―¡Maldición, maldición, maldición…!

Cedric se encontraba sentado frente a su mesa de trabajo, vestido con su ropa habitual, pero sólo llevaba puesto un guante de cuero sin dedos en su mano izquierda mientras examinaba su derecha con horror en su rostro.

―¡No puede ser, no puede estar pasando…! ¡No…!

Su alianza emitía hilos de luz dorada resplandecientes que se enroscaban por su mano y su muñeca. El mago retiró el aro de oro de su dedo y lo dejó caer sobre la superficie de la mesa, casi temeroso siquiera de tocarlo.

¿Qué había hecho? ¿Cómo había podido dejar que eso pasara? ¿Por qué no había detenido aquella locura cuando aún estaba a tiempo de hacerlo? Ahora, por su culpa, Sofía…

A su lado, Wormwood soltó una sonora carcajada.

―Vaya, vaya… Esto se va poniendo interesante…―comentó el cuervo, claramente entretenido.

―¡Cállate! Ay Dios… Esto es horrible… Yo no sabía que… ¿Cómo habría podido ser capaz de imaginar que…?

―¿Que Calista tenía una acreditación oficial para oficiar bodas mágicas? Un giro interesante…

El mago giró lentamente la cabeza para mirar a su amigo, anonadado.

―Tú… ¿Tú lo sabías?

―Bueno, puede que tu sobrina lo mencionara un par de veces… ―respondió el ave, divertido.

Cedric se quedó a cuadros.

―Pero… pero tú… ¿Qué has hecho? PEDAZO DE ANIMAL, ¡¿QUÉ ES LO QUE HAS HECHO?!

―No te pongas así, hombre. Sólo se ha acelerado un poco lo que iba a ocurrir inevitablemente de todas formas…

―¡HAS CASADO A UNA NIÑA DE DOCE AÑOS, MALDITO MONSTRUO DEGENERADO!―gritó Cedric, hirviendo de ira.―Esa pobre criatura… Esa inocente y dulce niña… ¡CASADA CON UN MAGO INÚTIL QUE LE SACA DOS DÉCADAS! ¿Cómo puedes ser tan malvado? ¿Es que no tienes ni una pizca de moralidad en su pequeño corazón corrompido?

El cuervo se encogió de hombros y volvió a reír perversamente. Al mago se le empezaban a escapar las lágrimas.

Su Sofía… Ella no había hecho nada para merecer aquel castigo. Sólo tener la condenada mala suerte de cruzarse por el camino de un canalla perverso como él. ¡Ella era inocente! ¡No tenía que pagar por sus errores! Ella era joven, y alegre, y vivaz y bondadosa. Era la perfección encarnada.

Cedric se giró para hablarle al ave más seriamente que nunca en su vida y con los ojos brillando de cólera y lágrimas.

―Te juro por Dios, Wormwood, que si alguna vez le cuentas esto, si alguna vez permites que se entere de esto… Te mataré. Te cogeré del cuello y te mataré. Lenta y dolorosamente.

Wormwood se encogió y tragó saliva al ver la mirada fulminante de su amo.

―¿T-tanto te molesta? Yo pensé que…

―¡¿QUÉ?! ¡¿QUÉ PENSASTE?! ¿QUE ERA DIVERTIDO JUGAR ASÍ CON EL DESTINO DE LOS DEMÁS? ¿QUE ERA HILARANTE ATAR A UNA CRIATURA A ALGUIEN COMO YO? ¡ELLA NUNCA HABRÍA QUERIDO HACER ESTO ENSERIO, WORMWOOD! ¿No te das cuenta? ¡Para ella esto sólo era un juego! ¿No puedes siquiera llegar a comprender la catástrofe tan horrible que has provocado?

―Bueno, entonces… Si tú piensas que ella nunca te elegiría realmente… Supongo que te he hecho un favor aún mayor, ¿no es así?

Cedric cogió un frasco de cristal y lo lanzó en dirección al cuervo, que lo esquivó en el aire y voló por toda la habitación asustado mientras el mago le lanzaba más proyectiles.

―¡MONSTRUO! ¡CRETINO! ¡ANIMAL!―gritaba Cedric persiguiéndole por todo el taller.

Wormwood logró esconderse tras una viga alta de madera y asomó la cabeza para ver a su amo, impotente y desamparado, volviéndose a sentar en su silla.

