Advertencia: La esposa muajaja


VII

Blue Mountain Jamaiquino

—¿Qué haces aquí? —preguntó sin mucha ceremonia.

Sesshomaru ni siquiera sopesó la alternativa de darle una respuesta y pasó a su lado, ya con las llaves de su vehículo en la mano. Apreció por primera vez el sentimiento de inquietud que siempre lo acompañaba en las ocasiones que ingresaba a esa casa particular; descubrió que cada vez era más difícil hacerlo y distinguió la posibilidad de que algún día simplemente abandonase la intención permanentemente.

—¿Acaso no puedes responder una maldita pregunta?

—No tengo tiempo para ti, Inuyasha —fue todo cuanto le otorgó, sin volverse ni detenerse.

—Sé que has estado viendo a Kagome.

El tono con el que pronunció esas palabras provocaron algo en él y frenaron su andar. Antes de girar sobre sus talones, se recompuso.

—Sí —sonrió con malicia—, me enteré.

—Que esta información haya llegado a ti no me perturba en absoluto.

—¿Estás seguro de eso?

—Sí —respondió con la más rotunda calma—. De hecho, es tu desfachatez la que me intriga.

—¿Desfachatez?

—De pronunciar su nombre —su tono fue amenazante y sin permitirse rebajarse al nivel de su medio hermano, se marchó definitivamente.

Si permanecía allí un minuto más la situación escalaría a niveles indeseados e Inuyasha no merecía su energía ni atención. Hacía un año que no agraciaba a su medio hermano con sus atenciones; después de lo que había ocurrido con Kagome sintió la más absoluta repulsa hacia él, por su comportamiento tan bajo, tan indigno; por su intrepidez de posicionarse como la víctima de un atentado que él había perpetrado desde el principio. Desconocía las razones detrás de tan nefasta actitud pero tampoco lo averiguaría.

Era muy temprano para whisky, por lo que se conformó con una visita preliminar al Café Shiruku. Pidió sin revisar la carta y se esforzó por restaurar su balance interno mientras esperaba.


Me asombra el tiempo que esta situación te demanda.

No supo por qué no había considerado el planteamiento de su esposa, acertado desde algún punto de vista. Sin réplica, la escuchó nuevamente:

Tiene familia y amigos, no obstante, eres tú quien ha decidido cargar con esto.

No cargo con nada.

No es lo que parece —la vio beber el Blue Mountain con el deleite que la bebida demandaba— ¿Estás seguro que es sólo por Inuyasha que haces esto?

Explícate.

Sesshomaru, nos conocemos hace mucho tiempo —le sonrió conciliadora.

Esperas que afronte esta situación y permanezca imparcial —señaló, ligeramente sarcástico.

Tienes razón, tus motivos son nobles.

Te burlas de mí.

En absoluto —dio otro elegante sorbo—. Pero creo que esto ha trascendido.

Sesshomaru se sorprendió de sí mismo cuando en determinado momento debió apartar la mirada primero, pensando que un segundo más haría la diferencia y su esposa adivinaría absolutamente todo.

Diez días después, Kagura presentaría los papeles del divorcio y feliz por alguna misteriosa razón, le desearía suerte.


—Su Blue Mountain, señor.

La última vez que había bebido uno fue en condición de hombre casado, en ese exacto lugar, hacía más de un año y por primera vez después de todo ese tiempo se preguntó cómo estaría ella y cómo sería Jamaica en esa época del año.

Por la periferia de su visión vio un hombre ingresar al café y luego al mozo recibirlo con familiaridad.

—Tengo una cita —escuchó y antes de siquiera reaccionar apropiadamente, su asesor legal tomó un lugar en su mesa.

Por alguna peculiar razón se relajó en su presencia.

—Quiero lo que está tomando él —pidió con carisma, siempre sonriente—. Buenas tardes.

Silencio.

—¿Fueron buenas tardes?

—Podría decirse que fueron "corrientes" tardes.

—Oh —Miroku tomó uno de los bombones de chocolate que había y esperó pacientemente a que prosiguiera. Pero su prolongado silencio lo alertó—. ¿Tendrán esas corrientes tardes algo que ver con Inuyasha?

