XV

Mexicano

La contundencia de sus infinitas responsabilidades se manifestaba en un papeleo inacabable sobre su escritorio; había plazos a los que llegar, contratos que firmar, reuniones a las que asistir, pero su atención estaba en otro sitio, en alguien más. Su preocupación lo tenía paseando por la oficina, mirando por la ventana pero sin observar nada, yendo de un lugar a otro, tal era su enfrascamiento que no escuchó el intercomunicador que anunciaba una sorpresiva visita de su primogénito.

—¿Padre?

El Presidente se volvió abruptamente.

—Disculpa, hijo, no te escuché entrar.

—He iniciado los trámites para mi ascenso.

El padre se acercó y comenzó a hojear el contenido de una carpeta que traía su hijo.

—¿Crees que Miroku quiera encargarse de mi retiro?

—Ciertamente.

—Bien —dejó todo y se alejó hacia la ventana.

—Padre.

—¿Qué sabes de Kagome? —preguntó, inocentemente cambiando el tema.

—De eso quiero hablarte —con eso llamó apropiadamente su atención y rápidamente tenía a su padre mirándolo, atento.

—¿Qué ha ocurrido? —preguntó con temor.

—Nada que debas lamentar —al verlo relajarse, prosiguió:—. Kagome está conmigo.

Taisho padre demoró unos segundos en procesar apropiadamente esa información. Sus ojos enfocaron la imagen de su hijo e intentó hacer una lectura subrepticia pero falló en encontrar el quid de la cuestión.

—¿Contigo?

Sesshomaru sólo asintió y con una mirada particular, esperó aclarar las dudas que veía por todo el rostro del hombre.

—Ya veo —asintió entonces—. ¿Qué hay de Inuyasha?

—¿Inuyasha? —repitió, afilando la voz.

—¿Qué harás con él?

—Cualquier impertinencia de su parte será debidamente tratada.

—Oh, hijo —suspiró—. ¿Lo tendrás en Hong Kong durante el tiempo que dure tu relación?

—No, tú te responsabilizarás por él, como debe ser —ocultando con maestría la incomodidad que le generó escuchar esas palabras, moduló con gran indiferencia—. Gracias por tu apoyo incondicional, padre.

—No te dirijas a mí con sarcasmo —reprendió.

—Es a mí a quien me increpas —señaló, dejando entre líneas otro mensaje que el padre leyó perfectamente—. No te he dado razones para que dudes de mi conducta.

—Lo que le hiciste a Inuyasha…

—¿Lo que le hice hace un año? ¿Lo que se merecía, a eso te refieres?

—Es tu hermano.

—Una arbitrariedad de la vida, no me cabe duda.

—¿Cómo puedes hablar así?

—Entiendo que Inuyasha es el fruto del amor que sentiste por su madre y eso lo respeto, pero Inuyasha no ha hecho nada por ganarse el mío.

Taisho padre sentía el nudo en la garganta.

—¿Te he fallado, hijo? ¿He sido injusto contigo?

Sesshomaru se irguió rápidamente.

—Es precisamente a Inuyasha a quien has fallado y con quien has sido injusto.

Dejó la carpeta sobre el escritorio y sin más se fue, removido tras la tensa conversación.

Una vez solo en su oficina, habiendo transcurrido densas horas en silencio y en la infértil contemplación de la ciudad, Sesshomaru cayó en la cuenta del café que bebía. Disgustado, sorprendido ante la (no) casualidad e inquieto ante esa realidad, se permitió escasos segundos de auto compasión, porque estaba descubriendo que podía ser falible y débil ante las cuestiones que debieran hacerlo fuerte. Como el peculiar desplazamiento que su padre siempre había hecho para con él.

Como ese café que crece en la más apartada y arrinconada región septentrional, allá donde las condiciones son propicias y aptas para su cultivo, muy, muy lejos.

Hecha la conmiseración, bebió de un trago lo que quedaba en su taza, se acomodó el traje e ingresó a su oficina para proseguir con sus responsabilidades. Y es que, como ese café, sólo una reducida área podía permitir su crecimiento, era una especial, única e inimitable; tal vez él debiera asumir esa supuesta periferia como su centralidad. Después de todo, el único coherente y racional en esa familia era él, bien lo había comprobado.

—Señor, la señorita Higurashi está aquí —y repentinamente, el peso del mundo levitó de sus hombros y se evaporó en el aire.

—Hazla pasar.

Por segunda vez le veía cruzar la puerta de su oficina pero en esa oportunidad la vio cómoda y fluida. Su ancha sonrisa calmó el océano bravío que sacudía sus pensamientos, la aproximación de su persona le recordó lo que realmente era importante en su vida y cuando la tuvo lo suficientemente cerca, se incorporó y sin decir una palabra, la besó con arrojo.

—Hola a ti también —rió, mirándolo.

Tu aparición es de lo más oportuna, pensó.

—Pensé que estarías en la universidad.

—Me escapé —confesó con picardía—. Es que quería hablar contigo sobre algo antes de mañana.

—¿De qué se trata?

—De Rin.

Sesshomaru se sentó nuevamente en su ancha silla y con un ademán la invitó a ocupar la vacante sobre su falda; ella gustosa aceptó sin dilaciones.

—He estado pensando mucho sobre lo que quiero regalarle —le encantaba verla tan inmersa en esa cuestión, veía lo importante que era para ella— y he llegado a la conclusión de que no hay nada concreto que pueda darle que no tengo ya.

—¿Entonces?

—¿Crees que querrá pasar la tarde conmigo, las dos solas? —la observó con atención y adivinó nervios en su rostro— Pensé que sería un momento apropiado para conversar, habituarnos la una a la otra.

—Rin te adora, Kagome.

—Pero las circunstancias han cambiado y…

—Estoy seguro de que aceptaría. Tu propuesta es original, algo que ella no ha tenido aún.

Sonrió y lo besó porque el horizonte se mostraba prometedor, porque cada día nuevas razones surgían y daban color a la vida que les esperaba.

—También… —Kagome no quería romper con la magia pero tenía la necesidad de hacerlo saber.

Y Sesshomaru adivinó inmediatamente hacia dónde estaba dirigido el repentino cambio en su actitud.

—Hoy vi a Inuyasha —comenzó pero al tiempo se interrumpió cuando presenció con abrumadora claridad la mutación de sus facciones—. Nada pasó, no me hizo nada.

No vería el sol salir otra vez si lo hizo.

—No creo que acepte que estoy contigo y no digo esto porque necesitemos su bendición pero…

—Lo sé —asintió—. Deberé lidiar con él.

Aliviada, descansó la cabeza en su hombro.

—No volverá a tocarte, Kagome —le aseguró.

Sólo contigo me siento segura.

Sesshomaru sabía que sus próximas decisiones concernientes a su hermano serían difíciles, porque contrario a lo que había expresado a su padre, sabía que sería incapaz de manejarlo; su padre nunca tendría la voluntad ni el sentido común de hacer lo correcto.

Ciñó sus brazos en torno a ella con más fuerza, más protector, más decidido.


Fecha de publicación: Julio 14, 2017

Palabras: 1,085


NA: ¡Ayúdenme! Tengo la madre de los bloqueos, mis musas está de huelga, mi inspiración se ha escapado por la ventana. ¡Tengo la idea en la cabeza pero no puedo plasmar nada! ¡Estoy desesperada!