Cedric separó su rostro del de la niña lo más rápido que pudo al reconocer la voz a la que pertenecía aquel alarido colérico.

―M-m-ma-ma-ma-maj-j-j-jest-t-t-tad...―Imploró el mago tirándose al suelo, suplicante.

―Madre mía, Calista. La que has liado… ―comentó James, claramente entretenido con el panorama.

La pequeña hechicera ladeó la cabeza, contrariada. ¿Por qué tanto escándalo? ¿Es que ninguno de los presentes sabía lo que tenía que pasar en una boda?

―¿Pero qué pasa? ¿Nunca habéis visto una boda o qué?―preguntó, enfadada de que tan hermoso momento hubiese sido interrumpido tan impertinentemente.

―¡POR DIOS BENDITO LO JURO! ¡JURO QUE NO ERA MI INTENCIÓN! Ay, Dios mío, ¿Qué es lo que he hecho…?―lloraba el mago en el suelo―¿Qué he hecho…? ¡IMPLORO VUESTRO PERDÓN, MI REY! ¡YO NO QUERÍA! ¡NO QUERÍA…!

Un montón de guardias reales entraron rápidamente al Salón del Trono, esperando las órdenes del Rey.

―¡Roland ha sido un accidente!―exclamó Miranda, mirándole abochornada.

―Papá, no ha sido su culpa.―aseguró Amber.

―Sí, ha sido Calista, todos lo hemos visto.―secundó James.

La más pequeña se cruzó de brazos, claramente molesta.

―¡Pues si vosotros no sabéis cómo se juega bien no es mi culpa!

Roland tenía la cara roja de rabia, si su esposa y sus hijos no le estuviesen estorbando, ahora mismo estaría pisando la cabeza del hombre postrado a sus pies con la fuerza suficiente como para romperle el cráneo. Una vez, y otra, y otra.

Lo había disfrutado. A él no podía engañarle. Ese gusano había disfrutado de besar a su niña. Ese maldito bastardo depravado. Iba a matarle. Iba a cogerle del cuello y asfixiarle hasta que no quedara un rastro de vida en su repugnante cuerpo de lagartija humana…

―¡Señor Cedric!―Sofía se arrodilló y le tomó del brazo para levantarle, pero el mago no se movía del suelo.

―¡PIEDAD, MI REY! ¡SUPLICO CLEMENCIA! ¡PARA MÍ Y MI SOBRINA! ¡OS LO SUPLICO, MI SEÑOR! ME IRÉ DE AQUÍ, ME IRÉ LEJOS. PERO OS LO RUEGO NO NOS CASTIGUÉIS. NO LA CASTIGUÉIS A ELLA, SÓLO ES UN NIÑA… POR FAVOR MI SEÑOR, NO SABE LO QUE HACE, NO TIENE NI IDEA…

―Cedric, por Dios, tranquilo, no tienes que irte a ningún lado.―dijo la reina en tono apaciguador―Y desde luego nadie va a castigar a Calista. Levántate, no montéis una escena enfrente de los niños…

―Vamos, Señor Cedric. Por favor.―pidió Sofía, volviéndole a tomar del brazo.

El mago se puso en pie, ayudado por la princesa y su sobrina, cada una a un lado de él.

―No entiendo qué pasa…―dijo la pequeña, asustada.

Roland se zafó del agarre de su esposa y resopló con furia.

―¡NUNCA, JAMÁS EN LA VIDA QUIERO RECORDAR ESTO! ¡SI ALGUIEN HACE ALGUNA MENCIÓN DE LO QUE HA PASADO AQUÍ VA DERECHO A LAS MAZMORRAS! ¡ME IMPORTA UN BLEDO QUIEN SEA!―bramó.

Y con las mismas el monarca salió a zancadas del Salón del Trono, seguido por los guardias reales.

Miranda se tapó los ojos con bochorno.

―Ay, por Dios… Roland… ¡Roland!―exclamó la reina, siguiendo a su marido.

En la sala sólo quedaron los niños, los animales y el hechicero, que aún no podía sostenerse en pie sin ayuda.

El conejo y la ardilla se miraron durante un momento antes de lanzar unos granos de arroz al aire con sus patitas, ante lo cual Sofía les dedicó una mirada de reproche.

―Calista, ya te vale…―dijo James.

―¡Cállate ya, James! ¡Déjala en paz, pelmazo!―le regañó Amber.

―Calista, no te preocupes. A mi papá se le pasará el enfado… Supongo.―la tranquilizó Sofía.

―¡Pero Tito Ceddy está muy mal!―exclamó Calista, preocupada―¡Tito Ceddy! ¿Estás bien?

El mago tenía la cara del mismo color que la túnica y de su frente emergían goterones de sudor frío.

―Hay que llevarle a su habitación―determinó Sofía―James, Amber, ayudadnos por favor.

