Disclaimer: Shingeki no Kyojin no me pertenece, el autor es Hajime Isayama.
CAPÍTULO SEGUNDO
ADOLESCENTE TIERNO
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Creo que si ahora mismo me preguntaran si me arrepiento de algo que haya hecho en mi vida hasta ahora o las decisiones que tomé, diría que no. No porque no tuve muchas opciones, y de haber desechado las oportunidades que se me dieron podría considerarme un completo imbécil.
Eso, claro, no reduce, en ningún modo, mi pesar.
—¿Estás seguro de lo que vas a hacer, enanito?
—Sí —sostengo entre mis dedos una pequeña taza de café, meneándola a medida que las palabras llegan a mis oídos.
—Erwin va a estar muy triste. Y Kenny también, aunque sé que no te importa. O eso aparentas.
No puedo evitar resoplar. Toda esa palabrería de Hanji, una compañera de mis tiempos en la universidad, me está aburriendo.
En mi pequeño cuarto, cortesía de Kenny, estamos ambos sentados en una silla frente a mi escritorio y mi cama, platicando sobre mis decisiones aunque a mí no me guste. Esta mujer quiere convencerme de que estoy cometiendo un error, pero no puedo echarme para atrás.
—Escucha, que Erwin sienta algo si me voy me tiene sin cuidado, fue ese cejón la primera persona a la que le conté sobre mis planes. Sobre Kenny... lo sabe desde que me trajo aquí. No estoy hecho para esta ciudad y se lo dije desde de que llegamos, solo le permití acercarse porque no tuve opción.
—Sé bien lo que pasó y por eso no veo el caso de volver. ¿Por qué ese afán de desenterrar recuerdos tan tristes?
¿Tristes? Esa palabra no alcanza para describirlos. Por mucho empeño que yo ponga en restarles importancia.
—Ya decidí, Hanji. Tengo mis maletas hechas y el tren partirá en no mucho. Despídeme de Erwin y de los demás, de algún modo voy a recordarlos, supongo.
—Petra, Oluo, Erd y Gunther sí te apoyan, aunque no sé por qué. Es una locura, enano, estás yendo a tentar a la suerte, no tienes un rumbo seguro. Creo que Oluo ya está planeando un viaje de aventura con Petra... —parece estar reflexionando sinceramente, tiene el dedo índice en la barbilla y los ojos clavados en el techo.
—Hanji, cierra la boca si no quieres que te golpee. He tratado de no hacerlo hasta ahora, pero si sigues con esta mierda voy a molerte a patadas. Estoy harto, vengo diciéndote desde que llegaste que ya decidí largarme de este maldito lugar, no me vas a hacer cambiar de opinión.
—Bien, no voy a cuestionarte más. Solo que siento que hay una razón detrás de todo esto. No te considero un hombre impulsivo y esto, definitivamente no es un arranque. Hay algo muy importante que tienes que hacer allá. ¿Será... tu madre?
Tenía que decirlo.
—Cierra la boca.
—Vale, me pasé —parece arrepentida—. Solo estaba preocupada por ti. Espero que me llames cuando ya estés allá, el viaje no debe durar demasiado. Promételo —se pone de pie frente a mí tras abandonar la silla y me tiende una mano. Hasta que al fin vuelve a sus modos más efusivos, ya me estaba extrañando tanto interés en mi bienestar. No le va esa cara de preocupación, sobre todo al verla siempre actuando como una maldita desquiciada.
—Te llamo —tampoco voy a darle la mano, quién sabe qué ha tocado. No voy por el mundo aceptando saludos así nada más. Prefiero alejarla de un manotazo, ella ya conoce mis códigos y no va a ofenderse. Porque me jode que la gente se ofenda con tanta facilidad.
Esta tipa, de cabello castaño recogido en una coleta y ojos del mismo color cubiertos por sus enormes gafas, estudió medicina. Ingresamos el mismo año y solo por eso llegué a entablar alguna especie de "conversación" con ella, porque yo elegí otra carrera; de otro modo jamás me le habría acercado, tiene unos modos muy exagerados y se la pasa gritando sin razón, pero esto se agrava cuando llega a su laboratorio –un lugar repudiable lleno de porquerías asquerosas en tubos de ensayo y demás mierdas contenedoras. Lo único bueno es lo desinfectado que está todo; fuera de eso el lugar apesta– nuevo material para estudiar. Me desespera lo chillona que llega a ser, pero dentro de todo... Es mi amiga.
Aunque nunca se lo diré. No hay modo. Tendrían que torturarme. He dicho.
—¿Te acompaño hasta que tomes el tren?
—No, prefiero hacer el camino solo. Cuando te llame solo dale el número a las personas cercanas, no quiero recibir llamadas de gente con la que casi ni traté y de repente le da por mostrar interés por mí.
Ella asiente y me abre la puerta para que pueda marcharme. La odio porque, a pesar de ser mujer, me lleva varios centímetros. Me siento enano a su lado y me caga que me recuerde cada dos por tres que, en realidad, sí soy un enano.
Lo bueno es que ya no la voy a ver. Aunque creo que, pese a todo, un pequeño, pequeñísimo, casi diminuto espacio de mí va a extrañarla.
Cuando salgo de mi casa, la cual compartía con Kenny, la calle concurrida de un barrio humilde me recibe. El verano ha llegado y con este, inevitablemente, el calor. Calor que odio con todo mi ser porque me hace sudar a mí y a la gente de por aquí, lo cual es asqueroso. No tengo opción, debo ir para alcanzar el tren.
Hanji se aleja, agitando una mano y con una sonrisa algo melancólica en el rostro. Sé que me quiere y le preocupo, por eso estuvo preguntando tanto, pero no me gusta que sepa de mí más de lo que permito. Recuerdo lo mucho que le costó sacarme conversación...
En este momento, vagando por las calles, recuerdo tantas cosas que me sorprendo de mí mismo. No me considero nostálgico ni nada parecido, pero volver implica demasiadas cosas. Demasiados sucesos.
Si tuviera que hacer un conteo, sería desde mi niñez, cuando empezó todo.
Cuando era niño, mi madre me mantenía escondido en una pequeña habitación en la que dejaba algún pan y un vaso con apenas un poco de leche. Sabía, por cómo nos vestíamos comparados con los demás, que no teníamos nada de dinero. Y pese a todo, mi madre conseguía, de algún modo que en ese entonces no conocía, darme de comer. Recuerdo que llegado un momento me sentí una carga para ella, ya que la veía más y más delgada.
Ella no comía, me lo daba todo a mí. Pero para darme cuenta de esto, tuve que ver otra cosa espantosa.
Fue una tarde, pero ya estaba despuntando la noche. Con diez años, mi mamá volvió a dejarme en la habitación pero solo me dejó la mitad de un pan. Inocente, luego de terminarlo aún tenía hambre y decidí desobedecer: ella me había pedido, casi rogado, que no salga durante las tardes ni las noches, de modo que me quedaba haciendo mis tareas hasta que ella misma se acerque a mí a revisarlas y me dé un beso de buenas noches que más parecía de madrugadas. Creo que en mi vida he recibido un beso tan dulce como los que me daba. Y digo recibido, porque yo sí lo he dado. Uno dulce, muy dulce, aunque eso ahora no venga al caso ni tenga sentido recordarlo, probablemente.
Salí entonces de mi habitación, el estómago me quemaba y tenía urgencia de llevarme cualquier cosa a la boca para saciar mi hambre. Recorrí el pasillo que llevaba a la pequeña sala de un sofá y una mesa a modo de comedor y que conectaba con la habitación de ella. Muchas noches quise dormir a su lado, asustado por extrañas sombras que me parecía ver durante la noche, pero se veía tan triste y apagada que de un no tajante me dejaba las cosas claras.
Hasta ese día recién pude entender por qué tenía esa expresión.