Cedric lloró desconsolado. Ella jamás lo sabría, él se encargaría de ello. Sería el secreto más oscuro y profundo de su corazón. Ella jamás debía descubrirlo. Y llevaría una vida normal, como se merecía. Y uniría su corazón y su cuerpo con otros, como se merecía. Y él moriría de dolor y de pena al verla marchar, como se merecía.

Bastante recompensa había tenido ya, habiendo podido probar sus labios…

Maldito cretino bastardo. Robándole el primer beso a una niña. Tenían que haberle ahorcado, se merecía que le hubieran ahorcado…

Su Sofía, su dulce Sofía… Su ángel de amor…

―¿Qué es lo que he hecho…?―se lamentó el mago.

Cedric sintió las lágrimas rebosar de nuevo de sus ojos y se llevó a la boca la petaca de hidromiel. Bebió y bebió hasta vaciarla por completo.

El anillo sobre la mesa volvió a brillar con más fuerza y Cedric le dedicó una mirada furiosa.

―¿QUÉ? ¿Qué quieres, eh? Ya sé lo que quieres y la respuesta es NO. No estoy tan enfermo, maldita sea―hablaba arrastrando las palabras, su mirada tenía dificultades para fijarse en un punto―¿Qué clase de depravado eres tú? ¿Eh?―le dijo al anillo, señalándole con el dedo―Eres repugnante, eso es lo que eres, un sinvergüenza… me das asco. ¿Tú quieres que consume mi unión? Pues yo te digo que eres un bastardo. Malo. Eres malo. ¡MALO!

Golpeó la mesa con el puño, cargado de ira. El aro seguía brillando con hilos dorados.

Cedric soltó un sollozo y lo tomó de nuevo en sus manos, acariciándolo con profundo arrepentimiento.

―No eres malo. No eres malo, eres precioso. Eres el anillo más maravilloso del mundo y te quiero. Perdóname, bonito, perdóname…―se colocó la alianza en el dedo y sintió el calor mágico que emanaba de él envolviendo su brazo de nuevo―Lo siento, querido. No va a poder ser. Ni hoy ni nunca.―dijo el hechicero lastimosamente, volviéndose a poner el guante.

―Cedric, estás borracho…―afirmó el cuervo, volviéndose a posar en su percha de madera.

―¡TÚ NO ME HABLES, ASQUEROSO PERVERTIDO HIJO DE…!

Unos golpes en su puerta interrumpieron sus insultos.

―Oh, no…―gimoteó el mago antes de dirigirse a la puerta.

―Señor Cedric. Ábrame.―dijo una voz suave y aguda hablándole desde el otro lado.

Le diría que se fuera. Sólo la abriría para decirle que se fuera. Se excusaría con que estaba cansado y cerraría la puerta sin más. Eso es lo que haría.

Pero al abrirla, la visión de la brillante sonrisa de su princesa le dejó paralizado.

―Perdone, es que con las manos ocupadas no podía abrir yo―dijo la niña, entrando sin más miramientos en el taller del mago como si fuese su segunda casa.

Sofía colocó la bandeja que llevaba sobre la mesa de trabajo y se sacudió las manos en el camisón.

―¡Bienvenida, princesa!―saludó el cuervo alegremente desde su percha―Veo que vienes perfectamente preparada para tu noche de bodas…―comentó mirándola de arriba abajo antes de echarse a reír.

―¡WORMWOOD!―gritó el mago antes de dirigirse a ella―Princesa, s-s-si tu padre se entera de que has venido a verme así a estas horas clavará mi cabeza en una pica a la entrada del Castillo.

―¿Así?―preguntó ella sin comprender―¿Así cómo?

―P-p-pues… eh…―decidió no ahondar más en el tema del decoro a la hora de vestir. Claramente ella no tenía pudor alguno de ser vista por él en camisón―¿Q-qué es eso que traes?―preguntó en su lugar, señalando la bandeja.

―Infusiones. Y miel, claro.―contestó ella. El mago ladeó la cabeza, su confusión se iba acrecentando por momentos.―Porque, ya sabe, como es nuestra luna de miel, pues…

Cedric se llevó una mano a la frente y Wormwood volvió a reír escandalosamente. Sofía les miró a ambos, desconcertada.

―Esto no me puede estar pasando…―murmuró Cedric tristemente.

