Disbelief at the last minute.
#6 | Añoranza
500 palabras.


Cuando llegaron a la costa era tan tranquilo que no podía relajarse.

No es que no le gustara el sonido que hacía el oleaje, ni que no disfrutara la compañía de su esposa. Es sólo que no podía realmente estar relajado con tanta tranquilidad a su alrededor, debía haber un equilibrio, y él estaba dispuesto a brindarlo aunque eso le tomara su sanidad mental.

Esmeralda le dijo que eso era una ridiculez, y que dejara de estresarse innecesariamente. Eso no lo dejó satisfecho, así que se permitió estresarse un poco y quejarse de lo pacífico que era el sitio, y que la próxima vez que quisiera tomar vacaciones, no dejaría que Mime y Esmeralda la escogieran sin decirle el destino sino hasta que estaban dentro del carro.

Regresar a Europa pareció devolverle a Esmeralda toda aquella pasión por la vida que había perdido en Japón. No que fuese muy callada, ni que fuese deprimida, pero todo aquello que le hacía reír, le hacía sonreír o le alegraba, parecía tan falso que Ikki nunca supo cómo podría ayudarla.

Recuerda que la primera vez que la vio. Hace ya muchos años, estaba ahí al lado de su padre, acompañándolo como el hijo mayor, en su primer viaje de negocios. No le interesaban por supuesto, los oficios que hacía su padre, parecían tan aburridos y burocráticos (aparte de que el puesto de Nanahikari no le hacía mucha gracia), y había decidido irse a explorar el alrededor, sin salirse del área.

Ese mismo día, había descubierto que los hombres con los que su padre hacía negocios tenían hijos de su misma edad, y que estaban tan entusiasmados por dichos negocios como él. Durante su primer viaje, sólo había visto a Mime. Le había dicho que su voz era tan dulce y sus rasgos tan femeninos que parecía niña, a pesar de saber que no lo era. Él le nombró una cosa rara en un idioma que no reconocía, y que años después supuso que sería "idiota."

Fue así durante al menos otros dos viajes más, hasta que las personas con las que su padre hacía negocios decidieron que estaba muy lejos y se fueron a Japón, lo cual le parecía mucho mejor a Ikki, si alguien le preguntaba. Tenía acceso indefinido al único niño que no se le acercaba por su padre, y que no se le alejaba por su apariencia.

Cuando se mudaron, fue que le vio hablándole bajito y asegurándole que estaba bien, y que ella se adaptaba fácilmente. La niña rubia y Mime parecían tan unidos que a Ikki le daba envidia, y tenía ganas de pasar más tiempo con su amigo.

Ver a la niña rubia, hoy en día, cantando en la lejanía una nana en un idioma que medianamente entiende, le hace querer que ese momento dure para siempre, y que sus pensamientos no se acaben cuando apaguen las luces y se vayan a dormir.

Ahora la niña rubia ya no le daba envidia, pero seguía extrañando a Mime.


Notas: Perdóname, Esmeralda. El siguiente capítulo está feo... medianamente.

―gem―