Disbelief at the last minute.
#2 | Chupete
500 palabras.


En algún punto de la velada, el moreno había perdido la cuenta de las palabras que habían salido en verborrea de su boca, o de la cantidad de botellas que habían pasado por sus manos, o todo el líquido que había transcursado su garganta. El punto es que ahora su cabeza daba tantas vueltas que le daban ganas de reír. Realmente no podía decir del todo si lo estaba haciendo o no. Bien podía estar hablando tranquilamente con Mime o podría estar bailando encima de la barra de bebidas. Uno nunca sabe cuál de las dos opciones que se te ofrecen es la que realmente está sucediendo, sobretodo, teniendo en cuenta que no eres muy adepto al alcohol.

No era de mucha ayuda, tampoco, el que estuvieran en un lugar tan distante de su departamento. Mime simplemente había cogido un taxi, le había indicado directamente al oído las indicaciones, con la esperanza de que él no escuchara y finalmente le pagó por irse por una ruta que Ikki no pudiera memorizar. Ahora realmente no tenía escapatoria.

"Eres tan…"

Esas palabras habían abandonado sus labios. Pero no podía decir estando cien por ciento seguro si las había dicho a modo de retaría o si lo decía a modo de disculpa. Todo era un mar de confusión, no sabía si lo que estaba en sus manos era todavía una cerveza, si contenía la misma cantidad etílica en sí o si era algo completamente distinto, más fuerte, más estúpido todavía.

Ikki se recuerda a sí mismo bailando, esta vez debajo de la mesa y sosteniendo unas caderas completamente diferentes a lo que estaba acostumbrado, con el hecho de que sólo había estado con Esmeralda y quizás habían hecho algo de seducción, pero el aroma que sumergía su nariz era totalmente inequívoco: era un aroma prohibido.

Como sea, a su acompañante de cabellos pelirrojos no pareció importarle demasiado que le tomara de las caderas. Tampoco parecía importarle demasiado cuando sus labios habían descendido a los propios, ni cuando habían continuado descendiendo, y como un instinto despertado dentro de Ikki le decía que aquella piel era demasiado blanca para su gusto, y que le gustaría que más partes de su piel quedaran cercanas al color que sus cabellos expedían. Un poco de experimentación nunca hacía daño. Y cuando había quedado una pequeña acumulación de glóbulos rojos sobre aquella fina capa de piel, el instinto de Ikki supo su trabajo hecho y dejar el resto en manos del alcohol en su sistema. Después de que éste se fuera, cosas más importantes, como el sol, el tiempo y un poco de sonidos extranjeros de su cuarto se encargarían de hacerle pagar la factura completa.

De momento, sólo podría deleitarse con seguir alimentándose de aquella piel tan provocativa. Estaba seguro que comenzaba a alucinar sobre los puntos que había dejado en su hermosa piel. Se sentía a sí mismo una clase de Picasso admirando una obra cubista. Sentía que nada le pararía.

Y entonces, el reloj despertador sonó.


―gem―