El cuervo carraspeó y voló hacia ellos.

―Como supongo que querréis tener intimidad… os dejo solos. Princesa, sé gentil con él, ahí donde le ves es un tipo muy sensible…―Cedric volvió a tomar frascos en sus manos para arrojárselos a la cara, pero el ave se alejó a la ventana y se preparó para alzar el vuelo, no sin antes guiñar un ojo al hechicero―¡A por todas, tigre!

¡AAAAAAAAAAAAAAHHHHHHHHHH!―Cedric estampó varios frascos contra la pared y la ventana, pero ninguno acertó a su objetivo.

Al notar a la niña mirándole con los ojos muy abiertos, su primer instinto fue esconder el frasco que estaba a punto de arrojar en su espalda y reír con torpeza para enmendarse.

―Este Wormy… Qué chistoso…―siguió riendo un poco más sin ganas mientras usaba su varita para limpiar mágicamente los cristales del suelo.

La princesa levantó una mano y la puso sobre su frente para tomarle la temperatura.

―Está ardiendo, Señor Cedric. ¿Aún no se encuentra bien? Su nariz y sus mejillas están rojas…

―¡Estoy muy bien!―mintió él―¡Perfectamente! Y tú… ah… tú deberías irte. Si alguien se descubre que estás aquí…

―No se preocupe, he venido por los pasadizos secretos. Nadie sabe que estoy aquí.―aseguró ella cogiendo una taza de la bandeja y ofreciéndosela.―Tome, beba un poco. Le sentará bien.

El mago obedeció y bebió el té de la taza. Bebió más de lo que realmente quería para hacer tiempo antes de tener que volver a mirarla a ella.

―Su hermana ya vino a por Calista.―continuó la princesa―Le da las gracias por cuidarla y le desea que se mejore pronto. Y yo… le doy las gracias también, por haber participado en lo de hoy, aunque siento que haya acabado mal para usted. Todos lo hemos pasado en grande y nos hemos divertido mucho.

―No me des las gracias…―dijo el mago tapándose el rostro con la mano―Por favor, no me des las gracias…

Sofía le miró con preocupación.

―Señor Cedric, ¿qué ocurre?

―¡Nada!―volvió a mentir con una sonrisa falsa en su rostro―¡Qué rico té! ¡Me encanta!―exclamó y siguió bebiendo.

Ella sonrió complacida.

―Está más rico si le pone miel… Aunque no estoy muy segura de que esa sea la forma correcta de usarla para la Luna de Miel. Dígame, ¿se le ocurre qué otra cosa se puede hacer con ella?

El mago casi escupió la bebida, atragantándose en el proceso. Sintió la sangre subiéndole por el rostro hasta dejárselo totalmente colorado. Se le ocurría una cosa, efectivamente… Se le ocurría restregársela por todo su precioso cuerpo y…

―N-n-n-noooooo… ¡Ninguna! Verás eso es…―se aclaró la garganta― Es una forma de hablar, realmente… Una metáfora. No se necesita miel, específicamente…La Luna de Miel es un viaje que hacen los recién casados.

Era el turno de Sofía para sonrojarse. Se llevó las manos a las mejillas avergonzada.

―¡Ohhh! Entonces no había que… Vaya… Perdone, yo no… He sido una tonta―murmuró abochornada, dándose la vuelta para ocultar su rostro.

Cedric dejó la taza enseguida y se arrodilló frente a ella para estar a su altura entes de tomarla por los hombros.

―¡No-no-no-no! Sofía… No eres tonta. Eres brillante. Es… Es totalmente lógico por tu parte pensar que… Eres lista, querida, eres muy lista. Y amable. G-gracias por traerme esto. Y por ser tan… atenta conmigo.

Sofía sonrió tímidamente y se abrazó a su cintura. Cedric emitió un ruidito agudo de sorpresa ante el gesto y mantuvo sus manos en el aire, absteniéndose de abrazarla de vuelta.

―Me ha gustado jugar a las bodas con usted.―le dijo al oído―¿Cree que podemos jugar un rato más?

―¿Eh?―preguntó él, intentando procesar lo que le decía mientras todo su cuerpo se esforzaba para mantener sus manos alejadas de ella.

―Jugar. A que estamos casados. Sólo un rato.―explicó ella entre susurros, todavía abrazándole.

