"Sólo puede acabar de una manera"
Cap. 05: Diez días (1ª Parte).
Diez días fueron los transcurridos durante el encierro de Sephiroth en la Mansión Shinra desde que volviéramos a Nibelheim con aquel pesado silencio a cuestas. Diez días de incertidumbre. Diez días que, mal que me pese, fueron al mismo tiempo los más terribles y emocionantes de toda mi vida.
A lo largo de los años me he aferrado fuertemente a ésos diez días con todas mis fuerzas para no volverme loca... para no sucumbir al horror que vino tras aquel período de tiempo en suspensión donde acabé envuelta en la misma espiral desconcertante hacia la cual el pueblo entero parecía abocado.
Durante ésos diez días llevé una especie de diario... si así puede ser llamado a un raquítico cuadernillo de menos de veinte hojas... donde fui apuntando con pasmosa brevedad los sucesos que fueron acaeciendo aquellos diez días de cuenta atrás.
Las primeras entradas de mi diario no podían ser más cutres:
22 de septiembre, año 0002. 22:45 h.
No sé ni cómo empezar una mierda de estas, jamás he llevado un diario ni había tenido la intención de hacerlo... pero creo que un cambio de los grandes requiere una variación de rutina de las gordas y para eso está este cuadernillo.
A grandes rasgos ya sé de qué estoy hablando, por lo que no me adentraré mucho en detalles salvo que, desde el incidente con el reactor de Mako aquí, en Nibelheim, finalmente el alcalde se decidió a llamar a los de Shinra y estos han mandado a Sephiroth y a más gente de SOLDADO para hacer frente al fallo que está enviando oleadas de contaminación y monstruos sobre nuestro pequeño pueblecito.
Por circunstancias que aquí no referiré, acabé metida en la incursión al reactor de Mako y descubriendo por el camino no sólo que mi vecino Cloud ha vuelto, sino que el tan famoso Sephiroth es una persona... difícil.
Y más difícil se ha vuelto desde que regresamos al mediodía a Nibelheim.
Se ha encerrado en la vieja y destartalada Mansión Shinra a las afueras y no come ni habla con nadie.
He dicho que era un tipo difícil pero no imposible, como ahora, de modo que la situación me está poniendo francamente muy nerviosa. No tengo idea de qué pudo haber pasado en el interior del reactor, pues no me dejaron entrar, pero estoy segura de que ha de tener por fuerza relación con el presente ánimo de Sephiroth.
No quiero adelantar acontecimientos, pero todo esto me huele a chamusquina... el tipo mencionó que en el interior del reactor se guardaban secretos industriales de Shinra.
Shinra nunca ha jugado limpio con nosotros, ni siquiera cuando nos prometieron prosperidad y empleo para la gente del pueblo una vez el reactor se construyera. Porque vamos a ser sinceros: ¿quién diablos podría acceder a unos secretos industriales tan bien guardados? Un puñado de gente normal y corriente de pueblo desde luego que no.
La primera entrada fue más un resumen de mis impresiones y corazonadas que otra cosa. Pero el "Día 1" oficial de ésa cuenta atrás sería el siguiente, a 23 de septiembre.
23 de septiembre, año 0002. 09:10 h.
Me he levantado mucho más temprano que de ordinario para seguir husmeando a ver si hay noticias de Sephiroth y nada. Ni mi vecino ni Zack, el otro SOLDADO, sueltan prenda. Nadie sabe nada y parece como si en realidad nadie quisiera saber nada del asunto.
Estoy francamente muy frustrada. Creo que seguiré preguntando. Intentaré colarme en la mansión a ver si puedo, ni que sea, hablar con el propio afectado, de quien sigo pensando que es una persona difícil, que no imposible.
El mismo día puse otra entrada ya bien caída la noche.
23 de septiembre, año 0002. 23:23 h. [AÑADIDO]
La verdad es que Sephiroth no se ha alegrado mucho de verme. Iba como un loco de un lado a otro buscando libros y documentos por el sótano de la mansión, farfullando incoherencias acerca de creaciones aberrantes.
Zack ya me había advertido de lo inestable de su carácter, pero no quise hacerle mucho caso.
Tenía razón.
Sephiroth primero se puso hecho un basilisco, me amenazó con ensartarme en su espada convirtiéndome así en un pincho moruno viviente, me tiró un par de libros a la cabeza y luego se quedó quieto, gruñendo no-sé-qué acerca de lo muy insoportable y cotilla que yo era.
Le he llevado un poco de sopa y fiambre. Se los ha comido muy a regañadientes.
Hemos tenido una conversación un poco extraña mientras comía. Creo que está desquiciado con algo que debió de ver en el interior del reactor... hablaba de experimentos humanos y cosas que no tenían lógica alguna.