Busqué en la mesa, me incliné de puntitas para alcanzar a ver si había algo comestible sobre esta, pero no hallé nada. Cada vez la oscuridad devoraba más y más mi sala y me entraba un terror espantoso sentirme solo. Mi primer impulso fue olvidar mi hambre y correr a refugiarme en mi habitación, donde sí había luz, y terminar mis tareas para no decepcionarla. Le encantaba ver que sacaba buenas notas, por eso me propuse mantenerme así.
Entonces alcancé a oír unos sonidos muy extraños.
El miedo me paralizó un instante, porque la voz que oía no podía ser de mi madre.
Era un hombre. Un extraño.
Temblando como una hoja, tomé un cuchillo que estaba sobre la mesa. Seguramente mi madre lo había utilizado para rebanar el pan que me dejó, el caso es que estaba ahí, esperando a que lo tome entre mis manos. Empuñé el arma con el filo enhiesto, dispuesto a herir a cualquiera que estuviera causando que el hombre emita esos sonidos lastimeros.
La puerta de la habitación de mi madre estaba cerrada con seguro. De todos modos, dudo que ese día tuviera los huevos para forzar la puerta apenas me acerqué y meterme, era un chiquillo apenas. Me quedé ahí, oyendo todo, hasta que a mis oídos llegó el sonido de los gimoteos de mi madre.
Estaba llorando. Lloraba con fuerza y, si ahora lo analizo, impotencia.
Eso no podía soportarlo. Kushel no tendría por qué llorar, no había hecho nada para decepcionarla, le había obedecido en todo hasta ese momento. No había explicación posible, no tenía sentido.
Entonces pensé... Pensé que era ese sujeto extraño el que estaba haciéndola llorar.
Seguramente fue oírla gritar lo que activo algo en mí, un impulso extraño que hasta entonces jamás se había apoderado de mí. Con mis pequeñas y delgadas piernas empecé a dar sendas patadas a la puerta. Esta debía ser muy vieja, porque bastaron un par de golpes para que ceda.
Creo que, por mucho tiempo que pase, por muchos cigarrillos que me fume, jamás olvidaré lo que vi.
Un hombre asqueroso, goteando sudor, con la cara llena de manchas oscuras, suciedad inmunda, tenía a mi madre tendida sobre el viejo colchón que chirriaba al empujarla más y más contra la superficie de este. Ella lloraba y cuando arremetía con más fuerza recién dejaba escapar unos sollozos. Tenía las manos sobre su cabeza y se aferraba a las sábanas para darse fuerza, supongo.
Creo que cuando me vio algo en ella se rompió, porque el gesto se le descompuso de forma espantosa. A mí me parecía la mujer más bella del universo, y si conociera algún día alguien como ella definitivamente me casaría, yo se lo decía a diario. Pero al verme de golpe le aumentaron al menos diez años, si no es que más.
El sujeto me lanzó una mirada, pero no se detuvo. Mi madre quiso empujarlo, luchó con todas sus fuerzas para alejarlo, pero no fue suficiente. Yo no podía moverme, sentí que de pronto mis pies estaban clavados al suelo.
Hasta que ese hijo de puta –ironía de la vida que yo lo diga– volvió a mirar en dirección a mí, sorprendido de que no me haya ido. Miró a mi mamá y volvió a mirarme a mí para luego echarse a reír. Creo que no fue casual que ataque con más fuerza a mi mamá. Entonces una chispa se encendió en mí, y de un salto alcancé al bastardo para clavarle el cuchillo que tenía entre las manos en la espalda. En la columna.
Pensándolo más fríamente ahora, debí darle en el culo para que le duela mucho más. O en el pene, para que no vuelva a acercarse a mi madre con esas intenciones.
El tipo se retorció de dolor y cayó al suelo, dejando a mi madre sobre la cama con el rostro empapado en lágrimas y aún perdida, sin saber cómo reaccionar. De inmediato se cubrió el pecho con las sábanas y yo, frenético, clavé el cuchillo muchas veces más en el cuerpo de ese malparido. Me habría encantado tener un arma más cortante, porque apenas alcancé a herirlo.
Ese día debí convertirme en un asesino, pero mi arma no era lo suficientemente letal.
En mi mente estaba la imagen del tipo tirado en el suelo desangrándose. Me llenaba de satisfacción esa idea. Pero la realidad era diferente.
Se incorporó de golpe y me dio un manotazo tan fuerte que me estrellé contra la pared. Mi espalda recibió todo el impacto y no pude moverme más. Supongo que llegué a herirle algo, porque cojeaba un poco y su camisa abierta chorreaba algo de sangre. Tenía el pantalón desabrochado y la correa oscilando en el aire. Esta, en sus manos, se convirtió en un arma poderosa. De haber sabido cuánto dolor causaba habría conseguido uno para atacarlo en lugar de usar el cuchillo.
Solo cuando mi madre me oyó reprimir un gemido de dolor reaccionó, porque apareció detrás de él y, haciendo copio de todas sus fuerzas, lo empujó, dando el tipo contra el suelo.
Ella gritaba, le decía que no vuelva a tocarme porque yo no tenía nada que ver. El bastardo solo se rió un poco, le aventó un par de billetes y se fue.
Los dos quedamos en silencio. Claro, el hambre se había desvanecido y el ardor de mi estómago fue reemplazado por un vacío, una sensación horrible que provocaba en mí algunas náuseas. Ella lloraba sin gimotear, las lágrimas corrían libres por sus mejillas.
Permanecimos así un rato, mirándonos ambos. Sentí frío mi pómulo y esa fue la advertencia de que estaba llorando también. Solo entonces ella dejó escapar todo lo que debía estar guardándose, porque me apresó entre sus brazos con una fuerza acogedora, como si en ese mismo momento estuviera a punto de acabarse el mundo y esa fuera la última oportunidad de demostrarnos amor.
Me sentí protegido, y de algún modo me transmitió la idea de que no permitiría que vuelva a pasar.
Estaba muy equivocado. Se repitió todos los días. Me impedía hacer algo, cualquier cosa por evitarlo.
Porque lo intenté muchas veces, y de tanto hacerlo aprendí a defenderme y escabullirme para que no me alcancen. Era un niño, mi fuerza en ese entonces no alcanzaba para enfrentar a sujetos del doble de mi tamaño.
Ella lloraba todas las mañanas cuando me daba de comer. A veces podía ver algún golpe opacando la belleza de su rostro, magulladuras provocadas por hombres inmundos que la veían como su juguete y por el que pagaban para entretenerse un rato. Hombres que se creían mejores que ella, que las mujeres.
Yo no podía soportarlo. El hambre nos aquejaba más y más al ya no contar con los sujetos que ataqué, eran una entrada menos. Porque eso eran, entradas de dinero, por mucho que me joda decirlo ahora y por mucho que me joderá decirlo por el resto de mi vida. Es la verdad.
Como dije, sentí que era una carga. Si ya bastante tenía con soportar a esos bastardos era demasiado tener que alimentarme. Por eso tomé una decisión.
Ya la había visto antes, una tarde que me di un momento para pasear luego de la escuela. No deseaba volver a casa, no quería verla llorando como todos los días. La panadería de un viejo rubio se veía tentadora.
Con la agilidad adquirida y mi inteligencia –bien, soy inteligente, o más bien tengo instinto. Es imposible no desarrollarlo en situaciones tan adversas–, planifiqué todo muy bien. El viejo salía un momento durante las tardes a verificar que el decorado de la fachada esté bien acomodado, ya que los clientes no tardarían en llegar para comprar el pan para la cena.
Lo sé bien, porque lo he probado: el pan recién salido del horno es una delicia celestial, joder.
