XVIII
Yauco AA, Puerto Rico
Había una manifestación primitiva, un escenario animal donde la razón, el estandarte por excelencia de su raza misma, brillaba por su ausencia. Los oídos sordos, el burbujeo de la sangre, el pálpito demente del corazón en las sienes.
El campo de visión de Sesshomaru se había vuelto estrecho y en él sólo veía a su medio hermano, su víctima de turno, recibir lo que durante mucho tiempo había almacenado en cuerpo y mente. Nunca, en toda su vida, había dejado que sus instintos bestiales tomaran total posesión de su raciocinio; todos los aspectos de su existencia habían sido direccionados con la consciencia de un gran estratega, cada momento había sido métrico, premeditado, exhaustivamente explicado. Ese era el secreto de su éxito: prever, comprender y monitorear.
En ese momento, no obstante, su estructura más crítica estaba en un segundo plano. La paradoja era, sin embargo, que aplicaba un duro escarmiento a su hermano con el orden que lo caracterizaba; ese orden lo tenía en ventaja, ese orden tenía a Inuyasha debajo de su peso, recibiendo los golpes, derramando la sangre inaugural.
—¡Sesshomaru! —su voz fue como un latigazo y dejó su puño cerrado en el aire, presto para asestar el ataque.
Miró sus nudillos heridos y ensangrentados y en unos segundos estaba sobre sus pies, acomodando su saco y camisa; una vez lista su persona, de la solapa del abrigo levantó a Inuyasha y sin mucha ceremonia lo apoyó contra un vehículo estacionado. Cerró el espacio que lo separaba de él y habló:
—¿Qué has hecho, Inuyasha?
—¿Qué parece que hice?
—Quiero escucharte decirlo.
Inuyasha escupió sangre, un par de dientes y a continuación dibujó una sonrisa completamente discordante con su situación.
—Este es el momento en el que digo que si Kagome no es mía, no será de nadie.
—¿Qué te hace pensar que no la recuperaré?
—¿De los yakuza? —rió— Descubrirás que el dinero no todo lo puede.
Lo agitó con violencia, reencontrándolo con el vehículo detrás suyo con fuerza. Allí dejó entrever su impaciencia.
—Tientas tu suerte, hermanito.
—Mi deuda con los yakuza está saldada.
—¿Kagome es un pago?
—Uno muy caro.
—¿Quiero saber de qué se trataba esa deuda?
—Lo dudo —sonrió otra vez.
—Tal vez estés libre de ellos, pero no de mí.
—No me harás nada, Sesshomaru, no mientras nuestro padre viva.
—¿Por qué crees que nuestro padre es garantía de tu impunidad?
—Porque soy su punto débil, por eso, porque sería capaz de defenderme aunque fuese un homicida.
Inuyasha liberó una risa ronca y la sangre de sus heridas abiertas cayó por su mentón, dibujando una imagen que asqueó a Sesshomaru.
—Mm —el mayor se separó y tomando su celular del bolsillo de su pantalón, habló:—. ¿Bankotsu?
—Diga.
—¿Tienes lo último?
—Tengo todo, señor Taisho.
—Bien —colgó y miró a su hermano una vez más.
Ya no había socarronería en sus facciones, ni extrañas manifestaciones de triunfo. Inuyasha había sido manipulado y ambos lo sabían perfectamente. Sesshomaru no le dedicó mucho tiempo más y se volvió hacia el denominado Naraku, pensando en lo curiosos de sus circunstancias al ser ese sujeto el mismo contacto que le habían facilitado.
—Naraku.
—Señor Taisho —sonrió.
—Tengo un negocio para proponerte.
Naraku dio unos pasos hacia delante, manifestando interés. Kagome miró a Sesshomaru, asustada y sorprendida en idéntica medida; él, por su parte, le dedicó una escueta mirada, ofreciendo tranquilidad, dando a entender que sabía lo que hacía.
—Lo escucho.
—La quiero a ella —y con la cabeza señaló a Kagome.
Las sirenas de la policía hacía tiempo se habían detenido, su aullido atravesaba las calles y llegaba como un eco, pero insistiendo en su lejanía.
—¿Qué recibiría yo?
—Lo que sea.
—¿Lo que sea? —Naraku rió y sus secuaces más atrás lo imitaron.
—Soy un hombre de recursos.
—No se ofenda, señor Taisho, pero la mujer es un pago que su hermano debía hacer. Si se la devuelvo, la deuda persistirá.
