3
En busca y captura
Cuando Vega se despertó a la mañana siguiente, vio que Devon todavía no estaba en su jaula, así que se levantó y bajó a desayunar a la cocina. Normalmente, solía desayunar ella sola, porque sus tíos se marchaban muy temprano a trabajar, pero aquella mañana en la cocina se encontró con su padrino, leyendo el periódico y bebiendo café.
—Buenos días — saludó Remus con una sonrisa, plegando el periódico y apartándolo a un lado
—No sabía que te quedarías a dormir — dijo Vega gratamente sorprendida.
—Sí, hoy a medio día he quedado para una entrevista de trabajo en Coventry — respondió Remus levantándose para servirse más café —, tu tío me ofreció quedarme en vuestra casa para no pagar un hotel, pero me voy dentro de media hora.
—Oh... — murmuró Vega, alargando el brazo para alcanzar la caja de cereales sobre la mesa —, pues ojalá te cogiesen, así podrías vivir aquí con nosotros ¿No crees?
Remus no respondió, simplemente se llevó la taza a los labios, desviando la mirada, y Vega no insistió, concentrándose en servirse un vaso de leche. Estuvieron unos minutos así, desayunando en un silencio incómodo. Vega sabía que a su padrino le incomodaba la idea de vivir con ellos, lo que probablemente tenía que ver con la misteriosa enfermedad que sufría, de la que todo el mundo se negaba a hablar siempre, así que prefirió no hurgar en la herida y se acabó el desayuno en silencio, pensando en algún otro tema del que hablar, pero sin encontrar nada. Al final fue Remus quien rompió el silencio:
—Por cierto, al final ayer por la noche no pudimos hablar de tu nueva escoba — comentó Remus —, querías mirarte una nueva para las pruebas del equipo ahora que serás titular ¿no?
A Vega se le iluminaron los ojos y señaló una pila de revistas en una esquina de la cocina para que su padrino se las acercara.
—Dora me trajo estas revistas de la tienda de escobas del Callejón Diagon — dijo entusiasmada mientras pasaba las páginas de las revistas, buscando las que había marcado —, ella me ha estado aconsejando un poco y luego he estado leyendo un artículo de la revista La Snitch voladora, que hace un análisis de las mejores escobas según posición en el equipo. No me convencen mucho las escobas que propone, pero siguiendo esos consejos he conseguido una lista de las mejores escobas para mi.
—Veo que has hecho los deberes — dijo Remus burlón, pero algo sorprendido — ¿y has sacado algo en claro de toda esta pila de papeles?
Vega asintió vigorosamente y saco de entre las revistas una hoja de pergamino.
—Según lo que he investigado, las escobas de la Compañía Cometa no me valen, son demasiado lentas y poco aerodinámicas. No están mal si juegas de guardián o golpeador porque son estables, pero son poco flexibles para el juego de campo. Las Nimbus son increíbles, muy rápidas, van como flechas, pero no son adecuadas para un cazador, porque debe mantenerse relativamente cerca de sus compañeros cazadores durante el partido y así desaprovecharía el potencial de una escoba tan buena... — Vega dudó un segundo —, por eso la Nimbus 2000 que me compré el año pasado quizás no sea la adecuada para jugar...
Remus comentó:
—Eso es como tú veas, sé que los jugadores de quidditch profesional llevan todos ahora mismo Nimbus, pero es que las llevan todos. En Hogwarts, que Harry tenga una Nimbus está bien porque juega él "solo" como buscador, pero tú tienes que mantenerte al nivel de tus compañeras cazadoras, que probablemente no tengan escobas tan rápidas.
Vega se mordió los labios pensativa y suspiró.
—Ya, eso es lo que pensé al querer mirar una nueva, pero no estoy segura de qué hacer con la Nimbus cuando tenga la nueva... Además me siento como si estuviese tirando dinero a lo tonto...