El caso es que, bien analizados los movimientos del tipo, una tarde me aventuré a entrar. Corrí todo lo que pude y, en un gran descuido de su parte, arremetí contra todo lo que mis manos ansiosas alcanzaron: un tarro de leche, unos cuantos panes y un paquete de mantequilla. El viejo quedó estupefacto por mi irrupción en su local, por lo que la primera vez me dejó todo muy fácil.
Corrí hasta que mis piernas no dieron más. Me sentí rico, magnífico, el rey del universo. Porque tenía suficiente para dos días, para mí y para mi madre.
Creo que la principal razón para robar –y no me avergüenza decirlo, robaba– era ver la sonrisa de mi madre al ver lo que había conseguido. Aunque claro, esta se empañaba a la mañana siguiente y luego de darme una reprimenda, suponiendo lo que hacía para obtener lo que nos llevábamos a la boca.
Repetí mi acto durante todas las tardes, pero decidí hacerlo también durante las mañanas para no ver a algún sujeto que recién a esa hora se iba de mi casa. Me daban asco todos.
Una mañana hubo un problema. Calculaba muy bien la hora para no encontrarme en la tienda con otro cliente, pero ese día había un mocoso ahí. Creo que me vio bien por razones que explicaré después. El caso es que se quedó con cara de bobo mirando mis movimientos, y la verdad lo agradecí, porque no deseaba enfrentarme a nadie ni pegarle al viejo para obtener lo que quería. Vamos, era un viejo y no parecía mala persona, tenía en el rostro una sonrisa sincera cuando atendía a otras personas. Una sonrisa como las de mi madre, de las que me regalaba cada vez que le mostraba mis notas.
Quizá también como las de Eren.
Y digo que el mocoso me vio bien porque, sospechosamente, todas las malditas mañanas lo vi con una mirada expectante, y sus ojos se agrandaban cuando me aparecía por la tienda. Ahora que lo recuerdo hasta me causa gracia, temblaba entero como una gelatina cuando me veía.
Luego me di cuenta de que el chico iba a mi escuela, pero era de años menores. Y no es que haya averiguado sobre él, sino que una tarde, cuando volvía a casa para hacer mis tareas antes de iniciar mi expedición por la conquista de mi comida, lo vi tirado en un callejón, molido como un perro y de tantos golpes que le habían dado parecía sarnoso. Ya antes había defendido a algunas muchachas, siempre hay idiotas que, como los sujetos que se aparecen por mi casa, creen que las mujeres son objetos con los que se puede jugar a gusto. Yo no podía soportarlo, no cuando al verlas desamparadas me recordaban a mi mamá. Me agradecían en el momento, pero luego se olvidaban de mí, porque, no tengo idea de cómo, alguien iba esparciendo rumores sobre mi situación.
Quizá un hijo de puta que iba a mi casa en realidad estaba casado y, como "macho" que se creía, le contaba a su hijo lo que hacía. No puedo asegurarlo.
Bueno, el mocoso ese estaba tirado en el piso. No alcanzó a verme porque los bravucones que le habían dado la golpiza le obstruían la vista. Ahora, pensándolo bien, hice bien en no ayudarle, porque de haberlo hecho se habría pegado a mí como una lapa... Mucho antes. Y no le ayude no por maldad, sino porque tenía demasiada prisa, además de que ver hombres heridos no me conmovía. Tenía que volver a mi casa a terminar las tareas antes de que se haga tarde y no pueda robar nada, porque había calculado una hora ideal para hacer todo.
A la mañana siguiente, forzando un poco mi memoria, recordé que el mocoso tenía a sus espaldas a una chiquilla que sí reconocía porque ya antes la había defendido. Por eso supuse que el niño iba a mi escuela, además de que en su mochila alcancé a ver la insignia de la institución. Y también esa mañana estaba en la tienda. Como todos los días.
Un día se apareció afuera de mi aula. En un primer momento no lo reconocí bien porque el cabello me cubría los ojos, pero cuando lo vi... Me dije qué mierda hace aquí. No iba a decirle que lo conocía, sería problemático porque ya tenía bastante con imbéciles de mi aula jodiéndome como para dejar que a ese crío lo jodan también. Quizá algo en mí me dijo que debía alejarlo de mí y, de algún modo, protegerlo.
De todos modos, ese instinto no duró mucho tiempo. Y no me arrepiento.
Con el tiempo me habitué a verlo. Aunque debo decir que sí me sorprendió que lo hiciera a pesar de los años. Cuando llegué a cumplir dieciséis esa pequeña escoria seguía observándome cada mañana, y me decía a mí mismo que tenía que ser una puta broma, rayos. Pero no se comparaba en nada a lo que vendría después.
Mocoso acosador de mierda, me dije a mí mismo cuando lo sentí acecharme. Porque podía intentar convencerme a mí mismo de que era una especie de casualidad verlo cada mañana, pero que me siga luego de clases... Era demasiado. Sin embargo, no le dije nada porque en realidad no me afectaba. No me hablaba, no decía nada. Solo me escabullí cuando se acercó demasiado peligrosamente a mi casa. Era una zona algo temible y no me sentiría bien de exponerlo. La culpa me carcomería después. Incluso ahora lo hace.
Los fines de semana descansaba porque mi mamá me obligaba a quedarme en casa. Según ella, esos días de descanso debía aprovecharlos al máximo estudiando. Yo obedecía porque en realidad tenía razón, y mis notas se mantenían bien. Mi premio era su sonrisa. Fue un milagro que me hayan dado una media beca cuando era más pequeño, de lo contrario jamás habría podido estudiar. Ella confiaba en mi futuro, creía firmemente que estudiando podría escapar de ese lugar en que vivíamos.
Ahora, recordando eso, es de las pocas veces que siento mi corazón oprimido. Tenía tanta fe en el futuro que terminaba por convencerme de que todo cambiaría, que me la llevaría conmigo. Era un niño.
Un día corrí un gran riesgo. En muchos sentidos. Mi existencia entera se vio envuelta.
Estaba cogiendo la costumbre de ir más temprano porque quería llevar el pan muy caliente a mi casa. A mi mamá le encantaba poder comerlo antes de que llegue cualquier sujeto y me regalaba sonrisas hermosas. El caso es que fui algo imprudente: me escondí tras un contenedor y me aventuré a la tienda sin reparar con cuidado en mi entorno. Tomé lo que quería y cuando estuve a punto de huir, vi una patrulla acercarse a mí. Debo reconocer que en el momento no supe qué hacer, porque no quería lastimar muy fuerte al viejo y, además, la patrulla tendría más motivos para castigarme.
Veía de un lado para otro esperando un descuido del viejo y empezaba a ponerme nervioso la patrulla que iba apareciendo por la esquina. Hasta que, debo reconocerlo, como un rayo de esperanza vi al mocoso acosador afuera de una casa. El chico me miraba algo ansioso, movía sus cejas con aflicción y algo de miedo, como si fuera su propio pellejo el que estuviera en riesgo. Sus dedos se frotaban contra las palmas de sus manos y sus pies nerviosos no podían mantenerse quietos, golpeaban incesantemente el suelo quizá canalizando su angustia.
Corrió hacia una especie de jardín y entonces deduje todo. Ese mocoso quería ayudarme. Salvarme.
El viejo me rodeó y le dio la espalda al chico. Una oportunidad así no podía desaprovecharla de ningún modo, por lo que le di una patada para que no impida mi huida. Corrí todo lo que pude, con el corazón en la garganta palpitando con fuerza y aferrándome a mi comida. No podía defraudar a mi mamá, tenía que llegar con todo.
Cuando llegué al jardín, el acosador me gritó que me acerque y corrimos ambos hasta alcanzar un árbol precioso. Por supuesto, en ese momento no reparé en su belleza, pero con el tiempo supe apreciar su frondosidad y el verde intenso de sus hojas. Una vez en la copa, el chico parecía muerto de miedo, tanto como yo, su respiración era muy agitada y boqueaba buscando aire. Siempre creeré que era muy empático, definitivamente.
