XVII

Los Planes, El Salvador

Tras un brusco ingreso a su vehículo, comenzó a pensar con fuerza, rápidamente. Su instinto de supervivencia se había activado con brutalidad, su cuerpo estaba predispuesto, su corazón latía en concordancia, preparándola para el momento de correr por su vida; pero su cerebro medía y analizaba las variables con criterio. Miró por la ventana y comprobó la alta velocidad a la que transitaban la ciudad. Abrir la puerta y simplemente saltar ya no era una opción.

Comenzó a estudiar sus alrededores. No había ningún objeto sugerente, nada con lo que infligir dolor o distraerlo. No se atrevió a abrir la guantera, esa sola actividad demandaba una serie alta de movimientos y sería detenida, tal vez castigada por ello. No, otra opción menos.

¿Qué puedo hacer?

Inuyasha esquivó un camión con violencia y el envión la llevó de un extremo al otro, y sin tiempo de sujetarse, chocó con fuerza, primero contra la puerta y luego contra él, haciéndolo volantear otra vez. Él fue rápido y logró evitar una colisión con el vehículo junto a ellos; a su lado sólo se escuchó la bocina, su conductor indignado quejándose.

La secuencia dio una idea a Kagome y esperando su oportunidad, se preparó.

—¿El investigador de Kioto todavía te debe un favor?

Me debe más de un favor. ¿Qué ocurrió?

—Necesito que rastree el vehículo de Inuyasha.

Dame diez minutos.

—Tienes cinco —y colgó, pisando el acelerador.

Nunca había subestimado la locura de su hermano. Desde muy jóvenes, cuando descubrió que sería un problema inmanejable eventualmente, cuando comenzó a prepararse para enfrentarlo así amortiguaba sus embates, cuando creyó que lo conocía total y completamente, cuando pensó que nada podía sorprenderlo… Secuestraba a una persona.

A Kagome precisamente.

Su hermano no cesaba en sus actitudes delictivas. Inuyasha era un hombre peligroso, con el que debía lidiarse, quien debía comparecer ante alguna forma de justicia, porque si de él dependiera… Sesshomaru sabía que era capaz de algo igual de imperdonable. Y es que algo nuevo que había descubierto en las últimas semanas es que su hermano tenía la capacidad de activar el depredador que siempre había llevado en su interior.

Cinco minutos después y su celular sonaba.

Señor Taisho —una voz cantarina, bailando en el límite de la mofa y el respeto, le ofreció un saludo—, a qué debo este magnífico honor.

—Bankotsu —fue todo cuanto Sesshomaru ofreció, esquivando un vehículo a gran velocidad.

¿Es un mal momento? —preguntó el interlocutor, atento a los sonidos.

—Oportuno, debo decir.

Bueno saberlo —Sesshomaru escuchaba un incesante tecleo del otro lado—. Tengo algo de información para usted.

—¿Y bien?

¿Deberíamos hablar números antes?

—¿Deberíamos?

Mis negociaciones con usted son inéditas y mi mejor cliente es, en realidad, el señor Murakami.

—Murakami también es mi abogado.

Oh, entonces no hay nada que discutir —rió suavemente—. Su hermano se encuentra en Kabukicho. Por la velocidad a la que se mueve debe estar generando un gran escándalo.

En su primera oportunidad, giró en una esquina y reformuló su trayecto en el momento. Kabukicho, como el distrito más peligroso de Tokio, no podía suponerle más que problemas. Problemas que sólo alguien como Inuyasha podía generar; sabía que llamaría atenciones no deseadas y más que innecesarias.

—Habla.

No parece dirigirse a ningún sitio en concreto… —una bip comenzó a escucharse— Y la policía acaba de entrar en escena. ¿Fue usted quien sugirió a Murakami el café Los Planes?

A escasos segundos de ser chocado por un autobús, Sesshomaru se reubicó en su carril, pasando un semáforo en rojo por primera vez en su vida.

—Sí.

Tiene un gusto impecable, señor Taisho.

—Lo sé.

Esa acidez… La medida perfecta. ¿Querrá recomendarme a mí alguno?

Otro bip daba cuenta de nuevos desarrollos.

—¿Bankotsu?

Es un poco raro… —el teclado del otro lado prometía sacar a Sesshomaru de sus casillas— Hay demasiadas patrullas…

—No todas son para Inuyasha.