—A ver, a ver — la interrumpió Remus —, en primer lugar ¿No eras tú la que se quejaba de que tenía demasiado dinero para toda su vida y que prefería regalarlo? Pues ya está, si perfieres una escoba nueva, regala la otra si así te sientes mejor. En cuanto a qué hacer con ella, hasta que lo sepasa, dejala en casa. En Hogwarts no vas a necesitar dos escobas, y solo la tendrás en el baúl ocupando sitio, así que mejor guardala aquí. Pero bueno, cuéntame ya ¿Cual has escogido al final entonces?
—Si, cierto — Vega volvió a su lectura —. He estado mirando en todas las compañías que fabrican escobas: Cometa, Barredora, Nimbus, Oakshaft, Withewings, Goldstrand, Woodart... y creo que la que más me gusta de todas es la Dardo 92, de La Compañía Dardo. Es una escoba bastante nueva, se empezó a vender el año pasado. Por lo que he leído, es una escoba con un buen balance velocidad, estabilidad, tiene el palo un poco más corto que una escoba normal, permitiendo hacer giros más cerrados y buenos quiebros — Vega levantó la vista de sus apuntes, sonriendo a Remus con entusiasmo —. Vamos, que es la mejor escoba en el mercado si quieres ser el mejor cazador.
—Vaya, si que has hecho una búsqueda exhaustiva — dijo Remus impresionado —, ni siquiera había oído hablar de esa compañía.
—Es normal, es bastante nueva, empezaron hace dos años y yo pienso que son bastante buenos, pero las nuevas escobas de Nimbus los han eclipsado bastante...
Remus dejó a un lado la taza ya vacía y se levantó.
—De acuerdo — zanjó con una sonrisa —, pues cuando vuelva esta tarde iremos a Gringotts a por algo de dinero para este curso, y después a buscar esa escoba.
—¡Muchas gracias Remus! — exclamó Vega feliz, lanzándose a abrazar a su padrino — Entonces, vete ya, así volverás más rápido ¡Venga, venga!
Remus se rió mientras Vega lo empujaba fervientemente hacia la puerta, cogió su gabardina y abrazó a su ahijada antes de marcharse.
—Portate bien, y no seas muy dura con el chico Wolpert, cuéntale solo las mentiras justas sobre Hogwarts — Bromeó Remus —, tampoco hace falta preocuparle excesivamente.
Vega le lanzó una mirada pícara y una risita malvada:
—Ya veremos que le cuento, todo depende de lo bien que se porte conmigo.
La mirada de Remus brilló un instante y se rió por lo bajo.
—Eres... eres un autentico monstruito Vega — salió por la puerta — ¡Nos vemos por la tarde!
—¡Hasta luego! — se despidió alegremente Vega— ¡Vuelve rápido!
Observó como se cerraba la puerta y seguidamente, subió a su habitación a vestirse. Se puso un pantalón vaquero que había cortado ella misma a la altura del muslo, una camiseta de tirantes y una camisa ligera por encima, en la cual guardó la varita en un bolsillo interno que había cosido ella bajo el pecho. Entonces vació la mochila para meter después algún libro que aún conservaba de primero para enseñárselos a Nigel, así como el álbum de fotos que llevaba recopilando desde las Navidades de su primer año en Hogwarts y el paquete con la carta y el regalo de Harry. Devon aún no había vuelto así que tendría que ir a buscarlo al claro del bosque donde le gustaba dormir. Si no enviaba el regalo ya, Harry no lo recibiría la noche de su cumpleaños, así que tenía que darse prisa. Fue en busca del paquete de golosinas lechuciles para acelerar la búsqueda de Devon, pero cuando metió la mano se dio cuenta de que estaba vacío.
— Ajj... perfecto — suspiró Vega contrariada —, ahora tendré que ir al pueblo primero...
Se calzó las deportivas, agarró su walkman y se caló los cascos en la cabeza antes de salir por la puerta al ritmo de los Scorpions. Tenía que ir a la carnicería del pueblo para ir a comprar algo para atraer a Devon. No es que no fuese a volver si no tenía nada de comer para él, solo necesitaba encontrarlo lo antes posible, y si se presentaba en el claro del bosque donde le gustaba cazar y dormir con un jugoso pedazo de hígado, Devon aparecería como por arte de magia, sin tener que llamarlo apenas ni rebuscar por los alrededores.
