La señora Smith había aprovechado el tiempo en que tanto madre e hija habían llegado para contarles la situación luego de claro, un cordial saludo de su parte. Para esos momentos, se encontraba ella sentada en el escritorio como le correspondía, mientras que las receptoras se sentaban en un par de asientos de madrera con una estatura ideal.

—No quería hablarlo solamente en privado con usted porque pienso que Candace tiene edad para comprender lo que le sucede. Lo lamento mucho, señora Flynn-Flecther, pero a mi opinión su hija necesita un poco más de atención, apoyo, y tal vez algo de ayuda profesional.

Entre las tres, habían decidido conversar la situación de Candace de una manera más profunda. La madre tenía que pensar las cosas un momento, a pesar de que estaba consciente y de acuerdo en que su hija poseía una obsesión con hacer énfasis en sus hermanos en los momentos más inadecuados. «¿Esta es la forma en la que Candace podría resolver su problema? ¿Tan lejos ha llegado?» Se pensó. Igualmente, valdría la pena para que ella y su hija pudieran confirmar alguna especie de problema, no costaría nada intentarlo, y tampoco perderían algo tan valioso. Linda, tenía un poco de miedo por saber qué podría sucederle, y poder entender que varios maestros han soportado por años esta actitud le era algo difícil. Si bien, este problema le parecía a ella tan común, que no se le desvanecía la esperanza de que tarde o temprano, su hija tomará una actitud más madura; ella comprendería cosas más importantes en la vida y tendría un mejor objetivo a seguir. Pero ya no le faltaba mucho para ser una adulta joven realmente, y gracias a la maestra, quedó convencida de que algo podía andar mal.

—Trataré de hacer lo mejor posible para que Candace mejore su actitud. —Así dijo, mientras colocaba su mano izquierda en el hombro derecho de su hija, quien ya tras esa conversación, su cara tenía una expresión más lamentable que un funeral vacío.

Al ver la expresión en su rostro, Linda arropó a su hija con sus brazos, apoyando su cabeza sobre la de ella. No quería ni imaginarse el origen del problema, ni quería pensar en eso. Quería creer de nuevo que, más que nada, Candace estaba en una condición mental perfecta como pasa seguir estudiando, puede tener más amigos si así lo desea, y que las situaciones paranoicas que ha presentado pueden mejorar. No dejó que el pesimismo la rodeara. Finalmente acarició la espalda a su hija, dándole esa forma de afecto que significaba un gran apoyo en todo lo que sucediera más adelante, independientemente de qué tanto vaya a cambiar su vida y la de su familia. Luego de esa cariñosa acción, se levantó para despedirse de la maestra a quien le agradeció de tomarse el tiempo de notar y explicar la profundidad del problema de su alumna, y finalmente se despidió de Candace.

—Bueno, Candace, te dejaré en clase. Nos vemos pronto. —Finalmente se llevó a la puerta que indicaba la salida del salón, una sonrisa en el rostro.

Candace sólo logró verle de reojo, no deseó siquiera responder a la despedida. Tantas veces que ha intentado rendirse y dejar atrás esas ideas descabelladas, esas decisiones descontroladas… Nunca se imaginó de no hacer algo al respecto lo que podría acontecer empeoraría más de la cuenta. Algo tendría que hacer, debía esforzarse de nuevo para no emporar las cosas.

Momentos más tarde, veía cómo los alumnos llegaban y rápidamente se levantó como si nada, poniendo aquellas sillas en su lugar y disimulando su tristeza. Este se estaba a punto de convertir en un día largo para ella.


El tiempo habría transcurrido, a tal punto en que todos los alumnos se encontraban en el salón. El maestro impartía las clases, mientras todo estaba en aparente silencio; el alumnado leía la página en la cual el profesor de aquel ayer les había indicado.

Vaya que algunos se habían sorprendido, estos pensaban en una semana entera sin tarea, pero al llegar, de forma burlona el profesor hizo una pregunta metafórica sobre el plan de hoy. ¿Su respuesta? Muy simple, "¡Tarea!" Aquello había hecho que los alumnos murmurasen entre ellos, eso querría decir corrección de las tareas anteriores, pero el profesor por obviedad, no tendría problemas con ello.