Oh.

—En efecto.

Se ha detenido —recibió una dirección y colgando, se apresuró.

Nunca había estado allí pero sabía de qué se trataba. No podía pensar a dónde se dirigían específicamente, pero cualquiera fuese el resultado sería de su absoluto desagrado. Esperó con paciencia y pericia su oportunidad y cuando la vislumbró, sujetó con todas las fuerzas de su ser el volante y lo hizo girar como si en ello se le fuese su vida.

Inuyasha, completamente desprevenido, perdió el control de vehículo y en el intento de no atropellar a nadie, colisionó con un poste de luz, deteniendo definitivamente su marcha. Kagome no lo pensó un segundo y tan pronto como pudo, se bajó del vehículo comenzando a correr con una velocidad que desconoció.

En la distancia podían escucharse sirenas de policía y hasta cierto punto pensó que serían de ayuda, pero no quiso detenerse a comprobar de qué era capaz Inuyasha en una situación límite. Cruzó la calle y esquivando a los transeúntes, corrió y corrió. Lejos pero siguiéndola, la voz colérica que gritaba su nombre suponía un combustible y sus piernas respondían. La gente a su paso se quejaba, los advertidos más adelante se hacían a un lado y Kagome corría.

En su horizonte divisó un gran movimiento de personas. Todos hombres. Armados. Amenazantes.

Advirtiendo de quiénes se trataba, cruzó la calle una vez más. Un vehículo frenó y el chillido de las ruedas la ensordeció. Sin detenerse a ver el conductor, siguió su trayecto demente.

Sesshomaru creyó que su corazón saldría catapultado por su garganta cuando casi atropelló a Kagome. Frenó en seco y salió. La vio correr, vio a los yakuza más adelante y cuando volvió el rostro, vislumbró a Inuyasha, sumido en su propio trayecto.

Y su instinto depredador se reactivó cuando lo vio y olvidando por escasos segundos a Kagome, optó por confrontar a su medio hermano. Apareciendo repentinamente frente a él, detuvo su carrera de manera abrupta extendiendo el brazo un segundo antes de que pasara a su lado. Inuyasha dibujó un medio círculo con su cuerpo y cayó con gran violencia, golpeándose la cabeza contra el pavimento.

Las sirenas se acercaban rápidamente. Los yakuza estaban en escena. Kagome parecía no advertir el peligro que frente a ella le esperaba. Sesshomaru dejó a su víctima en el medio de la calle y fue tras ella.

En la carrera tomó su celular y marcó el último número.

¿Sí?

—Debes tener algún conocido en la mafia.

Unos cuantos.

—Necesito pasaje.

Pida hablar con Naraku, de mi parte.

—¿Es una garantía?

Exigirá algo a cambio. Pero alguien con sus recursos no tendrá inconveniente.

Colgó y apretó el paso. Más atrás comenzó a escuchar exclamaciones de la gente y comprobó que Inuyasha iba a la retaguardia.

Un grito lo alertó y se apresuró.

Una de las calles más concurridas de Kabukicho estaba repentinamente desierta, sumida en el silencio, como un escenario a punto de presentar una obra maestra. Sesshomaru se detuvo a unos metros de la importante congregación de hombres. Uno de ellos, al frente, tenía a Kagome sujeta firmemente del cabello, un arma apuntando su sien.

Inuyasha se detuvo a su lado. Ambos observaban la escena en total afonía.

El grupo comenzó a dividirse, dándole paso a alguien, hasta que apareció, sonrisa altiva en el rostro.

—¿Esta es la flor de la que me hablaste, Inuyasha? —preguntó risueño, señalándola.

Sesshomaru giró el rostro y clavó los ojos en el perfil de su medio hermano.

—Sí, Naraku, es ella.

Allí sin más, lo atacó, derribándolo.


Fecha de publicación: Julio 25, 2017

Palabras: 1,234


NA: He tardado un poco más en subir este capítulo porque me quedé sin capítulos de reserva jaja. Pero bueno, va queriendo y no estamos tan lejos del final ya. Y como que prometí sangre y pasan los capítulos y nada jajaj no me odien, ya se viene.

Iba a decir algo más pero no me acuerdo qué jaja. Eso sí, ¡las adoro! Gracias por sus bellos comentarios y su presencia. Es bueno saber que hay quienes disfrutan de lo que uno escribe :*