"Sólo puede acabar de una manera"


Cap. 08: Diez días (4ª Parte).


1 de octubre, año 0002. 11:46 h.

Ahora sí que no voy a poder dormir. Todavía lo estoy flipando en colores.

...

Creo que es grave, no sé si lo mío o lo de Sephiroth o ambas cosas, pero en cualquier caso es grave.

Muy grave.

Creo que quizás haya llegado al punto de mi historia donde todo se desató, donde Sephiroth y yo dejamos atrás nuestros antiguos seres para transformarnos en algo completamente nuevo.

Él en algo terrible, terrible y grandioso... y yo, por mi parte, creo que fue en aquel instante donde perdí todas mis batallas luchadas y por luchar.

Para mí fue un salto extraño hacia otra manera de ver las cosas, algo que empezó como una ilusión y que se acabaría transformando en un suceso que, a día de hoy, me sigue marcando a tal punto que lo tengo presente en cada momento de mi vida.

No fue malo... pero, y más adelante lo descubriría, tampoco fue bueno.

Encontré aquel primer día de mes por la mañana a Sephiroth en mitad de un maremágnum de papeles desgarrados, cristales rotos procedentes de las múltiples probetas de ensayo que allí había, zonas de la pared quemadas y el escritorio hecho trizas.

Él se encontraba quieto y jadeando, observando un punto en la nada delante de sus ojos y con la larguísima Masamune desenvainada empuñándola en la diestra.

Evidentemente todo aquel jaleo debía de haber sido cosa suya y de la manera tan letal que tenía de manejar aquel filo brillante contra todo lo que se le pusiera por delante.

- ¿Qué ha ocurrido? - le dije alarmada, aproximándome a él sin cautela de ninguna clase - ¿Qué has hecho?

No me contestó.

- ¿Por qué... la has emprendido contra los muebles? - insistí para hacerle reaccionar.

Él inspiró hondo entonces, como si estuviera haciendo un gran esfuerzo... esfuerzo que creo que procedía de sus muchas ganas de seguir emprendiéndola contra algo más sólido.

Como yo.

- Vete. - me dijo con voz ronca.

Ahí sí que fruncí el ceño.

- ¿Qué ha pasado? - insistí una vez más.

- He dicho que te vayas.

- No hasta que me cuentes qué pasa.

- ¡Vete de aquí! - tronó entonces con voz poderosa - ¡Fuera!

Supongo que una persona normal en un contexto normal le hubiera hecho caso más por miedo que otra cosa.

Pero yo jamás le había tenido miedo y no pensaba comenzar a tenerlo ahora.

Le así del brazo libre y él, en una complicada maniobra en la que logró zafarse y rápidamente asirme de la pechera de mi camiseta, se posicionó y me apuntó con la punta del filo de su katana bajo la barbilla.

Y ahí hubo un instante de forcejeo, no físico, ya que yo estaba paralizada, sino más bien mental.

Me miró a los ojos con los suyos verdes y rabiosos supurando odio y veneno a partes iguales y yo le miré a él con los míos marrones, grandes y sorprendidos.

Permanecimos quietos como estatuas en aquella misma postura durante lo que se me antojaron horas. El filo de la katana temblaba de rabia en su mano bajo mi mentón y su mirada titilaba con un brillo de puro desdén, algo que yo no le había visto nunca hasta ahora.

Mis ojos clavados en los suyos buscaron una respuesta a una pregunta.

¿Por qué?

Sus ojos dudaron y, retirándome el arma del cuello, la soltó y, al caer, esta impactó contra el suelo con un chasquido al tiempo que, sin entenderlo, me vi asfixiada en un abrazo de hierro que provocó que el aire abandonase violentamente mis pulmones como si me hubieran puesto sobre el pecho una enorme piedra de mármol.

Con un único brazo mantuvo mi cuerpo pegado al suyo, apretando cada vez más la presión sobre mis brazos y caja torácica, constreñidos en su férrea presa.

- Seph... Sephiroth... - logré articular.

- De alguna manera... ya lo sabía. - comenzó a decir con aire distraído.

- Me haces daño...

- De niño siempre supe que era especial… – continuó como si no me hubiera oído – Pero jamás de esta manera... ¿por qué?

- Por... favor...

- ¿Por qué el profesor Gast nunca me lo dijo...?