Canturreando por lo bajo, se acercó hacia la carnicería, donde el señor Henley, el carnicero, estaba sacando unos cuantos restos a la calle. Vega saludó al hombre mientras se bajaba los cascos.
—Buenos días señor Henley. ¿Que tal?
El señor Henley se incorporó. Había dejado sobre unos plásticos extendidos en el suelo pequeños pedazos de casquería y recortes de carne.
—Buenos días Vega, muy bien gracias, aquí dando de comer a los necesitados — dijo, señalando con una inclinación de la cabeza a un pequeño grupo de perros y gatos que miraban cautelosos desde una esquina de enfrente —. Ven, apartémonos o no se acercarán a desayunar.
Vega acompañó al señor Henley y entraron juntos en la tienda. A través del escaparate pudieron ver como los animales se acercaban tímidamente en busca de los restos.
—Vaya... hay muchos — comentó Vega — ¿Les saca restos todos los días?
—Si, pobres bichos — contestó el carnicero, revolviendo en una caja con más recortes —. La gente no entiende que si te compras un animal, es para toda la vida, no para abandonarlo en una carretera o un bosque en cuanto empieza a hacerse más grande de lo que querrías. — chascó la lengua con desagrado, pero después levantó la cabeza hacia Vega con una sonrisa — ¿Querías algo por cierto?
—Ah... si — dijo Vega, apartando la mirada de los perros que comían ávidamente lo que el señor Henley había dejado para ellos —. Quería un pedacito de hígado, no muy grande y cortado en pedazos pequeños.
El señor Henley se rió y fue a buscar un trozo de hígado para cortar.
—¿Se ha vuelto a escapar ese búho tuyo? — dijo socarrón —, yo que tú la ataría más en corto o al final no volverá. Puede que me meta donde no me llaman, pero no parece que la cetrería sea una disciplina muy adecuada para una niña...
Vega se encogió de hombros despreocupadamente. Los vecinos muggles sabían que algunas de las personas del pueblo tenían búhos, así que los magos de Weston, en lugar de ocultarlo, habían decidido convencer a los vecinos de que formaban parte de una academia de cetrería de Coventry, y eso había bastaba para acallar bastantes preguntas.
—No tengo ningún problema con mi búho — comentó Vega —. Está muy bien amaestrado. Simplemente necesita salir a cazar y a volar un rato por sí solo a veces, y siempre vuelve. El hígado es solo por si acaso.
—Ya veo —dijo el carnicero tendiéndole un paquete pequeño en el que había envuelto el hígado —. Será una libra.
Vega le tendió la moneda al carnicero y guardó el paquetito en la mochila, y entonces oyó exclamar al carnicero sorprendido:
—Vaya...
Vega se giró para mirar lo que miraba el hombre y entre la masa de animales que rebuscaba comida entre los pocos restos que quedaban ya sobre los plásticos vio un perro negro enorme que se abría paso entre ellos.
—Que perro más grande — dijo Vega, y tras observarlo un poco más, añadió —, y que sucio y delgaducho está...
—Pobre bicho — dijo el carnicero con lástima — ¿Ves lo que te decía de la gente que abandona a sus perros cuando se hacen más grandes de lo que esperaban? Este tiene pinta de llevar mucho tiempo perdido por el bosque en busca de alguien.
El hombre suspiró, negando con la cabeza irritado, y levantó una caja que guardaba a sus pies bajo el mostrador.
—Voy a echar un poco más, que seguro que a nuestro gran amigo le hace falta un poco más de sustancia que algún que otro hueso rechupado por otros.
Vega asintió y siguió al hombre fuera de la tienda. Los perros y sobretodo los gatos, en cuanto se abrió la puerta, salieron despavoridos en todas las direcciones, llevándose lo que pudieran agarrado en las fauces. Sin embargo, el perro grande no hizo ademán de moverse. Se quedó mirándoles como se acercaban sin una pizca de miedo.