―¿Ah? ¿Hm? ¿Eh?―el hechicero se sentía mareado, el hidromiel estaba le haciendo demasiado efecto.

―Es muy fácil. Mire.―ella se separó de él un poco para mirarle a la cara―¿Cómo has estado, querido?

Cedric sentía que iba a desmayarse de forma inminente, pero hizo acopio de toda su fuerza mental para responderla.

―B-b-bien, c-c-cariño, ¿y tú?

―Muy bien―contestó ella risueña―, me alegro de poder estar contigo por fin. Te he echado de menos.

―Y y-y-yo a ti… eh… mi amor.

Sofía soltó una risita.

―Querido, como no hemos podido bailar en nuestra boda… ¿podemos bailar ahora?

Sofía alzó su mano, esperando que él la cogiese. La alianza en su dedo brillaba en tonos violetas.

El cerebro de Cedric estaba carbonizado. Ya no tenía recursos para pensar por sí mismo y mucho menos para negarse a tan maravillosa propuesta. Ya fuese por el efecto del alcohol o porque su voluntad no daba más de sí, su mirada se centró, su ritmo cardiaco se estabilizó y su razón se disolvió como si alguien hubiese pulsado el interruptor de apagado.

Le tomó de la mano con gentileza y se levantó del suelo. Utilizando un poco de magia, chasqueó los dedos y un vals comenzó a resonar en el taller.

Él se posicionó apropiadamente frente a ella.

¿Quería bailar? Pues iban a bailar.

―¿Me concedes este baile, querida?―preguntó inclinándose con repentina galantería, sorprendiendo a la princesa, que asintió con las mejillas sonrojadas.

Entonces él la guió con soltura, girando con ella alrededor de la estancia como si fuese una pista de salón, y la hizo dar una grácil vuelta antes de volver a acercarla a él sin perder el compás en ningún momento.

Eventualmente, las luces de las velas comenzaron a cambiar de colores e intensidad y el taller se sumió en la oscuridad, iluminado por destellos azules y púrpuras.

La escuchaba reír emocionada y feliz. Él sonrió a su vez, mirándola desde arriba. Tan alegre, tan preciosa… Pero demasiado lejos de él para su gusto.

Sin pensárselo dos veces, la tomó de la cintura y la levantó hasta colocarla a su altura y pegarla a su pecho, abrazándola sin dejar de bailar y girar con ella entre sus brazos.

Sofía reía, claramente estaba disfrutando. Cedric juntó su frente con la de ella dejando salir sus propias carcajadas.

―¿Te diviertes, pequeña esposa?―preguntó de buen humor.

―¡Sííííí! ¡Hahahaha!

El mago pegó la mejilla contra su sien, respirando el aroma a lilas de su cabello.

Te amo, mi Sofía―susurró en voz baja, casi inaudible con el sonido de la música.

―Y yo a usted, Señor Cedric―respondió ella, risueña.

Él la miró a los ojos, estupefacto y luego sonrió y besó su frente con ternura.

El vals terminó y el mago colocó de nuevo a la princesa sobre sus pies. Después se inclinó de nuevo ante ella y besó su mano gentilmente.

Ella le tomó de la mano entonces y le guió hasta el taburete de terciopelo rojo, haciéndole sentarse. Luego ella se sentó sobre sus rodillas y se acomodó en su pecho de nuevo.

Cedric la abrazaba con fuerza, la sonrisa aún no abandonaba su rostro. Entonces sintió a su pequeña repartiendo besitos a lo largo de su mejilla y su cuello y él rió con el cosquilleo de forma bobalicona.

―¡Ay, cómo eres tan cariñosa!―exclamó repleto de gozo―¡Me vas a matar de amor, niña! Ahh… Oh cielos…! Hmmm… Sofía… Pequeña de mis amores, ¿qué me estás haciendo…?

Ella soltó una risita en su oreja.

―Es que por la noche es cuando el marido y la mujer se quieren, ¿no?―bromeó ella.

―¡Esta es la mejor noche de bodas del mundo!―rió Cedric, deshaciéndose con sus mimos―¡Y tú eres la mejor esposa del mundo!

Él empezó a besar su cabeza y su rostro, los dos radiantes de felicidad y respirando agitadamente, y luego frotó su larga nariz con la de ella en juguetones besitos de esquimal.

