El lado oscuro del amante

La persona que nos vigila se percata de que la puedo ver y huye antes de que pueda identificar algo significante. No puedo darme cuenta si es hombre o mujer cuando desaparece corriendo por la playa que se ubica frente a mi casa. Cuando Finnick despierta le digo lo que acababa de pasar pero él me explica que cuando está en la misma situación pero con otras personas hay mirones que llegan a espiar por morbo.

Auch. Eso duele. Que la persona que amas no te dedique algo tan placentero y exclusivo. Me alejo del sofá en que dormimos para ir a mi pieza y buscar algo de ropa. Lo primero que encuentro es un vestido blanco que usaba para el día de la cosecha tiempo atrás. Cuando he terminado de vestirme siento unas manos rodeándome la cintura con ternura y unos labios recorriendo mi cuello... pero yo aparto a Finnick y salgo de la habitación sin voltearlo a ver siquiera. No quiero verlo. No puedo soportar que me toque como toca a las otras personas...

"Annie, comprende, es obligado a hacerlo..." "¿Obligado a qué? ¿A sentir placer? ¿A disfrutar a la gente del Capitolio? ¿A acostarse y luego recibir una recompensa por eso? Eso no es sufrir." "¿Tú consideras que él ama hacer esos trabajos? ¡Finnick te ama! Siente que te engaña..." "¡Cállate! ¡No quiero escuchar nada! ¡Sal de mi cabeza!"

Cuando me doy cuenta estoy en una playa alejada de la Aldea de los Vencedores. Por aquí no suelen venir los pescadores ya que casi no hay peces por estos terrenos rocosos, no como las playas lisas de la ciudad. Me dedico a juntar conchas que encuentro y las junto en collares de algas. Comienzo a hacer nudos pero procuro no pensar en la persona que me enseñó a hacerlos, mi Finnick, mi insidioso Finnick.

Durante todo el día me dedico a hacer collares y pulseras hasta que se pone el sol y mis pies me obligan a volver antes de que se acabe toda la luz. Al llegar a mi casa dejo mis nuevas creaciones en la mesa de la cocina mientras voy a buscar el barniz para que no se rompan cuando una mano me toma con fuerza del brazo y luego me azota contra la pared.

-¡¿Dónde estabas?! ¡¿Tienes idea de lo mucho que me he preocupado?!- Finnick no para de gritarme pero yo no le pongo atención, ni me importa lo que piense de mí - Mírame, Annie... ¡He dicho que me mires, Annie Cresta!- Una mano de hierro me detiene por la barbilla y me obliga a perderme en un verde mar invadido de ira, un mar infinito.

Los labios de Finnick me besan con enojo angustioso mientras sus manos me inspeccionan para no dejar un lugar sin revisar. Se encuentra distinto hoy, salvaje e impulsivo, ya no es tierno, me utiliza sin piedad hasta que queda satisfecho y duerme como piedra. No puedo reaccionar ante eso más que con indiferencia y tampoco puedo dormir. Me equivoqué al pensar que Finnick era un hombre bueno, el Capitolio lo ha contagiado con su maldad.

Despierto y observo sentada desde la cocina al mar sin mirar nada en particular. Finnick me lleva a mi habitación cuando despierta y termina lo que empezó anoche. Ya no me importa lo que haga. Pero cuando acaba se vuelve a dormir profundamente como un tigre que se acaba de alimentar y se dedica a descansar.

Huyo a mi pequeño lugar secreto con el barniz y una brocha para finalizar mis inventos al momento que hago unos nuevos. Haciendo nudos con algas y conchas recuerdo que eso me dedicaba a crear y vender para sobrevivir en el orfanato sin pedir tantas teselas. Nunca tuve el valor de entrar a la academia de profesionales como Finnick. Ni siquiera porque sabía que aunque me esforzara no estaba en mis posibilidades el ser vencedora. Cuando la luz va difuminándose me arrastro hasta mi casa apenas siendo consciente del hambre que tenía por no comer en 2 días. En menos de 5 minutos ya había devorado la mitad de mi alacena.

Finnick surge de las sobras para poseerme de nuevo, sin hacer preguntas, como la noche anterior y esta misma mañana. Todo rastro de amabilidad de ese hombre se esfuma.

Los siguientes días no fueron diferentes. Despertar. Finnick. Playa. Finnick. Dormir. Ya no nos molestamos en hablar. Sin embargo, algo cambia en mí. No debí dejar que me torturara dulcemente porque me termino acostumbrando a su presencia, su cuerpo y su intensidad. Ya no puedo decirle no.

Después de semanas de no escucharme decir una palabra o expresar algo, él simplemente me abraza una noche sentados en la arena. Empieza a explicar algo pero no escucho nada. Al final se rinde y me suelta diciendo:

-Pronto regresaré al Capitolio-.

Me tapo los oídos porque no quiero sus mentiras en las que dice que me ama cuando abusa de mi confianza, que piensa en mí cuando no me toma en consideración dentro de sus acciones. Ahora grito con intensidad y golpeo su cuerpo enojada. Él lo permite hasta que empiezo a llorar. Es mi turno de abusar de su confianza y su cuerpo. Yo tampoco tengo piedad. En los próximos días tampoco la tengo.

-Cuéntame un secreto, Annie- dice sentado a mi lado en la sala. Me levanto a mi cuarto por una caja. Corro abajo para encontrarlo a punto de salir. Lo detengo del brazo y le doy la caja...él me mira con confusión al no encontrar sentido en las pulseras y collares de conchas y algas. De mi bolsillo del pantalón saco una pulsera y se la pongo.

-Cuando el mundo conspira para que la persona que amas te trate como un maldito juguete sexual a veces lo único que queda por hacer es sacar algo bueno al respecto. Estas cosas las hice para que las vendas en el Capitolio y juntes dinero para el orfanato. La suerte puede que no esté de su parte como lo estuvo con nosotros. La que tienes en la mano posee un nudo que no pude deshacer y el más bonito que tejí, que quiero que conserves para que no olvides que una chica loca del distrito 4 te espera para aguantar todo lo que debas padecer-.

Finnick deja la caja en el piso para abrazarme y pedirme perdón, yo lo abrazo y me trago las lágrimas. Él me explica:

-En mis brazos nunca dormirás segura pero no importa porque te amo y el gobierno corrupto que tenemos se puede ir al carajo-.

Es difícil dormir sola cuando te acostumbras a dormir acompañada, pero sigo haciendo conchas, es lo me mantiene cuerda.

-¡Finnick! ¿Quién te dio ese regalo, descerebrado?- pregunta una colega.

-Ah, me lo regaló la persona que más aprecio en el mundo, Johanna- explico sonriendo-. Te vendo uno-.

-Muy bien, espero que me haga sonreír como tú lo haces últimamente- dice mi amiga pagando.

Despierto en la noche y corro al baño para drenar mi estómago. Ese feo pescado me debió de hacer algo. Cuando busco un remedio me encuentro con una caja nueva de toallas femeninas regada en mi cuarto. Hago cuentas mentales de qué fecha debo usarlas pero relaciono eso con un atraso de 2 semanas. Yo no me atraso.

Finnick, ¿cómo reaccionará mi Finnick? ¿Se molestará y me usará como esas veces o sobrevivirá al hecho de tener un hijo de 2 vencedores? Debo despejar mis dudas, mañana mismo debo ver a un sanador.