Aclaración: El flashback que leerán a continuación ocurre antes de la visita de Sesshomaru en el capítulo 6. Aviso en caso de que no lo adviertan.


IX

Sulawesi Negro

Dios amenazantes pasos hacia delante al tiempo que la veía replegarse.

Cuánto la había extrañado, desde su tóxica dinámica hasta sus momentos más execrables; lo abominable, lo siniestro, lo tremebundo. Llegó a verla en sueños, escucharla gritar de odio y de miedo, acusarlo, señalarlo, arrebatarle la máscara del buen hijo menor que durante mucho tiempo había sabido mantener. Ella lo había dejado al descubierto.

Había sido perversa. Cruel, lacerante, inconmovible. Su historia fallida era su culpa, ella era la autora de todo el sufrimiento, las lágrimas y los insultos.

—Te he extrañado tanto, Kagome.

Su silenció lo fustigó.

—¿Acaso tú no?

—¿Qué? —espetó, acorralada contra la pared— ¿Tus humillaciones, tu violencia?

Inuyasha suspiró dramáticamente.

—Estoy aquí porque quiero que vuelvas conmigo.

Kagome, muy a su pesar, rió amargamente.

—Tienes que estar demente.

—Hablo en serio —aseveró, haciéndola levantar la guardia—. Mis intensiones son reales. He cambiado.

Otro fustigazo.

—¡He cambiado! —exclamó con exacerbada vehemencia, sobresaltándola— No, no te asustes. Sólo he venido a decirte eso. Te dejaré para que lo pienses, ¿de acuerdo?

—Sí —logró gesticular.

—Gracias —sonrió.

Se inclinó hacia ella para besar su mejilla y la escuchó retener la respiración con fuerza, petrificándose en su sitio. Una vez sentida su piel, Inuyasha se marchó y Kagome, habiendo escuchado la puerta cerrarse, se dejó deslizar por la pared hasta caer sobre sus rodillas derrotada y extenuada, liberando un llanto desolador, lleno de pánico, de emociones revividas.


Demasiado sumida en el shock, no logró formular oración alguna inmediatamente; fue su cuerpo el que reaccionó, su mano viajó hasta su mejilla donde el calor del contacto permanecía. El dolor llegó momentos después y con él, un hilo de sangre. Pero el daño físico nada tenía para hacer junto al agravio, junto a su sentimiento de humillación. Y algo más, que jamás pensó conocería de manos de quien amaba: miedo.

Tres días después aparecería quien le mostrase algo también nuevo: amparo.


Kagome lloró hasta su límite, hasta que le dolieron los pulmones, los ojos y la cabeza. Habiéndose liberado de ese peso, se incorporó, tomó un baño caliente y salió. Estaba segura que la ciudad la ayudaría a despejarse.

Caminó y caminó, sin rumbo, sin planes. Con la mente en blanco pero con el baile incesante de su inconsciente, recapitulando intransigente, recordándole sutilmente el infierno al que había reingresado.

—¿Kagome?

Salió súbitamente de su enfrascamiento, levantando la mirada. Advirtió entonces el alumbrado, dando cuenta de un más que entrado atardecer y las horas que habían transcurrido. Su noción de realidad, presente y tiempo se había anulado, aislándola casi absolutamente. Hasta que lo escuchó y el timbre rico y complejo de su voz la transportó a un sitio de absoluta paz y seguridad.

—Hola, Sesshomaru —anhelaba con inquietud poder correr a sus brazos y dejarse envolver por el alivio que su sola presencia le inspiraba.

—¿Me acompañarías?

Asintió como toda respuesta y como dos desconocidos emprendieron una extraña caminata, en completo mutismo. Kagome sospechaba que algo intuiría y él, porque nunca había olvidados sus expresiones y vacíos, efectivamente lo sabía.

Sin embargo, no la cuestionaría al respecto. Si algo había aprendido con ella es que debía esperarla.

—¿Adónde vamos?

—Debo hacer una compra.

—Déjame adivinar —ofreció, justo cuando se detuvieron frente a un comercio particular.

