Unos minutos más tarde, la portentosa ceremonia daba comienzo y el mago real caminaba por el pasillo hasta el altar, vestido con un traje blanco y una esplendorosa túnica de gala color marfil con tonos dorados.

El rey tuvo que ahogar la risa con la mano al verle para no ser descubierto entre el público.

― ¿De qué te ríes? Yo pienso que está muy apuesto.―susurró Miranda en voz baja.

― ¿Le has visto la cara? Está aterrado. Creo que no le he visto pasar tanto bochorno en su vida y mira que he visto desmayarse en frente de cinco reyes.―dijo Roland, reprimiendo sus carcajadas.― Oh… ¡Esto va a ser bueno!

― Espera, Roland, ¿no es esa Calista?―preguntó la reina, señalando al altar.―¿Por qué no se ha puesto un traje de novia? Después de montar una boda tan realista… ¿No te parece extraño?

Al rey le cambió la cara enseguida al ver a la pequeña hechicera presidiendo en el altar, vestida con su túnica roja.

― Pero… Si ella no va a… ¿Entonces quién…? Oh, no…

Roland se quedó lívido. Miró a su esposa con pánico escrito en la cara. Miranda levantó una ceja.

― Vaya. Eso ya no te hace tanta gracia, majestad.―comentó severamente.

Cedric podía escuchar la música del órgano replicando en las paredes. Sus manos sudaban, sentía que le faltaba el oxígeno en los pulmones. Intentó coger aire con una gran bocanada, pero no era suficiente. Su mirada estaba clavada en el suelo, temiendo moverla a cualquier otra parte y que los presentes pudieran ver su rostro.

En su hombro, las garras de Wormwood se apretaron con más fuerza, como intentando darle ánimos. Cedric entonces levantó la mirada para ver a su padrino y le agradeció el gesto con una mueca nerviosa que era un intento de sonrisa. El cuervo señaló con su pico hacia atrás y el mago se volteó para ver.

Una ardilla y un conejo bien entrenados esparcían pétalos de rosa por el pasillo central. Detrás de ellos, del brazo del Príncipe James, la novia iluminaba la estancia con su presencia, la larga cola de su vestido sujetada por dos pequeños pájaros. En sus manos llevaba un ramo de violetas pálidas.

Desde el banco de atrás, el rey y la reina miraban la escena casi encogidos, con cuidado de no ser descubiertos. Cuando Roland vio aparecer a su hija caminando hacia el altar, Miranda tuvo que agarrarle para evitar que se lanzara a por ella y la sacase de allí como un saco de patatas.

― ¡Roland, contrólate! ¡Es un juego de niñas, por Dios!

― ¡Ni muerto! ¡Ni enterrado voy a permitir que ese tipo se lleve a mi niña!―bramó susurrando, pero su esposa lo silenció con una ligera colleja en la nuca.

― Cállate y mira el juego sin molestar, que para eso nos hemos quedado.

― ¡Ni siquiera va de mi brazo! ―se lamentó con lágrimas en los ojos.―¡Yo debería ser quien la acompañase al altar!―lloró el monarca.

Al verle, la reina se tapó la frente del ridículo.

Cedric estaba boquiabierto al ver a Sofía. Si con el vestido anterior ya le había parecido un ángel, ahora sin duda era una pequeña diosa de la hermosura y él no podría apartar la vista de ella jamás. Nunca habría imaginado poder estar tan cerca de tanta belleza como la que ella irradiaba. Con la garganta seca, se le escapó un suspiro de pura fascinación.

Cuando por fin llegó a ponerse al lado de él y le miró a través de la tela transparente del velo con una tímida sonrisa, él creyó que podría morir de amor de un momento a otro.

Calista se aclaró la garganta y, entregada a su papel, comenzó con su discurso.

― Nos hemos reunido hoy aquí para honrar la unión del hechicero Cedric el Sensacional y la Princesa Sofía de Enchancia en sagrado matrimonio. Que los sagrados poderes de la Magia bendigan copiosamente vuestro amor y os den fuerza para que os guardéis mutua y perpetua fidelidad. Por tanto, ante esta asamblea, yo os pregunto: ¿Venís a contraer matrimonio sin ser coaccionados, libre y voluntariamente?

― Eh…―Cedric no estaba seguro de cómo responder a esa pregunta.

― Sí, venimos libremente―contestó Sofía sin pestañear.

― S-sí…―secundó él entonces.

― ¿Estáis decididos a amaros y respetaros mutuamente durante toda vuestra vida?

― ¡Sí! ―esta vez Cedric respondió necesidad de pensárselo dos veces.

― Sí, estamos decididos.―dijo Sofía.

― ¿Le has oído? ¿¡Cómo se atreve a responder así!? ―gruñó Roland

― ¡Shhhh! ―chistó Miranda.