Algo más calmado, pero aún boqueando, me preguntó si estaba bien. Y en realidad lo estaba, me sentía bien porque no había perdido lo que conseguí y la patrulla no me capturó. Claro, me extrañó mucho que me ayude, porque no es que el mundo esté poblado de gente generosa. Pero tenía que cagarla.
El muy idiota me recordó que estaba robando y dijo que seguro lo hacía por necesidad. Puto idiota... Eso pensé en ese momento. Pero luego me dijo algo muy extraño.
Dijo que me admiraba.
Y, bueno, quedé en blanco. Porque en mi forma de verme a mí mismo, incluso ahora que lo recuerdo, yo no era alguien digno de admirar. Era un ladrón, un chico que gustaba de decir palabrotas y andaba con ropa lamentable.
Lo bueno fue que me aclaró por qué me admiraba. Dijo que apreciaba que defienda a los demás. Estuve a punto de echarme a reír, porque para mí esa no es razón suficiente para admirar a alguien, mucho menos en su caso. Ese mocoso lo tenía todo, definitivamente estábamos cerca de su casa y pude ver que no pasaba necesidades. En mi caso, si conociera a algún tipo que proteja a los demás, como me habría gustado que suceda aquel día que vi esa escena, sí podría admirarlo. ¿Pero ese mocoso?
Lo peor es que, haciendo memoria, a ese niño lo molían a golpes. Como aquel día que lo vi en un callejón, su fuerza no alcanzaba para hacer frente a los agresores. Y era tan idiota que se enfrentaba a los chicos de mi edad. Vaya niño.
Puedo recordar con gran nitidez cuando se presentó. Se veía muy gracioso, sentado sobre una rama, con sus piernas meciéndose en el aire y extendiéndome una mano temblorosa. Sus enormes ojos verdes estaban más que abiertos y parecía contener el aire mientras me decía su nombre.
Eren.
No soy muy adepto a tocar manos ajenas, pero por haberme ayudado le respondí el saludo. Se veía como un sol cuando acepté su mano y le dije mi nombre. Un puto sol. Jamás olvidaré su expresión, su rostro iluminado.
No había reparado en el cielo. No sé cómo el tiempo se fue tan rápido, porque supuestamente había salido un poco más temprano. Ya tenía que irme o me encontraría directamente con un sujeto asqueroso en la puerta de mi casa, además de algunos adictos que vagaban por los alrededores. Eran como cuervos, siempre dispuestos a sacarte algo.
El mocoso me invitó a quedarme todas las tardes con él a hacer la tarea, y nuevamente estuve a punto de reír. Por mi mente jamás había cruzado la idea de quedarme con alguien a hacer ese tipo de cosas. Iba a negarme, pero entonces me dijo algo que tampoco podré olvidar nunca.
Me dijo que vaya a no estar solo.
No sé qué tan obvio era en ese entonces, pero ese crío supo exactamente cómo me sentía. Me sentía jodidamente solo. Mi madre apenas era un consuelo en el desastre que era la vida en ese entonces, no soportaba quedarme a resolver con prisa mi tarea para en las noches, luego de comer, soportar los sollozos de mamá.
Eren apareció como un pequeño alivio, un breve escape a mi realidad.
Acepté, pero de inmediato me eché a correr para evitarme escenas desagradables. Odiaba la noche, definitivamente la odiaba.
Creo que si no hubiera tenido a mi madre, a quien debía cuidar, habría aceptado vivir en ese árbol con Eren para no volver a sentirme desamparado en las noches nunca más.
Quizá debí decirle eso a tiempo.
Pero no, lo habría involucrado demasiado y quizá dejaría de admirarme.
Aún no puedo creerlo. Me gustaba que me admire.
Por fin llego a la estación de tren. El encargado toma mi boleto y me señala por dónde debo ir para alcanzar mi asiento. El viaje será algo largo y el camino me traerá muchísimos más recuerdos.
Como cuando me fui.
Tomo asiento y de inmediato siento el agradable aroma del forro de cuero del asiento. Incluso, ahora sentado, apenas puedo creer que pueda pagarme esto. Mi condición mejoró mucho con los años.
Apenas falta que aborden un par de personas, entonces partiremos.
Fui todas las tardes sin falta al dichoso árbol. Con el tiempo me entretuve bastante, llevaba mis libros y avanzaba tranquilamente la tarea. Mi madre no se oponía a que salga. Creo que de algún modo la alivió, y, quizá, a escondidas hacía aparecer por mi casa otros hombres aprovechando mi ausencia.
Eren era a veces muy idiota. Muchas veces tuve que darle coscorrones porque no entendía lo que le explicaba. Ponía de su parte, por supuesto, pero algunas cosas simplemente no le entraban. Con el tiempo me habitué a sus gestos, su sonrisa perenne y ese afán de mirarme todo el tiempo.
Lo que sí no me gustaba era ese capricho –porque eso debía ser– de preguntar por mi intimidad. Llevábamos la fiesta en paz y todo iba bien hasta que preguntaba por mis padres. Cuando lo hacía lo desintegraba con mi mirada, y él me devolvía una semejante a la de un cachorro regañado. Eren tenía ojos de cachorro. Todo él parecía un cachorro, solo le hacía falta ladrar.
Y lo digo porque era muy leal. Y porque empezó a seguirme y pegarse a mí.
Recuerdo claramente aquel día. Iba yo de salida luego de clases, muy tranquilo porque no había tenido necesidad de pelear con nadie. Yo no buscaba pleitos, los pleitos me buscaban a mí. Tipos idiotas que se creían mejores por su ropa bonita o cosas por el estilo. Todos tan llenos de mierda por dentro.
Estaba yendo con un morral al hombro cuando lo vi. Estaba apoyado contra un muro y parecía silbar de tan aburrido de esperar que seguramente estaba. Un pie suyo se meneaba en el suelo y sus enormes ojos seguían su movimiento. Tenía los brazos en la espalda y la oreja muy parada, porque cuando sintió mis pasos de inmediato se incorporó para saludarme.
A mí me extrañó muchísimo verlo ahí. Primero quise creer que era pura casualidad, pero no. Él mismo se encargó de despejar esa idea al echarse a andar conmigo. No iba a impedirle andar por la calle, sería estúpido, por eso no dije nada.
Como con la panadería y el árbol, la cosa se prolongó. Luego del colegio siempre me esperaba él.
A lo mejor soy un hombre de costumbres, porque nuevamente me habitué a esa situación. Todos los días volvíamos juntos y fuimos incorporando pequeñas pláticas.
Hubo un día que recuerdo con cariño. Bueno, en realidad son muchos; con Eren por momentos la vida me parecía un poco más fácil y agradable.
Íbamos caminando luego de clases y de pronto se detuvo en seco. Eren rebuscó en sus bolsillos con mucha prisa y con una gran sonrisa, pero esta se desvaneció en un instante. Su mano que se agitaba inquieta se detuvo y parecía sudar frío. Me causó gracia ver su boca muy recta para luego fruncir sus labios. Sacó finalmente entre sus dedos un pequeño grupo de monedas y le entregó estas a una señora –que hasta ese momento no había notado– para recibir a cambio un paquete de galletas.
Nunca llegué a robar golosinas. Mi prioridad eran otros alimentos y no podía arriesgarme por goloso a que me atrapen. Por eso apenas lo vi abrir el paquete algo en mí se sintió tentado. Olían muy bien y de inmediato se me abrió el apetito.
No quiero pensar que me vi muy necesitado, de verdad, pero Eren me extendió con fuerza y decisión impregnada de nerviosismo una galleta. Soy orgulloso y lo admito, pero en ese momento se veía demasiado sabrosa para poder contenerme. Fui comedido y la tomé con cuidado para luego llevarla a mi boca y degustarla despacio.