James sustituyó a Calista y se colocó el brazo de Cedric sobre los hombros para ayudarle a caminar. Amber palmeó la espalda de la pequeña en un gesto cariñoso y la animó a seguirles.

Una vez en la torre, Calista les mostró dónde estaba el dormitorio y James y Sofía depositaron al mago sobre la cama.

―Uff… Ya está.―dijo James, limpiándose el sudor de la frente―Dejémosle descansar, se ha llevado un susto de muerte.

―Descanse, Señor Cedric―le deseó Sofía, susurrándole en la oreja―Después vendré a ver cómo está.

―…Mi ángel…―murmuró él con un hilito de voz―…mi ángel

―¡Oh, no! Está delirando―dijo Amber, tristemente.―Pobre hombre, me da pena…

Los niños bajaron de la torre, dejando a Cedric solo con sus delirios.

Calista y Sofía iban adelante, mientras que los gemelos reales caminaban en la retaguardia.

―Mi fiesta…―se lamentaba la princesa rubia―Mi hermosa fiesta… ¡Arruinada!―exclamó llorando sobre el hombro de su hermano.

―Ya, ya, Amber. No te preocupes, seguro que muy pronto Sofía y Cedric te contratarán para que planifiques su boda de verdad.―bromeó el niño, haciendo reír a su gemela.

―Si es que él sobrevive a esta―respondió entre risitas.―Te alegrará saber que hay una tarta de cinco pisos esperándonos en la cocina.

―Cómo te quiero, hermana.―profesó el príncipe, encantado con el prospecto.

Entre los manzanos, bajo la puesta de sol Sofía jugaba con Calista a un juego de palmas. La pequeña se lo estaba pasando bien, casi parecía haber olvidado el percance de aquella tarde. La princesa, en cambio, aún sentía la sensación de hormigueo en sus labios y no podría decir si alguna vez olvidaría el maravilloso sentimiento que la había invadido por completo hacía unas horas.

Mientras chocaba las palmas con ella, Calista la habló, sacándola de sus pensamientos.

―Sofía… ¿Tú sabes qué se hace después de la boda?

―Pues… un banquete, ¿no?―discurrió la princesa.

―Sí, pero digo por la noche.

Sofía negó con la cabeza. Calista se aproximó a ella y le habló al oído.

―Por la noche se tiene la luna de miel.―susurró―Me lo dijo mi mamá. Es cuando el marido y la mujer se quieren.

La princesa ladeó la cabeza, intrigada.

―¿No se quiere siempre?

La más pequeña se encogió de hombros.

―Eso le dije a mi mamá. Ella sólo se echó a reír. La verdad es que no tengo ni idea de qué pasa entonces. Pero tendrá que ver con la miel, supongo. Pensé que tú lo sabrías porque eres más mayor.

Sofía soltó una risita ante eso.

―Supongo que no soy tan mayor.

―Ahora que estás casada con Tito Ceddy, ¿eres mi tía?―esto hizo reír a la princesa.

―¿Tú quieres que sea tu tía?―La pequeña asintió―Bueno, entonces… supongo que lo seré algún día. Pero aún no lo soy. Para eso tendré que casarme con el Señor Cedric de verdad.

La hechicera la miró seriamente entonces pero antes de que pudiese responder Cordelia apareció acercándose por el caminito de piedra.

―¡Calista, querida! ¿Lo has pasado bien?

―¡Mami!―exclamó la niña, lanzándose a sus brazos―Lo he pasado muy bien. ¡Hemos jugado mucho!

―¡Estupendo! ¿Qué habéis hecho?

―Hmmm… No puedo hablar de ello o el Rey me echará a las mazmorras.―contestó ella, haciendo reír a la mujer.

―De acuerdo. Gracias por cuidar de ella Sofía. A propósito, ¿Dónde está mi hermano? No me digas que te ha encasquetado la tarea a ti…

―Tito Ceddy está malito―le informó Calista, tristemente.

―¡Oh! ¡No me digas! Bueno, tendré que preguntarle en otro momento. Ahora tenemos que volver a casa. Vamos, querida, es tarde. Adiós, Sofía. Y gracias otra vez.

―¡Gracias Sofía!―gritó Calista alejándose de la mano de su madre―¡No te olvides de lo de la miel!

La princesa la despidió con un gesto de la mano. Por alguna razón, la mirada seria que Calista le había dedicado antes la había dejado inquieta. Era como si la pequeña hechicera se estuviese guardando algún secreto para ella sola. Sofía de sacudió la cabeza de esos pensamientos y se tumbó en la hierba. El hermoso cielo rosado y violeta sobre ella le sacó una sonrisa de sus labios. Estirando su brazo derecho hacia arriba, alrededor de su dedo anular, podía ver cómo las amatistas de su alianza emitían hermosos tonos morados.

No pensó en levantarse de donde estaba hasta que el frío de la noche empezó a incomodarla.