― ¿Estáis dispuestos a uniros por las leyes de la Magia, tal y como estipula la comunidad de los hechiceros, brujas y magos de este mundo?

― Sí, estamos dispuestos.―contestaron al unísono.

―Así, pues, ya que queréis contraer sagrado matrimonio, unid vuestras manos, y manifestad vuestro consentimiento ante la Magia del Amor y la Fidelidad.

Cuando Sofía y Cedric unieron sus manos, Calista se sacó una varita de su túnica y comenzó a moverla sobre ellas, formulando un complicado conjuro que Cedric jamás pensó que alguien tan joven pudiera aprender. Pero debió funcionar, porque de la punta de la varita comenzó a surgir un hilo de luz dorada que rodeó sus manos unidas, atándolas.

― Esto no me gusta, Miranda. Esto no me gusta un pelo…―murmuró el rey.

― Es hora de que pronunciéis vuestros votos.

Cedric se quedó lívido. ¿Votos? Oh, Dioses, ¿¡Votos!? ¡Él no se había preparado ningún voto!

A su lado, Sofía cogió aire para hablar y él la miró sorprendido.

― Cuando llegué aquí por primera vez, me temí que me sería difícil encajar. Entonces usted hizo llover pétalos del cielo, para crearme un camino de rosas. Cuando tuve ganas de ponerme a llorar en mi cama, usted me acarició el pelo y me llevó a tu torre. Cuando necesité ayuda, usted me brindó tu magia, su sabiduría y su amistad. Y yo siempre, desde el principio, supe que mi lugar estaba su lado, pues no existe otro sitio donde prefiera pasar mis días que en compañía de mi mago.

Cedric se mordía el labio con tanta fuerza que le dolía. En ese momento, todo su cuerpo se esforzaba al máximo para retener su llanto. Aquellas eran las palabras más bonitas que había oído en toda su vida y se las estaba dedicando nada menos que la persona que más le importaba en el mundo. Irremediablemente, varias lágrimas se desbordaron de sus ojos junto con una exhalación de felicidad. Notaba el hilo cálido de magia apretando firmemente sus manos con más fuerza aún que antes.

James sonrió con ternura y Amber se limpió una lágrima de emoción que corría por su mejilla.

Tanto el rey como la reina estaban boquiabiertos.

― ¿Qué…? ¿Qué es lo que acaba de decir tu hija, Miranda?

― Eh… Pues… N-no estoy segura, querido.

― Tu turno, tío― le susurró Calista, sorprendiéndole. Casi se había olvidado de que ella también estaba allí.

Tragando saliva, se las arregló para expresar con palabras al menos una pequeña parte de lo que sentía.

― S-Sofía… C-cuando te vi por primera vez, pensé que eras algo curioso. Cuando te hablé por primera vez, pensé que eras extraña. Cuando me diste tu primer abrazo, pensé que estabas loca y cuando me llamaste amigo pensé que eras lo más extraordinario que este mundo había concebido jamás. Nunca nadie me ha hecho sentir de la manera en la que me siento contigo y sé que nadie podrá hacerlo, p-p-porque te has convertido en la luz de mi vida y lo único que quiero es despertar junto a ti cada día…―cuando la vio tapándose la sonrisa con la mano se dio cuenta de lo que acababa de decir―¡Digo, estar!―corrigió avergonzado―Estar junto a ti cada día. Y ser tuyo, para siempre.

El rey estaría montando un escándalo si no fuera porque su mujer le tenía sujeto del cuello con un brazo mientras que con una mano le tapaba la boca para ahogar sus gritos.

― ¡LO MATO! ¡YO LO MATO!

― ¡Roland, por favor, no montes una escena!

La princesa soltó una risita y miró al mago través del velo con sus brillantes ojos azules, embelesándole.

― ¿Cedric, aceptas a Sofía como esposa, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y así, amarla y respetarla todos los días de tu vida?―preguntó Calista.

― Sí… ―Cedric asintió con resolución― Sí, quiero.

― ¿Y tú, Sofía, aceptas a Cedric como esposo, y prometes serle fiel en las alegrías y en las penas, en la salud y en la enfermedad, y, así, amarle y respetarle todos los días de tu vida?

―Sí quiero―respondió la niña, risueña.

Calista pronunció otras palabras mágicas y el hilo dorado en sus manos se disolvió y fue absorbido por la piel de ambos.

― Por la Magia del Amor, que hizo nacer entre vosotros este vínculo irrompible, confirmo este consentimiento mutuo que habéis manifestado ante las Sagradas Leyes de la Magia. Lo que la Magia ha unido, que no lo separe el hombre. Los anillos, por favor.

Sofía se inclinó para recoger la alianza sobre el cojín que sostenía el conejo. Cedric se maldijo a sí mismo por enésima vez ese día. Él no tenía anillo. ¡Por supuesto! ¿Quién más podría ser capaz de arruinar aquel maravilloso momento sino el estúpido de Cedric el Zopenco?