—Hola chico — dijo el señor Henley, arrodillándose junto al perro, dejando la caja frente a él — ¿Tienes hambre? Te traigo algo para que comas algo tú también como tus amiguitos.
El perro miró al señor Henley durante un segundo y después fijó su mirada en Vega, de pie tras él. Vega tragó saliva. Algo en la mirada de aquel animal la perturbaba enormemente, aquellos ojos negros la miraban intensamente y todo el dolor y la penuria que probablemente había pasado en su vida se reflejaba en ellos con total clarida. Vega se agachó también junto al perro, y alargando la mano hacia la caja, cogió un gran hueso con restos de carne en el y se lo tendió tímidamente.
—Toma bonito, come — dijo suavemente para no asustarlo—, no te preocupes, no te lo vamos a quitar.
El perro movió la cola y cogió el hueso entre las fauces, agachándose sobre el para roerlo. Vega y el señor Henley se sonrieron y este comenzó a repartir los restos de nuevo por el plástico que tenía dispuesto para ello mientras Vega se quedaba mirando como el perro negro comía ávidamente. Entonces, como si fuese lo más normal del mundo, Vega extendió una mano y fue a acariciar el enmarañado pelo del perro.
Sin embargo, en cuanto su mano rozó el pelaje del perro, este se quedó completamente petrificado y tenso, sorprendido. Vega se quedó muy quieta, un poco asustada. No había pensado que quizás a aquel perro no le gustase que lo tocaran, o que a lo mejor pensaba que le iba a quitar el hueso y la iba a atacar. No sabía que hacer, así que optó por quedarse lo más quieta que pudo, la mano sobre la cabeza del perro, respirando lo más tranquilamente que podía, tratando de no provocarlo de ningún modo. Se le ocurrió que si le hablaba tranquilizadoramente ayudaría, así que dijo:
—Buen chico... — carraspeó suavemente para que no le temblara la voz y para evitar pensar en los destrozos que podían causarle esas tremendas mandíbulas —, Buen chico perrito... sigue comiendo, no te voy a hacer daño, solo quería acariciarte, no tienes que tener miedo chico... Buen perro, buen perro, Hocicos ¿No te importa que te ponga nombre verdad? Hocicos es un buen nombre para ti con lo que estás disfrutando de ese hueso ¿No crees?
Parecía que aquello surtía efecto, pues poco a poco el perro re fue relajando, y si bien aún podía notar como temblaba ligeramente bajo su mano, volvió a seguir comiendo. Vega movió ligeramente su mano, apenas rozándolo, y al ver que el perro no parecía tan afectado como antes, siguió hablándole suavemente y acariciándolo del mismo modo.
—Si que se te da bien esto, Vega — comentó en voz baja el señor Henley, que había estado observando toda la escena un poco más lejos y parecía más tenso que un resorte.
—Siempre he querido tener perros — respondió Vega, girando la cabeza hacia el carnicero —, pero mis padres no podían tener uno en casa. Aún así siempre se me han dado bien los animales.
—Ya veo — dijo el carnicero impresionado —. Bueno, siempre puedes preguntarles a tus tíos a ver si te dejan quedarte con tu nuevo amigo ¿no crees?
—Sí, eso estaría genial — Vega se incorporó lentamente —, pero ahora me tengo que ir a buscar a Devon, que luego he quedado en casa de los Wolpert.
—De acuerdo — dijo el carnicero sentándose junto a la puerta de la carnicería y encendiéndose un cigarro —, yo cuidaré de tu nuevo amigo hasta que vuelvas a pasar por aquí si quieres.
Vega le sonrió, acarició por última vez a Hocicos y se recolocó los cascos mientras el perro la miraba interrogante.
—Hasta luego Hocicos, sigue comiendo tranquilo que yo me tengo que ir — Vega saludó al carnicero con la mano —. ¡Adiós señor Henley!
Se encaminó rápidamente hacia el bosque. Había perdido mucho tiempo en la carnicería y tenía que encontrar a Devon cuanto antes si quería enviar el regalo. La senda que llevaba hacia el claro estaba bien cuidada y era bastante recta así que no tendría problemas para llegar allí rápidamente. Corrió hacia el claro, esperando que Devon estuviese por los alrededores.