El día cada vez era más y más largo para los hermanos, y no sólo para ellos, sino tanto para quienes no habían completado su tarea en los días anteriores, como para aquellos que ni siquiera planeaban recibir tarea.

Con el tiempo, faltando apenas quince minutos para el cambio de clases, el profesor pasaba la lista de los estudiantes, al parecer se le había olvidado. Mientras mencionaba los nombres, los alumnos respondían de forma debida, y no faltaban los mencionados ausentes.

¿Kayla Johnson? —El profesor mencionaba los nombres de acuerdo a la enumeración de la lista.

¡Presente! —Dijo la dueña de aquel nombre.

Casi terminaba con la lista, hasta que le faltaba un nombre por mencionar.

Miranda Monograma… —El profesor echó una pequeña risa, esa chica era más invisible que el viento. Aunque no le sorprendía que dijera "presente"—Oh, bien, fantasma de la escuela—comentó de forma sarcástica—, preséntate y danos de tu poder.

¿No es ella? —Isabella apuntó a casi el último asiento de todo el salón. La estudiante sentada allí tenía la cara totalmente tapada por su mochila, la cual tenía un color rojo vino bastante oscuro. Había puesto la mochila al lado izquierdo de su cara, mientras que el lado próximo de la misma, lo había puesto contra la pared.

«Tenía ella que hablar.» —Pensó la chica con la cara aún tapada por su mochila, frunció el ceño, para seguidamente rodar los ojos.

Enseguida, gran parte del alumnado miró hacia atrás, notando no más que alguien cuya cara era reemplazada por un objeto. Algunos de quienes miraban se reían de lo graciosa que se veía su apariencia. El profesor se acercó y le apartó la mochila de su rostro. Aun así, no podía verle bien, ya que la chica planeaba taparse torpemente con las manos, a pesar de que sabía que no sería factible hacerlo.

¿Qué edad tienes? —Preguntó su profesor de forma irónica— ¿Cinco? —Ante esto, la chica gruñó pesadamente y bajó lentamente sus brazos.

La chica frunció su ceño nuevamente, y como costumbre de su peinado, no era del todo visible. Sin embargo, el profesor le había pedido que se mostrase. Ella le miró fijamente a su maestro. Su cara era más distinguible, notándose más sus pecas y parte de su rostro, aunque sus ojos no tenían una completa vista de sí.

Entonces tú eres Miranda Monograma. —Insistió el maestro, mostrando algo de seriedad.

Sí. —la propietaria del nombre respondió con pesimismo.

Me gustaría que te sentaras justo al frente.

Pero si yo estoy bien aquí. —Ella replicó.

Pero nadie te ve desde atrás. ¿Eres tímida?

Miranda entrecerró sus ojos, qué pregunta. La misma pregunta que su hermano Monty le había hecho, ¿por qué por sentarse desde atrás era alguien que tendría que ser caracterizado como "Tímida"?

No, señor.

Supongo que no te molestará entonces si te pongo justo al frente de la clase—apuntó hacia aquel asiento, en el cual estaba sentada Kayla Johnson.

La chica suspiró y se levantó en seguida con su mochila. Parecía estar algo molesta, no únicamente por el hecho de que Isabella le había delatado su posición.

Tiempo después, el maestro anunció que era tiempo de irse, y se despidió del alumnado. Enseguida, otra materia nueva quedaba por aprenderse antes del primer recreo de la jornada. La maestra Roswell había llegado como el día anterior.

¡Buen día niños! —Saludó la maestra a sus estudiantes.

Buenos días, Señorita Roswell. —Saludaron igualmente los estudiantes de forma unánime, sin embargo, no se mostraban muy entusiasmados con esa clase de rutina.

Luego de unos segundos, la chica que había sido cambiada de lugar, se levantó para devolverse a su sitio. En pleno, acto, la profesora decide llamarle la atención.

Disculpa, ¿quién eres? —La maestra le preguntó.

Ante esto, la castaña sonrió como si nada, cambiando totalmente su expresión.

