Disbelief at the last minute.
#18 | Zurdo
500 palabras.


Si había algo que Ikki odiaba hacer era estar lastimado. Eso le quitaba tiempo para trabajar o para trabajar, o para trabajar. Eso le hacía sentirse inútil, y no había un japonés cuerdo que quisiese ser inútil. Si así fuera, ¿entonces cómo le hacían para sobrevivir en un país tan grande poblacionalmente hablando?

Soltó un suspiro. Cerca de su departamento hubo recientemente una construcción, y como obviamente, él era un transeúnte descuidado, le tocó que le cayeran escombros en el brazo. El hombre que fungía de capataz le dio profusas disculpas y se aseguró de que Ikki no pagase la consulta con el médico que le organizó rápidamente en el hospital más cercano. El nipón había insistido en que no era necesario, que sólo había sido un pequeño golpe; a pesar de que su brazo comenzaba hincharse y el dolor a crecer con él.

Después de la consulta, salió a su casa, le dijeron que necesitaba tres días de reposo, al igual que un yeso en el brazo derecho. ¿Algo más perfecto que eso? Esmeralda y Mime lo estaban cuidando, como si fuera un niño chiquito.

Lo peor de todo, es que parecían tan de acuerdo con el que Ikki estuviera en reposo, se turnaban el tiempo libre que tenían para cuidarlo, y eso hacía que una sensación cálida pero desagradable se instalara en su pecho. Le hacía sentirse como aquél niño mimado que había sido criado para ser, al ser el hijo de Mitsumasa Kido, lo habían tratado con toda la delicadeza posible en su infancia, pero después de un tiempo se había hartado de ello, y, eventualmente, decidido que no quería lo que su padre tuviese.

Por si fuera poco, llegó su hermana a su departamento al enterarse de lo ocurrido. Genial. Simplemente, genial. Saori había llegado hecha una masa de preocupación, y casi se sintió culpable de haberse lastimado. Bueno, no es como que lo haya hecho a propósito.

Cuando la mujer apareció en la vivienda era el turno de Mime de cuidarle, así que saludándose algo incómodos le guió hasta donde estaba el otro Kido. Saori le agradeció y se acercó para abrazar a su hermano, teniendo especial cuidado en el yeso que le imposibilitaba que le correspondiera el abrazo propiamente.

A decir verdad, en su infancia no habían sido los mejores hermanos, pero conforme fueron creciendo, comenzaron a madurar y a apreciarse más el uno al otro. Saori intentó entablar una conversación con él rememorando los viejos tiempos y hablándole de cómo iba la compañía y de que su padre estaba preocupado por él.

—Estoy perfectamente. O… dentro de lo que cabe —añadió después de ojear su brazo con hastío. Saori quiso replicarle, pero entró Mime a la habitación y le guiñó un ojo a la hermana menor.

—No te preocupes por nada, pequeña Saori, conmigo y Esmeralda a su lado, nada podrá pasarle.

Les dio a cada uno un vaso de té caliente, el cuál Ikki sostuvo con el izquierdo.

—Eso me temo —susurró.


—gem—