Le he dejado que siguiera con sus libros y demás, aunque no creo que aguante mucho en pie, se le veía bastante cansado.
No sé... si tan horrible es lo del reactor deberíamos precintar el lugar y llamar a algún agente de la autoridad o a alguien más de Shinra para que se haga cargo de la situación. Si lo que sea que haya allí dentro ha conseguido poner los pelos de punta al tío más duro de SOLDADO, no creo que sea algo que debamos de dejar tan tranquilamente.
Lo malo es que me huelo que el alcalde va a sudar de mi cara si se lo cuento. Como si lo viera.
Y efectivamente, el alcalde del pueblo hizo caso omiso de mi historia al día siguiente. Lo achacó todo a que una de las vaharadas del gas que el reactor proyectaba hacia fuera antes de que lo arreglasen había pegado de pleno a Sephiroth y este sólo se hallaba "ligeramente desorientado".
No le enviaron un médico ni nada para saber si se encontraba bien. En el pueblo pasaban de los problemas de los empleados de Shinra... y creo que en el fondo no les puedo culpar, pues fue la multimillonaria Corporación la que nos llevó a aquella situación tan lamentable.
El pueblo, silenciosamente y a su manera, se estaba vengando de Shinra en las carnes de Sephiroth.
Volví todos los días a verle dos veces cada día para llevarle comida y saber qué tal estaba. Al principio se mostró muy receloso con mi comportamiento, pero al cabo de poco terminó por aceptarlo como una cosa más de todos los días. Un añadido imprevisto a su encierro autoimpuesto.
De vez en cuando me lo encontraba medio dormido sobre el escritorio del laboratorio del sótano o leyendo papeles a los cuales, en un alarde de desprecio total hacia la propiedad privada, convertía en barquitos, aviones o pajaritas que acabaron por decorar prácticamente todo el laboratorio en los días venideros.
24 de septiembre, año 0002. 13:30 h.
Se le ha ido la olla. Ahora le ha dado por mostrar sus dotes de papiroflexia con los documentos de Shinra.
Me pregunto, si acaban descubriendo este desastre, si se lo descontarán de su sueldo o algo.
- ¿Te aburres? Puedo traer un mazo de cartas y nos echamos una partidita de strip-póker.
Aquella frase no pudo haberle pillado más desprevenido.
- Primero vienes a molestarme, luego me haces de nana trayéndome comida, ¿y ahora se te ocurren ideas perversas? - me dijo con genuina diversión, la más leve de las sonrisas pintada en su rostro pálido tras todo aquel tiempo de paranoia - ¿Qué será lo próximo?
- ¡Oye!, si cuela, cuela. No todos los días tengo a un tío que es la leyenda viviente de SOLDADO a unos metros de mi casa para incitarle a que se quite los pantalones.
Lo había dejado caer de cachondeo, pero jamás pensé que pudiera tomárselo ni mínimamente en serio.
- ¿Es eso una insinuación? - se había mofado, tanteándome - Eres un poquito directa, ¿no crees?
- Seguro que alguna vez te han entrado de maneras mucho menos sutiles que yo. - repuse yo, humedeciéndome los labios nerviosa por el cauce que había tomado la conversación - No te hagas ahora el sorprendido.
- Y lo peor de todo es que encima llevas razón.
Ahí se quedó la cosa aquel día.
La verdad es que no me explico cómo empecé con aquel juego. A ver, el tío estaba de muy buen ver, yo tenía dieciocho años y los chicos del pueblo no valían un pimiento. Me gusta pensar a veces que fue meramente inconsciente.
Supongo que me atraía no sólo su aspecto físico, sino aquella personalidad de tipo prepotente y malhumorado al que tan fácilmente conducía a las puyas.
Porque otra cosa no, pero lanzarse puyas con Sephiroth era de lo más diver.
El tío siempre tenía contestaciones para todo.
- Si te da apuro podríamos jugar al "veo-veo".
- ¿Quién te ha dicho, en primer lugar, que me dé apuro nada de lo que me puedas decir? - decía tan tranquilamente, en mitad de su búsqueda interminable de papeles – Además, ¿por qué querría jugar a un juego tan estúpido e infantil como el que ahora me planteas? Casi me seducía más la anterior propuesta.
- ¡Ah!, o sea que estás dispuesto a perder la camisa jugando, ¿eh?
- ¿Quién dice que fuese a perder una sola de las partidas que jugara contra ti?
- ¿Crees poder ganarme?
- ¿Apostamos?
La verdad, jamás hubiera deseado que aquellos diez días hubieran terminado por nada del mundo.