Incluso ahora recuerdo lo bien que sabía. Recuerdo los trozos de chocolate que tenía.
El chocolate me recuerda a Eren. Eren era como el chocolate.
Luego me regaló el paquete completo. Por dentro estaba muerto de la felicidad, esa tarde tendría algo más que invitarle a mi mamá. Recuerdo su rostro cuando se las di a probar, parecía tan feliz como yo y me regaló una de sus bellas sonrisas. Cuando sonreía se veía preciosa.
El niño parecía muy satisfecho, y debió ser así porque se acostumbró a comprar algo todos los días. Muchas veces, supongo que el dinero no le alcanzaba siempre, compraba solo caramelos. Contaba las últimas monedas que le quedaban en el bolsillo y me daba una golosina. Porque al final él casi no probaba nada, me lo daba todo a mí. No soy interesado, pero empecé a sentir más apego a él por ese pequeño gesto.
Eren era dulce.
Más allá de los dulces, que fue algo importante para mí, recuerdo un gesto muy bobo suyo. Quizá sea porque fue antes de que todo se termine.
Una tarde, ya en el árbol, Eren me veía de reojo. Ese día había llevado mi libro de ciencias y lo leía con algo de asco. Había gráficos de amebas y su sola imagen me causaba repulsión. Estaba ensimismado maldiciendo a esas cosas infectas mentalmente hasta que oí que el mocoso estaba manipulando papel. Al principio no presté mucha atención, pero fue inevitable no hacerle caso con lo bullicioso que era. Había arrancado una hoja de su cuaderno y empezaba a arrugarla.
—¿Sabes, Levi? —me dijo, sin dejar de doblar su hoja.
—¿Qué?
—Me gustaría saber si alguna vez has ido a ver el mar.
—No, no he ido.
—¡¿Por qué?! —se escandalizó. Me lo dijo casi como si fuera un pecado—. ¡El mar es bellísimo!
—Supongo —devolví mi vista a mi libro. No podía perder mucho tiempo en esa conversación, no cuando estábamos a mitad de año y se acercaban exámenes importantes. Ese era mi último año en la escuela y mis notas debían ser excelentes para poder postular a la universidad. Seguía confiando en mi porvenir.
—Yo he ido un par de veces en verano con Mikasa y Armin.
—¿Mikasa? ¿La niña que te cuida y viene a espiarnos cada veinte minutos?
—¡No me cuida, solo es mi hermana!
—Y te salva el culo cuando ve a un grandulón dispuesto a sacarte la mierda. Es fuerte, muy fuerte.
—Ya lo sé... —Eren siempre lo hacía cuando le regañaba: en sus labios se formaba un puchero muy infantil. Quería sentirse grande, pero ese tipo de muecas lo contradecía. Era un pequeño adolescente, apenas tenía catorce años y una necesidad de hacer justicia única. Estoy seguro de que ahora está muy bien y es feliz. Eso espero y mi deseo es sincero—. ¿Y Armin?
—¿El rubio andrógino? Al menos él no anda espiándonos. Es listo por naturaleza.
—¿Andrógino? —Se veía muy tierno preguntando por esa palabra. Parecía realmente ansioso por saber lo que significaba y sus cejas curvadas me lo confirmaban. Sus gestos siempre fueron muy transparentes.
—"Aplícase a los animales que tienen los dos sexos en un mismo individuo, si bien dispuestos de manera que el masculino no pueda fecundar al femenino" —recité. Eren oyó con atención cada palabra que dije, pero un significado tan complicado tampoco podía entenderlo, fue mala idea responderle con lo que decía el diccionario. Tenía una expresión de confusión aun más grave que antes de preguntar—. Quise decir que es hombre pero a la vez parece mujer, tiene rasgos de ambos sexos, ¿entiendes?
—¡Ah! —exclamó victorioso—. ¡He aprendido algo nuevo!
—Bien —tenía que seguir leyendo, las ciencias no eran mis enemigas pero la cuestión de las amebas me tenía reticente a aprender más sobre ellas.
—Levi.
Puedo jurar que en ese momento estuve a punto de tirarle mi libro a la cara para que aprenda a terminar una conversación de una vez por todas en lugar de pasársela fragmentándola. Pero no lo hice.
El mocoso puso frente a mí un barquito de papel. Muy bien hecho. Muy bonito.
Como pocas veces, me quedé mudo. Eren me miraba con sus ojos de cachorro temeroso de alguna respuesta violenta. Porque no fueron pocas las ocasiones en que le di unos golpes por testarudo.
—¿Te gusta?
No podía negar lo evidente. Me gustaba y mucho.
—Sí... —tomé el barquito entre mis manos y lo giré para revisarlo con cuidado. Hasta ese día sí había visto esas cosas, pero nunca había intentado hacer uno.
Y Eren se echó a reír.
Ese chico estaba feliz. Le había hecho feliz que acepte su regalo. Yo lo hice feliz.
Desde ese día me di cuenta de que Eren tenía una sonrisa muy bonita. Una sonrisa sincera, como la de mi mamá. Eran diferentes pero al mismo tiempo iguales.
Quizá el sentimiento del que estaban embargadas era el mismo.
Creo que ese día también dejé de ser tan inocente con respecto a sus sentimientos. Porque cualquiera un poco más avispado que yo con respecto a emociones se habría dado cuenta desde que empezó todo que ese interés no era normal. Ese chico tenía una fijación conmigo.
No lo culpo, viendo la inocencia en sus ojos puedo afirmar que ni él mismo se daba cuenta de lo que sentía. Y cuando tomé conciencia de lo que en su pequeño corazón se gestaba el mundo se encargó de recordarme que era un lugar oscuro y desolador para mí.
Preferí no tocarle el tema, quizá si le hubiera insinuado que sabía sobre sus sentimientos se habría espantado y nuestras conversaciones ya no serían nunca más las mismas. Es curioso porque, incluso cuando me proponía que todo siga igual entre nosotros, las cosas se fueron a la mierda de todos modos.
La tragedia de mi vida comenzó una mañana. En cierta forma me culpo, porque no detecté las señales a tiempo. Pasaba mucho tiempo con Eren y disfrutaba de la compañía de mi mamá cuando comíamos lo que le conseguía y durante las mañanas, pero nada más. Si hubiera prestado atención habría notado que su salud estaba decayendo a pasos agigantados. Su piel iba ajándose y su belleza se perdía con cada día que pasaba. A mis ojos seguía siendo hermosa, porque desde que me había hecho amigo de Eren la vida parecía más amiga mía. Quizá porque no pasaba tanto tiempo con ella es que ahora sigo vivo.
Kenny nunca quiso decirme qué sufría exactamente mi madre, pero por lo que deduje de sus palabras, era algo que ya cargaba desde hacía tiempo.
Esa mañana sentí algo en mí, sentí que algo muy malo iba a pasar cuando oí a mi madre toser en el baño. Estaba vomitando y al sentir que me acercaba para ver si algo andaba mal me dijo que me alejara, que se le iba a pasar pronto. Yo le creí, "mi madre no me mentiría" pensaba.
Mis tardes con Eren me reconfortaban luego de las mañanas angustiosas, ya que nunca me acostumbré a mi madre vomitando con violencia. Cada vez debía ser más doloroso para ella, porque sus gritos se dejaban oír hasta mi habitación. Me despertaba al oírla escupiendo su vida en el inodoro.
Así transcurrieron los meses. Unos días después de que Eren me diera el barquito de papel y cuando volvía a mi casa, una corriente de aire poderosa me estremeció entero.
Era un aviso.
