XVI

La Esmeralda, Panamá

Callejuelas, aceras, pasillos, callejones. Desde la distancia y con la pericia de un cazador furtivo las siguió por la ciudad. Como un ser invisible, como un secreto, Inuyasha caminó con parsimonia, asegurándose de permanecer en las sombras, detrás de ese transeúnte, junto a esa columna, oculto tras una revista. Y el mundo a su alrededor era ignorante de sus propósitos, de sus negros pensamientos, de su irracionalidad, tan bien camuflada detrás de un rostro tranquilo.

Las vio sentarse en un café y él se sentó en un banco del otro lado de la calle, pudiendo estudiarlas con comodidad desde esa distancia y ese sitio. Las veía conversar con alegría, reír, compartir, sumidas en un universo que no parecía anunciar nada pernicioso.

Tiempo después y salieron, él detrás una vez más. Caminaron durante un largo tiempo hasta que ingresaron a un centro comercial. Tal vez los confinamientos del sitio en cuestión no fuesen sus mejores aliados pero Inuyasha se arriesgó pensando que si había tenido éxito durante las últimas horas, un poco más no podía ser tan difícil.

—¿Puedo comprar unas golosinas? —preguntó Rin, de pie frente al establecimiento.

—Desde luego. Yo te espero aquí, tengo que hacer una llamada.

La niña ingresó y Kagome sacó su celular. Desde que comenzara su excursión había recibido varios mensajes de su madre y no se había hecho el tiempo para contestarlos. Aprovecharía esos minutos para llamarla.

Oh, hija. Estaba un poco preocupada, tú siempre me respondes.

—Hola, mamá —sonrió—. Lo siento, no he podido, es que…

Del otro lado del centro comercial la vio llevarse el teléfono a la oreja y sonreír con el interlocutor. No veía a la niña. Estaba sola. Total y completamente desprevenida. Hablaba sin parar, feliz con su relato.

Entonces sus ojos parecieron encontrarlo.

—Deberías verla, mamá, es una niña encantadora- —deteniendo su conversación abruptamente, Kagome juró haberlo visto allá en la lejanía. En cuestión de segundos vio a una persona pasar y esperando divisarlo una vez más aguantó la respiración, pero no había nadie, sólo la sensación de que su cabeza le estaba jugando una mala broma.

¿Kagome, sigues ahí?

—S… sí, sigo aquí.

¿Estás bien?

—Sí, me pareció ver a… —escrudiñando el área, comenzó a sentir su corazón acelerarse.

¿A quién, cariño?

—Olvídalo, no es nada. Te llamo luego, aquí viene Rin.

Aunque su compañía era excelente, Kagome comenzó a ser más consciente de sus alrededores, casi distrayéndose; prestaba suma atención a la dinámica del lugar y la gente, giraba casi a cada minuto para asegurarse de que no estaba, de que todo había sido, efectivamente, una fabricación de su cerebro. Pero no encontró reposo en su interior.

Rin pidió helado y sentándose en una heladería, Kagome decidió que debía recomponerse. Pensó en escribirle a Sesshomaru pero se juzgó de paranoica. Tan sólo unos días atrás había tenido la valentía de hacerle frente al hombre que más había temido, no podía en esa circunstancia perder el balance tan fácilmente.

Pero la sensación de que era asechada como una presa reptaba por su piel como un horrible y demente cosquilleo. Se sentía en absoluta desventaja, expuesta, incauta completamente. Se sentía como un animal en una enorme y amplia planicie, a la absoluta merced del experto cazador. Sentía que no tenía forma de defenderse, de ocultarse, de confrontar; que era inerme, vulnerable.

—¿Kagome?

—¿Sí? —rápidamente volvió en sí, advirtiendo el rostro contrariado de su compañera.

—¿Estás bien?

—Sí, discúlpame —sonrió.

—Voy al baño —anunció Rin—, regreso en seguida.

—Te espero —repuso, la duda en su timbre tan claro como el sol de ese día.

El sitio estaba abarrotado de personas pero más eran los rostros en torno suyo, mayores las oportunidades en las que creía verlo entre la multitud, sonrisa socarrona en los labios. Su cabeza iba y volvía, como un escáner, buscando rasgos familiares, algún indicio.