Entonces notó como algo frío le tocaba la mano. Sobresaltada, pegó un salto hacia adelante mientras se giraba, desenvainando la varita del susto.
Delante de ella estaba Hocicos, resoplando de la carrera, con el hueso aún entre las fauces. Vega bajó la varita soltando todo el aire de golpe y la volvió a guardar mientras con la otra mano apagaba el walkman y se quitaba los cascos.
—Menudo susto me has dado, chico — dijo acariciándole la cabeza mientras se arrodillaba frente a él —, aunque me lo tengo merecido, por ir corriendo con la música a tope.
Aprovechó que estaba agachada para quitarse el walkman y meterlo en la mochila y sacar a su vez el paquetito de hígado que acababa de comprar.
—¿Me ayudas entonces? — le dijo al perro, que se sentó muy diligente y la miró con seriedad. Vega rió al verlo tan obediente —. Buscamos a un búho pardo dormilón que tiene que enviar una carta, si lo ves, avisame ¿vale?
Volvió a colgarse la mochila al hombro, y con Hocicos a su lado, entró en el claro y desplegó el paquetito de hígado crudo. Mientras Hocicos daba saltos y vueltas por el claro, haciéndola reír, Vega se llevó el índice y el pulgar a los labios y silbó fuerte para llamar a Devon y se sentó en el suelo a esperar. Sacó de la mochila la carta para Harry y el paquete con el regalo.
Hocicos se acercó a olisquearlo con curiosidad y miró a Vega, inclinando la cabeza mientras movía la cola de un lado a otro.
—Esto es un regalo para mi amigo Harry. Dentro de dos días es su cumpleaños y le he comprado un regalo alucinante para que se cuide de sus horribles tíos — Vega suspiró —, ojalá pudiese seguir viviendo en Little Winghings con él, o que él se viniese conmigo, porque los Dursley son lo peor de este mundo... El año pasado — comenzó a contar Vega al perro, que sentado parecía escucharla muy atentamente —, sus tíos pusieron barrotes en su ventana y pretendían tenerlo ahí encerrado siempre, pero yo con mi amigo Ron Weasley y sus hermanos Fred y George cogimos el Ford Aglia volador del señor Weasley y volamos hasta Privet Drive para derribar la reja de su ventana y conseguimos sacarlo de allí — Vega rió al recordarlo —. La cara de alucine del señor Dursley fue genial, aunque luego en casa de los Weasley, Ron, Fred y George se llevaron una buena bronca de su madre.
Iba a seguir hablando cuando por fin, de entre dos árboles al otro lado del claro emergió Devon y se posó junto al paquetito abierto de hígado que Vega había depositado frente a ella.
—Buenos días dormilón — dijo Vega mientras le acariciaba el plumaje—, te he traido este regalo de higaditos para que comas algo antes del viaje.
Vega enganchó la carta y el paquete en la pata del búho mientras este devoraba a picotazos los restos del papel en el que iba envuelta la carne. Seguidamente, alzó a Devon a la altura de su cabeza, apoyado en su brazo.
—Llevale esto a Harry cuanto antes. Pasado mañana es su cumpleaños y quiero que le llegue cuanto antes ¿vale? — Acarició por última vez la cabeza del búho y lo lanzó a volar — ¡Buen viaje!
Vega observó pensativamente como se alejaba durante unos instantes, frotándose los brazos inconscientemente mientras pensaba en la cara de alegría que pondría Harry al entender qué era su regalo. No había hablado con sus otros amigos, Ron y Hermione en todo el resto del verano, pero confiaba en que de un modo u otro consiguiesen hacerle llegar a Harry algún mensaje o regalo de cumpleaños también. No es que pensase que su regalo no fuese a ser suficiente, pero Harry se sentía increíblemente solo en Privet Drive, y cualquier cosa, aunque solo fuesen dos líneas en una carta, de parte de todos sus amigos le ayudarían a hacer pasar el resto del verano de mejor humor.