Cuando estuve en mi casa, todo lucía mucho más sombrío. En la mesa de la sala-comedor había una cantidad impresionante de cajetillas de cigarros, algunas vacías y otras con contenido en buen estado, además de colillas olorosas que hacían más lúgubre el lugar. Yo sabía fumar desde los catorce, más que nada por curiosidad; encontré una cajetilla nueva en mi casa, seguramente la dejó algún tipo inmundo por descuido. La primera vez que di una pitada casi vomito, pero aprendí pronto con todos los que quedaban a punta de práctica. Muchos tipos que visitaban mi casa los dejaban tirados, seguramente por descuido.
Me acerqué con cierto temor a la habitación de mi madre, angustiado porque el silencio era inquietante. En cierta forma me alegraba, porque al menos no la oía llorar. Cuando estuve frente a la puerta, procuré pegar la oreja para no dar con la misma escena de mis diez años. No oí nada, así que empujé la puerta, y solo turbó el silencio el rechinar de las bisagras.
Mi madre estaba tirada en la cama, escupiendo sangre con un pañuelo tratando inútilmente de disimularlo. De inmediato corrí para alcanzarla, pero ella no me había sentido llegar. Me dolió ver que parecía triste de verme. Tenía los ojos opacos y algo amarillentos, además de la piel áspera y pálida. Ambos somos blancos, pálidos, pero ella estaba apagada, su piel se veía casi morada y de sus mejillas se había esfumado cualquier rubor.
Quiso alejarme con palabras reconfortantes. Dijo que estaba bien y que se le iba a pasar.
Esa vez no le creí. Y no sé si hice bien, porque por una parte me habría privado de ver algo tan doloroso y por otra no la hubiera podido ver hasta el final.
Me quedé velando su sueño toda la noche. A cualquier tipo que venía lo ignoraba y si insistía le ponía el pecho; ya no era un chiquillo débil y bien podía enfrentarlos si quería. Mi madre seguía en la cama y no quería probar nada, ni siquiera los caramelos que me había regalado Eren.
Justo esa noche, casi en la madrugada, me preguntó de dónde sacaba las golosinas. Le llegué a contar sobre Eren, le dije que era un mocoso latoso que me seguía a todos lados y a veces tenía la gentileza de invitarme ese tipo de cosas. A mi mamá le robó el corazón, dijo que debía agradecerle de su parte y portarme bien con él. Lamento no haber cumplido del todo con eso último, pero en el momento no tuve opción. También me insinuó que yo debía tenerle algún cariño, porque, conociéndome, no habría dejado a cualquiera acercarse tan íntimamente a mí.
Claro, ese día me di cuenta de que en verdad sentía algo bonito por Eren. Casi tan bonito como lo que sentía por mi mamá.
La madrugada fue lenta y desesperante, mi madre respiraba agitadamente y yo no me despegaba de su lado. Ella se dedicó a enumerar mis virtudes y decirme que era muy guapo, que nos parecíamos mucho e insistió en que debía estudiar con ahínco para poder postular a la universidad. Tanto me decía que terminé por adormilarme, sumado al cansancio del desvelo me fue imposible no cerrar los ojos y caer ante el sueño. Dormí poco, supongo, porque cuando desperté me sentía muy cansado, además de que no me desperté porque quería, sino porque una tos espantosa de mi madre me alarmó. Yo me aferraba a su mano y ella intentaba por todos los medios no acercarme el pañuelo que sostenía con la otra. Quizá pensaba que podía contagiarme.
Unas horas más tarde, con una sonrisa en el rostro y contemplándome, diciéndome lo mucho que me amaba y yo devolviéndole el sentimiento con palabras, como nunca hice con nadie, le dije "Te amo" antes de que la luz de sus ojos se extinga para siempre.
La desesperación me invadió cuando dejó de oírse su respiración agitada. La mano que aferraba el pañuelo aflojó su agarre y la otra soltó la mía. Sus ojos se nublaron y parecían perdidos en algún punto recóndito de la pared que había detrás mío. Sus labios quedaron entreabiertos y yo sentí el deseo loco de besarlos, pensando que quizá de ese modo se dejaría de tonterías y me sonreiría de nuevo.
No lo hice, quedé sobre la cama abrazando su cuerpo inerte por no sé cuántas horas. Mis ojos estaban hinchados y rojos de tanto llorar. Falté a la escuela por la mañana y en la tarde, desesperado, salí de mi casa para que los recuerdos no me vuelvan loco. Dejé a mi mamá sobre la cama y antes de salir tomé una de las cajetillas que había sobre la mesa además de un encendedor.
Mis piernas me guiaron y sin proponérmelo ya estaba frente al árbol. No quería pensar en nada, por lo que simplemente me subí y dejé caer mi espalda en alguna rama. Mi mente estaba invadida por miles de imágenes de mi mamá sonriendo, acariciándome o felicitándome. Imágenes que nunca más vería en otro lugar que no fuera mi imaginación.
Eren estaba ahí también, pero en ese momento no tenía cabeza para él. Quería desaparecer o retroceder el tiempo de modo que a mi mamá no le pase nada nunca y pueda volver a ser el de antes, pero con dinero. Porque con dinero podría sacarla de esa casa y llevármela conmigo a quién sabe dónde, no importaba con tal de que ella deje de llorar.
Necesitaba hacer algo para calmarme, lo que sea. Por eso me llevé los cigarrillos, porque incluso ahora me calman de una forma impresionante. Saqué uno de la cajetilla y recuerdo que estuve a punto de prenderlo para darle una primera pitada, pero el mocoso idiota tenía que meterse.
Quizá sea porque fue un momento desagradable entre ambos, pero no recuerdo exactamente qué pasó. A mi mente llega la imagen del cigarro en el pasto y Eren gritándome por quién sabe qué motivos. Supongo que le molestó que intentara fumar. Recuerdo también que grité, pero no sé qué le dije, el caso es que no olvido su rostro. Se veía triste, muy triste y hasta decepcionado. Y por eso corrí, porque había decepcionado a la única persona que me quedaba en el mundo.
Cuando volví a mi casa encontré la puerta entreabierta y de inmediato se despertó la alarma en mí. Era ya noche y cabía la posibilidad de que sea algún tipejo asqueroso. Entré despacio sosteniendo el encendedor con fuerza. No tenía otra arma, era eso o exponerme a ser herido. Bien podía quemar al malnacido que intente acercarse al cadáver de mi mamá.
En medio de la oscuridad anduve hasta dar con la habitación de mi madre. Esa puerta también estaba entreabierta, y yo recordaba haberla cerrado muy bien, así que alguien definitivamente conocía mi casa.
—¿Crees que con un encendedor me vas a matar?
Había un hombre. Las primeras impresiones siempre son importantes, joder, y esa fue una presentación terrible.
No soporté su provocación y abrí la puerta de una patada para encarar a quien estuviera ahí. Era un tipo alto, de barba en la quijada hasta las patillas y un sombrero muy ridículo. Siempre se lo he dicho, que deje esa cosa horrenda pero nunca hace caso, viejo necio.
Me abalancé sobre él. Creí que si lo inmovilizaba podría aprovechar algún retazo de la habitación para poder quemarle alguna parte del cuerpo.
No alcancé ni a tocarlo. Vio mi brazo acercarse a él y de un movimiento rápido tomó mi muñeca con su diestra para apretarme con fuerza y hacerse a un lado antes de que llegue siquiera a reaccionar. El impulso que había tomado jugó en mi contra y me fui de bruces contra la pared. Caí pesadamente en el suelo y pude ver que el cuerpo de mi madre había sido cubierto con una sábana, ocultando su rostro.
—¿Con eso pensabas matarme? Pobre niño —se burló.
Mientras hablaba pude ver que se acomodaba el cinturón. Me asusté mucho, aunque no lo demostré por orgullo, cuando me di cuenta de que sobresalían un par de pistolas enfundadas. Creí que iba a matarme sin motivo, pero no lo hizo.
—Vine por Kushel.