En el momento en que el oxígeno comenzó a faltarme empecé a ver puntos de colores en el aire y mi cuerpo se fue aflojando lentamente.

Cuando perdí la vista por la presión tan inhumana que ejercía sobre mí, fui repentinamente liberada y transportada cuidadosamente hasta el suelo.

Permanecí en estado de shock unos diez minutos tumbada en el suelo y con Sephiroth a mi lado sentado contemplando su Masamune con la cabeza girada en un ángulo anatómicamente extraño.

Cuando por fin logré incorporarme y sentarme a su lado, su mano, rauda como el viento, regresó a mi brazo, pegó un tirón de mí y me arrimó lo suficiente para que anduviéramos cara a cara con nuestras narices a escasos milímetros la una de la otra.

Su otra mano enguantada acabó cerrada en torno a mi cuello... como si quisiera...

- ¿Sabes? - dijo de pronto – Me sería muy fácil hacer un simple movimiento de muñeca y escindir tu cráneo de tu columna.

Me humedecí los labios, sin entender exactamente de qué iba este nuevo juego.

Porque para Sephiroth aquello no era más que un juego. Un juego muy peligroso.

- ¿Por qué lo harías? - inquirí finalmente.

Él entonces acercó más si cabe su rostro al mío y nuestras narices se enfrentaron en un choque suave.

- La pregunta es, ¿por qué no iba a hacerlo? - replicó a su vez en voz baja y peligrosa.

- Soy tu amiga. - le dije.

- Los amigos no son importantes a estas alturas. - constató – Dime una cosa: ¿qué es lo más preciado para ti?

- Ahora mismo mi vida, gracias. - intenté sonar graciosa.

Pero los chistes ya se habían acabado en aquel punto.

- Muy bien. – dijo él muy seriamente – Pues si somos amigos, dime: ¿me permitirías tener el placer de arrebatártela?

Ahí sí que me recorrió un escalofrío por la espalda de arriba abajo. No sabía si lo estaba diciendo en serio, me estaba probando, seguía jugando o todo junto.

Pensé que quizás sería oportuno intentar ser graciosa de nuevo... sin embargo todo lo que salió de mi boca fue un contundente monosílabo.

- No.

Sus ojos verdes se fruncieron hasta formar estrechas rendijas de Mako.

- Entonces creo que no podemos ser amigos, Ripley.

Me sobresalté por el simple hecho de oírle pronunciar mi nombre por vez primera.

- Pues... - aventuré – Seamos cualquier otra cosa distinta. Cualquier cosa que te impida matarme, para empezar.

Y, por vez primera desde que entrara en aquel sótano destruido, sonrió a diente descubierto.

Pero la suya era una sonrisa predadora, peligrosa.

- Es curioso lo que me pides. – observó – Has de saber que ahora, en mi presente estatus, venir conmigo es renacer con todo el planeta. Un planeta que fue arrebatado de las manos de su legítima poseedora, cuyos genes fluyen por mi sangre. ¿Estarías dispuesta a cambiar lo que eres sólo por conservar tu fútil vida?

- No sólo por conservar mi vida, Sephiroth. – dije como ida, hipnotizada por sus palabras – Yo... quiero de veras ir contigo. – si él se marchaba, el nudo en mi estómago me impediría volver a comer chocolate, me impediría rehacer mi rutina habitual de todos los días… me impediría olvidar que, una vez, aquel hombre había estado al alcance de mi mano y la oportunidad de no dejarle ir se me había escapado como arena de entre los dedos – Quiero ir… adonde tú vayas.

Sus ojos, a la par que su rostro, se fueron acercando de nuevo.

- ¿A cualquier sitio adonde yo vaya? - inquirió en un susurro – Te estoy avisando.

- Sí. - asentí.

Y me besó.

No entiendo muy bien por qué lo hizo; no tenía la plena certeza de si yo le gustaba de verdad o si aquello seguía formando parte de su retorcido juego.

En lo que a mí respectaba me daba ya todo igual.

Con aquel beso aquel hombre acababa de comprar mi voluntad por entero... y yo no había hecho ni el más leve esfuerzo por alejarme o, al menos, negociar el precio de mi alma.


Nota de la autora: vosotros me animáis, yo escribo :) Gracias a sweet-atumn-mao por su aliento. Te digo, si ves el asunto muy OCC me lo dices y lo corrijo, que quiero seguir fiel al carácter del personaje.

¡Nos leemos!