Vega se sentó en la fresca hierba y arrancó tres briznas que comenzó a trenzar distraídamente. No solo Harry era el que se sentía solo, después de todo, ella también estaba en cierto modo aislada en aquel pueblo, aunque la forma en que la trataban a ella difería por completo de como trataban a Harry. Vega se frotó las manos pensativa. Estaba contenta porque al final había conseguido enviar a tiempo su regalo, y debía darse prisa en llegar a casa de los Wolpert. Había quedado a las diez en punto con Nigel, y solo faltaba un cuarto de hora.
Sin embargo, había algo que incomodaba a Vega. No sabría decir exactamente que era. Tenía la misma sensación de angustia como cuando, estando sola en casa en mitad de la noche, oyese un ruido en la planta baja, mezclada con una sensación de peligro inminente que no sabía de donde salía.
Vega se incorporó de rodillas y miró a su alrededor. Hocicos seguía rechupando su hueso alegremente unos pasos detrás de ella. No parecía que sintiese nada malo, pero Vega no podía dejar de concentrarse en aquella sensación.
Tomó aire lentamente mientras escudriñaba entre los árboles que formaban el claro. No pudo ver nada fuera de lo normal bajo la ligera penumbra que se formaba bajo sus ramas, pero si que le pareció que el bosque estaba inusualmente tranquilo. Aguzó el oído, tratando de escuchar el habitual piar de los pájaros por la mañana, el ruido de alguna ardilla que rebuscaba bellotas para el invierno, algún búho molestado en su sueño... Solo el silencio le respondió.
Vega se puso en pie, sacando la varita de la camisa y soltó el aire, que había estado conteniendo hasta el momento. Para su sorpresa, una nube de vaho se formó frente a su boca. Fue entonces cuando se dio cuenta del frío que hacía.
Que hiciese más frío en el bosque que en el pueblo era normal, por la humedad, pero aquel frío no era el frescor habitual que provocaba el rocío de la mañana en la vegetación del bosque. Era una gélida heladez que poco a poco se había ido extendiendo, congelando la humedad en las briznas de hierba del claro.
Vega se giró, tratando de abarcar con la vista lo máximo que pudiese en busca de algo peligroso que pudiese atacarlos. Entonces fue cuando se fijó en Hocicos. El perro negro había perdido su anterior despreocupación y había abandonado el hueso para, con el lomo completamente erizado y el rabo entre las patas, mirar a su alrededor enseñando los dientes.
Solo tenía clara una cosa: fuese lo que fuese lo que asustaba al perro, muy probablemente no era algo natural ni corriente. No le importaba que los brujos menores de edad tuviesen prohibido practicar la magia fuera de Hogwarts, si su vida corría peligro, Vega pensaba defenderse.
Trató de concentrarse para percibir que podía ser aquello que los acechaba mientras mandaba callar al perro. Era mejor que aquello que había en el bosque no se diese cuenta de que estaban allí. Procuró apartar de su mente la idea de que, probablemente si estaba allí, era porque ya los había detectado.
Vega intentó recordar algo que hubiese aprendido en el Colegio que pudiese servirle en aquel momento para protegerse, pero aparte de pensar en basiliscos y espadas de plata, pocas cosas le venían a la cabeza sobre defenderse de criaturas mágicas, y no disponía precisamente de una espada.
Cerró los ojos y respiró hondo, concentrándose, pero justo cuando estaba a punto de conseguir percibir las energías del bosque, notó un fuerte tirón en el brazo. Dio un manotazo asustada para apartar aquello que la atacaba, pero solo era Hocicos, que mordía la manga de su camisa, tratando de tirar de ella.
—Dejame, no tengo tiempo para jugar — le dijo nerviosa, volviéndose a poner en guardia —. Hay algo peligroso aquí, y no sé si podré protegerte chico, deberías volver al pueblo.