―Te quiero, te quiero, te quiero, te quieroooo―repetía el mago, borracho de placer, haciéndola reír.

Ella besó la punta de su nariz con dulzura y él la tomó del rostro, acariciando sus mejillas y su pelo.

―Mi ángel de amor…―susurró con fervor―Mi amadísima princesa…

―Señor Cedric―dijo ella, titubeante―¿Puede volver a besarme como esta tarde?

El mago la miró, su sonrisa se tornó triste.

―No, cariño mío. No puedo.―se lamentó.

Sofía bajó la mirada, decepcionada.

―¿Por qué no?―preguntó.

Cedric se tomó un momento para pensar la respuesta.

―No… no lo sé.―confesó―No estoy seguro. Pero no puedo. Lo siento, querida.

―¿No le gustó?

Él soltó una risita ante la ironía.

―Me gustó. Mucho, mucho, muchísimo. Fue la mejor experiencia de mi vida―admitió―Pero no puedo volver a hacerlo. Y…―le tomó la mano derecha―tampoco puedes llevar esto en tu dedo más, Sofía―dijo señalando el anillo.―Tienes que devolvérmelo.

La niña le miró horrorizada.

―¿Qué? ¿Por qué? ¡Yo lo quiero!

―Y es tuyo. Pero si tu padre te ve con él puesto le dará un ataque. Además… lo voy a necesitar, en unos años.―le explicó, levantando una ceja sugerente.

Sofía ladeó la cabeza y comprendió. Entonces se sacó el anillo y se lo entregó.

―Me lo devolverá, ¿verdad?

Él asintió con convicción.

―En cuanto esté en mi mano hacerlo.―aseguró. Después se quitó el guante y fue a sacarse el anillo de oro de su propio dedo, pero Sofía le tomó la mano para detenerle.

―Ese quédeselo.―le dijo―Con el guante nadie lo verá.

Cedric sonrió y se colocó el guante de nuevo.

―No me lo pienso quitar nunca. Tendrán que cortarme la mano para arrebatármelo.―profesó él―Pero es tarde, querida. Tienes que volver a la cama.

Sofía asintió, pero antes de retirarse de él rozó sus labios con los suyos, robándole un pequeño beso.

El mago se quedó sin aliento por un momento y luego la miró muy serio.

―¿Qué te acabo de decir?―la regañó con suavidad―No se hace eso.

Ella sonrió traviesamente y se encogió de hombros.

―Dijo que usted no podía hacerlo. No que yo no pudiese…

―Eres una princesita muy descarada, ¿lo sabías?―le dijo entre dientes, intentando contener la sonrisa que empezaba dibujarse en su rostro.

―Y usted sabe a miel aunque no ha probado ni un poquito. Eso es curioso, ¿no cree? ¿Se ha preparado para nuestra Luna de Miel antes de que yo llegara?―respondió riendo.

Él castigó su insolencia haciéndole cosquillas en los costados, haciéndola reír aún más. Después le dio un último beso en la frente y la bajó de su regazo.

Sofía se puso en pie y brincó hacia la puerta.

―Buenas noches, esposo.―se despidió con una pequeña reverencia.―Dulces sueños.

―Oh… los tendré, te lo aseguro. Buenas noches, pequeña esposa. Duerme bien.

Cuando la puerta del taller se cerró, Cedric apoyó su cabeza contra el escritorio tras él y suspiró, sintiéndose sobre una nube de amor.

Poco después, un graznido sonó desde la ventana y le despertó de sus ensoñaciones.

―¿Me sigues odiando?―preguntó el cuervo, algo preocupado.

―No―admitió el mago, incapaz de sentir enfado―. Pero eres malo y rastrero. Y te has quedado sin sobras de los banquetes reales por una semana.

―¡¿QUÉ?! ¿Así es como me pagas que me preocupe por ti?!

Cedric soltó otra risita y levantó la mano para que el ave se posara sobre su dedo.

―No. ¡Te lo pago así!―dijo, y empezó a restregar su cara sobre la del cuervo cariñosamente, haciéndole gruñir asqueado.

―¡Puajj! ¡Quita! ¡Quítate de mi cara, maldita sea! ¡Maldito mago chiflado!

Cedric detuvo sus muestras de afecto para dar una mirada al pequeño anillo de oro blanco en su mano y sonrió.