—Está muerta —respondí. Decirlo dolió y los ojos me picaron deseosos de soltar algunas lágrimas, pero supongo que ya había llorado bastante mientras la tenía conmigo, porque no lloré pese a lo roto que estaba por dentro. No lloré.
El viejo resopló, y hasta el día de hoy no sé si fue con resignación o había algo más. Creo que fue resignación, consciente de lo que le esperaba.
—Mi nombre es Kenny Ackerman, ¿el tuyo? —su apellido me sorprendió, ya que compartíamos el mismo.
—Levi.
—¿Solo Levi? ¿No te dijo Kushel que eres Ackerman?
—¿Por qué tendría que decírtelo? Lárgate, viejo.
El viejo rió un poco y luego continuó.
—No deberías tratar así a quien viene a rescatarte. Venía a ver a Kushel para sacarla de aquí porque conseguí dinero, tengo un empleo fijo. Pero veo que llegué tarde... —solo entonces pude ver algo semejante a la culpa, tristeza y hasta dolor en sus ojos—. No sabía que había tenido un mocoso.
—¿Hace cuánto no la ves?
—Mucho tiempo.
—¿Qué eres de ella? ¿Por qué debería creerte?
—Soy tu tío, chiquillo atrevido. Y voy a pagar el sepelio.
Sentí una paz increíble. Porque ya comenzaba a angustiarme por el cuerpo de mi mamá. No podía dejarla en la cama y tampoco tenía dinero para hacerle algo, una fosa común siquiera. Aún tenía mis dudas, pero ese asunto del entierro me demostraría muchas cosas.
—Vamos a arreglar todo esto, ¿bien? Y no quiero verte llorando, ya eres un hombre y no está bien eso. Dime, ¿has comido?
—No como desde ayer. Ayer murió. No tengo hambre.
—Ya veo. Voy a hablar con la funeraria ahora mismo. No te preocupes, será algo discreto. Mientras ve a recoger todas tus cosas, tus libros, ropa y demás. Te llevaré a vivir conmigo al cuarto que estoy alquilando.
Yo no tenía más opciones. Si no aceptaba su ayuda mi madre se quedaría en la cama y yo no tendría absolutamente nada. Tenía que confiar en él. En alguien de mi familia.
Tres semanas más o menos se me fueron volando. Kenny cumplió con todo lo que me dijo, enterramos a mi mamá y pude darle el último adiós, conservando para siempre en mi memoria su rostro hermoso iluminado por su sonrisa. Recuerdo que esos días fumar se volvió casi adictivo, hasta el mismo Kenny me criticaba, pero no me prohibía nada.
Durante esos días el viejo me hizo cortar el pelo y compró ropa para mí. Ahora no se lo demuestro, pero muy en el fondo estoy agradecido de que haya hecho tanto por mí. Puedo recordar cómo me veía, porque desde ese día mantuve el mismo corte. Al principio me sentí incómodo y mi nuca, rapada, sentía la brisa, pero me adapté pronto.
Recuerdo también que me enseñó a defenderme. Creía que era fuerte, pero no era nada comparado con él. Creía que podía con cualquier tipo que intentara hacerme algo, pero Kenny me demostró lo inferior que era. Sus métodos eran duros, pero efectivos. Me dio las palizas de mi vida, viejo sádico. Me esconde muchas cosas, incluso ahora no sé qué hacía antes de ir a sacarme de mi casa. Quizá fue sicario o no sé.
Entonces Kenny me dijo que nos iríamos, que viajaríamos a otra ciudad. Su anuncio me tomó por sorpresa porque mi idea de irme implicaba llevarme a mi mamá conmigo. Pero no podría ser, no había modo.
Si mi partida era inminente, bien podía despedirme de Eren. Había dejado de verlo desde aquel día que me fui corriendo y esperaba que no siga decepcionado de mí.
Caminé despacio hasta llegar a su calle y me acerqué al árbol para escalarlo. Una vez en la copa, me recosté en una rama para leer un libro en caso Eren no estuviera en casa. Esperaba que esté, no quería irme sin al menos decirle sobre mi partida. Afortunadamente sí estaba.
Se veía muy lindo, sus enormes ojos se iluminaron en cuanto me vieron. Imprudente como siempre, se abalanzó a la primera rama gruesa que su mano alcanzó y se acercó a mí, algo sonrojado y tímido.
Me pidió perdón. Hasta ahora no termino de entender, porque el del error fui yo. No debí reaccionar así con él por muchos motivos que tuviera, además de estar haciendo algo indebido como fumar. Me dio ternura su gesto y por primera vez le sonreí.
En ese momento tuve muy claro que yo le gustaba. Se quedó mirándome con cara de idiota cuando le sonreí y esta se agravó cuando le pedí perdón por intentar fumar en su árbol.
Seguimos conversando un poco sobre el tema de fumar y el muy atrevido me dijo que olía mal. Amo la limpieza y según como yo lo veía no podía oler mal, pero me aclaró que era porque olía a cigarro. Por supuesto que olía a cigarro, estuve fumando miles durante las tres semanas posteriores a la muerte de mi madre.
Quise jugar un poco con su reacción. Me acerqué a él con cuidado y tomé su barbilla entre mis dedos. Se veía adorable con los ojos clavados en mis dedos evitando mirarme a toda costa, muy rojo y tembloroso. Sentí que Eren era una persona muy pura e inocente, honesta, demasiado para este mundo. Deseo que nunca haya sufrido ni pase lo que yo pasé.
No pude evitar darle un beso. Iba a dárselo en toda la boca, como a mi mamá, pero temblaba tanto que sus labios terminaron por esquivar los míos, por lo que me conformé con la comisura de estos. Me encantó cómo se estremeció entero, ahogando un pequeño gemido en cuanto nos tocamos.
Si alguna vez di un beso sincero, lleno de dulzura, fue ese día. Cuando se es adolescente este tipo de cosas son más fáciles de conseguir. No tienen tiempo de pensar en el futuro, solo existe el presente y se entregan con fervor a pasiones apenas descubiertas. Ahora que lo pienso, pese a todo lo podrido que estaba fui capaz de hacerlo, y es sorprendente. De Eren me lo podía esperar, ingenuo como era. Me pregunto si seguirá igual...
Cuando me alejé tenía los ojos apretados y las mejillas muy rojas, temblando como una hoja del árbol que nos ocultaba.
Tenía que irme pronto, había quedado con Kenny de vernos a una hora. Pero Eren me alcanzó cuando yo estaba por alejarme. Recuerdo que se veía poderoso en su bicicleta, me invitó a subirme y simplemente no pude negarme. Ese beso me había demostrado que de verdad sentía algo por él, más allá de la gratitud por hacerme olvidar, aunque sea por momentos, de mi realidad.
Manejó de prisa, sus piernas debían estar en buena forma porque íbamos a una velocidad impresionante. Pensándolo bien, incluso si hubiéramos ido despacio me habría aferrado con la misma fuerza a su cintura. Se sentía bien estar así, era como si estuviera abrazándolo indirectamente.
Cuando nos detuvimos me di cuenta de que estábamos en el parque. Había columpios y pendejadas para niños chiquitos. Estuve a punto de reclamarle por llevarme a un lugar tan infantil hasta que vi un jardín hermoso. Me gustan las flores, a mi madre también le gustaban y la veía muy feliz cuando conseguía alguna para darle algo de vida a nuestra casa.
Me aproximé para sentir su fragancia y de inmediato mi alma se sintió reconfortada. Nada puede curar mejor el alma que los sentidos. [1] Estaba ensimismado oliendo hasta que Eren irrumpió mi campo visual con una rosa blanca recién arrancada.
—¡Toma!
—¿Qué haces? —me tomó por sorpresa, no entendí qué quería exactamente.
—¡Te la regalo! ¡Tómala!
