y era genuino. Sesshomaru no daba con la palabra.

—¡Hay chocolates! —dijo Rin, apareciendo en escena.

—En un hogar no deben faltar los chocolates —accedió Kagome, haciéndose con el paquete en cuestión—. También hay helado, porque sé que es tu postre favorito.

—¡Lo es!

Sesshomaru la miró y luego a la caja en sus manos.

—Tienes cara de haber hecho un descubrimiento —rió.

—El abuelo dice que papá es muy inteligente —terció la niña—. Tal vez sí hizo un descubrimiento.

—Tal vez —concedió, obsequiándole una media sonrisa.

Rin curvó completamente los labios, adivinando felicidad en el rostro de su padre; y él, desarmado al verla tan dichosa, bajó la guardia. Lo que allí había era un hogar y él, en ese preciso momento, formaba parte de él, había logrado que su hija formase parte también. Eso era lo que ella necesitaba y lo que él deseaba.

—Hay café —ofreció la anfitriona— pero es del supermercado.

Sesshomaru fue incapaz de ocultar la diversión que esa aclaración (que le supo más a confesión) le generó.

—Muy tentador —comentó.

—¿Qué tal té verde?

Asintió suavemente y Kagome rápidamente se incorporó y fue a la cocina. Sus ojos viajaron a la figura silenciosa e inmóvil de su hija.

—¿En qué piensas?

—La casa de Kagome es muy acogedora.

—Lo es.

—Me gusta —Rin no olvidaba que el abuelo había dicho que su padre era muy inteligente, por lo que descansó en que entendería su mensaje subrepticio.

—Mm —lectura hecha.

—¿De qué hablaron sin mí?

Antes de que el hombre tuviera oportunidad de decir absolutamente nada, Rin hizo buen uso de sus habilidades sociales y habló:

—Estás muy bonita, Kagome, nos gusta tu vestido.

Sesshomaru podría haberse mortificado y sonrojado pero al estar en acuerdo con el juicio de su hija, y porque además él no caía en las falencias propias de los simples mortales, no hizo más que guardar silencio y apreciar cómo en las mejillas de la mujer se acumulaba la sangre, delatándola.


Fecha de publicación: Junio 9, 2017

Palabras: 1,160


NA: Hace tiempo atrás leí en algún sitio (nunca más volví a encontrar ese link) que el nombre de la madre de Sesshomaru es Irasue (así como también leí que el del padre es Toga) y entonces me quedé con eso, como que lo grabé en mi cerebro, así que en mi cerebro es canon. Aunque no lo sea.

En fin. Con ese flashback introduzco un poco la cuestión que aconteció entre Kagame e Inuyasha. Miren que les advertí que no van a ser arcoiris y ponis, vayan preparándose para más (aunque nada sanguinario ni explícito).

Hasta moooy pronto :*

J.