—Inuyasha posee un patrimonio más que interesante —ofreció de forma casual—. Estoy seguro de que compensaría satisfactoriamente.
—¡¿Qué?! —exclamó el aludido.
—¿Qué incluye este patrimonio del que habla?
—Numerosas propiedades, algunas de ellas en el extranjero, dinero, objetos valiosos, entre otros.
Naraku se acercó más.
—¿Cómo sé que cumplirá con su parte del trato?
—Tienes mi palabra —extendió la mano, esperando cerrar el negocio.
—Esperaré noticias suyas, entonces —y estrecharon.
Por la periferia de su visión Sesshomaru vio forcejear a Kagome con su captor, escuchó epítetos y acto seguido la vio efectuar una acción de lo más sorpresiva.
Ella, en vistas de que su situación estaba salvaguardada, intentó liberarse del brazo que cruzaba su pecho y del arma que apuntaba su cabeza; advirtiendo que su contrincante no daba indicios de querer ceder, lo insultó sin mucho decoro y con su codo, aplicando toda la fuerza de que la disponía, lo golpeó en la entrepierna. Reducido completamente el hombre, Kagome se alejó, caminando hacia a Sesshomaru.
O eso pensó él. Kagome ignoró por completo a los negociantes, pasando a su lado como si tal cosa, y fue directo a Inuyasha. El susodicho, demasiado adolorido para decir nada, aguardó.
—Eres un maldito hijo de puta —y dando el golpe de gracia, lo abofeteó con gran fuerza.
Inuyasha no había perdido su brío nato, ni siquiera después de la paliza que había recibido, por lo que antes de verla alejarse, la sujetó del brazo.
—Tarde o temprano vendré por ti, Kagome, y te haré la vida imposible.
Sesshomaru, más atrás, se predispuso para intervenir, pero no sería suficiente. Ella se zafó violentamente y lo golpeó con la cara de la mano.
—Me cansé de ti, Inuyasha —escupió con odio—, pero te estaré esperando.
—Vaya —Naraku sonrió—, definitivamente han hecho mi día más interesante.
Kagome se aproximó al par y con sorna dijo.
—Qué bueno que alguien se divirtió hoy.
—Debo preguntar, ¿cómo supo mi nombre, señor Taisho?
—Bankotsu.
—Por supuesto —asintió—. Espere, ¿fue usted quien le recomendó el Yauco AA?
—Yo se lo recomendé a mi abogado y él a Bankotsu.
—No cese en hacer futuras recomendaciones, señor Taisho. Hablamos pronto.
Sesshomaru asintió y se separaron.
—¿Qué harás con Inuyasha? —preguntó Kagome, a medida que se alejaban.
—Si sus crímenes contra ti no satisfacen a los jueces, tengo lo que necesito para vincularlo con los yakuza por lo que será suficiente para inculparlo. Además, se ha quedado sin nada.
—¿Nada?
—¿Tendrás piedad de él ahora, Kagome?
Su silencio pareció sugerirlo.
—Mi padre se hará cargo de él —la tomó de la mano— si es que algún día sale de la cárcel.
—¿Qué hay de Rin? —preguntó con aprensión.
—Mi madre está con ella —tomó su celular una vez más—. Debo hacer una llamada.
Sesshomaru se alejó unos pasos y ella miró desde esa distancia a Inuyasha sentado en la calle, la cabeza oculta en sus brazos. Y como una película, en la que ellos fueron protagonistas, transitó recuerdo por recuerdo, siguiendo el orden en que acontecieron. Se recordó inocente y enamorada, permisiva, siempre dispuesta a exonerarlo, perdonarlo. Tal vez en su corazón persistiese la herida del calvario que había vivido con él, pero también reconocía que nunca podría vivir con el rencor.
Algo dentro de ella lo perdonó una última vez.
—Kagome —la voz de Sesshomaru la alejó de su enfrascamiento—, vamos.
—¿Qué hay de él?
—La policía vendrá por él. No se moverá de allí.
—Vámonos ya, entonces.
Fecha de publicación: Agosto 1º, 2017
Palabras: 1,237
NA: Ya me acordé de lo que quise decir el capítulo anterior: QUE NO ME GUSTA. Y lo mismo este. Me costó tanto escribirlo, es tan ajeno a lo que suelo escribir, para nada mi temática habitual así que pido disculpas por cualquier decepción sufrida.