Como otro de sus regalos la recibí y, para qué negarlo, también me hizo algo feliz. Su compañía aliviaba mi dolor. Creo que si me hubiera podido quedar a su lado habría superado más fácilmente la pérdida de mi madre. Pero no podía, Kenny ya había llegado a mi vida.
—Gracias—estaba sinceramente agradecido. Dudo que lo haya captado, pero ese gracias abarcaba todo lo que había hecho por mí. Un gracias enorme.
—Póntela —en ese momento lo vi incrédulo, tenía que estar bromeando
—¿Esperas que la luzca como una chica? Tienes que estar de coña o te golpeaste la cabeza en algún momento.
—No, bueno... Clávala en tu camisón, se verá bonita...
Ojos de cachorro. Al final accedí a portarla. Alabó lo bien que me quedaba y me preocupé al ver que la tarde moría. Eren entendió lo que me pasaba y volvimos a subir a su bicicleta. Condujo tan rápido como antes, con una sonrisa enorme y conmigo aferrándome a su cintura, feliz de sentir su calor contra mi cuerpo. Yo estaba orgulloso de tener en mi pecho una rosa que él, con sus propias manos, había arrancado para mí. Una rosa de Eren.
Me alegró que parara cerca de la calle en la que vivía junto a mi madre. No quería que nadie sepa de mi viaje con Kenny y mucho menos de la muerte de mi mamá, y para eso lo mejor era guardar las apariencias. Viéndolo ahora, hice bien en no contarle nada. Su inocencia se habría perdido un poco al saber estas cosas del mundo, su lado oscuro.
Tenía que despedirme, y como no quería prolongar las cosas, simplemente le dije que me iba. Fui ambiguo y lo sé, porque entendió que me iba a mi casa y no lo tomó como una despedida, hasta hace un mes, definitiva. Tuve que aclararle que me iba lejos y que iba a terminar el colegio en otra ciudad. No entré en detalles para protegerlo, si sabía demasiado terminarían por involucrarlo conmigo y eso sería muy malo para él. Todo el tiempo intenté que no lo vinculen conmigo para que no tuviera que aguantar bromas pesadas de esos imbéciles de mi aula. Espero que haya sido suficiente.
Incluso ahora, cuando recuerdo su expresión de desamparo cuando me alejé, siento tristeza. Su bicicleta cayó al suelo y no atinó a hacer nada, me vio correr y nada más. Lamento, por la promesa que le hice a mi madre y por mis propios sentimientos, haberlo dejado así sabiendo lo que sentía por mí. Sin embargo, si quería protegerlo debía ser así.
Por fin vamos a partir, los pasajeros ya están ubicados y el tren se pone en marcha. Me gusta convencerme a mí mismo de que me quedaré dormido y así me evitaré más recuerdos dolorosos, pero sé que no será así.
A través de la ventana puedo ver el mismo recorrido que hice para llegar a la ciudad que ahora estoy abandonando. Recuerdo que cuando llegué me sentía ajeno y perdido. Tuve que adaptarme a nuevos compañeros, pero al menos no me jodían por frivolidades como la ropa, ya que ya tenía una mejor.
Terminé con honores el colegio, incluso me dieron un diploma muy bonito. Eso me facilitó mucho las cosas, así tenía buenas recomendaciones y más chance de ingresar a la universidad. Di mi examen e ingresé en el primer intento, puse mucho de mi parte y me amanecí estudiando. Valió la pena, porque fui de los primeros del examen.
Hanji y Erwin ingresaron el mismo año que yo. Petra, Oluo, Erd y Gunther también, pero se unieron a nosotros tiempo después, cuando ya íbamos en el segundo ciclo. Hanji iba a Medicina, Erwin a Derecho, yo a Literatura y los demás a Administración. Nuestras facultades no estaban muy cerca la una de la otra, pero nos reuníamos ocasionalmente para charlar o tomar algo.
No entiendo por qué, pero esa época de mi vida no la recuerdo con nitidez. Solo sé que Hanji me hizo conversación porque necesitaba que le enseñe a citar a los autores en sus trabajos de investigación; me la crucé en el comedor de la universidad y, al ver mis libros, dedujo a qué carrera pertenecía y así empezó todo. Ella trajo consigo a Erwin y nos hicimos "amigos". Es un tipo muy serio y formal, por eso no funcionó nada con él. Porque me enteré con el tiempo de que estaba interesado en mí. Yo no tenía cabeza para eso, solo quería encerrarme a estudiar e intentar no recordar ningún pasaje de mi adolescencia.
Porque mi adolescencia implicaba a mi madre y a Eren.
Con el tiempo terminé cediendo a sus proposiciones y fui a fiestas con ellos. Ahí conocimos a Petra y a los demás. Buenos sujetos, bastante amables, especialmente Erd y Gunther, porque con Oluo no sé qué pasó exactamente. De repente noté que imitaba mi forma de hablar y ademanes, cosa que me dejó extrañado.
Pasaron los años y terminé mi carrera. Cinco años o más se me fueron volando y de pronto ya tenía veintidós.
Y precisamente, ahora que he terminado mi carrera, decidí volver al pueblo en el que crecí. A Hanji llegué a contarle gran parte de mi historia, quizá desesperado por desahogarme con alguien y esa loca era una buena opción. Por eso se negaba a dejarme viajar, cree que terminaré por hacerme daño.
Quizá tiene razón, mi futuro es incierto.
Viví con Kenny todo el tiempo, pero siempre dejamos en claro que no éramos, ni de lejos, cercanos. Le estoy agradecido y le guardo algo de cariño, sería absurdo sentir lo contrario, pero tampoco le demostré mi afecto con algún abrazo o algo parecido. Le dije desde un principio que no me sentía cómodo con la ciudad y que cuando tuviera la más mínima oportunidad me iría. Él no me lo diría, pero estoy convencido de que pensaba lo mismo, que ese lugar no era para mí.
Así que decidí volver. Reconozco que fue muy amable de su parte aportar algo para mi viaje, pero prefirió evitarse despedidas. Dudo que seamos buenos para eso y si es así mejor evitarlo. Cuando llegue y me instale en algún hotelillo le llamaré para que sepa que llegué bien y visitaré a mi mamá. Llevo años sin verla y me parece una ingratitud de mi parte. Quiero llevarle flores y decirle un par de cosas.
Quiero verla, hablarle. Por eso estoy viajando.
Conseguiré un trabajo, puedo dictar clases en alguna escuela o, sin afán de ser pretencioso, en la universidad de la ciudad.
Me pregunto qué tanto ha cambiado el lugar en el que crecí.
Me pregunto qué tanto habrá cambiado Eren. Me pregunto si me recuerda.
Me pregunto si al menos nos veremos.
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Continuará
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[1]: Es un aforismo de Wilde: "Nada puede curar mejor el alma que los sentidos, y nada puede curar mejor los sentidos que el alma".
N.A: Segundo capítulo publicado. Espero sea de su agrado.
Siento que la letra de la canción no se percibe tanto porque me centré bastante en la perspectiva de Levi y no tanto en ese amor que surge entre ellos. La verdad estoy conforme, quería que quede claro todo lo que le pasó para que tenga que irse y deje a Eren sin motivos aparentes. Ahora sabemos que no fue en vano o porque quiso.
Luego del epílogo de Serena me inspiré y pude escribir, por eso traigo nuevo capítulo. Por cierto, siento que este es un poco triste. ¿Debería aumentar la categoría angustia o drama?
¡Gracias a las personas que le dan una oportunidad a este fic! De aquí a una semana o semana y media subiré el último capítulo. Sí, mi nuevo fic ya se acaba xD
He decidido poner en mi perfil, por si a alguien le interesa, links de las canciones que corresponden a cada capítulo.
Por cierto:
Feliz día del padre, Kenny Ackerman. Que este capítulo sea para ti, viejo.
Nos leemos n_n