Yo soy su estudiante, Miranda Monograma. Un gusto. —Tan sarcástica parecía su mirada luego de la actitud que tenía.

La maestra procedió a hacer revisión de su lista, al haber notado su nombre en ella, asintió y le permitió sentarse nuevamente en su lugar anterior.

Nuevamente el tiempo pasaba, hasta ser horas de recreo. La castaña, como siempre, estuvo sola en aquella mesa, hasta que notó dos presencias hasta ahora conocidas.

—Oye—Phineas decidió llamarle la atención con el buen humor que tenía a pesar—, he estado notando que estuviste algo molesta—en eso, nuevamente dejó su sonrisa a un lado y le miró con las cejas apuntando hacia arriba, expresivamente mostrando preocupación—. ¿Te sientes bien?

Ella les miró de reojo con un semblante inexpresivo, hasta que luego les miró con algo de tristeza. ¿Qué había hecho? Al fin y al cabo, Isabella no tenía nada de culpa, en especial porque ni siquiera sabía qué tanto quería que la notaran. ¿Le habrá afectado? Igualmente, sus pensamientos no habían sido sacados al aire, pero Phineas y Ferb evidentemente notaron la irritación y el sarcasmo. Pensando esto, Miranda miró hacia abajo y agachó la cabeza, y mordió ligeramente sus labios. No quería molestar a nadie, simplemente no le gustaba ser el centro de atención, pero aquello le hacía lucir como una persona totalmente tímida, cosa que a su opinión no era. Y lo más frustrante era que apenas luego de un par de años es que empieza a darse a conocer.

— ¿Tan mal me vi? —Su tono era algo grave, realmente era mala disimulando.

Sólo creemos que no estuviste de buen humor cuando te cambiaron de lugar. ¿Estás segura de que no eres tímida? —Phineas y Ferb se sentaron uno a su derecha y el otro a su izquierda, donde el pelirrojo había puesto su mano en uno de los hombros de la chica—Ah, y perdón por la pregunta, mi intención no es ofenderte.

No se preocupen, está bien—Contestó ella con naturalidad—. Lo que sucede es que durante todo el tiempo que he estado aquí, nadie me ha hablado, y yo no he hablado con nadie—explicó, para luego encoger sus hombros—. No me importa si no encajo aquí, pero me sentía bastante bien como era todo antes. Era… Tranquilo. —No se había animado a mirarles, y ponía los codos en aquella mesa de comedor, apoyando sus brazos ya cruzados.

—Ya veo. Te gusta ser tranquila—Phineas añadió—. Espero que no te moleste unirte con nosotros, ¿no te gustaría compartir con nuestros amigos un rato?

De nuevo se implicaba una pregunta que tenía que ver con alguna relación con estos chicos. Miranda no lo pensó, y tampoco quería, por lo que les respondió con una excusa tanto confusa como vacía.

Es que tengo algo que hacer—Mintió, regalándole a Phineas una sonrisa simple, casi forzada. Aun así, Phineas no respondió de la misma forma.

¿En recreo, tú sola? —El pelirrojo de camisa con rayas no preguntó sólo por curiosidad, pues sentía que los estaba evitando. No había nadie a su alrededor a pesar de que se había hecho notar en aquella mañana. ¿Realmente tendría ella algo qué hacer sola? ¿Sin ningún acompañante? Y más que nada… ¿En recreo?

Pues claro. —Respondió con naturalidad, encogiéndose los hombros—Normalmente suelo pensar mucho, ya sabes—con buen humor, entre-subió la ceja izquierda y miró a ambos hermanos—, para ser como Einstein un día.

A esto, Ferb mantenía su rostro inexpresivo, mientras que Phineas le sonreía ligeramente.

—Ya veo—dijo—. Bueno, no pienses demasiado, todo en exceso hace daño. Siempre serás bienvenida en nuestro grupo, así que puedes ir con nosotros cuando quieras. Espero que no tengas nada qué hacer en los próximos días—finalmente, los hermanastros se levantaron de sus asientos, y poco a poco se iban alejando para volver con su grupo—. Buena suerte con esos pensamientos.

Finalmente, los hermanos se retiraron, y se dirigieron justo a donde se encontraban sus amigos.