—¿Me he vuelto predecible?

—Sólo cuando se trata de café.

Ingresaron y el dependiente se dirigió a Sesshomaru con gran formalidad y como el cliente corriente que era. Mientras, ella se paseaba por los pasillos observando los paquetes, las latas, las etiquetas foráneas que no podía leer; el aroma allí dentro era pesado, opulento y copioso pero sosegador de alguna manera.

Ese sitio se sentía tan… él.

Cualquier taza de café que viera, cualquier cosa alusiva, cualquier referencia, por muy lejana e infundada que pareciese, le recordaba a él.

—Su Sulawesi, Sr. Taisho —escuchó—. Llegó esta misma mañana de Indonesia.

Vio a Sesshomaru analizar su producto, visiblemente satisfecho con él.

Se acercó a los tratantes.

—¿Puedo ofrecerle alguna variedad de té, señorita? —ofreció.

Sesshomaru la miró, muy dispuesto a obrar en consecuencia pero ella se apresuró a negar.

—Envíalo a mi oficina —indicó al hombre, luego se volvió a ella:—. ¿Vamos?

—¿Te recibió a pesar de que estaba cerrado? —le preguntó, advirtiendo la hora y el detalle de que no había visto a nadie durante el tiempo que estuvieron dentro.

—Se trata de mí —fue cuenta respuesta ofreció y para su deleite, la hizo sonreír.

Sostuvo la puerta para ella, llegándole con la brisa del exterior su perfume floral e inhaló discretamente, pero con intensidad. La bebió de una manera especial, casi grabando su fragancia en la memoria.

—Es un poco extraño verte caminar —comentó.

Es una capacidad humana.

—Entre nosotros, los simples mortales —rió, señalando la urbe mundana de su alrededor.

—Otoño es una época benigna. Me gusta caminar.

Y ella disfrutaba observarlo caminar. Sus pasos eran distinguidos, cadenciosos pero elegantes. Nunca tenía prisa, siempre estaba a tiempo. Su espalda recta y sus hombros anchos atraían miradas; su imperturbabilidad suponía un misterio, despertando curiosidades. Asimismo, estimulaba emociones, sin buscarlo, sin anhelarlo, casi declinando, su existencia daba forma a pasiones encontradas.

Kagome enfrentaba un cuestionario permanente cuando estaba con él.

No lograba denominar aquello que le inspiró siempre. Desde sus primeros encuentros cuando Inuyasha era lo único que tenían en común y durante su tormentosa relación, cuando el tiempo, el destino o no sabía qué los atraería irremediablemente, ella por ciega y débil y él por afanoso.

Desconocía hasta qué punto Sesshomaru había deseado poder ayudarla, hasta qué extremos llevó su anhelo de liberarla, de quitar a su medio hermano del camino, fuese como fuese; hasta dónde su interés altruista se mezcló con los sentimientos que manufacturó con la lucha instintiva de quien sabe transita un camino impropio.

Porque no fue en esa primera oportunidad que vio el golpe en su mejilla que se supo irrevocablemente atrapado, no sería la segunda, la tercera ni las posteriores, sería una conjugación de momentos, inéditos y acumulativos; previos, posteriores, simultáneos, sería todo. Sesshomaru descubriría accidentalmente y en boca de otra persona aquello que su corazón siempre supo y que su subconsciente, dándose por aludido, había archivado en una lejana, oculta y profunda carpeta.

Y eso era lo único que los hermanos tenían en común: su amor por ella.


Fecha de publicación: Junio 23, 2017

Palabras: 1,051


NA: Les cuento yo porque no lo menciono en el capítulo: esa descripción que hace Kagome de la voz de Sesshomaru (tonos ricos y complejos) es la misma que se le da al cuerpo del café en cuestión, igual que el perfume de ella (floral), es, como se imaginarán: el aroma del café. En mi cabeza quedó súper poético pero si no socializo, nadie iba a compartir esto conmigo.

En fin, volveré pronto porque lo que sigue es especial.

J.