—Hola, Kagome —volviéndose rápidamente, lo descubrió sentado a su lado.

—¿Qué haces aquí? —miró el camino que conducía al baño, temerosa de que Rin apareciera.

Inuyasha la observaba con osadía.

—¿De verdad creíste que te quedarías con la última palabra? ¿Acaso no me conoces?

Su cuerpo se dispuso para incorporarse pero una mano fuerte la sujetó del antebrazo y la obligó a sentarse con brusquedad.

—No irás a ningún sitio.

—¿Vas a golpearme en frente de todas estas personas? —cuestionó, reto en su voz.

La risa de Inuyasha le provocó un escalofrío.

—¿No te había dicho que había cambiado? Me ofende que no me creas.

Otro intento de escapar que acabó en nada.

—Veo que no te gusta el lugar —comentó casualmente—. ¿Qué tal un paseo?

Sin más, se levantó y de un movimiento la arrastró del sitio.

—No —exhaló—. Rin.

—Cállate.

—Si Sesshomaru se entera-

—Oh, se enterará, no te preocupes.

—No, por favor, está sola…

—Cállate, te he dicho.


¿Otra vez con eso?

Su hermano lo miró como si no fuese absolutamente nada y prosiguió con lo suyo, muy sutilmente, casi con inocencia.

¿No me dirás que estás tomando?

Si eso era lo que querías saber, era todo lo que debías preguntar.

Y entonces escuchó la historia de una hacienda en Panamá, cuya producción ocupaba un sitio selecto en la élite cafetera mundial. Su hermano dijo que era el segundo café más costoso que compraba, que era especial porque crecía a la sombra de árboles de guayaba, una fruta tropical. Aquella era la firma distintiva del café de la Hacienda La Esmeralda.

¿Crece a la sombra? —se escuchó preguntar.

Es lo que lo hace especial —repitió.

Kagome aún no había ingresado a sus vidas, todavía en aquellas épocas podían sostener un diálogo más allá del trabajo y de su innata rivalidad. Era una época en la que sentía envidia de su hermano, de la idoneidad que parecía envestirlo para cualquier menester que surgiese. Sesshomaru siempre había sido el preferido en muchos sentidos, incluso de su padre, aunque fuese al hijo menor a quien depositase todas sus energías y atenciones.

Siempre se había sentido a la sombra de su hermano mayor. Así había crecido.


Rin vio la escena con terror y comprendió la gravedad de la situación con una contundencia paradójicamente incomprensible. Miró el sitio vacante en su mesa y corrió hacia allá cuando descubrió que estaban las cosas de Kagome. Tomó su celular y marcó.

Kagome.

—¿Papá? —al hablar, descubrió lo mucho que le temblaba la voz— Papá, soy yo…

¿Dónde está Kagome?

—Ella…

¿Qué ha ocurrido, Rin?

—Inuyasha…

Quédate en donde estás, Rin, la abuela irá por ti. No te muevas de ese sitio, ¿me has oído?

—Sí…

La llamada se cortó y la niña allí se quedó, sentada sola en una mesa rodeada de un centenar de desconocidos.

Sesshomaru, del otro lado de la línea, respiraba con velocidad. Su oficina se hizo repentinamente pequeña y el anhelo de derramar sangre comenzó a imperar por sobre su juicio. Miró su celular y llamó a su madre, dándole rápidas instrucciones.

Entonces se puso en marcha. Tomando el saco del respaldo de su silla salió, sin comentarios a su secretaria, sin tiempo para explicaciones.

Cazaría a su hermano como a un animal.


Fecha de publicación: Julio 19, 2017

Palabras: 1,185


NA: ¡ESTÁ VIVOOO!

¡Qué lindo es volver! Aunque... tampoco me fui mucho, ni siquiera una semana jaja. En fin, parece que todo ha vuelto a la normalidad, mis musas volvieron de sus vacaciones y yo estoy muy ansiosa por seguir escribiendo y terminar este fic. Ya tengo ganas de nuevos proyectos también.

Gracias por la paciencia y la buena onda.