—Hace unos momentos tuve el accidente de verlo.

—Accidente —repitió, enfatizando el uso del vocablo.

—Pretendió hostigarme.

—Eso nunca acaba bien —concedió.

—Precisamente.

—¿Pasó algo?

—Nada concreto.

—Pero te declaró la guerra —Sesshomaru lo miró—. Oh, sabe que te has visto con Kagome.

Bebió.

—Eso lo hostigará a él —comentó el abogado.

—Haré lo que sea necesario.

—Lo sé —Miroku recibió su café y después de elogiar la elección de su amigo, dijo:—. Lo que me intriga es por qué.

—¿He de explicarme?

—Has de ser sincero.

—¿Me hostigarás tú ahora?

—Jamás se me ocurriría algo semejante —elevó ambas manos, en un claro signo de derrota.

Sesshomaru zanjó el tópico pero Miroku continuaría con sus procesos deductivos unilateralmente. Finalmente, y antes de que el cielo se oscureciera por completo, agregó:

—Yo creo que todo este periplo merece algo más fuerte, ¿no?

—Lo dice mi asesor legal.

—Estupendo —sonrió.

Se dirigieron entonces a su bar de costumbre.


Había subestimado el destino de su medio hermano, había descansado en la idea de que aquella mujer sería el pasado de ambos y no el potencial futuro de uno. Esa mujer había sido lo mejor y lo peor que le había ocurrido; lo había sacado de sus zonas de confort, le había mostrado un mundo nuevo y en un arrebato había soltado su mano y lo había abandonado a la experiencia. O eso sintió siempre.

La había amado con acrimonia, de manera cruda, con aspereza. La había amado mal. Había amado a la mujer equivocada y había despertado un nuevo ser en él, lo había convertido en una bestia, carente completamente de juicio y entendimientos, libre del peso de la culpa y la autocrítica, había sido una bestia de sentimientos nulos y acciones abruptas y violentas.

Sí, con ella había perdido los estribos, la capacidad de discernir; lo había sacado de quicio porque ella había nacido para ser libre, porque su belleza lo había cegado, porque nunca había tenido el dominio sobre ella, jamás ostentó ninguna suerte de título para con esa mujer que, además, lo había amado también, sin reservas, pero con reproches, pero aceptándolo, ¡cuando debió odiarlo hasta la última fibra de su cuerpo! ¡Porque él fue el terrorista que inmoló su felicidad! La había arrastrado a los rincones más oscuros de la mente, había convertido su hogar en una jaula, su relación es un calvario, uno que ella aceptó en el límite del mutismo asustado y una actitud sediciosa.

Sacaba lo peor de sí. La amaba y la odiaba por ello.

Tocó la puerta.

En cuanto vio su rostro quiso besarla pero al leer sus expresiones horrorizadas, su sangre comenzó a bullir.

Intentó cerrar la puerta pero se lo impidió.

—Kagome, por favor.

—No —su voz era firme pero en ella estaba la nota estrangulada del pánico.

—Sólo quiero hablar.

—He dicho que no. Vete, Inuyasha.

—¡Escúchame! —estalló finalmente, haciéndola retroceder, permitiéndole involuntariamente el ingreso a la seguridad de su hogar.


Fecha de publicación: Junio 16, 2017

Palabras: 1,120


NA: Ya que Kagura despertó odios, la dejé en un buen lugar, como una ex súper amable y comprensiva. Bien, ¿no?... ¿No?... ¿Chicas? De todas formas, ya está, el mal trago de un Sesshomaru casado ya pasó. Pueden amarme otra vez.

Otra cosa, relacionado a mi obsesión de aclara y aclarar lo que hice con Inuyasha... Una vez leí a alguien decir que el personaje más importante del anime era Sesshomaru, que había sido el que una mayor evolución había tenido, el único personaje en ser desarrollado seriamente y estuve de acuerdo. Pero también veo que Inuyasha es el favorito y he visto gente perder la calma por hacer con él lo que estoy haciendo yo. Pero ya que me han dado luz verde... *sonríe maliciosamente*

Me retiro. ¡A escribir! Hasta pronto :*

J.