El perro soltó un gañido lastimoso y gimió, pero siguió tirando de ella con insistencia. A pesar de ser solo un perro, era bastante grande y tenía mucha fuerza. Poco a poco había conseguido apartarla del centro del claro a tirones. Al final, Vega captó el mensaje.
—Vale, vale, vayámonos los dos, no hace falta que tires tanto Hocicos.
Pero entonces, Vega notó como el frio a su alrededor se intensificaba, y una sensación extraña, como de pinchazos, le recorría la espalda. La vista se le nubló ligeramente y se tambaleó. El movimiento hizo que uno de esos pinchazos dolorosos le atravesara la cabeza y soltó un gemido de dolor.
Un sonido aterrador, como si alguien aspirase aire con fuerza por la boca, la hizo girarse y vió como algo oscuro se movía entre los árboles, pero no consiguió ver qué era. Aguzó la vista, pero entonces Hocicos la mordió de la muñeca con fuerza y tiró de ella, rasgándole la manga. Estaba tan asustado que tenía todo el pelaje en punta y los ojos abiertos como si estuviese desquiciado. Vega captó el mensaje y comenzó a correr hacia la senda.
Sacudió la cabeza, a pesar del dolor, y decidió que fuese lo que fuese lo que había en el claro, no podría enfrentarse a ello. Corrió tanto como pudo, siguiendo el borrón negro que era el perro frente a ella.
Tenía que llegar a casa cuanto antes posible. Si iba hacia el pueblo, lo que fuese que la seguía podría atacar a los vecinos muggles y Vega no estaba dispuesta a poner en peligro a nadie.
Con la mente confundida por el dolor, que aumentaba más y más a cada segundo, daba gracias de que Hocicos fuese un perro tan grande y con el pelaje tan oscuro, porque podía distinguirlo perfectamente corriendo frente a ella, a pesar de que apenas podía fijarse en donde ponía los pies.
Corría todo lo que podía, pero aquella sensación se incrementaba cada vez más y más. Asustada, comprendió que cualquiera que fuese la criatura que la perseguía, parecía producir esa sensación. Probablemente para evitar que su presa escapara. Trató de apretar el paso aún más, pero la mochila con los libros le pesaba y cada vez le dolía más la cabeza y el cuerpo.
Era prácticamente insoportable, como si alguien estuviese revolviendo con una vara de hierro candente bajo su piel. Vega apretó con fuerza los dientes y corrió más rápido aún, decidida a no sucumbir al dolor y a llegar a casa sana y salva. Estiró los brazos para dejar caer la mochila en mitad del sendero y seguir corriendo sin su lastre. Sabía que no estaba muy lejos, apenas a unos veinte metros del río.
Vega reunió todas las fuerzas que le quedaban para recorrer aquellos metros, a pesar de que la vista se le nublase tanto que no veía a dos metros delante de ella. Podía oír el agua corriendo frente a ella, pero alarmada, se fijó en que ya no conseguía ver a Hocicos.
Ese segundo de distracción, buscando al perro con la vista fue fatal. Vega se tropezó con una raíz que sobresalía en el sendero y cayó rodando por la cuesta que llevaba al riachuelo.
La caída rompió su concentración, y entonces una ola de dolor terrible la recorrió de arriba abajo, como si mil cuchillos al rojo vivo se le clavaran bajo la piel. La vista se le nubló por completo y la presa de sus dientes se aflojó. Gritó con toda la fuerza de sus pulmones y la vista se le tiño de rojo mientras, oculta entre sus gritos, podía oír una risa aguda y desquiciada y también una voz de hombre que no pudo identificar.
Mientras estaba sumida en aquella tortura, de pronto notó, más que vio, como algo cálido y brillante pasaba cerca de ella. Y así, sin más, todo terminó. El dolor desapareció y Vega volvió a ser consciente de lo que la rodeaba.
Se fijó entonces en que no estaba sola. Había un hombre arrodillado junto a ella que la sostenía por los hombros con una terrible expresión de preocupación. A su alrededor había más personas, pero eran desconocidos y Vega no les prestó atención.
—¿Remus?— alcanzó a farfullar con la voz ronca de gritar — ¿Que...? ¿Que ha pasado?