Se llevó una mano a la frente, desolado. Casi estaba a punto de disculparse cuando Womwood volvió a apretarle las garras con fuerza en su hombro.

El cuervo sostenía en su pico un anillo de oro blanco decorado con finos detalles florales tallados y pequeñas brillantes amatistas moradas rodeando la superficie.

Cedric reconoció la joya al instante, pues él mismo la había creado con su magia durante una noche de profunda soledad. Cómo Wormwood había conocido de su existencia era un misterio tan grande como el de por qué el ave sabía para quién lo había creado en primer lugar. Pero ahí estaba, justo en el momento de mayor necesidad.

El mago lo tomó en su mano y palmeó a su amigo en la cabeza en un gesto cariñoso de profundo agradecimiento. Después tomó temblorosamente a Sofía de la mano derecha y le colocó la alianza en el dedo anular. Se ajustaba a la perfección. Ella hizo lo mismo, obsequiándole con un anillo de oro macizo, liso y majestuoso.

― Por las sagradas e inalterables Leyes de la Magia yo, Calista, hija de la Hechicera Cordelia, nieta de Goodwing el Grande y Winifred la Sabia, como representante autorizada del noble arte de unir almas en nombre de la Magia del Amor, os declaro marido y mujer. ―proclamó Calista― Puedes besar a la novia.

― ¡AH NO! ¡ESO SÍ QUE NO!―declaró Roland, aún inmovilizado por su esposa.

Cedric estaba de piedra. ¿Había oído bien? ¿Podía besar a la novia? ¿Hasta qué punto llegaba aquel extraño juego? Seguramente nadie podría pensar que él…

Sofía le miraba expectante, sus manos sujetando el velo ante ella, como instándole a actuar.

Él no podía decirles no a esos ojos. Agarró el tul y lo levantó hasta voltearlo hacia atrás en su cabeza, descubriéndole el rostro. Al verla sonreír tímidamente, el mago se mojó los labios lo más disimuladamente que pudo. Entonces ella le hizo un gesto para que se agachara.

Cedric se inclinó, obediente y ella se acercó a su rostro y le rozó la mejilla en un casto y dulce beso que le hizo cerrar los ojos y le derritió el alma. Los abrió un par de segundos más tarde, ella le estaba sonriendo con las mejillas coloradas. Y él estaba en llamas.

Era su turno de besar a la novia. Lo había oído perfectamente, podía besarla. Ya que le habían hecho pasar por todo ese torbellino emocional ahora él iba a tener su merecida recompensa. Si ella podía hacerlo, él también podía.

Tal vez no podría darle la clase de beso que él realmente ansiaba darle, pero al menos se conformaría con rozar su mejilla con su boca.

Sólo un poco.

Sólo probar una pizca de Cielo en sus labios. Para la posteridad, para futuras noches en vela en la soledad de su alcoba, en las que recordaría aquella faz angelical y la imaginaría a su lado, sonriéndole, susurrándole, entregándose a él completamente. Y él podría fantasear con amar y adorar cada parte de su cuerpo. Sólo con un roce. Su imaginación haría el resto, siempre lo hacía.

Se inclinó de nuevo hacia ella y acercó su rostro al suyo, preparado para besar su carrillo derecho. Podía sentir el calor que emanaba de su fina piel de porcelana.

Sólo un poco más, sólo un poco más cerca…

― ¡Lo estáis haciendo mal! ¡Es así!―exclamó Calista, tomándoles de la nuca sorpresivamente y juntando sus caras.

Los gritos ahogados resonaron en todo el Salón del Trono. James se tapaba la risa con la mano y Amber con su abanico. Incluso Wormwood graznó, sorprendido.

En el fondo de la sala, Roland estaba en pie, petrificado en su sitio.

Cedric no veía ni escuchaba nada de eso, pues sus ojos estaban cerrados mientras su boca estaba pegada a la de Sofía y sus oídos habían dejado de funcionar en algún momento del beso.

Estaba en el Cielo. Era el Cielo. Ningún placer terrenal podía ser tan maravilloso como el que él estaba sintiendo en ese momento…

Oh, por favor.

Por favor que no sea un sueño.

Por piedad, al Cielo imploro.

Que sea real.

Sólo esta vez.

Por el amor del Cielo.

Sólo por esta vez.

Deja que sea mía…

Imploro.

Suplico.

Daré cualquier cosa.

Déjame amarla.

Por favor.

Por piedad.

Moriré si no puedo tenerla…

Oh…

Oh Dios Santo…

LA NECESITO! DIOS, POR FAVOR, LA NECESITO!

...

¡GUARDIAAAAAAAAAAS!

Aquello sí que lo oyó.