—Tranquila Vega, ya se ha marchado — dijo su padrino mientras recogía su varita en el bolsillo interno de la gabardina y la levantaba, con cierta dificultad, en sus brazos —. Vamos a casa, allí no se acercarán y necesitas beber algo caliente.
Vega asintió sin fuerzas. Puede que el dolor hubiese desaparecido, pero aún sufría de sus secuelas. La cabeza le zumbaba y le dolían los músculos. Sintió como algo cálido le recorría la sien y se llevó una mano a la cara. Estaba sangrando. Supuso que de la caída, aunque no le dolía nada.
Remus la llevó en brazos hasta la casa, escoltado por el grupo de brujos desconocidos. En cuanto abrió la puerta, oyó un grito de alivio que provenía de la cocina y enseguida las caras de tía Andrómeda y tío Ted aparecieron en su campo de visión.
—¿Estás bien Vega? — preguntó tío Ted, visiblemente alterado — ¿Que ha pasado?
—¿Donde estaba? — preguntó tía Andrómeda a Remus — ¿Le habéis cogido? — continuó, esta vez preguntando a los demás brujos.
—No estaba con él — respondió Remus mientras depositaba a Vega sobre el sofá —, pero los dementores debieron de confundirla, porque iban tras ella.
Tía Andrómeda se llevó las manos a la boca, con expresión de horror y tío Ted se acercó apresuradamente a las ventanas, para mirar fuera.
—No te preocupes, se han marchado a buscar por otra parte.
Vega se incorporó en el sofá lentamente, frotándose las sienes y miró a su alrededor. Lo primero en que se fijó es en que sus tíos y su padrino parecían increíblemente tensos y nerviosos. También vio que había más gente en casa, gente que no conocía, y que andaba de un lado a otro con ademán serio.
—Mmmm... vale — dijo Vega, sobresaltándolos a los tres —. Tengo preguntas...
Sus tíos y Remus se miraron unos a otros con el ceño fruncido. Tía Andrómeda se sentó en un sillón cansada y tío Ted se apoyó en el brazo del sillón a su lado. Remus se frotó la cara y se acercó a ella, arrodillándose junto al sofá. Antes de que pudiese hablar, Vega le interrumpió.
—¿Qué es exactamente un dementor, que ha sido esa sensación tan horrible y por qué me ha atacado a mi?
—Sí que es un buen montón de preguntas — trató de bromear Remus, con poco éxito. Estaba demasiado nervioso para bromear y cejó en sus intentos al ver que Vega fruncía el ceño —. Bien, de acuerdo. Los dementores son los guardianes de la prisión de Azkaban ¿Has oído hablar de ellos no?
—Sí, sé que es un dementor — asintió Vega, y añadió, tratando de no pensar mucho en ello — ¿Esa... esa sensación tan horrible, como si te estuviesen torturando, es la que producen normalmente?
—No — negó Remus —. Los dementores se alimentan del miedo, la angustia y los malos recuerdos. Aquello que sentiste fue tu peor recuerdo, que el dementor te hizo revivir.
—¿Mi peor recuerdo? — preguntó Vega confundida —, pues se ha debido confundir, porque, que yo sepa, nunca me he bañado en una piscina de agujas calentadas al rojo vivo...
—No, no se confunden. Un dementor te hará recordar tu peor recuerdo, incluso si tú misma no lo recuerdas — dijo Remus —. Puede que sea un recuerdo de cuando eras muy pequeña, incluso de cuando naciste.
—Vale. Es igual, no quiero pensar más en ello por el momento — zanjó Vega molesta —, eso ahora no importa. Lo que importa es: ¿Por qué había un dementor en el bosque cuando se supone que vigilan Azkaban, y por qué me perseguía a mí?
Remus bajó la mirada, entrelazando las manos y carraspeó incómodo.
—¿Por qué, Remus? — preguntó Vega inquisitiva.
El hombre alzó la vista y la miró con intensidad a los ojos.
—Vega... tu padre... Sirius... Ha escapado de Azkaban.
